Dadme acá uno solo, dijo Critilo, que yo quiero asentarlo.

Después de haber pasado las calles de la Hipocresía, de la Ostentación

y Artificio, llegaron ya á la plaza Mayor, que era la de palacio,

porque estuviesen en su centro.

Era espacioso y nada proporcionado ni estaba á escuadra; todo ángulos y

traveses, sin perspectiva ni igualdad. Todas sus puertas eran falsas y

ninguna patente. Muchas torres, más que en Babilonia y muy airosas. Las

ventanas verdes, color alegre, por lo que promete, y el que más engaña.

Aquí vivía ó aquí yacía aquel tan grande como escondido monarca, que

muy entretenido asistía estos días á unas fiestas, dedicadas á engañar

el pueblo, no dejándole lugar para discurrir en cosas mayores.

Estaba el príncipe viéndolas bajo celosía, ceremonia inviolable y más

este día, que hubo unos juegos de mano, obra de gran sutileza, muy de

su gusto y genio: toda tropelía.

Estaba la plaza hecha un gran corral del vulgo, enjambre de moscas en

el zumbido y en sentarse en la basura de las costumbres, engordando con

lo podrido y hediondo de las morales llagas.

Á tan mecánico aplauso, subió en puesto superior, más descarado que

autorizado, cuales suelen ser todos los que sobresalen en las plazas,

un elocuentísimo embustero, que después de una bien paloteada arenga,

comenzó á hacer notables prestigios, maravillosas sutilezas, teniendo

toda aquella innumerable vulgaridad embobada.

Entre otras burlas bien notables, les hacía abrir las bocas y

aseguraba les metía en ellas cosas muy dulces y confitadas. Y ellos

se lo tragaban. Pero luego les hacía echar cosas asquerosísimas,

inmundicias horribles, con gran desaire de ellos y risa de todos los

circunstantes. El mismo charlatán daba á entender que comía algodón muy

blanco y fino; mas luego, abriendo la boca, lanzaba por ella espeso

humo, fuego y más fuego, que aterraba. Tragaba otras veces papel y

luego iba sacando muchas cintas de seda, listones de resplandor: y todo

era embeleco, como se usa.

Gustó mucho á Andrenio y comenzó á solemnizarlo.

Basta, dijo Critilo; que tú también te pagas de las burlas, no

distinguiendo lo falso de lo verdadero.

¿Quién piensas tú que es este valiente embustero?

Éste es un falso político, llamado el Maquiavelo, que quiere

dar á beber sus falsos aforismos á los ignorantes. [Marginal:

_Maquiavelistas._] ¿No ves cómo ellos se los tragan, pareciéndoles

muy plausibles y verdaderos? Y bien examinados, no son otro que una

confitada inmundicia de vicios y de pecados. Razones, no de estado,

sino de establo. Parece que tiene candidez en sus labios, pureza en su

lengua y arroja fuego infernal, que abrasa las costumbres y quema las

repúblicas. Aquéllas, que parecen cintas de seda, son las políticas

leyes, con que ata las manos á la virtud y las suelta al vicio. Éste

es el papel del libro que publica y el que masca: todo falsedad y

apariencia, con que tiene embelesados á tantos y tontos. Créeme que

aquí todo es engaño; mejor sería desenredarnos presto de él.

Mas Andrenio apelóse al entretenimiento del otro día, que lo publicaron

de mucho deporte.

No bien amaneció, que allí aun el día nunca es claro, cuando se vió

ocupada toda la plaza de un gran concurso de gente, con que no faltó

quien dijo estaba de bote en bote vacía. La fiesta era una farsa con

muchas tramoyas y apariencias: célebre espectáculo en medio de aquel

gran teatro de todo el mundo. No faltó Andrenio de los primeros para

su gusto ni Critilo para su provecho. En vez de la música, ensaladilla

del gusto, se oyeron pucheros y, en lugar de los acordes instrumentos

y voces regaladas, se oyeron lloros y, al cabo de ellos, si se acaban,

salió un hombrecillo, digo que comenzaba á ser hombre. Conocióse luego

ser extranjero en lo desarrapado.

Apenas se enjugó las lágrimas, cuando se adelantó á recibirle un grande

cortesano, haciéndose muy amigo, dándole la bienvenida. Ofrecióle

largamente cuanto pudiera el otro desear en tierra ajena y él no

cumplir en la propia, con tal sobra de palabras, que el extranjero se

prometió las obras. Convidóle lo primero á su casa, que se veía allí

á un lado, tan llena de tramoyas, cuan vacía de realidades. Comenzó á

franquearle riquezas en galas, que era de lo que él más necesitaba,

por venir desnudo; pero con tal artificio, que lo que con una mano le

daba, con la otra se lo quitaba, con increíble presteza. Calábase un

sombrero, coronado de diamantes, y prontamente arrojaban un anzuelo,

sin saber cómo ni por dónde y pescábanselo con sobrada cortesía. Lo

mismo hicieron de la capa, dejándole gentilhombre. Poníale delante

una riquísima joya; mas luego con gran destreza se la barajaba,

suponiéndole otra falsa, que era tirarle piedras. Estrenábale una gala

muy costosa y, en un cerrar y abrir de ojos, se convertía en una triste

mortaja, dejándole en blanco.

Y todo esto con grande risa y entretenimiento de los presentes: que

todos gustan de ver el ajeno engaño, faltándoles el conocimiento para

el propio. Ni advertían que, mientras estaban embelesados, mirando lo

que al otro le pasaba, les saqueaban á ellos las faltriqueras y tal vez

las mismas capas. De suerte que al cabo, el mirado y los que miraban,

todos quedaban iguales, pues quedaban todos desnudos en la calle y aun

en la misma tierra.

Salió en esto otro agasajador y, aunque más humano, hechura del

primero. Parecía del buen gusto y así le dijo tratase de emplearlo.

Mandó parar la mesa á quien nunca para. Sacaron muchos platos; aunque

los más comen sin plato. Arrastraron sillas y al punto que el convidado

fué á sentarse en una, que no debiera tomarlo tan de asiento, falseóle

á lo mejor y, al caer él, se levantó la risa en todo el teatro.

Acudió compasiva una mujer y por lo joven muy robusta y, ayudándole

á levantar, le dijo se afirmase en su rollizo brazo. Con esto pudo

proseguir, si no hallara falsificada la vianda.

Porque al descoronar la empanada, hallaba sólo el eco y del pernil el

_nihil_. Las aves sólo tenían el nombre de perdigones, todo crudo y

sin sustancia. Al caer se quebró el salero, con que faltó la sazón y

el agüero no. El pan, que parecía de flor, era con piedras, que aún no

tenía salvados. [Marginal: _Vida tragedia._] Las frutas de Sodoma, sin

fruto. Sirviéronle la copa de todas maneras penada, y tanto, que más

fué papar viento que beber vino, que fué. En vez de música, era la vaya

que le daban.

Á lo mejor del banquete, cansóse ó quiso cansarse el falso arrimo;

al fin, por lo femenil, flaco y falso. Dejóle caer y contó al revés

todas las gradas, hasta llegar á tierra y llenarse de lodo. Ninguno de

cuantos asistían se comidió á ayudarle. Miró él á todas partes, por si

alguno se compadecía y vió cerca un viejo cano. Rogóle que, pues no era

hombre de burlas, como lo prometía su madurez, quisiese darle la mano.

Respondióle que sí y aun le llevaría en hombros. Ejecutólo oficioso;

mas él se hacía cojo, cuando no volaba, y no menos falso que los demás.

Á pocos pasos tropezó en su misma muleta, con que cayó en una

encubierta trampa de flores y verduras, gran parte de la fiesta. Aquí

lo dejó caer, cogiéndole de vuelo la ropa, que le había quedado; allí

se hundió, donde nunca más fué visto ni oído, pereciendo su memoria con

sonido, pues se levantó la grita de todo aquel mecánico teatro. Hasta

Andrenio dando palmadas solemnizaba la burla de los unos y la necedad

del otro.

Volvióse hacia Critilo y hallóle, que no sólo no reía, como los demás;

pero estaba sollozando.

¿Qué tienes?, le dijo Andrenio. ¿Es posible que siempre has de ir al

revés de los demás? ¿Cuando los otros ríen, tú lloras y cuando todos se

huelgan, tú suspiras?

Así es, dijo él. Para mí ésta no ha sido fiesta, sino duelo; tormento,

que no deporte. Y si tú llegases á entender lo que es esto, yo aseguro

me acompañarías en el llanto.

¿Pues qué es esto, replicó Andrenio, sino un necio, que siendo

extranjero, se fía de todos y todos le engañan, dándole el pago que

merece su indiscreta facilidad?

De eso, yo más quiero reir con Demócrito, que llorar con Heráclito.

Y díme, le replicó Critilo, ¿y si fueses tú ese de quien te ríes? ¿Qué

dirías?

¿Yo? ¿De qué suerte? ¿Cómo puedo ser él, si estoy aquí vivo y sano y no

tan necio?

Ése es el mayor engaño, ponderó Critilo. Sabe, pues, que aquel

desdichado extranjero es el hombre de todos y todos somos él. Entra en

este teatro de tragedias llorando. Comiénzanle á cantar y encantar con

falsedades. Desnudo llega y desnudo sale, que nada saca, después de

haber servido á tan ruines amos.

Recíbele aquel primer embustero, que es el mundo. Ofrécele mucho y

nada cumple. Dale lo que á otros quita, para volvérselo á tomar, con

tal presteza, que lo que con una mano le presenta, con la otra se lo

ausenta y todo para en nada. Aquel otro, que le convida á holgarse,

es el gusto, tan falso en sus deleites, cuan cierto en sus pesares.

Su comida es sin sustancia y su bebida venenos. Á lo mejor falta el

fundamento de la verdad y da con todo en tierra. Llega la salud, que,

cuando más se asegura, más le miente. Aquéllos, que le dan priesa, son

los males. Las penas le dan vaya y gritan los dolores: vil canalla toda

de la fortuna.

Finalmente, aquel viejo, peor que todos, de malicia envejecida, es el

tiempo, que le da el traspié y le arroja en la sepultura, donde le deja

muerto, solo, desnudo y olvidado.

De suerte que, si bien se nota, todo cuanto hay, se burla del miserable

hombre: el mundo le engaña, la vida le miente, la fortuna le burla,

la salud le falta, la edad se pasa, el mal le da priesa, el bien se le

ausenta, los años huyen, los contentos no llegan, el tiempo vuela, la

vida se acaba, la muerte le coge, la sepultura le traga, la tierra le

cubre, la pudrición le deshace, el olvido le aniquila y el que ayer fué

hombre hoy es polvo y mañana nada.

Pero ¿hasta cuándo, perdidos, habemos de estar perdiendo el precioso

tiempo? Volvamos ya á nuestro camino derecho; que aquí, según veo, no

hay que aguardar sino un engaño tras otro engaño.

Mas Andrenio, hechizado de la vanidad, había hallado gran cabida en

palacio. Entraba y salía en él, idolatrando en la fantástica grandeza

de un rey, sin nada de realidad. Estaba más embelesado, cuando más

embelecado. Vendíanle los favores, hasta la memoria, con que llegó á

prometerse una fortuna extraordinaria. Hacía vivas instancias por verle

y besarle los pies, que aun no tenía. Ofreciéronle que sí una tarde,

que sin llegar siempre lo fué.

Volvió Critilo á proponer las conveniencias de su ida, ya persuadiendo

y ya rogando. Túvole finalmente, si no convencido, enfadado, de tanto

_¡sin falta!_ con tantos. Llegaron ya á la puerta de la ciudad,

con resolución de dejarla; ¡mas oh desdicha continuada! hallaron

guardas en ella, que á nadie dejaban salir y á todos entrar. Con

esto hubieron de volver atrás, Critilo apesarado de su poca suerte y

Andrenio arrepentido de arrepentido. Volvió de nuevo á su necedad en

pretensiones. Iba y venía á palacio. Y aunque para cada día había su

excusa, nunca el cumplimiento ni el desengaño. No cesaba Critilo de

pensar en su remedio; pero el extraordinario modo como lo consiguió,

diremos adelante, entretanto se da noticia de las maravillas de la

celebrada Artemia.

CRISI VIII

_Las maravillas de Artemia._

Buen ánimo contra la inconstante fortuna, buena naturaleza contra

la rigurosa ley, buen arte contra la imperfecta naturaleza y buen

entendimiento para todo. Es el arte complemento de la naturaleza y un

otro segundo ser, que por extremo la hermosea y aun pretende excederla

en sus obras. Préciase de haber añadido un otro mundo artificial

al primero. Suple de ordinario los descuidos de la naturaleza,

perfeccionándola en todo; que sin este socorro del artificio, quedara

inculta y grosera.

Éste fué sin duda el empleo del hombre en el paraíso, cuando le

revistió el Criador la presidencia de todo el mundo y la asistencia en

aquél, para que lo cultivase: esto es, que con el arte lo aliñase y

puliese. De suerte que es el artificio gala de lo natural, realce de

su llaneza. Obra siempre milagros. Y si de un páramo puede hacer un

paraíso ¿qué no obrará en el ánimo, cuando las buenas artes emprenden

su cultura? Pruébelo la romana juventud y más de cerca nuestro

Andrenio, aunque por ahora tan ofuscado en aquella corte de confusiones

cuya libertad solicitaron los desvelos de Critilo con la felicidad que

veremos.

Érase una gran reina, muy celebrada por sus prodigiosos hechos,

confinante con este primer rey y por el consiguiente tan contraria

suya, que de ordinario traían guerra declarada y muy sangrienta.

Llamábase aquélla, que no niega su nombre ni sus hechos, la sabia y

discreta Artemia, muy nombrada en todos siglos, por sus muchas y raras

maravillas. Si bien se hablaba de ella con gran variedad. [Marginal:

_Duque del Infantado._] Porque, aunque los entendidos sentían y entre

ellos el primero el tan valeroso, como discreto duque del Infantado,

de sus acciones, como quien ellos son y ella merece; pero lo común

era decir ser una valiente maga, una grande hechicera; aunque más

admirable que espantosa.

Muy diferente de la otra Circe, pues no convertía los hombres en

bestias; sino al contrario, las fieras en hombres. No encantaba las

personas; antes las desencantaba: de los brutos hacía hombres de razón.

Y había quien aseguraba haber visto entrar en su casa un estólido

jumento y, dentro de cuatro días, salir hecho persona. De un topo

hacer un lince era fácil para ella. Convertía los cuervos en cándidas

palomas, que era ya más dificultoso, así como hacer parecer leones las

mismas liebres y águilas los tagarotes. De un buho hacía un jilguero.

Entregábanle un caballo y, cuando salía de sus manos, no le faltaba

sino hablar. Y aun dicen que realmente enseñaba á hablar á las bestias;

pero mucho mejor á callar, que no era poco recabarlo dellas.

Daba vida á las estatuas y alma á las pinturas. Hacía de todo género

de figuras y figurillas, personas de sustancia. [Marginal: _Hombres

muy hombres._] Y lo que más admiraba: de los titibilicios, cascabeles

y esquiroles hacía hombres de asiento y muy de propósito y á los

chisgarabises infundía gravedad. De una personilla hacía un gigante y

convertía las monterías en madureces. De un hombre de burlas formaba un

Catón severo. Hacía medrar un enano en pocos días, que llegaba á ser un

Tifeo.

Los mismos títeres convertía en hombres sustanciales y de fondo, que

no hiciera más la misma prudencia. Los ciegos del todo transformaba en

Argos y hacía que los interesados no fuesen los postreros en saber las

cosas. Los dominguillos de borra, los hombrecillos de paja convertía en

hombres de veras. Á las víboras ponzoñosas, no sólo las quitaba todo el

veneno; pero hacía triaca muy saludable dellas.

En las personas ejercitaba su saber y su poder con más admiración,

cuanto era mayor la dificultad. Porque á los más incapaces infundía

saber, que casi no ha dejado bobos en el mundo y, sí algunos

maliciosos. Daba no sólo memoria á los entronizados; pero entendimiento

á los infelices. [Marginal: _Duque de Alburquerque._] De un loco

declarado hacía un Séneca y de un hijo de vecino, un gran ministro;

de un alfeñique, un capitán general, tan valiente como un duque de

Alburquerque; y de un osado mozo, un virrey excelentísimo del mismo

Nápoles; de un pigmeo un gigantón de las Indias. De unos horribles

monstruos hacía ángeles, cosa que estimaban mucho las mujeres.

Viéronla á veces de repente hacer de un páramo un pensil y que prendían

los árboles, donde no prendieran las varas mismas. Dondequiera que

ponía el pie formaba luego una corte y una ciudad tan culta, como

la misma Florencia. Ni le era imposible erigir una triunfante Roma.

Desta suerte y á esta traza contaban della, que no acababan, cosas tan

maravillosas como plausibles.

Llegó esta noticia al no sordo Critilo, cuando más desahuciado estaba.

Informóse muy por menudo de quién era Artemia, dónde y cómo reinaba y

concibió al punto que en hablarla consistía su remedio. No pudo recabar

de Andrenio, ni con ruegos ni razones, que le siguiese. Y así él,

después de haber velado sobre el caso, trazó huirse y no tuvo tanta

dificultad, como imaginaba. Que en este orden de cosas el que quiere,

puede. Rompió con todo, que es el único medio y saltó por el portillo

de dar en la cuenta: aquél que todos cuantos abren los ojos le

hallan.

Salió al fin tan dichoso, como contento. Y ya libre, metióse en camino

para la corte de la deseada Artemia, á consultarla el rescate de su

amigo, que llevaba más atravesado en su corazón, cuanto más dél se

apartaba. Encontró por el camino muchos, que también iban allá: unos

por curiosidad y otros por su provecho, que eran más cuerdos.

Contaban todos cosas y casos portentosos. Que amansaba los leones y que

con dos palabras, que les decía, los tornaba humanos y sufridos. Que

desencantaba las serpientes y las hacía andar derechas. Tomaba de ojo

á los basiliscos, quitándoles las niñas porque no matasen, ni miradas

ni mirando: que todas eran cosas bien útiles y raras.

[Marginal: _Matronas castas._]

Todo eso es nada, dijo uno, con el prevalecer contra las mismas sirenas

y transformarlas en matronas. Aquel convertir en tórtolas las lobas. Y

lo más que se puede imaginar, que de una Venus bestial hizo una virgen

vestal.

Eso es gran cosa, dijeron todos.

Campeaba ya su artificioso palacio, muy superior á todo. Y con estar

en puesto tan eminente, hacía subir las aguas de los ríos á dar la

obediencia á su poderosa maña, con un raro artificio, ejemplar de aquel

otro del famoso artífice, que al mismo Tajo dió un corte de aguas

cristalinas. Estaba todo él coronado de flores en jardines, prodigios

también fragantes, porque las espinas eran rosas y las maravillas de

todo el año. Hasta los olmos daban peras y uvas los espinos; de los

más secos corchos sacaba jugo y aun néctar; y los peros, en Aragón tan

indigestos, aquí se nacían confitados. Oíanse en los estanques cantar

los cisnes en todo tiempo. Hízosele muy de nuevo á Critilo, porque en

otras partes de tal suerte enmudecen, que aun en la hora de la muerte,

aunque comúnmente se dice que cantan, ninguno se halla que los haya

oído.

[Marginal: _Desengañados._]

Es, le dijeron, que, como son tan cándidos, si cantan, ha de ser

la verdad y, como ésa es tan mal oída, han dado en el arbitrio de

enmudecer. Sólo en aquel trance, apretados de la conciencia ó porque

ya no tienen más que perder, cantan alguna verdad. Y de aquí se dijo

que tal predicador ó tal ministro hablaron claro: el secretario Fulano

desembuchó muchas verdades, el otro consejero descubrió su pecho,

estando todos para morir.

Á la puerta estaba un león, que se había convertido en una mansísima

oveja y un tigre en un cordero. Por los balcones había muchas parleras,

digo aves, en conversación, manteniendo la tela los papagayos;

aunque los tordos se picaban de su nombre. Los gatos y los alanos

de su casa ya no arañaban apretados ni mordían rabiosos; sino que,

reconociendo leales su gran dueño, besaban sus generosas plantas.

Estábanlos aguardando á la puerta muchas y bienaliñadas doncellas;

aunque mecánicas y de escalera abajo. Otras más nobles y liberales le

subieron arriba y le ensalzaron á la oficina, en que la discretísima

Artemia, asistida de los varones eminentes, [Marginal: _Don Vicencio de

Lastanosa._] señalándole á cada uno su puesto el grande apreciador de

las eminencias, don Vicencio de Lastanosa, estaba actualmente ocupada

en hacer personas de unos leños.

Tenía un rostro muy compuesto, ojos penetrantes. Su hablar, aunque muy

medido, muy gustoso. Sobre todo tenía extremadas manos, que daban vida

á todo aquello en que las ponía. Todas sus facciones muy delicadas, su

talle muy airoso y bienproporcionado y, en una palabra, toda ella de

muy buen arte.

Recibió con agradable bizarría á Critilo, celebrándole por muy de su

genio, sacándolo por la pinta. Y añadió que con razón se llamó el

rostro faz, porque él mismo está diciendo lo que hace y _facies_ en

latín, lo que _facies_. Llegó Critilo á saludarla, logrando favores tan

agradables. Extrañó ella que un varón discreto viniese, no ya solo, mas

sí tanto.

Que la conversación, decía, es de entendidos y ha de tener mucho de

gracia y de las gracias, ni más ni menos de tres.

Aquí destilando el corazón en lágrimas Critilo: Otros tantos,

respondió, solemos ser un otro camarada, que dejo por dejado, y siempre

se nos junta otro tercero de la región donde llegamos, que tal vez

nos guía y tal nos pierde, como ahora, que por eso vengo á ti, ¡oh

gran remediadora de desdichas!, solicitando tu favor y tu poder, para

rescatar este otro yo, que queda malcautivo, sin saber de quién ni cómo.

Pues, si no sabes dónde le dejas ¿cómo le hemos de hallar?

Aquí entran tus prodigios, replicó él. Mas de que ahí queda en la corte

juráralo yo, que ahí había de ser su perdición, de un rey famoso sin

ser nombrado, poderoso por lo universal y singular por lo desconocido.

Tate, dijo ella. Ya estás entendido, que fué favor sustancial. Él queda

sin duda en la Babilonia, que no corte, de mi grande enemigo Falimundo,

porque ahí perece el mundo entero y todos acaban, porque no acaban.

Pero mejor ánimo en la peor fortuna: que no nos ha de faltar ardid

contra el engaño.

Mandó llamar uno de sus mayores ministros, gran confidente suyo, que

acudió tan pronto, como voluntario. Parecía hombre de propósito y

aun ilustre por lo claro y verdadero. Á éste le confió la empresa,

informándole muy bien Critilo de lo pasado y Artemia de lo hacedero.

Entrególe juntamente un espejo de purísimo cristal, obra grande de uno

de los siete griegos, explicándole su manejo y eficacia.

Y él empeñó su industria.

Vistióse al uso de aquel país, con la misma librea, que los criados de

Falimundo, que era de muchos dobleces, pliegues, forros y contraforros,

senos, bolsillos, sobrepuestos, alforzas y capa para todas las cosas.

Desta suerte se partió pronto á cumplir el preciso mandato.

Quedó Critilo tan hallado como favorecido en la corte de Artemia,

muy entretenido y aun aprovechado, viéndola cada día obrar mayores

prodigios. Porque la vió convertir un villano zafio en un cortesano

galante, cosa que parecía imposible. [Marginal: _Cortesanos._] De un

montañés hizo un gentilhombre, que fué también gran primor del arte.

Y no menor hacer de un vizcaíno un elocuente secretario. Convertía

las capas de bayeta raídas en terciopelos y aun en felpas, un manteo

deslucido de un pobre estudiante en una púrpura eminente y una gorra en

una mitra. Los que servían en una parte hacía mandasen en otra y tal

vez el mundo todo. Pues de un zagal, que guardaba una piara, hizo un

pastor universal, obrando con más poder á mayor distancia. Porque se le

vió levantar un mozo de espuelas á Betlengabor y de un lacayo un señor

de la Tenza.

Y de tiempos pasados contaban mayores cosas, pues la vieron transformar

las aguijadas en cetros y hacer un César de un escribano. Mejoraba los

rostros mismos, de modo que de la noche á la mañana se desconocían,

mudando los pareceres de malos en buenos y éstos en mejores. De hombres

muy livianos hacía hombres graves y de otros muy flacos, hombres de

mucha sustancia. Y era de modo que todos los defectos del cuerpo

suplía: hacía espaldas, era pies y manos para unos y daba ojos á otros,

dientes y cabellos. Y lo que es más, remendaba corazones, haciéndolos

de las mismas tripas, que todos eran milagros de su artificio.

Pero lo que más admiró á Critilo fué verla coger entre las manos un

palo, un tronco é irle desbastando, hasta hacer dél un hombre que

hablaba, de modo, que se le podía escuchar. Discurría y valía al fin lo

que bastaba para ser persona.

Pero dejémosle tan bienentretenido y sigamos un rato al prudente

anciano, que camina en busca de Andrenio á la corte del famoso rey

Falimundo.

Duraban aún los juegos bacanales. Andaban las máscaras más validas, que

en la misma Barcelona. No hubo hombre ni mujer, que no saliese con la

suya y todas eran ajenas. Había de todos modos, no sólo de diablura,

pero de santidad y de virtud, con que engañaban á muchos simples, que

los sabios claramente les decían se las quitasen.

El criticón (tomo 1 de 2) · 第 8 / 24 段