[Marginal: _Conde de Castrillo. Marqués de Grana._]

El mismo fué siempre que es. Así le hallaron todos y así le dejaron.

Vive un entendedor conde de Castrillo y no revienta un entendido

marqués Carreto y pasa.

¿Pues cómo hacen para poder vivir, siendo tan cuerdos?

¿Cómo? Ver, oir y callar.

Yo no diría de esa suerte; sino ver, oir y reventar.

No dijera más Heráclito.

Ahora díme, ¿nunca se ha tratado de adobar el mundo?

Sí. Cada día lo tratan los necios.

¿Por qué necios?

Porque es tan imposible como concertar á Castilla y descomponer á

Aragón. ¿Quién podrá recabar que unos no tengan nepotes y otros

privados? Que los franceses no sean tiranos, los ingleses tan feos en

el alma, cuan hermosos en el cuerpo, los españoles soberbios y los

genoveses...

No hay que tratar. Yo me vuelvo á mi cueva y á mis fieras, pues no hay

otro remedio.

Yo te le he de dar, dijo el Quirón, tan feliz como verdadero, si me

escuchas en la Crisi siguiente.

CRISI VII

_La fuente de los engaños._

Declararon todos los males al hombre por su enemigo común, no más

de por tener él razón. Estando ya para darle la batalla, dicen que

llegó al campo la Discordia, que venía, no del infierno como algunos

pensaron, ni de los pabellones militares como otros creyeron; sino de

casa de la hipócrita Ambición. En estando allí, hizo de las suyas.

Movió una reñida competencia sobre quién había de llevar la vanguardia,

no queriendo ceder ningún vicio esta ventaja del valor y del valer.

Pretendía la Gula, por primera pasión del hombre, que comienza á

triunfar desde la cuna. La Lascivia llevábalo por valiente, jactándose

de la más poderosa pasión, refiriendo sus victorias y favorecíanla

muchos. La Codicia alegaba ser la raíz de todos los males. La Soberbia

blasonaba su nobleza, haciéndose oriunda del cielo y ser el vicio

más de hombres, cuando los demás son de bestias. La Ira lo tomaba

fuertemente. De esta suerte peleaban entre sí y todo paraba en

confusión.

Tomó la mano la Malicia y hízoles una pesadamente grave arenga.

Encargóles sobre todo la unión, aquel ir encadenados todos y, tocando

el punto de la dificultad, les dijo:

Esta bizarría del embestir, sabida cosa es que toca á mi hija

primogénita la Mentira. ¿Quién dudó jamás de eso? Ella es la autora de

toda maldad, fuente de todo vicio, madre del pecado, arpía que todo

lo inficiona, Fitón que todo lo anda, hidra de muchas cabezas, Proteo

de muchas formas, Centimano que á todas manos pelea, Caco que á todos

desmiente, progenitora al fin del engaño, aquel poderoso rey, que

abarca todo el mundo entre engañadores y engañados, unos de ignorancia

y otros de malicia.

La Mentira, pues, con el Engaño embistan la incauta candidez del

hombre, cuando mozo y cuando niño, valiéndose de sus invenciones,

ardides, estratagemas, asechanzas, trazas, ficciones, embustes,

enredos, embelecos, dolos, marañas, ilusiones, trampas, fraudes,

falacias y todo género de italiano proceder: que de este modo, entrando

los demás vicios por su orden, sin duda que tarde ó temprano, á la

mocedad ó la vejez, se conseguirá la deseada victoria.

Cuánta verdad sea ésta confírmelo lo que les sucedió á Critilo y

Andrenio, á poco rato que se habían despedido del sagaz Quirón. El

cual, habiéndolos sacado de aquel confuso Babel, registro de todo el

mundo, é introducídolos en el camino más derecho, volvióse á encaminar

otros y ellos pasaron adelante en el peregrino viaje de su vida.

Iba muy consolado Andrenio con el único remedio que le dió para poder

vivir y fué que mirase siempre al mundo, no como ni por donde le suelen

mirar todos; [Marginal: _Conde de Oñate._] sino por donde el buen

entendedor conde de Oñate, esto es al contrario de los demás, por la

otra parte de lo que parece. Y con eso, como él anda al revés, el que

le mira por aquí, le ve al derecho, entendiendo todas las cosas al

contrario de lo que muestran.

Cuando vieres un presumido de sabio, cree que es un necio. Ten al rico

por pobre de los verdaderos bienes. El que á todos manda es esclavo

común. El grande de cuerpo no es muy hombre; el grueso, tiene poca

sustancia. El que hace el sordo oye más de lo que querría. El que mira

lindamente es ciego ó cegará. El que huele mucho huele mal á todos. El

hablador no dice cosa. El que ríe regaña. El que murmura se condena. El

que come más come menos. El que se burla tal vez se confiesa. El que

dice mal de la mercadería la quiere. El que hace el simple sabe más. Al

que nada le falta él se falta á sí mismo. El avaro, tanto le sirve lo

que tiene, como lo que no tiene. El que gasta más razones tiene menos.

El más sabio suele ser menos entendido. Darse buena vida es acabar. El

que la ama la aborrece. El que te unta los cascos, ése te los quiebra;

el que te hace fiestas, te ayuda. La necedad la hallarás de ordinario

en los buenos pareceres. [Marginal: _Saber discurrir._] El muy derecho

es tuerto. El mucho bien hace mal. El que excusa pasos da más. Por no

perder un bocado se pierden ciento. El que gasta poco gasta doblado. El

que te hace llorar te quiere bien. Y al fin, lo que uno afecta y quiere

parecer, éso es menos.

De esta suerte iban discurriendo, cuando interrumpió su filosofar otro

monstruo, aunque no lo extrañaron, porque en este mundo no se topa sino

una monstruosidad tras otra. Venía hacia ellos una carroza, cosa bien

rara en camino tan dificultoso, aunque tan derecho; pero ella era tan

artificiosa y de tan enteras vueltas, que atropellaba toda dificultad.

Las pías, que la tiraban, más remendadas que pías, eran dos serpientes

y el cochero una vulpeja.

Preguntó Critilo si era carroza de Venecia; pero disimuló el cochero,

haciendo del desentendido. Venía dentro un monstruo, digo, muchos en

uno, porque ya era blanco, ya negro, ya mozo, ya viejo, ya pequeño,

ya grande, ya hombre, ya mujer, ya persona, ya fiera, tanto, que dijo

Critilo si sería éste el celebrado Proteo.

Luego que llegó á ellos, se apeó con más cortesías que un francés

novicio, primera especie de engaño. Y con más cumplimientos que una

despedida aragonesa, les dió la bienvenida, ofreciéndoles, de parte de

su gran dueño su palacio, donde descansasen algunos días del trabajo de

tan enfadoso camino.

Agradecidos ambos á tan anticipado favor, le preguntaron ¿quién era el

tal señor, que sin conocerlo ni conocerlos, así los obligaba?

Es, dijo, un gran príncipe, que, si bien su señorío se extiende por

toda la redondez de la tierra, aquí al principio del mundo, en esta

primera entrada de la vida tiene su metrópoli. Es un gran rey y con

toda propiedad monarca, pues tiene vasallos reyes, que son bien pocos

los que no le rinden parias. Su reino es muy florido, donde, á más de

que se premian las armas y se estiman las letras, [Marginal: _Hacer

parecer._] quien quisiere entender de raíz la política, el modo, el

artificio, curse esta corte: aquí le enseñarán el atajo para medrar y

valer en el mundo, el arte de ganar voluntades y tener amigos y sobre

todo el hacer parecer las cosas, que es el arte de las artes.

Picado el gusto, picábanle los pies á Andrenio por ir allá. No veía la

hora de hallarse en una corte tan política. Y, obligado del agasajo,

estaba ya dentro de la carroza, dando la mano á Critilo y estirándole á

que entrase. Mas éste, como iba con pies de oro, volvió á informarse

cómo se nombraba aquel príncipe. Que siendo tan grande, como decía, no

podía dejar de tener gran nombre.

Muchos tiene, respondió el ministro, mudando á cada palabra su

semblante. Nombres y renombres tiene y, aunque en cada provincia el

suyo y para cada acción, pero el verdadero, el más propio, pocos le

saben, porque muy pocos llegan á verle y menos á conocerle. Es príncipe

de mucha autoridad; que no es de éstos de á docena en provincia. Guarda

gran recato; no se permite así vulgarmente. Que consiste su mayor

estimación en el retiro y en no ser descubierto. Al cabo de muchos años

llegan algunos á verle y eso por gran ventura; que otros ni en toda su

vida.

Ya en esto les había sacado del camino derecho y metido en otro muy

intrincado y torcido. Cuando lo advirtió Critilo, comenzó á malearse;

pero ya no era fácil volver atrás y desenredarse, asegurándoles la guía

que aquél era el atajo de medrar, que le siguiesen, que él les ofrecía

sacarlos á lucimiento, y que advirtiesen que casi todos los pasajeros

echaban por allí.

No es eso lo mejor, dijo Critilo; antes lo trivial le hace sospechoso,

y previno á Andrenio fuese muy sobre sí y doblase la cautela.

Llegaron ya á la gran fuente de la gran sed, tan nombrada, como deseada

de todos los fatigados viandantes. Famosa por su artificio, injuria

de Juanelo y célebre por la perennidad de sus líquidos cristales.

Estaba en medio de un gran campo y aun no bastante para la mucha

gente que concurría, solicitando alivio á tanta sed y fatiga. Veíase

en aquella ocasión tan coronada de sedientos pasajeros, que parecía

haberse juntado todo el mundo: que bien pocos de los mortales faltaban.

Brollaba el agua por siete caños en gran abundancia; aunque no eran

de oro, sino de hierro, circunstancia que la notó bien Critilo. Y más

cuando vió que, en vez de grifos y leones, eran sierpes y eran canes.

No había estanque donde el agua rebalsase, porque no sobraba gota,

donde se desperdiciaban tantas, asegurando todos, cuantos la gustaban,

era la más dulce que en su vida habían bebido. Y con este cebillo,

sobre el cansancio, no cesaban de brindarse, hidrópicos de dulzura.

Para la gente de cuenta, que siempre éstos son contados, había cálices

de oro, que una agradable ninfa, tabernera de Babilonia, con extremada

cortesía les ministraba y las más veces bailándoles el agua delante.

Aquí Andrenio, tan apretado de la sed, cuan obligado del agasajo, sin

más reparo, se precipitó al agua. Poca pudo pasar, que le gritó Critilo:

¡Aguarda, espera! Mira primero si es agua.

¿Pues qué ha de ser?, replicó él.

Bien puede ser veneno, que aquí todo es de temer.

Agua veo yo que es y muy clara y bien risueña.

Esto, replicó Critilo, es lo peor: aun del agua clara ya no hay

que fiar, pues con todo ese claro proceder adultera las cosas,

representándolas mayores de lo que son y á veces más altas y otras

las esconde en el profundo: ya ríe, ya murmura, que no hiciera más un

áulico.

Déjame siquiera enjuagar, replicó Andrenio: que estoy que perezco.

No hagas tal, que el enjuagar siempre fué reclamo de beber.

¿Siquiera no podría bañarme estos ojos, limpiándome del polvo que me

ciega y del sudor que me ensucia?

Ni aun eso. Créeme y remítete siempre á la experiencia, con enseñanza

tuya y riesgo ajeno. Nota el efecto que hará en éstos, que ahora

llegan. Míralos bien primero, antes que beban, y vuelve á reconocerlos

después de haber bebido.

Llegaba en esto una gran tropa de pasajeros que, más sedientos que

atentos, se lanzaron al agua. Comenzaron á bañarse lo primero y

restregarse los ojos blandamente; pero ¡cosa rara é increíble! al mismo

punto que les tocó el agua en ellos, se les trocaron, de modo que,

siendo antes muy naturales y claros, se les volvieron de vidrio de

todos colores.

[Marginal: _Satisfecho._]

Á uno tan azules, que todo cuanto veía le parecía un cielo, que estaba

en gloria: éste era un gran necio, que vivía muy satisfecho de sus

cosas. Á otro se le volvieron cándidos, como la misma leche: todo

cuanto veía le parecía bueno, sin género alguno de malicia. De nadie

sospechaba mal y así todos le engañaban, todo lo abonaba y más si eran

cosas de sus amigos: hombre más sencillo que un polaco.

[Marginal: _Malicioso._]

Al contrario, á otro se le pusieron más amarillos que una hiel: ojos

de suegra y cuñada. En todo hallaba dolo y reparo, todo lo echaba á la

peor parte y, cuantos veía, juzgaba que eran malos y enfermos. Éste era

uno más malicioso que juicioso.

Á otros se les volvían verdes, que todo se lo creían y esperaban

conseguir: ojos ambiciosos. Los amartelados cegaban de todo punto y

de ajenas legañas. Á muchos se les paraban sangrientos que parecían

calabreses.

¡Cosa rara! que, aunque á algunos daba buena vista, veían bien y

miraban mal: debían ser envidiosos. No sólo se les alteraban los ojos

en orden á la calidad; sino á la cantidad y figura de los objetos y

de suerte que á unos todas las cosas les parecían grandes y más las

propias, á lo castellano; á otros todo les parecía poco, gente de

malcontentar.

Había uno, que todas las cosas le parecían estar muy lejos, acullá cien

leguas, y más los peligros, la misma muerte. Éste era un incauto. Al

contrario, á otro le parecía, que todo lo tenía muy cerca y los mismos

imposibles muy á mano. Todo lo facilitaba: pretendiente había de ser.

[Marginal: _Confiado._]

Notable vista era la que les comunicaba á muchos, que todo les parecía

reírseles y que todos les hacían fiestas y agasajos: condición de

niños. Estaba uno muy contento, porque en todo hallaba hermosura,

pareciéndole que veía ángeles: éste dijeron que era ó portugués ó nieto

de Macías.

Hombre había, que en todo se veía á sí mismo: necio Antiferonte. Á

otro se le equivocó la vista de modo, que veía lo que no miraba:

bizco de intención y de voluntad torcida. Había ojos de amigos y ojos

de enemigos muy diferentes; ojos de madre, que los escarabajos le

parecían perlas, y ojos de madrastra, mirando siempre de mal ojo; ojos

españoles, verdinegros, y azules los franceses.

Todos estos monstruosos efectos causó aquel venenoso licor en los que

se lavaron con él; que en otros, que llegaron á tomarle en la boca y

enjuagarse, ya obró más prodigiosas violencias, pues las lenguas, que

antes eran de carne sólida y sustancial, las trocó en otras de bien

extraordinarias materias. [Marginal: _Lengua de seda._] Unas de fuego,

que abrasaban el mundo y otras de aguachirle, muy á la clara. Muchas

de viento, que parecían fuelles en llenar las cabezas de mentiras, de

soplos y de lisonjas. Algunas, que habían sido de seda, las volvía

de bayeta y las de terciopelo en raso. Transformaba otras en lenguas

de burlas, nada sustanciales y las más de borra, que se embarazaban

mucho en decir lo que convenía. Á muchas mujeres las quitó del todo

las lenguas; pero no el habla, que antes hablaban más, cuanto más

deslenguadas.

[Marginal: _Modos de hablar._]

Comenzó uno á hablar muy alto.

Éste, dijo Andrenio, español es.

No es sino un presuntuoso, dijo Critilo: que los que habían de hablar

más quedo, hablan de ordinario más alto.

Así es, dijo uno, con una voz afeminada, que parecía francés y no era;

sino un melindroso.

Salióle al encuentro otro, que parecía hablar entre boca de noche y

todos creyeron era tudesco; mas él mismo dijo:

No soy sino uno de éstos que, por hablar culto, hablo á oscuras.

Ceceaba uno tanto, que hacía rechinar los dientes y todos convinieron

en que era andaluz ó gitano. Otros se escuchaban y eran los que peor

decían. Muy alborotado comenzó uno á inquietarlo todo y á revolver

el mundo, sin saber él mismo por qué; sólo dijo que era su natural.

Creyeron todos que era mallorquín; mas no era, sino un bárbaro furioso.

Hablaba uno y nadie le entendía: pasó plaza de vizcaíno; mas no lo era,

sino uno que pedía. Perdió de todo punto la habla un otro, procurando

darse á entender por señas y todos se reían de él.

Éste, sin duda, dijo Critilo, quiere decir la verdad y no acierta ó no

se atreve.

Hablaban otros muy ronco y con voz muy baja.

Éstos, dijo, habían de ser del parlamento; pero no son sino del consejo

de sí mismos.

Algunos hablaban gangoso; si bien no faltaba quien les entendía la

ganga, tartamudeando los que negaban, los que ni bien decían de sí,

ni bien de no. Muchos no hablaban seguido y muy pocos se mordían la

lengua. Pronunciaban algunos como botijas á lo enfadado y más á lo

enfadoso. Éstos entonado, aquéllos mirlado, especialmente cuando

querían engañar.

Fué de modo, que ninguno quedó con su voz, ni buena ni verdadera.

No había hombre, que hablase llanamente, igual, consiguiente y sin

artificio; todos murmuraban, fingían, malsinaban, mentían, engañaban,

chismeaban, injuriaban, blasfemaban y ofendían.

Desde aquí aseguran que á los franceses, que bebieron más que todos y

les brindaron los italianos, les quedó el no hablar como escriben, ni

el obrar lo que dicen: de modo, que es menester atenderles mucho á lo

que pronuncian y escriben, entendiéndolo todo al revés.

Pero donde mostró su eficacia el licor pestilencial fué en aquellos que

bebieron dél. Porque al mismo punto que le tragaron, ¡cosa lastimosa,

pero cierta! todo el interior se les revolvió y mudó de suerte, que

no les quedó aquella sustancia verdadera, que antes tenían; sino que

quedaron llenos de aire, rebutidos de borra. Hombres de burla, todo

mentira y embeleco.

[Marginal: _Hombres de ahora._]

Los corazones se les volvieron de corcho, sin jugo de humanidad ni

valor de personas; las entrañas se les endurecieron más que de

pedernales; los sesos, de algodón, sin fondo de juicio; la sangre,

agua, sin color ni calor; el pecho, de cera, no ya de acero; los

nervios, de estopa, sin bríos; los pies, de plomo para lo bueno y

de pluma para lo malo; las manos, de pez, que todo se les pega; las

lenguas, de borra; los ojos, de papel. Y todos ellos engaño de engaños

y todo vanidad.

Al desdichado Andrenio una sola gota, que tragó, que las demás se las

hizo verter Critilo, le hizo tal operación, que quedó vacilando siempre

en la virtud.

¿Qué te parece, le dijo Critilo? ¿Qué perennidad ésta de engaños? ¿Qué

manantial de mentiras en el mundo? Mira que bueno hubieras quedado,

si hubieras bebido á hartar, como hacen los más. [Marginal: _Duque

de Osuna. Príncipe de Condé._] ¿Piensas tú que valen poco unos ojos

claros, una lengua verdadera, un hombre sustancial, un duque de Osuna,

una persona que lo sea, un príncipe de Condé? Créeme y estima el serlo,

que es un prodigio de fénix.

¡Ay tal suceso!, decía Andrenio. ¿Quién tal creyera de una agua tan

mansa?

Ésta es la peor.

¿Cómo se llama esta fuente? preguntó á unos y á otros. Y ninguno supo

responderle.

No tiene nombre, dijo el Proteo: que en no ser conocida consiste su

eficacia.

Pues llámese, dijo Critilo, la fuente de los engaños, donde el que una

vez bebe, después todo se lo traga y todo lo trueca.

Quisiera volver atrás Critilo; mas no pudo ni vino en ello Andrenio.

[Marginal: _Necio con todos._] Ya maleado, instando en pasar adelante

el Proteo y diciendo: ¡Ea!, que más vale ser necio con todos, que

cuerdo á solas.

Fuélos desviando, que no guiando, por unos prados amenos, donde se

estaba dando verdes la juventud. Caminaban á la fresca de árboles

frondosos, todos ellos descorazonados: gran señal de infructíferos.

Divisábase ya la gran ciudad, por los humos: vulgar señal de

habitación humana, en que todo se resuelve. Tenía extremada apariencia

y mejor cuanto más de lejos era. Era increíble el concurso, que de

todas las provincias y á todos tiempos acudían á aquel paradero de

todos, levantando espesas nubes de polvo, que quitaban la vista.

Cuando llegaron á ella, hallaron que lo que parecía clara por fuera,

era confusa por dentro. Ninguna calle había derecha ni despejada:

modelo de laberintos y centro de minotauros. Fué á meter el pie el

arrojado Andrenio y dióle un grito Critilo:

Abre los ojos primero, los interiores digo, y por que adviertas donde

entras, mira.

Bajóse á tierra y, escarbando en ella, descubrió lazos y más lazos, de

mil maneras, hasta de hilos de oro y de rubios cabellos. De suerte que

todo el suelo estaba sembrado de trampas encubiertas.

Nota, le dijo, dónde y cómo entras, considera á cada paso que dieres

dónde pones el pie y procura asentarlo. No te apartes un punto de mi

lado, si no quieres perderte. [Marginal: _Regla de vivir._] Nada creas

de cuanto te dijeren, nada concedas de cuanto te pidieren, nada hagas

de cuanto te mandaren. Y en fe de esta lección, echemos por esta calle,

que es la del callar y ver para vivir.

Eran todas las casas de oficiales; no se veía un labrador: gente que

no sabe sentir. Vieron cruzar de una parte á otra muchos cuervos

domésticos y muy hallados con sus amos. Extrañólo Andrenio y aun lo

tuvo por mal agüero; mas díjole el Proteo:

No te espantes, que destas malas aves dijo una muy aguda necedad

Pitágoras, prosiguiendo aquél su opinado disparate, de que Dios

castigaba los malos en muerte, trasladando sus almas á los cuerpos

de aquellos brutos, á quienes habían simbolizado en vida. Las de los

crueles metía á tigres, las de los soberbios á leones, las de los

deshonestos á jabalíes y así de todos. [Marginal: _Oficiales._] Dijo,

pues, que las almas de los oficiales, especialmente aquellos que nos

dejan en cueros, cuando nos visten, las daba á cuervos. Y, como

siempre habían mentido, diciendo ¡mañana, señor, estará acabado, para

mañana sin falta! ahora, prosiguiendo su misma canción, van repitiendo

por castigo y por costumbre aquel su _¡cras, cras!_, que nunca llega.

En lo más interior ya de la ciudad vieron muchos y grandes palacios,

muy ostentosos y magníficos.

Aquel primero, les dijeron antes de preguntarlo, es de Salomón. Allí

está embelesado entre más de trescientas mujeres, equivocándose entre

el cielo y el infierno.

En aquella, que parece fortaleza y no es sino una casa bien flaca, mora

Hércules, hilando con Onfale la camisa ó mortaja de su fama.

Acullá Sardanápalo, vestido de mujer y revestido de su flaqueza.

Más hacia acá Marco Antonio, el desdichado, por más que le diga la

buenaventura una gitana.

En aquel arruinado alcázar no vive, sino que acaba, el godo Rodrigo,

desde cuyo tiempo quedaron fatales los condes para España. Aquella

otra, la mitad de oro y la mitad de lodo amasado con sangre humana, es

la casa áurea de Nerón, el extremado, comenzando por una prodigiosa

clemencia y acabando en una portentosa crueldad. Acullá hace ruido el

más cruel de los Pedros, que no sólo los dientes, pero todos los huesos

está crujiendo de rabia.

Aquellos otros palacios se están fabricando ahora á toda priesa. No se

sabe aún para quién son; aunque muchos se lo sospechan. Lo cierto es

que se edifican para quien no edifica y estas obras son para los que no

las hacen.

Este lado del mundo embarazan los engañados, les dijo uno vestido de

verde; aquel otro lo ocupan los engañadores. Aquéllos se ríen de éstos

y éstos de aquéllos, que al cabo del año ninguno queda deudor.

[Marginal: _Engañados engañadores._]

Mostró grandes ganas Andrenio de pasar de la otra banda y verlo todo,

no estando siempre entre los engañados; pero no topaban otro, que

tiendas de mercaderes y muy á oscuras. Unas vendían borra y más borra,

para hacer parecer, para suplir faltas, aun de las mismas personas.

Otras, cartones para hacer figuras.

Había una llena de pieles de raposa y aseguraban eran más estimadas,

que las martas cebellinas. Creyéronlo, cuando vieron entrar y salir en

ella hombres famosos, como Temístocles y otros más modernos. Vestíanse

muchos de ellas, á falta de pieles de león, que no se hallaban; pero

los sagaces servíanse de ellas por aforro de los mismos armiños.

Vieron en una tienda gran cantidad de anteojos para no ver ó para

que no viesen. Compraban muchos los señores, para los que los llevan

acuestas, con que los tienen quietos y enfrenados. Las casadas los

compraban, para que no se viesen sus antojos y hacer creer á los

maridos se les antojan las cosas. También había para engrandecer y para

multiplicar, de modo que había de viejos y de mozos, de hombres y de

mujeres y éstos eran los más caros.

Toparon una tienda llena de corchos, para hacer personas y realmente,

aunque se empinaban con ellos y parecían más de lo que eran, pero

todo era poca sustancia. Lo que le contentó mucho á Andrenio fué una

guantería:

¡Qué gran invención, dijo, ésta de los guantes! Para todo tiempo,

contra el calor y contra el frío, defienden del sol y del aire; aunque

no sea sino para dar qué hacer á algunos, que en todo el día no hacen

otro, que calzárselos y descalzárselos.

[Marginal: _Cazar con guantes._]

Sobre todo, dijo Critilo, para que á poca costa echen buen olor las

personas; que de otra suerte cuesta mucho y tal vez un ojo de la cara.

¡Qué bien lo entendéis!, replicó el guantero. Si dijerais que sirven ya

para envainar las uñas, que no les puedan mirar á las manos, eso sí. Ni

falta quien se los calza para cazar.

¿Cómo puede ser eso, dijo Critilo, si el mismo refrán lo contradice?

No hagáis caso de eso, señor mío, que ya hasta los refranes mienten ó

los desmienten. Lo que yo sé decir es que más monta ahora lo que se da

para guantes, que en otro tiempo para un vestido.

El criticón (tomo 1 de 2) · 第 7 / 24 段