Estaba muy desigual el suelo, porque á las puertas de los poderosos,

que son los ricos, había unos grandes montones que relucían mucho.

¡Oh, qué de oro!, dijo Andrenio.

Y el Quirón: Advierte que no lo es todo lo que reluce.

[Marginal: _El pobre más pobre._]

Llegaron más cerca y conocieron que era basura dorada. Al contrario,

á las puertas de los pobres y desvalidos había unas tan profundas y

espantosas simas, que causaban horror á cuantos las miraban y así

ninguno se acercaba de mil leguas. Todos las miraban de lejos. Y es

lo bueno que todo el día sin cesar muchas y grandes bestias estaban

acarreando hediondo estiércol y lo echaban sobre el otro, amontonando

tierra sobre tierra.

¡Cosa rara!, dijo Andrenio. Aun economía no hay. ¿No fuera mejor echar

toda esta tierra en aquellos grandes hoyos de los pobres, con que se

emparejara el suelo y quedara todo muy igual?

Así había de ser, para bien ir, dijo Quirón. Pero ¿qué cosa va bien en

el mundo? Aquí veréis practicado aquel célebre imposible, tan disputado

de los filósofos, conviniendo todos en que no se puede dar vacío en la

naturaleza. He aquí, que en la humana esta gran monstruosidad cada día

sucede. No se da en el mundo á quien no tiene; sino á quien más tiene.

Á muchos se les quita la hacienda porque son pobres y se les adjudica

á otros porque la tienen. Pues las dádivas, no van sino adonde hay ni

se hacen los presentes á los ausentes. El oro dora la plata, ésta acude

al reclamo de otra: los ricos son los que heredan; que los pobres no

tienen parientes. El hambriento no halla un pedazo de pan y el ahito

está cada día convidado. El que una vez es pobre, siempre es pobre y de

esta suerte todo el mundo le hallaréis desigual.

¿Pues por dónde iremos?, preguntó Andrenio.

Echemos por el medio y pasaremos con menos embarazo y más seguridad.

Paréceme, dijo Critilo, que veo ya algunos hombres, por lo menos que

ellos lo piensan ser.

Ésos lo serán menos, dijo Quirón: verlo has presto.

[Marginal: _Necios ensalzados._]

Asomaban ya por un cabo de la plaza ciertos personajes, que caminaban

tan graves con las cabezas hacia abajo por el suelo, poniéndose

del lodo y los pies para arriba, muy empinados, echando piernas al

aire, sin acertar á dar un paso, antes á cada uno caían. Y aunque se

maltrataron harto, porfiaban en querer ir de aquel modo, tan ridículo

como peligroso. Comenzó Andrenio á admirar y Critilo á reir.

[Marginal: _Sabios abatidos._]

Haced cuenta, dijo Quirón, que soñáis despiertos. ¡Oh, qué bien pintaba

el Bosco! Ahora entiendo su capricho. Cosas veréis increíbles. Advertid

que los que habían de ser cabezas por su prudencia y saber, ésos andan

por el suelo, despreciados, olvidados y abatidos; al contrario, los que

habían de ser pies por no saber las cosas ni entender las materias,

gente incapaz, sin ciencia ni experiencia, ésos mandan. Y así va el

mundo cual digan dueñas; ¡mejor fuera dueños! No hallaréis cosa con

cosa. Y á un mundo, que no tiene pies ni cabeza, de merced se le da el

de descabezado.

No bien pasaron éstos, que todos pasan, cuando venían otros y eran los

más y que se preciaban de muy personas. Caminaban hacia atrás y á este

modo todas sus acciones las hacían al revés.

¡Qué otro disparate!, dijo Andrenio. Si tales caprichos hay en el

mundo, llámese casa de orates hermanados.

¿No nos puso, ponderó Critilo, la próvida naturaleza los ojos y los

pies hacia adelante para ver por dónde andamos y andar por donde vemos

con seguridad y firmeza? ¿Pues cómo éstos van por donde no ven y no

miran por dónde van?

Advertid, dijo Quirón, que los más de los mortales, en vez de ir

adelante en la virtud, en la honra, en el saber, en la prudencia y

en todo, vuelven atrás: y así muy pocos son los que llegan á ser

personas. [Marginal: _Conde de Peñaranda._] Cual y cual, como un conde

de Peñaranda. ¿No veis aquella mujer lo que forceja, cejando en la

vida? No querría pasar de los veinte ni aquella otra de los treinta y,

en llegando á un cero, se hunden allí, como en trampa de los años, sin

querer pasar adelante. ¡Aun mujeres no quieren ser! ¡Siempre niñas!

¡Mas cómo estira de ellas aquel vejezuelo cojo! ¡Y la fuerza que tiene!

¿No veis cómo las arrastra llevándolas por los cabellos? Con todos los

de aquella otra se ha quedado en las manos: todos se los ha arrancado.

¡Qué puñada le ha pegado á la otra! ¡No le ha dejado diente! ¡Hasta las

cejas las harta de años! ¡Oh, qué mala cara le hacen todas!

[Marginal: _Mujeres._]

Aguardad, mujeres, dijo Andrenio. ¿Dónde están? ¿Cuáles son? Que yo no

las distingo de los hombres.

¿Tú no me dijiste, oh Critilo, que los hombres eran los fuertes y

las mujeres las flacas, ellos hablaban recio y ellas delicado, ellos

vestían calzón y capa y ellas basquiñas? Yo hallo que todo es al

contrario, porque ó todos son ya mujeres ó los hombres son los flacos y

afeminados. Ellas, las poderosas; ellos tragan saliva, sin osar hablar.

Y ellas hablan tan alto, que aun los sordos las oyen. Ellas mandan el

mundo y todos se les sujetan. ¡Tú me has engañado!

Tienes razón, aquí suspirando Critilo: que ya los hombres son menos

que mujeres. Más puede una lagrimilla mujeril, que toda la sangre,

que derramó el valor. Más alcanza un favor de una mujer, que todos

los méritos del saber. No hay vivir con ellas ni sin ellas. Nunca más

estimadas que hoy. Todo lo pueden y todo lo pierden. Ni vale haberlas

privado la atenta naturaleza del decoro de la barba, ya para nota, ya

por dar lugar á la vergüenza y todo no basta.

Según eso, dijo Andrenio, ¡el hombre no es el rey del mundo; sino el

esclavo de la mujer!

Mirad, respondió el Quirón; él es el rey natural; sino que ha hecho

á la mujer su valido, [Marginal: _Princesa de Rosano. Doña Elvira

Ponce._] que es lo mismo que decir que ella lo puede todo. Con todo

eso, para que las conozcáis, aquellas son. Que, cuando más han menester

el juicio y el valor, entonces les falta más. Pero sean excepción de

mujeres las que son más que hombres: la gran princesa de Rosano y la

excelentísima señora marquesa de Valdueña.

Más admiración les causó uno, que yendo á caballo en una vulpeja

caminaba hacia atrás, nunca seguido, sino torciendo y revolviendo á

todas partes. Y todos los del séquito, que no eran pocos, procedían del

mismo modo. Hasta un perro viejo, que de ordinario le acompañaba.

¿Veis á éste?, advirtió Quirón. Pues yo os aseguro que no se mueve de

necio.

Yo lo creo, dijo Critilo: que todos me parece van por extremos en el

mundo. ¿Quién es éste, dínos, que pica más en falso?

[Marginal: _Caco político._]

¿No habéis oído nunca nombrar el famoso Caco? Pues éste lo es de la

política: digo, un caos de la razón de estado. De este modo corren hoy

los estadistas, al revés de los demás. Así proceden en sus cosas. Para

desmentir toda atención ajena, para deslumbrar discursos, no querrían

que por las huellas les rastreasen. Sus fines señalan á una parte y dan

en otra. Publican uno y ejecutan otro. Para decir no dicen sí. Siempre

al contrario, cifrando en las encontradas señales su vencimiento.

Para éstos es menester un otro Hércules, que con la maña y la fuerza

averigüe sus pisadas y castigue sus enredos.

Observó de buena nota Andrenio que los más hablaban á la boca y no al

oído y que los que escuchaban, no sólo no se ofendían de semejante

grosería, sino que antes bien gustaban tanto de ello, que abrían las

bocas de par en par, haciendo de los mismos labios orejas, hasta

destilárseles el gusto.

¡Ay tal abuso!, dijo él mismo. Las palabras se oyen, que no se comen ni

se beben y éstos todo se tragan. Verdad es, que nacen en los labios;

pero mueren en el oído y se sepultan en el pecho: éstos parece que las

mascan y que se relamen con ellas.

Gran señal, dijo Critilo, de poca verdad, pues no les amargan.

[Marginal: _Lisonja valida._]

¡Oh!, dijo Quirón, ¿no veis que ya se usa hablarle á cada uno al

sabor de su paladar? ¿No adviertes, oh Andrenio, aquel señor, cómo

se está saboreando con las lisonjas de azúcar? ¡Qué hartazgos se da

de adulación! Créeme que no oye, aunque lo parece, porque todo se lo

lleva el viento. Repara en aquel otro príncipe, ¡qué hace de engullir

mentiras! Todo se lo persuade. Mas hay una cosa: que en toda su vida

dejó de creer mentira alguna, con que escuchó tantas, ni creyó verdad,

aunque oyó tan pocas. Pues aquel otro necio desvanecido ¿de qué piensas

tú que está tan hinchado? ¡Eh!, que no es de sustancia; no es sino aire

y vanidad.

Ésta debe de ser la causa, ponderó Critilo, que oyen tan pocas verdades

los que más deberían. Ellas amargan y, como ellos las escuchan con el

paladar, ó no se las dicen ó no tragan alguna y la que acierta á pasar

les hace tan mal estómago, que no la pueden digerir.

Lo que les ofendió mucho fué el ver unos vilísimos esclavos de sí

mismos, arrastrando eslabonados hierros; las manos no con cuerdas

ni aun con esposas, atadas para toda acción buena y más para las

liberales; el cuello con la argolla de un continuo, aunque voluntario

ahogo; los pies con grillos, que no les dejaban dar un paso por el

camino de la fama, tan cargados de hierros, cuan desnudos de aceros.

Y con una nota tan descarada, estaban muy entronizados, cortejados y

aplaudidos, mandando á hombres muy hombres, ingenuos y principales,

gente toda de noble condición. Éstos servían á aquéllos, obedeciéndolos

en todo y aun los llevaban en peso, poniendo el hombro á tan vil carga.

Aquí ya dió voces Andrenio, sin poderlo tolerar:

¡Oh! ¡Quién pudiera llegar, decía, y barajar aquellas suertes! ¡Oh,

cómo derribara yo á puntillazos aquellas malempleadas sillas y las

trocara en lo que habían de ser y ellos también merecen!

No grites, dijo Quirón, que nos perdemos.

¿Qué importa, si todo va perdido?

¿No ves tú que son éstos los poderosos, los que...?

¿Éstos?

[Marginal: _Esclavos mandan._]

Sí, éstos, esclavos de sus apetitos, siervos de sus deleites, los

Tiberios, los Nerones, los Calígulas, Eliogábalos y Sardanápalos. Éstos

son los adorados. Y al contrario, los que son los verdaderos señores

de sí mismos, libres de toda maldad, éstos son los humillados. En

consecuencia de esto, mira aquellos muy sanos de corazón, tendidos en

el suelo y aquellos otros, tan malos, muy en pie. Los de buen color

en todas sus cosas, andan descaecidos; y aquellos, á quienes su mala

conciencia les ha robado el color, por lo que robaron, están empinados.

Los de buenas entrañas no se pueden tener ni conservar; y los que

las tienen dañadas, corren. Los que les huele mal el aliento, están

alentados; los cojos tienen pies y manos. Todos los ciegos tienen

palo. De suerte, que todos los buenos van por tierra y los malos andan

ensalzados.

¡Oh, qué bueno va el mundo!, dijo Andrenio.

Pero lo que les causó gran novedad y aun risa fué ver un ciego, que no

veía gota, aunque sí bebía muchas, con unos ojos más oscuros que la

misma vileza, con más nubes que un Mayo. Con toda esta ceguera, venía

hecho guía de muchos, que tenían la vista clara: él los guiaba ciego y

ellos le seguían mudos, pues en nada le repugnaban.

¡Ésta sí, exclamó Andrenio, que es brava ceguera!

[Marginal: _Ciegos guían._]

Y aun torpe también, dijo Critilo. Que un ciego guíe á otro gran

necedad es; pero ya vista y caer ambos en una profundidad de males.

Pero que un ciego de todas maneras quiera guiar á los que ven, ése es

disparate nunca oído.

Yo, dijo Critilo, no me espanto que el ciego pretenda guiar á los

otros: que, como él no ve, piensa que todos los demás son ciegos y

que proceden del mismo modo á tientas y á tontas; mas ellos, que ven

y advierten el peligro común, que con todo eso le quieran seguir,

tropezando á cada punto y dando de ojos á cada paso, hasta despeñarse

en un abismo de infidelidades, ésa es una increíble necedad y una

monstruosa locura.

Pues advertid, dijo Quirón, que éste es un error muy común, una

desesperación transcendental, necedad de cada día y mucho más de

nuestros tiempos. Los que menos saben tratan de enseñar á los otros.

Unos hombres embriagados intentan leer cátedra de verdades. De suerte

que habemos visto que un ciego de la torpe afición de una mujer tan

fea, cuan infame, llevó infinitas gentes tras sí, despeñándose todos

en un profundo de eterna calamidad. Y ésta no es la octava maravilla;

el octavo monstruo sí. Que el primer paso de la ignorancia es presumir

saber y muchos sabrían, si no pensasen que saben.

Oyeron en esto un gran ruido, como de pendencia, en un rincón de la

plaza, entre diluvios del populacho. Era una mujer, origen siempre del

ruido. Muy fea; pero muy aliñada. ¡Mejor fuera prendida! Servíala de

adorno todo un mundo, cuando ella le descompone todo.

Metía á voces su mal pleito y á gritos se formaba, cuando más se

deshacía. Habíalas contra una mujer, muy otra en todo y aun por eso su

contraria. Era ésta tan linda, cuan desaliñada; mas no descompuesta.

Iba casi desnuda. Unos decían que por pobre, otros que por hermosa. No

respondía palabra: que ni osaba ni la oían. Todo el mundo la iba en

contra, no sólo el vulgo, sino los más principales y aun...; pero más

vale enmudecer con ella.

Todos se conjuraron en perseguirla, pasando de las burlas á las veras,

de las voces á las manos. Comenzaron á maltratarla y cargó tanta gente,

que casi la ahogaban, sin haber persona, que osase ni quisiese volver

por ella.

Aquí, naturalmente compasivo Andrenio, fué á ponérsele al lado; mas

detúvole el Quirón, diciendo:

¿Qué haces? ¿Sabes con quién te tomas y por quién vuelves? ¿No

adviertes que te declaras contra la plausible Mentira, que es decir

contra todo el mundo y que te han de tener por loco? [Marginal:

_Mentira plausible._] Quisiéronla vengar los niños, con sólo decirla;

mas, como flacos y contra tantos y tan poderosos, no fué posible

prevalecer, con lo cual quedó de todo punto desamparada la hermosísima

Verdad y poco á poco á empellones la fueron todos echando tan lejos,

que aun hoy no parece ni se sabe dónde haya parado.

Basta. ¿Qué? ¿No hay justicia en esta tierra?, decía Andrenio.

¿Cómo no?, le replicó el Quirón; pues de verdad que hay hartos

ministros suyos. Justicia hay y no puede estar muy lejos, estando tan

cerca la Mentira.

Asomó en esto un hombre de afecto agrio, rodeado de gente de juicio

y, así como le vió, se fué para él la Mentira á informarle con muchas

razones de la poca que tenía.

Respondióla que luego firmara la sentencia en su favor á tener plumas.

Al mismo instante, ella le puso en las manos muchos alados pies, con

que volando, firmó el destierro de la Verdad, su enemiga, de todo el

mundo.

[Marginal: _Malos jueces._]

¿Quién es aquel, preguntó Andrenio, que para andar derecho, lleva por

apoyo el tormento, en aquella flexible vara?

Éste, respondió Quirón, es juez.

Ya el nombre se equivoca con el vendedor del justo. ¡Notable cosa que

toca primero para oir después! ¿Qué significa espada desnuda, que lleva

delante, y para qué la lleva?

Ésa, dijo Quirón, es la insignia de la dignidad y juntamente

instrumento del castigo: con ella corta la mala yerba del vicio.

Más valiera arrancarla de cuajo, replicó Critilo. Peor es á veces segar

las maldades, porque luego vuelven á brotar con más pujanza y nunca

mueren del todo.

Así había de ser, respondió Quirón; pero ya los mismos que habían de

acabar los males son los que los conservan, porque viven de ellos.

Mandó luego ahorcar, sin más apelación, un mosquito y que lo hiciesen

cuartos, porque había caído el desdichado en la red de la ley; pero

á un elefante, que las había atropellado todas, sin perdonar humanas

ni divinas, le hizo una gran bonetada al pasar cargado de armas

prohibidas, bocas de fuego, buenas lanzas, ganzúas, chuzones y aun le

dijo que, aunque estaba de ronda, si era servido, le irían acompañando

todos sus ministros, hasta dejarle en su cueva.

¡Qué paso éste para Andrenio! Y no paró aquí, sino que á otro

desventurado, que encogiéndose de hombros no osaba hablar alto, lo

mandó pasear.

Y preguntando unos por qué le azotaban, respondían otros:

Porque no tiene espaldas; que á tenerlas, él hombreara, como aquellos

que van allí cargados de ellas, con más cargas á más cargos.

[Marginal: _D. Pablo de Parada._]

Desapareció el juez, cuando comenzó á llevarse los ojos y los aplausos

un valiente hombre, que pudiera competir con el mismo Pablo de Parada.

Venía armado de un temido peto, conjugado por todos tiempos, números

y personas. Traía dos pistolas; pero muy dormidas en sus fundas, á lo

descansado, caballo desorejado y no por culpas suyas, dorado espadín en

sólo el nombre, hembra en los hechos, nunca desnuda por lo recatada.

Coronábase de plumas, avechucho de la bizarría, que no del valor.

¿Éste, preguntó Andrenio, es hombre ó es monstruo?

Bien dudas, acudió Quirón, que algunas naciones la primera vez que

le vieron le imaginaron toda una cosa caballo y hombre. [Marginal:

_Soldados al uso._] Éste es soldado. Así lo estuviera en las

costumbres, no anduviera tan rota la conciencia.

¿De qué sirven éstos en el mundo?

¿De qué? Hacen guerra á los enemigos.

¡No la hagan mayor á los amigos!

Éstos nos defienden.

¡Dios nos defienda de ellos!

Éstos pelean, destrozan, matan y aniquilan nuestros contrarios.

¿Cómo puede ser eso, si dicen que ellos mismos los conservan?

Aguarda, yo digo lo que deberían hacer por oficio; pero está ya el

mundo tan depravado, que los mismos remediadores de los males los

causan en todo género de daños. Éstos, que habían de acabar las

guerras, las alargan. Su empleo es pelear: que no tienen otros juros

ni otra renta. Y, como acabada la guerra, quedarían sin oficio ni

beneficio, ellos popan al enemigo, porque papan de él. ¿Para qué han de

matar las centinelas al marqués de Pescara, si viven de él? ¡Que hasta

el atambor sabe estos primores! Y así veréis que la guerra, [Marginal:

_Marqués de Mortara._] que á lo más tirar estas nuestras barras pudiera

durar un año, dura doce y fuera eterna, si la felicidad y el valor no

se hubieran juntado hoy en un marqués de Mortara.

Lo mismo sienten todos de aquel otro, que también viene á caballo,

para acabarlo todo. Éste tiene por asunto y aun obligación hacer de

los malos buenos; pero él obra tan al revés, que de los buenos hace

malos y de los malos peores. Éste trae guerra declarada contra la vida

y la muerte: enemigo de entrambas, porque querría á los hombres ni mal

muertos ni bien vivos; sino malos, que es un malísimo medio. Para poder

él comer, hace de modo, que los otros no coman. Él engorda, cuando

ellos enflaquecen. Mientras están entre sus manos, no pueden comer, y,

si escapan de ellas, que sucede pocas veces, no les queda qué comer.

[Marginal: _Médicos._] De suerte que éstos viven en gloria, cuando

los demás en pena y así peores son que los verdugos. Porque aquéllos

ponen toda su industria en no hacer penar y con lindo aire hacen que

le falte al que pernea; pero éstos todo su estudio ponen en que pene y

viva muriendo el enfermo. Y así aciertan los que les dan los males á

destajo. Y es de advertir que donde hay más doctores hay más dolores.

Esto dice de ellos la ojeriza común; pero engáñase en la venganza

vulgar, porque yo tengo por cierto que del médico nadie puede decir

ni bien ni mal: no antes de ponerse en sus manos, porque aún no tiene

experiencia; no después, porque no tiene ya vida. Pero advertid que no

hablo del médico material, sino de los morales, de los de la república

y costumbres, que, en vez de remediar los achaques é indisposiciones

por obligación, ellos mismos los conservan y aumentan, haciendo

dependencia de lo que había de ser remedio.

¿Qué será, dijo Andrenio, que no vemos pasar ningún hombre de bien?

[Marginal: _Cardenal Sandoval. Conde de Lemos. Señor archiduque

Leopoldo. Señor D. Luis de Haro._]

Ésos, acudió Quirón, no pasan, porque eternamente duran: permanece

inmortal su fama. Hállanse pocos y éstos están muy retirados. Oímoslos

nombrar como al unicornio en la Arabia y al fénix en su Oriente. Con

todo, si queréis ver alguno, buscad un cardenal Sandoval en Toledo, un

conde de Lemos gobernando Aragón, un archiduque Leopoldo en Flandes. Y

si queréis ver la integridad, la rectitud, la verdad y todo lo bueno,

en uno, buscad un don Luis de Haro en el centro que merece.

Estaban en la mayor fuga del ver y extrañar monstruosidades, cuando

Andrenio al hacer un grande extremo alzó los ojos y el grito al cielo,

como si le hicieran ver las estrellas.

¿Qué es esto?, dijo. ¡Yo he perdido el tino de todo punto! ¡Qué cosa

es andar entre desatinados! Achaque de contagio: hasta el cielo me

parece que está trabucado y que el tiempo anda al revés. Pregunto,

señores, ¿es día ó es noche? Mas no lo metamos en pareceres, que será

confundirlo más.

Espera, dijo el Quirón; que no está el mal en el cielo, sino en el

suelo. Que no sólo anda el mundo al revés, en orden al lugar; sino al

tiempo. Ya los hombres han dado en hacer del día noche y de la noche

día. Ahora se levanta aquél, cuando se había de acostar. Ahora sale de

casa la otra con la estrella de Venus y volverá, cuando se ría de ella

la aurora. Y es lo bueno que los que tan al revés viven [Marginal: _El

día noche._] dicen ser la gente más ilustre y la más lucida; mas no

falta quien afirma que, andando de noche como fieras, vivirán de día

como brutos.

Esto ha sido, dijo Critilo, quedarnos á buenas noches y no me pesa,

porque no hay cosa de ver.

¡Que á éste llamen mundo, ponderaba Andrenio! Hasta el nombre miente.

Calzósele al revés. Llámese inmundo y de todas maneras disparatado.

Algún día, replicó Quirón, bien le convenía su nombre. En verdad que

era definición, cuando Dios quería y lo dejó tan concertado.

¿Pues de dónde le viene tal desorden?, preguntó Andrenio. ¿Quién le

trastornó de alto abajo, como hoy lo vemos?

En eso hay mucho que decir, respondió Quirón. Harto lo censuran los

sabios y lo lloran los filósofos. Aseguran unos que la Fortuna, como

está ciega y aun loca, lo resuelve todo cada día, no dejando cosa

en su lugar ni tiempo. Otros dicen que, cuando cayó el lucero de la

mañana, aquel aciago día, dió tal golpe en el mundo, que le sacó de sus

quicios, trastornándole de alto abajo. Ni falta quien eche la culpa

á la mujer, llamándola el duende universal, que todo lo revuelve.

[Marginal: _Mundo trabucado._] Mas yo digo que donde hay hombres no hay

que buscar otro achaque: uno solo basta á desconcertar mil mundos y el

no poderlo era lo que lloraba el otro grande inquietador.

Más digo: que, si no previniera la divina Sabiduría que no pudieran

llegar los hombres al primer móvil, ya estuviera todo barajado y

anduviera el mismo cielo al revés: un día saliera el sol por el

poniente y caminara al oriente y entonces fuera España cabeza del

mundo, sin contradicción alguna, que no hubiera quien viviera con ella.

Y es cosa de notar que, siendo el hombre persona de razón, lo primero

que ejecuta es hacerla á ella esclava del apetito bestial. De este

principio se originan todas las demás monstruosidades. Todo va al

revés, en consecuencia de aquel desorden capital. La virtud es

perseguida, el vicio aplaudido, la verdad muda, la mentira trilingüe,

los sabios no tienen libros y los ignorantes librerías enteras. Los

libros están sin doctor y el doctor sin libros. La discreción del pobre

es necedad y la necedad del poderoso es celebrada. Los que habían de

dar vida matan. Los mozos se marchitan y los viejos reverdecen. El

derecho es tuerto y ha llegado el hombre á tal punto de desatino, que

no sabe cuál es su mano derecha, pues pone el bien á la izquierda. Lo

que más le importa echa á las espaldas, lleva la virtud en tres pies y,

en lugar de ir adelante, vuelve atrás.

Pues si esto es así, como lo vemos, dijo Andrenio, ¿para qué me has

traído al mundo, oh Critilo? ¿No me estaba yo bien á mis solas? Yo

resuelvo volverme á la cueva de mi nada. ¡Alto!, huyamos de tan

insufrible confusión, sentina, que no mundo.

Esto es lo que ya no se puede, respondió Critilo. ¡Oh cuántos volvieran

atrás, si pudieran! No quedaran personas en el mundo. Advierte que

vamos subiendo por la escalera de la vida y las gradas de los días, que

dejamos atrás, al mismo punto, que movemos el pie, desaparecen. No hay

por donde volver á bajar ni otro remedio, que pasar adelante.

¿Pues cómo hemos de poder vivir en un mundo como éste, porfiaba,

afligiéndose Andrenio, y más para mi condición, si no me mudo? Que no

puedo sufrir cosas malhechas. Yo habré de reventar sin duda.

¡Eh!, que te harás á ello en cuatro días, dijo Quirón, y serás tal como

los otros.

¡Eso no! ¿Yo loco? ¿Yo necio? ¿Yo vulgar?

Ven acá, dijo Critilo. ¿No podrás tú pasar por donde tantos sabios

pasaron, aunque sea tragando saliva?

Debía estar de otra data el mundo.

El criticón (tomo 1 de 2) · 第 6 / 24 段