Después de los ojos, señaló en segundo lugar á los oídos, dijo

Andrenio, y me parece muy bien que le tengan tan eminente; pero aquello

de estar al lado te confieso me hizo disonancia y parece fué facilitar

la entrada á la mentira. Que, así como la verdad viene siempre cara á

cara, ella á traición ingiérese de lado. ¿No estuvieran mejor bajo los

ojos y éstos examinaran primero lo que se oye, negando la entrada á

tanto engaño?

¡Qué bien lo entiendes!, dijo Artemia. Lo que menos convenía era que

los ojos estuvieran con los oídos. Tengo por cierto que no quedara

verdad en el mundo. Antes, si yo los hubiera de disponer de otro modo,

los retirara cien dedos de la vista ó los pusiera atrás en el cerebro,

de modo, que oyera un hombre lo que detrás dél se dice, que aquello

es lo verdadero. ¡Qué buena anduviera la justicia, si ella viera la

belleza que se excusa, la riqueza que se defiende, la nobleza que

ruega, la autoridad que intercede y las demás calidades de los que

hablan! Sea ciega, que eso es lo que conviene. Bien están los oídos

en un medio; no adelante, porque no oigan antes con antes; ni detrás,

porque no perciban tarde.

Otra cosa dificulté yo mucho, replicó Andrenio, y es que, así como

los ojos tienen aquella tan importante cortina de los párpados, que

verdaderamente está muy en su lugar para negarse, cuando no quieren ser

vistos ó cuando no gustan de ver muchas cosas, que no son para vistas:

¿por qué los oídos, no han de tener también otra compuerta y ésa muy

sólida, muy doble y ajustada, para no oir la mitad de lo que se habla?

Con esto excusaríase un hombre oir necedades y ahorraría pesadumbres,

único preservativo de la vida. Aquí yo no puedo dejar de condenar de

descuidada la naturaleza y más, cuando vemos que la lengua la recluyó

entre una y otra muralla con razón, porque una fiera bien es que esté

entre verjas de dientes y puertas tan ajustadas de los labios. Sepamos

¿por qué los ojos y la boca han de llevar esta ventaja á los oídos y

más estando tan expuestos al engaño?

Por ningún caso convenía, dijo Artemia, que se le cerrase jamás la

puerta al oir. Es la de la enseñanza: siempre ha de estar patente. Y

no sólo se contentó la atenta naturaleza con quitar esa compuerta, que

tú dices; pero negó al hombre, entre todos los oyentes, el ejercicio

de abatir y levantar las orejas. Él sólo las tiene inmobles, siempre

alerta. Que aun le pareció inconveniente aquella poca detención, que en

aguzarlas se tuviera. Á todas horas dan audiencia. Aun cuando se retira

el alma á su quietud, entonces es más conveniente que velen estas

centinelas. Y si no ¿quién avisara de los peligros? Durmiera el alma á

lo poltrón. ¿Quién bastará á despertarlas? Esta diferencia hay entre

el ver y entre el oir, que los ojos buscan las cosas como y cuando

quieren; mas al oído ellas le buscan. Los objetos del ver permanecen.

Puédense ver, si no ahora, después. Pero los del oir van de priesa y la

ocasión es calva.

Bien está dos veces encerrada la lengua y dos veces abiertos los

oídos. Porque el oir ha de ser al doble que el hablar. Bien veo yo

que la mitad y aun las tres partes de las cosas, que se oyen, son

impertinentes y aun dañosas; mas para eso hay un gran remedio, que es

hacer el sordo, que se puede y es el mejor de ellos: esto es, hacer

orejas de cuerdo, que es la mayor ganancia. Á más de que hay algunas

razones tan sin ella, que no bastan párpados y entonces es menester

tapiar los oídos con ambas manos: que, pues suelen ayudar á oir,

ayuden también á ensordecer. Préstenos su sagacidad la serpiente, que,

cosiendo el un oído con la tierra, tapa el otro con el fin, dando á

todo buena salida.

Esto no se me puede negar, instó Andrenio, que estuviera muy bien

un rastrillo en cada oído, como en guarda y con eso no entraran

tan libremente tantos y tan grandes enemigos, silbos de venenosas

serpientes, cantos de engañosas sirenas, lisonjas, chismes, cizañas y

discordias, con otros semejantes monstruos escuchados.

Tienes razón en eso, dijo Artemia, y para eso formó la naturaleza

las orejas, como coladeros de las palabras, embudos del saber. Y si

lo notas, ya previno de antemano ese inconveniente, disponiendo este

órgano en forma de laberinto, tan caracoleado, con tantas vueltas y

revueltas, que parecen rastrillos y traveses de fortaleza, para que

deste modo entren coladas las palabras, purificadas las razones y haya

tiempo de discernir la verdad de la mentira.

Luego hay su campanilla muy sonora, donde resuenen las voces y se

juzgue por el sonido si son faltas ó son falsas. ¿No has notado también

que dió la naturaleza, despedida por el oído, aquel licor amargo de

la cólera? ¿Pensarás tú á lo vulgar que fué esto para impedir el paso

á algunas sabandijas, que topando con aquella amargura pegajosa se

detengan y perezcan? Pues advierte que mucho más pretendió con eso, más

alto fin tuvo. Contra otras más perniciosas previno aquella defensa.

Topen las palabras blandas de la Circe con aquella amargura del

recatado disgusto, deténganse allí los dulces engaños del lisonjero,

hallen el desabrimiento de la cordura con que se empleen.

Y, aunque á muchos se les habían de gastar los oídos de oir dulce,

ponderó Critilo, previno aquel antídoto de amargura. Finalmente, dos

son los oídos, para que pueda el sabio guardar el uno virgen para la

otra parte; haya primera y segunda información y procure que, si se

adelantó á ocupar la una oreja la mentira, se conserve la otra intacta

para la verdad, que suele ser la postrera.

[Marginal: _Narices sagaces._]

No parece, dijo Andrenio, tan útil el olfato, cuanto deleitable. Más

es para el gusto, que para el provecho. Y siendo así, ¿por qué ha de

ocupar el tercer puesto tan á la vista, aventajándose á otros, que son

más importantes?

¡Oh, replicó Artemia, que es el sentido de la sagacidad! Y aun por eso

las narices crecen por toda la vida. Coincide con el respirar, que es

tan necesario como eso. Discierne el buen olor del malo y percibe que

la buena fama es el aliento del ánimo. Daña mucho un aire corrupto:

infecciona las entrañas. Huele, pues, atenta la sagacidad de una legua

la fragancia ó la hediondez de las costumbres, porque no se apeste el

alma. Y aun por eso está en lugar tan eminente. Es guía del ciego,

gusto que le avisa del manjar gastado y hace la salva en lo que ha de

comer. Goza de la fragancia de las flores y recrea el cerebro con la

suavidad que despiden las virtudes, las hazañas y las glorias. Conoce

los varones principales y los nobles, no en el olor material del ámbar,

sino en el de sus prendas y excelentes hechos, obligados á echar mejor

olor de sí, que los plebeyos.

En gran manera anduvo próvida la naturaleza, dijo Andrenio, en dar á

cada potencia dos empleos, uno más principal y otro menos, penetrando

oficios, para no multiplicar instrumentos. Desta suerte formó con

tal disposición las narices, que se pudiesen despedir por ellas con

decencia las superfluidades de la cabeza.

Eso es en los niños, dijo Critilo; que en los ya varones más se purgan

los excesos de las pasiones del ánimo y así sale por ellas el viento de

la vanidad, el desvanecimiento, que suele causar vahídos peligrosos y

en algunos llega á trastornar el juicio. Desahógase también el corazón

y evapóranse los humos de la fogosidad con mucha espera. Y tal vez

á su sombra se suele disimular la más picante risa. Ayudan mucho á

la proporción del rostro y, por poco que se desmanden, afean mucho.

Son como manecilla del reloj del alma, que señalan el temple de la

condición. Las leoninas denotan el valor, las aguileñas la generosidad,

las prolongadas la mansedumbre, las sutiles la sabiduría y las gruesas

la necedad.

[Marginal: _Boca necia._]

Después del ver, del oir y del oler, dicho se estaba, ponderó Andrenio,

que se había de seguir el hablar poco. Paréceme que es la boca la

puerta principal desta casa del alma. Por las demás entran los objetos,

mas por esta sale ella misma y se manifiesta en sus razones.

Así es, dijo Artemia, que en esta artificiosa fachada del humano

rostro, dividida en sus tres órdenes iguales, la boca es la puerta de

la persona real y por eso tan asistida de la guarda de los dientes y

coronada del varonil decoro. Aquí asiste lo mejor y lo peor del hombre,

que es la lengua. Llámase así por estar ligada al corazón.

Lo que yo no acabo de entender, dijo Andrenio, es que á propósito juntó

en una misma oficina la sabia naturaleza el comer con el hablar. ¿Qué

tiene que ver el un ejercicio con el otro? La una es ocupación baja y

que se halla en los brutos; la otra es sublime y de solas las personas.

Á más que de ahí se originan inconvenientes notables. El primero, que

la lengua hable según el sabor que se le pega, ya dulce, ya amargo,

agrio ó picante. Queda muy material de la comida: ya se roza, ya

tropieza, habla grueso, se equivoca, se vulgariza y se relaja. ¿No

estuviera mejor sola ella, hecha oráculo del espíritu?

Aguarda, dijo Critilo, que dificultas bien y casi me haces reparar; mas

con todo eso, apelando á la suma Providencia, que rige la naturaleza,

una gran conveniencia hallo yo en que el gusto coincida con el hablar,

para que desta suerte examine las palabras, antes que las pronuncie.

Másquelas tal vez, pruébelas si son sustanciales. Y, si advierte

que pueden amargar, endúlcelas también. Sepa á qué sabe un no y qué

estómago le hará al otro. Confítelo con el buen modo. Ocúpese la lengua

en comer y aun, si pudiera, en otros muchos empleos, para que no toda

se emplease en el hablar. [Marginal: _Manos diligentes._] Siguen á las

palabras las obras en los brazos y en las manos. Se ha de obrar lo que

se dice y mucho más. Que, si el hablar ha de ser á una lengua, el obrar

ha de ser á dos manos.

¿Por qué se llaman así, preguntó Andrenio, que, según tú me has

enseñado, vienen del verbo latino _maneo_, que significa quietud,

siendo tan al contrario, que ellas nunca han de parar?

Llamáronlas así, respondió Critilo, no porque hayan de estar quietas;

sino porque sus obras han de permanecer ó porque de ellas ha de

emanar todo el bien. Ellas manan del corazón, como ramas cargadas de

frutos, de famosos hechos, de hazañas inmortales. De sus palmas nacen

los frutos victoriosos. Manantiales son del sudor precioso de los

héroes y de la tinta eterna de los sabios. ¿No admiras, no ponderas

aquella tan acomodada y artificiosa composición suya? Que, como fueron

formadas para ministras y esclavas de los otros miembros, están hechas

de suerte, que para todo sirven ellas. Ayudando á oir, son sustitutos

de la lengua. Dan vida con la acción á las palabras. Son de la boca,

ministrando la comida y al olfato las flores. Hacen toldo á los ojos,

para que vean, hasta ayudar á discurrir: que hay hombres, que tienen

los ingenios en las manos, de modo que todo pasa por ellas. Defienden,

limpian, visten, curan, componen, llaman y tal vez rascando lisonjean.

Y porque todos estos empleos, dijo Artemia, vayan ajustados á la

razón, depositó en ellas la sagaz naturaleza la cuenta, el peso y la

medida. En sus diez dedos está el principio y fundamento del número.

Todas las naciones cuentan hasta diez y de allí suben multiplicando.

Las medidas todas están en sus dedos, palmo, codo y brazada. Hasta el

peso está seguro en la fidelidad de su tiento, sospesando y tanteando.

Toda esta puntualidad fué menester para avisar al hombre que obre

siempre con cuenta y razón, con peso y con medida. Y realzando más la

consideración, advierte que en ese número de diez se incluye también

el de los preceptos divinos, por que los lleve el hombre entre las

manos. Ellas ponen en ejecución los aciertos del alma, encierran en

sí la suerte de cada uno, no escrita en aquellas vulgares rayas,

ejecutada sí en sus obras. Enseñan también escribiendo y emplea en esto

la diestra sus tres dedos principales, concurriendo cada uno con una

especial calidad. Da la fortaleza el primero y el índice la enseñanza.

Ajusta el medio, correspondiendo al corazón, para que resplandezcan

en los escritos el valor, la sutileza y la verdad. Siendo, pues, las

manos las que echan el sello á la virtud, no es de maravillar que,

entre todas las demás partes del cuerpo, á ella se les haga cortesía,

correspondiendo con estimación, sellando en ella los labios, para

agradecer y solicitar el bien.

[Marginal: _Pies firmes._]

Y porque de pies á cabeza contemplamos el hombre tan misterioso, no

es menos de observar su movimiento. Son los pies basa de su firmeza,

sobre quienes asientan dos columnas. Huellan la tierra, despreciándola

y tocando de ella no más de lo preciso para sostener el cuerpo. Van

caminando y midiendo su fin. Pisan llano y seguro.

Bien veo yo y aun admiro, dijo Andrenio, la solidez con que atendió á

afirmar el cuerpo la naturaleza, que en nada se descuida. Y para que

no cayese, hacia adelante, donde se arroja, puso toda la planta. Y por

que no peligrase á un lado ni á otro le apuntaló con ambos pies. Pero

no me puedes negar que se descuidó en asegurarle hacia atrás, siendo

más peligrosa esta caída, por no poder acudir las manos á exponerse al

riesgo con su ordinaria fineza. Remediárase esto con haber igualado el

pie, de modo, que quedara tanto atrás, como adelante y se aumentaba la

proporción.

No mientes tal cosa, replicó Artemia, que fuera darle ocasión al hombre

para no ir adelante en lo bueno. Sin eso hay tantos que se retiran de

la virtud; ¿qué fuera, si tuviera apoyo en la misma naturaleza?

[Marginal: _Corazón puro._]

Éste es el hombre por la corteza; que aquella maravillosa composición

interior, la armonía de sus potencias, la proporción de sus virtudes,

la consonancia de sus afectos y pasiones, ésa quédese para la gran

filosofía. Con todo quiero que conozcas y admires aquella principal

parte del hombre, fundamento de todas las demás y fuente de la vida, el

corazón.

¿Corazón?, replicó Andrenio, ¿qué cosa es y dónde está?

Es, respondió Artemia, el rey de todos los demás miembros y por

eso está en medio del cuerpo, como en centro muy conservado, sin

permitirse ni aun á los ojos. Llámase así de la palabra latina _Cura_,

que significa cuidado, que el que rige y manda siempre fué centro

dellos. Tiene también dos empleos: el primero ser fuente de la vida,

ministrando valor en los espíritus á las demás partes; pero el más

principal es el amar, siendo oficina del querer.

Ahora digo, ponderó Critilo, que con razón se llama corazón, que

exprime el cuidadoso. Por eso está siempre abrasándose como fénix.

Su lugar es en el medio, prosiguió Artemia, porque ha de estar en

un medio el querer. Todo ha de ser con razón; no por extremos. Su

forma es en punta hacia la tierra, porque no se roce con ella; sólo

la apunte, bástele un indivisible. Al contrario, hacia el cielo está

muy espacioso, porque de allá reciba el bien, que él sólo puede

llenarle. Tiene alas, no tanto para que le refresquen, cuanto para

que le realcen. Su color es encendido, gala de la caridad. Críale

mejor sangre, para que con el valor se califique la nobleza. Nunca

es traidor; necio sí, pues previene antes las desdichas, que las

felicidades. Pero lo que más es de estimar en él, que no engendra

excrementos, como las otras partes del cuerpo, porque nació con

obligaciones de limpieza y mucho más en lo formal del vivir. Con esto

está aspirando siempre á lo más sublime y perfecto.

Desta suerte fué la sabia Artemia filosofando y ellos aplaudiendo; pero

dejémoslos aquí tan bienempleados, mientras ponderamos los extremos que

hizo el engañoso y ya engañado Falimundo.

Picado en lo vivo, de que le hubiesen sacado del laberinto de sus

enredos, con tanta pérdida de reputación al perdido Andrenio y algunos

otros tan ciegos como él, con tal ardid, de tan mala consecuencia

para lo venidero, trató de la venganza y con exceso. Echó mano de la

Envidia, gran asesino de buenos y aun mejores, sujeto muy á propósito

para cualquier ruindad, que siempre anda entre ruines. Comunicóla su

sentimiento, exageró el daño y dióla orden fuese sembrando cizaña

en malicias por toda aquella dilatada villanía. No le fué muy

dificultoso, porque aseguran ha siglos que la Vulgaridad maliciosa

vive y reina entre villanos, desde aquella ocasión en que las dos

hermanas, la Lisonja y Malicia, dejando los patrios lares de su nada,

las sacó á volar su madre la ruin Intención, con ambiciones de valer en

el mundo.

[Marginal: _Lisonja. Malicia._]

La Lisonja, dicen, fué á las cortes, aunque no muy derecha, y que lo

acertó para sí, errándolo para todos. Porque allí se fué introduciendo

tanto, que en pocas horas, no ya días, se levantó con la privanza

universal. La Malicia, aunque procuró introducirse, no probó bien ni

fué bien vista ni oída. No osaba hablar, que era reventar para ella.

Andaba sin libertad y así trató de buscarla. Conoció que no era la

corte para ella. Tomóse la honra para mejor quitarla y desterróse

voluntariamente. Dió por otro extremo, que fué meterse á villana. Y

salióle tan bien, que al punto se vió adorada de toda la verídica

necedad. Allí triunfa porque allí habla; discurre, aunque á lo zonzo

y pega valientes mazadas de necedades, que ella llama verdades. Llegó

esto á tanto exceso de crédito y afecto que, porque no se la hurtasen

ó matasen, trazaron los villanos meterla dentro de sus entrañas donde

la hallan siempre los que menos querrían. En tan buena sazón llegó la

Envidia y comenzó á sembrar su veneno.

Iba dejándose caer recelos en varillas contra Artemia. Decía que

era otra Circe, si no peor, cuanto más encubierta con capa de hacer

bien. Que había destruído la naturaleza, quitándola en su llaneza

su verdadera solidez y con la afectación aquella natural belleza.

Ponderaba que se había querido alzar á mayores, arrinconando á la otra

y usurpándola el mayorazgo de primera. Advertid que, después que esta

fingida reina se ha introducido en el mundo, no hay verdad; todo está

adulterado y fingido. Nada es lo que parece, porque su proceder es la

mitad del año con arte y engaño y la otra parte con engaño y arte. De

aquí es que los hombres no son ya los que solían, hechos al buen tiempo

y á lo antiguo, que fué siempre lo mejor. Ya no hay niños, porque no

hay candidez.

¿Qué se hicieron aquellos buenos hombres, con aquellos sayos de la

inocencia, aquella gente de bien? Ya se han acabado aquellos viejos

machuchos, tan sólidos y verdaderos. El sí era sí y el no era no.

Ahora todo al contrario, no toparéis sino hombrecillos maliciosos

y bulliciosos, todo embeleco y fingimiento y ellos dicen que es

artificio. Y el que más tiene desto, vale más. Ése se hace lugar en

todas partes, medra en armas y aun en letras. Con esto ya no hay niños.

Más malicia alcanza hoy uno de siete años, que antes uno de setenta.

¿Pues las mujeres? De pies á cabeza una mentira continuada, aliño

de cornejas, todo ajeno y el engaño proprio. Tiene esta mentida

reina arruinadas las repúblicas, destruídas las casas, acabadas las

haciendas, porque se gasta el doble en los trajes de las personas y en

el adorno de las casas. Con lo que hoy se viste una mujer se vestía

antes todo un pueblo. Hasta en el comer nos ha perdido con tanta

variedad de manjares y sainetes, que antes todo iba á lo natural y á lo

llano. Dice que nos ha hecho personas; yo digo que nos ha deshecho. No

es vivir con tanto embeleco ni es ser hombre el ser fingido. Todas sus

trazas son mentiras y todo su artificio es engaño.

Incitó tanto los ánimos de aquel vulgacho, que en un día se amotinaron

todos y dando voces sin entenderse ni entender, fueron á cercarle el

palacio, voceando: Muera la hechicera. Y aun intentaron pegarla fuego

por todas partes. Aquí conoció la sabia reina cuán su enemiga es la

Villanía. Convocó sus valedores. Halló que los poderosos ya habían

faltado; mas, no faltándose á sí misma, trazó vencer con la maña

tanta fuerza. El raro modo con que triunfó de tan vil canalla, el

bienejecutado ardid con que se libró de aquel ejército villano, léelo

en la Crisi siguiente.

CRISI X

_El mal paso del salteo._

Vulgar desorden es entre los hombres hacer fines de los medios y de los

medios hacer fines. Lo que ha de ser de paso toman de asiento y del

camino hacen descanso. Comienzan por donde han de acabar y acaban por

el principio. Introdujo la sabia y próvida naturaleza el deleite, para

que fuese medio de las operaciones de la vida, alivio instrumental de

sus más enfadosas funciones, que fué un grande arbitrio para facilitar

lo más penoso del vivir.

Pero aquí es donde el hombre más se desbarata, pues más bruto que las

bestias, degenerando de sí mismo, hace fin del deleite y de la vida

hace medio para el gusto. No come ya para vivir, sino que vive para

comer; no descansa para trabajar, sino que no trabaja para dormir;

no pretende la propagación de su especie, sino la de su lujuria; no

estudia para saberse, sino para desconocerse; ni habla por necesidad,

sino por el gusto de la murmuración. De suerte, que no gusta de vivir,

sino que vive de gustar. De aquí es que todos los vicios han hecho

su caudillo al deleite: él es el muñidor de los apetitos, precursor

de los antojos, adalid de las pasiones y el que trae arrastrados los

hombres, tirándole á cada uno su deleite. Atienda, pues, el varón sabio

á enmendar tan general desconcierto. Y para que estudie en el ajeno

engaño, oiga lo que le sucedió al sagaz Critilo y al incauto Andrenio.

[Marginal: _Castigos de necios._]

¿Hasta cuándo, oh canalla inculta, habéis de abusar de mis atenciones?,

dijo enojada Artemia, más constante, cuando más arriesgada. ¿Hasta

cuándo ha de burlarse de mi saber vuestra barbaridad? ¿Hasta dónde ha

de llegar en despeñarse vuestra ignorante audacia? Júroos que, pues

me llamáis encantadora y maga, que esta misma tarde, en castigo de

vuestra necedad, he de hacer un conjuro tan poderoso, que el mismo sol

me vengue, retirando sus lucientes rayos: que no hay mayor castigo que

dejaros á oscuras en la ceguera de vuestra vulgaridad.

Tratólos como ellos merecían y conocióse bien. Que con la gente vil

obra más el rigor, que la bizarría, pues quedaron tan aterrados,

cuan persuadidos de su mágica potencia y, ya helados, no trataron de

pegar fuego al palacio, como lo intentaban. Acabaron de perderse de

ánimo, cuando vieron que realmente el mismo sol comenzó á negar su

luz, eclipsándose por puntos y temiendo no se conjurase también contra

ellos la tierra en terremotos. Que á veces todos los elementos suelen

mancomunarse contra el perseguido. Dieron todos á huir desalentados,

achaque ordinario de motines que, si con furor se levantan, con pánico

terror se desvanecen. Corrían á oscuras, tropezando unos con otros,

como desdichados.

Tuvo con esto tiempo de salir la sabia Artemia con toda su culta

familia y, lo que más ella estimó, fué poder escapar de aquel bárbaro

incendio los tesoros de la observancia curiosa, que ella tanto estima y

guarda en libros, papeles, dibujos, tablas, modelos y en instrumentos

varios. Fuéronla cotejando y asistiendo nuestros dos viandantes Critilo

y Andrenio. Iba éste espantado de un portento semejante, teniendo por

averiguado que se extendía su mágico poder hasta las estrellas y que el

mismo sol la obedecía. Mirábala con más veneración y dobló el aplauso.

Pero desengañóle Critilo, diciendo cómo el eclipse del sol había sido

efecto natural de las celestes vueltas, contingente en aquella sazón,

previsto de Artemia, por las noticias astronómicas y que se valió dél

en la ocasión, haciendo artificio lo que era natural efecto.

Discurrióse mucho dónde irían á parar, consultando Artemia con sus

sabios, resuelta á no entrar más en villa alguna y así lo cumple hasta

hoy. Propusiéronse varios puestos.

[Marginal: _Lisboa._]

Inclinábase mucho ella á la dos veces buena Lisboa, no tanto por ser

la mayor población de España, uno de los tres emporios de la Europa,

que si á otras ciudades se les reparten los renombres, ella los tiene

juntos, hidalga, rica, sana y abundante, cuanto porque jamás se halló

portugués necio, en prueba de que fué su fundador el sagaz Ulises. Mas

retardóla mucho, no su fantástica nacionalidad, sino su confusión, tan

contraria á sus quietas especulaciones.

[Marginal: _Madrid._]

Tirábala después la coronada Madrid, centro de la monarquía, donde

concurre todo lo bueno en eminencias; pero desagradábala otro tanto

malo, causándola asco, no la inmundicia de sus calles, sino de los

corazones. Aquel nunca haber podido perder los resabios de villa y el

ser una Babilonia de naciones no bien alojadas.

[Marginal: _Sevilla._]

El criticón (tomo 1 de 2) · 第 10 / 24 段