Y es cosa notable, que todos tomaban las ajenas y aun contrarias.

[Marginal: _Hombres fingidos._] Porque la vulpeja salía con máscara de

cordero, la serpiente de paloma, el usurero de limosnero, la ramera

de rezadora y siempre en romerías. El adúltero de amigo del marido,

la tercera de saludadora, el lobo del que ayuna, el león de cordero,

el gato con barba á lo romano, con hechos de tal. El asno de león,

mientras calla; el perro rabioso de risa, por tener falda, y todos de

burla y engaño.

Comenzó el viejo á buscar á Andrenio por aquellas encrucijadas, que no

calles. Y, aunque llevaba las señas tan individuales, él estaba ya tan

trocado, que no le conociera el mismo Critilo, porque ya los ojos no

los tenía ni claros ni abiertos, como antes; sino muy oscuros y casi

ciegos. Que los ministros de Falimundo ponen toda su mira en quitarla.

Ya no hablaba con su voz, sino con la ajena; no oía bien y todo iba

á malandar. Que, si los hombres son otros de la noche á la mañana

¿qué sería en aquel centro de la mentira? Con todo, valiéndose de su

industria y por otras señales más seguras de la ocasión y del tiempo,

vino á tener lengua dél.

Hallóle un día, perdiendo muchos en mirar cómo otros perdían sus

haciendas y aun las conciencias. Había un gran partido de pelota,

propio entretenimiento del mundo, y así se jugaba en su gran calle á

dos bandas muy contrarias. Porque los jugadores unos eran blancos y

otros negros, unos altos y otros bajos, éstos pobres, aquéllos ricos

y todos diestros, como quien no hace otro eternamente. Las pelotas

eran de viento, tan grandes como cabezas de hombres, que un pelotero

llenaba de viento, por ojos y por oídos, dejándolas tan huecas, como

hinchadas. Cogíalas el que las sacaba á la plaza y, diciendo que jugaba

con toda verdad, pues todo es burla y todo es juego, daba con la pelota

por aquellos aires, con más presteza, cuanto más impulso. Rebatíala

el otro, sin dejarla reposar un instante. Todos la sacudían de sí con

notable destreza, que en eso consistía su ganancia. Ya estaba tan alta,

que se perdía de vista; ya tan baja, que iba rodando por aquellos

suelos entre el lodo y la basura. Uno le daba por el pie y otro de

la mano; pero los más con unas que parecían lenguas y eran palas. Ya

andaba entre los de arriba, ya entre los de abajo, pareciendo grandes

altibajos.

Gritaba uno que ganaba quince y era así, que á los quince años suele

ser la ganancia del vicio y la pérdida de la virtud. Otro decía treinta

y tenía por ganado el juego, cuando á tanta edad no se sabe. De este

modo la fueron peloteando, hasta que cayó en tierra reventada, donde la

pisaron, que en esto había de parar: y tan á su costa ganaron unos y se

entretenían todos.

Éstas, dijo Andrenio, volviéndose hacia quien le buscaba, parecen

cabezas de hombres.

Y lo son, respondió el viejo, y una de ellas es la tuya. De hombres

digo descabezados, más llenas de viento, que de entendimiento, y otras

de borra, de enredos y mentiras. Rebútelas el mundo de su vanidad,

cógenlas aquellos de arriba, que son los contentos y felicidades

y arrójanla á los de abajo, que son sus contrarios los pesares y

calamidades, con todo género de mal. Ya está el hombre miserable entre

unos, ya entre otros, ya abatido, ya ensalzado. [Marginal: _La vida,

juego._] Todos le sacuden y le arrojan, hasta que, reventado, viene

á parar entre la azada y la pala, en el lodo y la hediondez de un

sepulcro.

¿Quién eres tú, que tanto ves? ¿Quién eres tú, que estás tan ciego?

Fuésele poco á poco introduciendo, ganóle la voluntad para ganarle el

entendimiento. Fuéle descubriendo Andrenio sus esperanzas y las grandes

promesas de valer. Vista la sazón, díjole el viejo:

Ten por cierto que por este camino jamás llegarás á ver este rey,

cuanto menos hablarle. Dependes de su querer y él nunca querrá, que le

va el ser en no ser conocido. El medio, que sus ministros toman para

que no le veas, es cegarte: mira tú cuán poco miras. Hagamos una cosa.

¿Qué me darás y yo te lo mostraré esta misma tarde?

¿Burlas de mí?, le dijo Andrenio.

No, porque siempre estoy de veras. No quiero otra cosa de ti, sino que

le mires bien, cuando te lo mostrare.

Eso es pedirme lo que deseo.

Señalaron hora y acudieron puntuales, el uno como deseoso y el otro

verdadero. Y, cuando Andrenio creyó le llevaría á palacio y le

introduciría por el favor ó por el secreto, vió que le sacaba fuera,

apartándole más. Quiso volverse, pareciéndole mayor embuste éste que

todos los pasados. Detúvole el prudente, diciendo:

Advierte que lo que no se puede ver cara á cara, se procura por

indirecta. Subamos á aquella eminencia, que levantados de tierra, yo sé

que descubriremos mucho.

Subieron á lo alto, que caía enfrente de las mismas ventanas de

Falimundo.

Estando aquí, dijo Andrenio, paréceme que veo mucho más que antes.

De que se holgó harto el compañero, porque en el ver y conocer

consistía su total remedio. Hacíase ojos Andrenio, mirando hacia

palacio, por ver si podía brujulear alguna realidad; mas en vano,

que estaban las ventanas unas con celosías muy espesas y otras con

vidrieras.

No ha de ser dese modo, dijo el viejo; sino al contrario, volviendo las

espaldas, que las cosas del mundo todas se han de mirar al revés para

verlas al derecho.

Sacó en esto el espejo del seno y, desenvolviéndole de un cendal,

púsole delante, encarándole muy bien á las ventanas contrarias de

palacio:

Mira ahora, le dijo. Contempla bien y procura satisfacer tu deseo.

¡Cosa rara é inaudita! Comenzó á espantarse y á temer tanto Andrenio,

que casi desmayaba.

¿Qué tienes? ¿Qué ves?, le preguntó el anciano.

¿Qué he de ver? Lo que no quisiera ni creyera. Veo un monstruo, el más

horrible que vi en mi vida, porque no tiene pies ni cabeza. ¡Qué cosa

tan desproporcionada! No corresponde parte á parte ni dice uno con otro

en todo él. ¡Qué fieras manos tiene! Y cada una de su fiera, ni bien

carne ni pescado y todo lo parece. ¡Qué boca tan de lobo, donde jamás

se vió verdad! Es niñería la quimera en su cotejo. ¡Qué agregado de

monstruosidades! ¡Quita, quítamele de delante, que moriré de espanto!

Pero el prudente compañero le decía:

Cúmpleme la palabra. Nota aquel rostro, que á la primera vista parece

verdadero y no es de hombre, sino de vulpeja. De medio arriba es

serpiente. Tan torcido tiene el cuerpo y sus entrañas tan revueltas,

que basta á revolverlas. El espinazo tiene de camello y hasta en la

nariz tiene corcova. El remate es de sirena y aun peor: tales son

sus dejos. No puede ir derecho. ¿No ves cómo tuerce el cuello? Anda

acorvado y no de bieninclinado. Las manos tiene gafas, los pies

tuertos, la vista atravesada. Y á todo esto habla en falsete, para no

hablar ni proceder bien en cosa alguna.

¡Basta!, dijo Andrenio, que reviento.

Y basta que á ti te sucede lo que á todos los otros, dijo el viejo, que

en viéndole una vez, tienen harto; nunca más le pueden ver. Eso es lo

que yo deseaba.

[Marginal: _Engaño._]

¿Quién es este monstruo coronado?, preguntó Andrenio. ¿Quién este

espantoso rey?

Éste es, dijo el anciano, aquel tan nombrado y tan desconocido de

todos, aquel cuyo es todo el mundo por sola una cosa que le falta.

Éste es aquel que todos platican y le tratan y ninguno le querría en

su casa, sino en la ajena. Éste es aquel gran cazador, con una red tan

universal, que enreda todo el mundo. Éste es el señor de la mitad del

año primero y de la otra mitad después. Éste el poderoso entre los

necios, juez á quien tantos apelan, condenándose. Éste aquel príncipe

universal de todos, no sólo de hombres, pero de las aves, de los peces

y de las fieras. Éste es, finalmente, el tan famoso, el tan sonado, el

tan común Engaño.

No hay más que aguardar, dijo Andrenio. Vámonos de aquí, que ya estoy

más lejos dél, cuanto más cerca.

Aguarda, dijo el viejo, que quiero que conozcas toda su parentela.

Ladeó un poco el espejo y apareció una urca, más furiosa que la de

Orlando, una vieja más embelecadora que la de Sempronio.

¿Quién es esta meguera?, preguntó Andrenio.

[Marginal: _Mentira._]

Ésta es su madre, la que lo manda y gobierna: ésta es la Mentira.

¡Qué cosa tan vieja!

Ha muchos años que nació.

¡Qué cosa tan fea! Cuando se descubre, parece que cojea.

Por eso la alcanzan luego.

¡Qué de gente la acompaña!

Todo el mundo.

Y de buen porte.

Ésos son los más llegados.

¿Y aquellos dos enanos?

El Sí y el No, que son sus meninos.

¡Qué de promesas, qué de ofrecimientos, excusas, cumplimientos,

favores! Hasta las alabanzas le acompañan.

Torció el espejo á un lado y á otro y, descubriendo mucha gente

honrada, aunque no de bien:

Aquélla es la Ignorancia su abuela, la otra su esposa la Malicia,

la Necedad su hermana. Aquellos otros sus hijos y sus hijas, los

Males, las Desdichas, el Pesar, la Vergüenza, el Arrepentimiento, la

Perdición, la Confusión y el Desprecio. Todos aquellos, que le están al

lado, son sus hermanos y primos, el Embuste, el Embeleco y el Enredo,

grandes hijos deste siglo y desta era.

¿Estás contento, Andrenio?, le preguntó el viejo.

Contento no; pero desengañado sí. Vamos, que los instantes se me hacen

siglos. Una misma cosa me es dos veces tormento, primero deseada y

después aborrecida.

Salieron ya por la puerta de la luz de aquel Babel del Engaño. Iba

Andrenio á medio gusto, que nunca llega á ser entero. Examinóle el

viejo de su nueva pena y respondióle:

¿Qué quieres?

Que aún no me he hallado todo.

¿Qué te falta?

La mitad.

[Marginal: _Amigos._]

¿Qué? ¿Algún camarada?

Más.

¿Algún hermano?

Aun es poco.

¿Tu padre?

Por ahí, por ahí: un otro yo, que lo es un amigo verdadero.

Tienes razón. Mucho has perdido, si un amigo perdiste: será bien

dificultoso hallar otro. Pero díme, ¿era discreto?

Sí y mucho.

Pues no se habrá perdido para sí. ¿No supiste qué se hizo?

Díjome iba á la corte de una reina tan sabia, como grande, llamada

Artemia.

Si era entendido, como dices, yo lo creo, allá habrá aportado.

Consuélate, que allá vamos también, que quien te sacó del Engaño,

¿dónde te ha de llevar, sino al Saber? Digo á la corte de tan discreta

reina.

¿Quién es esta gran mujer y tan señora, nombrada en todas partes?,

preguntó Andrenio.

Y el anciano: Con razón la llamas señora, que no hay señorío sin saber.

Comenzando por su nobilísima prosapia, dícense della cosas grandes.

Aseguran unos que desciende del mismo cielo y que salió del cerebro

Soberano. Otros dicen ser hija del Tiempo y de la Observación, hermana

de la Experiencia. Ni falta quien por otro extremo porfía que es hija

de la Necesidad, nieta del Vientre. Pero yo sé bien que es parto del

Entendimiento.

Vivió antiguamente, que no es niña, sino muy grande en todo, como tan

favorecida de las monarquías, en sus mayores cortes. Comenzó en los

asirios, pasó á los egipcios y caldeos, fué muy estimada en Atenas,

gran teatro de la Grecia, en Corinto y en Lacedemonia. Pasó después

á Roma con el imperio, donde en competencia del valor, la laurearon,

cediendo los arneses á las togas. Los godos, gente inculta, la

comenzaron á despreciar, desterrándola de todo su distrito. Apuróla y

aun pretendió acabar con ella la bárbara morisma y húbose de acoger

á la famosa tetrarquía de Carlo Magno, donde estuvo muy acreditada.

Mas hoy, á la fama de la mayor, la más dilatada y poderosa monarquía

española, que ocupa entrambos mundos, se ha mudado á este augusto

centro de su estimación.

¿Cómo no habita en su famosa corte, aplaudida de todas las naciones

de tan universal imperio, venerada de sus cultos cortesanos; y no

aquí en medio de la intolerable villanía?, replicó Andrenio. Que si

son dichosos los que habitan las ciudades, más lo serán ellos, cuanto

mayores ellas.

Porque quiere probarlo todo, respondió el anciano. Íbale muy mal en

las cortes, donde tiene más enemigos, cuanto mayores vicios. Vivió ya

entre los cortesanos, donde experimentó tan á su costa [Marginal: _Vida

de corte._] las persecuciones de la infelicidad y de la malicia, la

falta de verdad, la sobra de embeleco y aun averiguó que había allá más

necedad, cuanto más presumida. Muchas veces la he oído decir que, si

allí hay más cultura, aquí más bondad; si allí más puestos, aquí más

lugar; allí empleos, aquí tiempo; allí se pasa, aquí se logra; y que

esto es vivir y aquello acabar.

Con todo eso, replicó Andrenio, yo más quisiera haberlas con bellacos,

que con tontos. Malo es todo; pero de verdad que la necedad es

intolerable y más para entendidos. Perdóneme la sabia Artemia.

Relumbraba ya su alcázar, cielo equivocado, bordado todo de

inscripciones y coronado de vítores. Fueron bien recibidos, con

agradecimiento el viejo y Andrenio con abrazos, asegurándole certezas,

quien no le regateaba permisiones.

Aquí, en honra de sus dos huéspedes, obró Artemia sus más célebres

prodigios y, no sólo en los otros, sino en ellos mismos y más en

Andrenio, que necesitaba de sus realces. Vióse muy persona en poco

tiempo y muy instruído para adelante. Que, si un buen consejo es

bastante para hacer dichosa toda la vida, ¿qué obrarían en él tantos

y tan importantes? Comunicáronla su vida y su fortuna, noticia de

superior gusto para ella, por lo raro. Alternó curiosa muchas preguntas

á Andrenio, haciéndole repetir una y muchas veces aquella su primera

admiración, cuando salió á ver el mundo, la novedad que le causó este

gran teatro del universo.

Una cosa deseo mucho oirte, le dijo á Andrenio, y es entre tantas

maravillas criadas, como viste, entre tantos prodigios como admiraste,

¿cuál fué el que más te satisfizo?

Lo que respondió Andrenio nos lo dirá la otra Crisi.

CRISI IX

_Moral anatomía del hombre._

Eternizaron con letras de oro los antiguos en las paredes de Delfos

y mucho más con caracteres de estimación en los ánimos de los sabios

aquel célebre sentimiento de Biante: _Conócete á ti mismo_. Ninguna de

todas las cosas criadas yerra su fin, sino el hombre.

Él solo desatina, ocasionándole este achaque la misma nobleza de

su albedrío. Y quien comienza ignorándose mal podrá conocer las

demás cosas. ¿Pero de qué sirve conocerlo todo, si á sí mismo no se

conoce? Tantas veces degenera en esclavo de sus esclavos, cuantas

se rinde á los vicios. No hay salteadora esfinge, que así oprima la

viandante, digo viviente, como la ignorancia de sí, que en muchos se

condena estupidez, pues ni aun saben que no saben ni advierten que no

advierten. Desta común necedad padeció excepción Andrenio, cuando así

respondió á la curiosa Artemia:

Entre tanta maravilla como vi, entre tanto empleo como aquel día logré,

el que más me satisfizo, dígolo con recelo, pero con verdad, fuí yo

mismo, que cuanto más me reconocía, más me admiraba.

[Marginal: _El mayor prodigio._]

Eso era lo que yo deseaba oirte, aplaudió Artemia, y así lo ponderó el

augustísimo de los ingenios, cuando dijo que entre todas las maravillas

criadas para el hombre el mismo hombre fué la mayor de todas. Así

también lo generaliza el príncipe de los filósofos en su tan asentada

máxima, que siempre es más aquello, por quien otro es tal. De modo

que, si para el hombre fueron criadas tan preciosas las piedras, tan

hermosas las flores y tan brillantes las estrellas, mucho más lo es el

mismo hombre, para quien fueron destinadas.

Él es la criatura más noble de cuantas vemos, monarca en este gran

palacio del mundo, con posesión de la tierra y con expectativa del

cielo, criado de Dios, por Dios y para Dios.

Á los principios, prosiguió Andrenio, rudamente me reconocía; pero,

cuando pude verme á toda luz y por extraña suerte acabé de contemplarme

en los reflejos de una fuente, cuando advertí era yo mismo el que

creí otro, no podré explicarte la admiración y gusto que allí tuve:

remirábame, no tanto necio, cuanto contemplativo. Lo primero que

observé fué esta disposición de todo el cuerpo, tan derecha, sin que

tuerza á un lado ni á otro.

Fué el hombre, dijo Artemia, criado para el cielo y así crece hacia

allá y en esa material rectitud del cuerpo está simbolizada la del

ánimo con tal correspondencia, que al que le faltó por desgracia la

primera, sucede con mayor faltarle la segunda.

Es así, dijo Critilo: dondequiera que hallamos corvada la disposición,

recelamos también torcida la intención.

[Marginal: _Corcovados._]

En descubriendo ensenadas en el cuerpo, tememos haya dobleces en el

ánimo. El otro, á quien se le anubló alguno de los ojos, también

suele cegarse de pasión. Y lo que es digno de más reparo, [Marginal:

_Tuertos._] que no los tenemos lástima como á los ciegos; sino recelo

de que no miran derecho. Los cojos suelen tropezar en el camino de la

virtud y aun echarse á rodar, cojeando la voluntad en los afectos.

Faltan los mancos en la perfección de las obras, en hacer bien á

los demás. Pero la razón en los varones sabios corrige todos estos

pronósticos siniestros.

La cabeza, dijo Andrenio, llamo yo, no sé si me engaño, alcázar del

alma, corte de sus potencias.

Tienes razón, confirmó Artemia, que así como Dios, aunque asiste en

todas partes, pero con especialidad en el cielo, donde se permite su

grandeza, [Marginal: _Cabeza cielo._] así el alma se ostenta en este

puesto superior, retrato de los celestes orbes. Quien quisiere verla,

búsquela en los ojos; quien oirla, en la boca; y quien hablarla, en los

oídos. Está la cabeza en el más eminente lugar, ya por autoridad, ya

por oficio, por que mejor perciba y mande.

Y aquí he notado yo con especial atención, dijo Critilo, que, aunque

las partes de esta gran república del cuerpo son tantas, que solos los

huesos llenan los días del año y esta numerosidad con tal armonía,

que no hay número que no se emplee en ellas, como digamos cinco son

los sentidos, cuatro los humores, tres las potencias, dos los ojos;

todas vienen á reducirse á la unidad de una cabeza, retrato de aquel

primer móvil divino, á quien viene á reducirse por sus gradas toda esta

universal dependencia.

Ocupa el entendimiento, dijo Artemia, el más puro y sublime retrete,

que aun en lo material fué aventajado, como mayorazgo de las potencias,

rey y señor de las acciones de la vida, que allí se remonta, alcanza,

penetra, sutiliza, discurre, atiende y entiende. Estableció su trono en

una ilesa candidez, librea propria del alma, estrañando toda oscuridad

en el concepto y toda mancha en el afecto, masa suave y flexible,

apoyando dotes de docilidad, moderación y prudencia. La memoria atiende

á lo pasado y así se hizo tan atrás, cuanto el entendimiento adelante.

No pierde de vista lo que fué y, porque echamos comúnmente atrás lo que

más nos importa, previno este descuido, haciendo Jano á todo cuerdo.

Los cabellos me parecieron más para el ornato, que para la necesidad,

ponderó Andrenio.

Son raíces deste humano árbol, dijo Artemia: arráiganle en el cielo

y llévanle allá de un cabello. Allí han de estar sus cuidados y de

allá ha de recibir el sustancial sustento. Son librea de las edades,

por lo que tienen de adorno, variando con los colores los afectos.

Es la frente cielo del ánimo, ya encapotado, ya sereno, plaza de

los sentimientos. Allí salen á la vergüenza los delitos, sobran las

faltas y placéanse las pasiones. En lo estirado la ira, en lo caído la

tristeza, en lo pálido el temor, en lo rojo la vergüenza, la doblez en

las arrugas y la candidez en lo terso, la desvergüenza en lo liso y la

capacidad en lo espacioso.

[Marginal: _Ojos, miembros divinos._]

Pero los que á mí, dijo Andrenio, más me llenaron en esta artificiosa

fábrica del hombre, fueron los ojos.

¿Sabes, dijo Critilo, cómo los llamó aquel grande restaurador de la

salud, entretenedor de la vida, indagador de la naturaleza, Galeno?

¿Cómo?

Miembros divinos. Que fué bien dicho. Porque, si bien se nota, ellos

se revisten de una majestuosa divinidad, que infunde veneración. Obran

con una cierta universalidad, que parece omnipotencia, produciendo en

el alma todas cuantas cosas hay en imágenes y especies. Asisten en

todas partes remedando inmensidad, señoreando en un instante todo el

hemisferio.

Con todo, reparé yo mucho en una cosa, dijo Andrenio, y es que, aunque

todo lo ven, no se ven á sí mismos ni aun las vigas que suelen estar en

ellos: condición propia de necios, ver todo lo que pasa en las casas

ajenas, ciegos para las proprias. Y no fuera poca conveniencia que el

hombre se mirara á sí mismo, ya para que se temiera y moderara sus

pasiones, ya para que reparara sus fealdades.

Gran cosa fuera, dijo Artemia, que el colérico viera su horrible

ceño y se espantara de sí mismo, que un melindroso y un adamado

vieran sus afeminados gestillos y se corriera el altivo con todos

los demás necios. Pero atendió la cauta naturaleza á evitar mayores

inconvenientes en verse. Temióle necio, no se enamorara de sí aun el

más monstruo y todo ocupado en verse, ninguna otra cosa mirara. Basta

que se mire á las manos, antes que le miren otros. Remire sus obras,

que es preciso, y atienda á sus acciones, que sean tan muchas, como

perfectas. Mírese también á los pies, hollando su vanidad, y sepa dónde

los pone y dónde los tiene. Vea en qué pasos anda, que eso es tener

ojos.

Así es, replicó Andrenio; mas para tanto ver poco parecen dos ojos y

ésos tan juntos. De una alhaja tan preciosa lleno había de estar todo

este animado palacio. Pero, ya que hayan de ser dos no más, pudiéranse

repartir y que uno estuviera delante para ver lo que viene y el otro

atrás, para lo que queda. Con eso nunca perdieran de vista todas las

cosas.

Y algunos, respondió Critilo, arguyeron á la naturaleza de tan

imaginario descuido y aun fingieron un hombre, á su parecer muy

perfecto, con la vista duplicada y no servía sino de ser hombre de dos

caras, doblado más que duplicado. Yo, si hubiera de añadir ojos, antes

los pusiera á los lados encima de los oídos y muy abiertos, para que

viera quién se le pone al lado, quién se le entremete á amigo. Y con

eso no perecieran tantos de aquel mortal achaque del costado. Viera

el hombre con quién habla, con quién se ladea, que es uno de los más

importantes puntos de la vida y vale más estar solo, que malaconsejado.

Pero advierte que dos ojos bien empleados bastante son para todo.

Ellos miran derechamente lo que viene cara á cara y de reojo lo que á

traición. Al atento bástale una ojeada para descubrir cuanto hay. Y aun

por eso fueron formados los ojos en esferas, que es la figura más apta

para el ejercicio de ver; no cuadrada, no haya rincones, no se esconda

lo que más importa que se vea. Bien están en la cara, porque el hombre

siempre ha de mirar adelante y á lo alto. Y, si hubiera otros en el

cerebro, fuera ocasión de que al levantar los unos al cielo, abatiera

los otros á la tierra con cisma de afectos.

Otra maravilla he observado en ellos, dijo Andrenio, que es el llorar y

me parece andan muy necios. Porque ¿qué remedia los males el llorarlos?

No sirve, sino de aumentar penas. El reirse de todo el mundo, aquel no

dársele cosa de cuanto hay, éso sí que es saber vivir.

¡Ah! Que como los ojos, dijo Artemia, son los que ven los males y

tantos, ellos son los que los lloran. Siempre verás que quien no

siente no se siente; mas quien añade sabiduría, añade tristeza. Esa

vulgaridad del reir, quédese para la necia boca, que es la que mucho

yerra. Son los ojos puertas fieles por donde entra la verdad y anduvo

tan atentamente escrupulosa la naturaleza, que para no dividirlos,

no se contentó con juntarlos en un puesto; sino que los hermanó en

el ejercicio. No permite que vea el uno sin el otro, para que sean

verídicos contestes. Miren juntos una misma cosa, no vea blanco el uno

y negro el otro. Sean tan parecidos en el color, en el tamaño y en

todo, que se equivoquen entre sí y desmientan la pluralidad.

Al fin, dijo Critilo, los ojos son en el cuerpo lo que las dos

lumbreras en el cielo y el entendimiento en el alma. Ellos suplen todos

los demás sentidos y todos juntos no bastan á suplir su falta. No sólo

ven; sino que escuchan, hablan, vocean, preguntan, responden, riñen,

espantan, aficionan, agasajan, ahuyentan, atraen y ponderan y todo lo

obran. Y lo que es más de notar, que nunca se cansan de ver, como ni

los entendidos de saber, que son los ojos de la república.

Notablemente anduvo próvida la naturaleza, dijo Andrenio, en señalar su

lugar á cada sentido, más ó menos eminente, según su excelencia. Á los

más nobles mejoró en los primeros puestos y puso á vista los sublimes

ejercicios de la vida; al contrario los indecentes y viles, aunque

necesarios, los desterró á los más ocultos lugares, apartándolos de la

vista.

Mostróse, dijo Critilo, gran celadora de la honestidad y decoro, que

aun los femeniles pechos los puso en puestos que pudiesen alimentar los

hijos con decencia.

El criticón (tomo 1 de 2) · 第 9 / 24 段