engullidos aquéllos, alargaba las garras á otros dos. Fiera había,
que estaba desmenuzando con los dientes el primero y despedazando con
las uñas el segundo, no dando treguas á su fiereza. Discurrían todas
por aquel lastimoso teatro, babeando sangre, teñidas las bocas y las
garras en ella. Cargaban muchas con dos y con tres de los más pequeños
y llevábanlos á sus cuevas, para que fuesen pasto de sus ya fieros
cachorrillos. Todo era confusión y fiereza: espectáculo verdaderamente
fatal y lastimero.
Y era tal la candidez ó simplicidad de aquellos infantes tiernos,
que tenían por caricias el hacer presa en ellos y por fiesta el
despedazarlos, convidándolas ellos mismos risueños y provocándolas con
abrazos.
Quedó atónito, quedó aterrado Andrenio, viendo una tan horrible
traición, una tan impensada crueldad y, puesto en lugar seguro á
diligencias de Critilo, lamentándose decía:
¡Oh, traidora! ¡oh, bárbara! ¡oh, sacrílega mujer, más fiera, que las
mismas fieras! ¿Es posible que en esto han parado tus caricias? ¿Para
esto era tanto cuidado y asistencia? ¡Oh, inocentes corderillos, qué
temprano fuísteis víctima de la desdicha! ¡Qué presto llegásteis al
degüello! ¡Oh, mundo engañoso! ¿Y esto se usa en ti? ¿De estas hazañas
tienes? Yo he de vengar por mis propias manos una maldad tan increíble.
Diciendo y haciendo, arremetió furioso para despedazar con sus dientes
aquella cruel tirana; mas no la pudo hallar, que ya ella con todas sus
criadas habían dado vuelta, en busca de otros tantos corderillos, para
traerlos vendidos al matadero. De suerte que ni aquéllos cesaban de
traer ni éstas de despedazar ni de llorar Andrenio tan irreparable daño.
En medio de tan espantosa confusión y cruel matanza, amaneció de la
otra parte del valle, por lo más alto de los montes, con rumbos de
aurora, otra mujer y con razón otra, que tan cercada de luz, como
rodeada de criadas, desalada, cuando más volando, descendía á librar
tanto infante como perecía. Ostentó su rostro muy sereno y grave,
que de él y de la mucha pedrería de su recamado ropaje despedía tal
inundación de luces, que pudieron muy bien suplir y aun con ventajas la
ausencia del rey del día. Era hermosa por extremo y coronada por reina
entre todas aquellas beldades sus ministras.
¡Oh, dicha rara! Al mismo punto que la descubrieron las encarnizadas
fieras, cesando de la matanza, se fueron retirando á todo huir y,
dando espantosos aullidos, se hundieron en sus cavernas. Llegó piadosa
ella y comenzó á recoger los pocos que habían quedado y aun ésos muy
malparados de araños y de heridas.
Íbanlos buscando con gran solicitud aquellas hermosísimas doncellas
y aun sacaron muchos de las oscuras cuevas y de las mismas gargantas
de los monstruos, recogiendo y amparando cuantos pudieron. Y notó
Andrenio que eran éstos de los más pobres y de los menos asistidos de
aquella maldita hembra. De modo que en los más principales, como más
lucidos, habían hecho las fieras mayor riza.
Cuando los tuvo todos juntos, sacólos á toda prisa de aquella tan
peligrosa estancia, guiándolos de la otra parte del valle, el monte
arriba, no parando hasta llegar á lo más alto, que es lo más seguro.
Desde allí se pusieron á ver y contemplar con la luz, que su gran
libertadora les comunicaba, el gran peligro en que habían estado y
hasta entonces no conocido.
Teniéndolos ya en salvo, fué repartiendo preciosísimas piedras, una á
cada uno que, sobre otras virtudes contra cualquier riesgo, arrojaban
de sí una luz tan clara y apacible, que hacían de la noche día: y lo
que más se estimaba, era el ser indefectible. Fuélos encomendando á
algunos sabios varones, que los apadrinasen y guiasen siempre cuesta
arriba, hasta la gran ciudad del mundo.
Ya en esto se oían otros tantos alaridos de otros tantos niños que,
acometidos en el funesto valle de las fieras, estaban pereciendo. Al
mismo punto aquella piadosa reina, con todas sus amazonas, marchó
volando á socorrerlos.
Estaba atónito Andrenio de lo que había visto, parangonando tan
diferentes sucesos y en ellos la alternación de males y de bienes de
esta vida.
¡Qué dos mujeres éstas tan contrarias!, decía. ¡Qué asuntos tan
diferentes! ¿No me dirás, Critilo, quién es aquella primera para
aborrecerla y quién esta segunda para celebrarla?
¿Qué te parece, dijo, de esta primera entrada del mundo? ¿No es muy
conforme á él y á lo que yo te decía? Nota bien lo que acá se usa y, si
tal es el principio, díme ¿cuáles serán los progresos y sus fines? Para
que abras los ojos y vivas siempre alerta entre enemigos, saber deseas
quién es aquella primera y cruel mujer, que tú tanto aplaudías. Créeme
que ni el alabar ni el vituperar ha de ser hasta el fin.
[Marginal: _Inclinación mal anticipada._]
Sabrás que aquella primera tirana es nuestra mala inclinación, la
propensión al mal. Ésta es la que luego se apodera de un niño, previene
á la razón y se adelanta. Reina y triunfa en la niñez, tanto que
los propios padres, con el intenso amor que tienen á sus hijuelos,
condescienden con ellos y, porque no llore el rapaz, le conceden cuanto
quiere. Déjanle hacer su voluntad en todo y salir con la suya siempre
y así se cría vicioso, vengativo, colérico, glotón, terco, mentiroso,
desenvuelto, llorón, lleno de amor propio, de ignorancia, ayudando
de todas maneras á la natural, siniestra inclinación. Apoderándose
con esto de un muchacho, sus pasiones cobran fuerza con la paternal
connivencia, prevalece la depravada propensión al mal y ésta con sus
caricias trae un tierno infante al valle de las fieras, á ser presa de
los vicios y esclavo de sus pasiones.
De modo que, cuando llega la razón, que es aquella otra reina de la
luz, madre del desengaño, con las virtudes sus compañeras, ya los halla
depravados, entregados á los vicios y muchos de ellos sin remedio.
[Marginal: _Aurora de la vida._] Cuéstale mucho sacarlos de las uñas
de sus malas inclinaciones y halla grande dificultad en encaminarlos
á lo alto y seguro de la virtud. Porque es llevarlos cuesta arriba.
Perecen muchos y quedan hechos oprobio de su vicio y más los más ricos,
los hijos de señores y de príncipes, en los cuales el criarse con más
regalo es ocasión de más vicio. Los que se crían con necesidad y tal
vez entre los rigores de una madrastra son los que mejor libran, como
Hércules, y ahogan estas serpientes de sus pasiones en la misma cuna.
¿Qué piedra tan preciosa es esta, preguntó Andrenio, que nos ha
entregado á todos con tal recomendación?
Has de saber, le respondió Critilo, que lo que fabulosamente
atribuyeron muchos á algunas piedras aquí se halla ser evidencia,
porque ésta es el verdadero carbunclo, que resplandece en medio de las
tinieblas, así de la ignorancia como del vicio. Éste es el diamante
finísimo, que entre los golpes del padecer y entre los incendios del
apetecer está más fuerte y brillante. Ésta es la piedra de toque que
examina el bien y el mal. Ésta la piedra imán, atenta al norte de la
virtud. Finalmente esta es la piedra de todas las virtudes, que los
sabios llaman el dictamen de la razón, el más fiel amigo que tenemos.
Así iban confiriendo, cuando llegaron á aquella tan famosa encrucijada,
donde se divide el camino y se diferencia el vivir. Estación célebre,
por la dificultad que hay, no tanto de parte del saber, cuanto del
querer, sobre qué senda y á qué mano se ha de echar.
Vióse aquí Critilo en mayor duda porque, siendo la tradición común
ser dos los caminos, el plausible de la mano izquierda por lo fácil,
entretenido y cuesta abajo, y al contrario el de mano derecha áspero,
desapacible y cuesta arriba, halló con no poca admiración que eran tres
los caminos, dificultando más su elección.
[Marginal: _Bivio humano._]
¡Válgame el cielo!, decía, ¿no es éste aquel tan sabio bivio, donde el
mismo Hércules se halló perplejo sobre cuál de los dos caminos tomaría?
Miraba adelante y atrás, preguntándose á sí mismo. ¿No es ésta aquella
docta letra de Pitágoras, en que cifró toda la sabiduría, que hasta
aquí procede igual y después se divide en dos ramos, uno espacioso del
vicio y otro estrecho de la virtud? Pero con diversos fines, que el uno
va á parar en el castigo y el otro en la corona. Aguarda, decía. ¿Dónde
están aquellos dos aledaños de Epicteto: el _Abstine_ en el camino del
deleite y el _Sustine_ en el de la virtud? Basta que habemos llegado á
tiempos, que hasta los caminos reales se han mudado.
¿Qué montón de piedras es aquél, preguntó Andrenio, que está en medio
de las sendas?
Lleguémonos allá, dijo Critilo, que el índice del numen vial,
juntamente nos está llamando y dirigiendo. Éste es el misterioso montón
de Mercurio, en quien significaron los antiguos que la sabiduría es la
que ha de guiar y que por donde nos llama el cielo habemos de correr:
eso está voceando aquella mano.
Pero el montón de piedras, ¿á qué propósito, replicó Andrenio, extraño
despojo del camino, amontonando tropiezos?
Estas piedras, respondió suspirando Critilo, las arrojan aquí los
viandantes, que en esto pagan la enseñanza: éste es el galardón que
se le da á todo maestro y entiendan los de la verdad y virtud que
hasta las piedras se han de levantar contra ellos. Acerquémonos á esta
columna, que ha de ser el oráculo en tanta perplejidad.
Leyó Critilo el primer letrero, que con Horacio decía:
[Marginal: _Mediocridad de oro._]
_Medio hay en las cosas, tú no vayas por los extremos._
Estaba toda ella de alto á bajo labrada de relieve con extremado
artificio, compitiendo los primores materiales de la simetría con los
formales del ingenio. Leíanse muchos sentenciosos aforismos y campeaban
historias alusivas. Íbalas admirando Andrenio y comentándolas Critilo
con gustoso acierto.
Allí vieron al temerario joven, montando en la carroza de luces y su
padre le decía:
Ve por el medio y correrás seguro.
Éste fué, declaró Critilo, un mozo que entró muy orgulloso en un
gobierno y, por no atender á la mediocridad prudente, como lo
aconsejaban sus ancianos, perdió los estribos de la razón y, tantos
vapores quiso levantar en tributos, que lo abrasó todo, perdiendo el
mundo y el mando.
Seguíase Ícaro, desalado en caer, pasando de un extremo á otro, de los
fuegos á las aguas; por más que le voceaba Dédalo:
¡Vuela por el medio!
Éste fué otro arrojado, ponderaba Critilo, que, no contento con saber
lo que basta, que es lo conveniente, dió en sutilezas malfundadas
y, tanto quiso adelgazar, que le mintieron las plumas y dió con sus
quimeras en el mar de un común y amargo llanto: que va poco de penas á
penas.
Aquél es el célebre Cleóbulo, que está escribiendo en tres cartas
consecutivas esta palabra sola: [Marginal: _Modo._] _Modo_, al rey,
que en otras tres le había pedido un consejo, digno de su saber, para
reinar con acierto.
Mira aquel otro de los siete de Grecia, eternizado sabio por sola
aquella sentencia: _Huye en todo la demasía._ Porque siempre dañó más
lo más que lo menos.
Estaban de relieve todas las virtudes con plausibles empresas en
tarjetas y roleos. Comenzaban por orden, puesta cada una en medio de
sus dos viciosos extremos y en lo bajo la fortaleza, asegurando el
apoyo á las demás, recostada sobre el cojín de una columna, media entre
la temeridad y la cobardía. Procediendo así todas las otras, remataba
la prudencia, como reina, y en sus manos tenía una preciosa corona con
este lema: _Para el que ama la mediocridad de oro._
Leíanse otras muchas inscripciones, que formaban lazos y servían de
definiciones al artificio y al ingenio. Coronaba toda esta máquina
elegante la felicidad muy serena, recodada en sus varones sabios y
valerosos, ladeada también de sus dos extremos, el llanto y la risa,
cuyos atlantes eran Heráclito y Demócrito, llorando siempre aquél y
éste riendo.
Mucho gustó Andrenio de ver y de entender aquel maravilloso oráculo
de toda la vida. Mas ya en esto se había juntado mucha gente en pocas
personas, porque los más, sin consultar otro numen que su gusto, daban
por aquellos extremos, llevados de su antojo y su deleite.
Llegó uno y sin informarse, muy á lo necio, echó por otro extremo, bien
diferente del que todos creyeron, que fué por el de presumido, con que
se perdió luego.
[Marginal: _Vano._]
Tras éste venía un vano, que tan mal y sin preguntar, pero con lindo
aire, tomó el camino más alto. Y como él estaba vacío de hueco y el
viento iba arreciando, vencióle presto y dió con él allí abajo, con
venganza de muchos, que, como iba tan alto, el subir y el caer fué á
vista y á risa de todo el mundo.
Había un camino sembrado de abrojos y, cuando se persuadió Andrenio
que ninguno iría por él, vió que muchos se apasionaban [Marginal:
_Vengativos._] y había puñadas sobre cuál sería el primero. El carril
de las bestias era el más trillado. Y preguntándole á un hombre, que
lo parecía, cómo iba por allí, respondió que por no irse solo.
[Marginal: _Glotones._]
Junto á éste estaba otro camino muy breve y todos los que iban por
él hacían gran prevención de manjares y de regalos; mas no caminaban
mucho, que más son los que mueren de ahito, que de hambre.
Pretendían algunos ir por el aire; pero desvanecíaseles la cabeza, con
que caían. Y éstos de ordinario no daban en cielo ni en tierra.
[Marginal: _Lascivos._]
Encarrilaban muchos por un paseo muy ameno y delicioso: íbanse de prado
en prado muy entretenidos y placenteros, saltando y bailando, cuando
á lo mejor caían rendidos, sudando y gritando, sin poder dar un paso,
haciendo malísimas caras, por haberlas hecho buenas.
De un paso se quejaban todos que era muy peligroso, infestado siempre
de ladrones y, aunque lo sabían, echaban no pocos por él, diciendo que
ellos se entenderían con los otros y al cabo todos se hacían ladrones,
robándose unos á otros.
[Marginal: _Avaros._]
Preguntaban unos, con no poca admiración de Andrenio y gusto de
Critilo, por topar quien repasase y se informase: pedían cuál era
el camino de los perdidos. Creyeron que para huir de él y fué al
contrario, que, en sabiéndolo, tomaron por allí la derrota.
¡Hay tal necedad!, dijo Andrenio, y viendo entre ellos algunos
personajes de harta importancia, preguntáronles cómo iban por allí y
respondieron que ellos no iban, sino que los llevaban.
No era menos calificada la de otros, que todo el día andaban alrededor,
moliéndose y moliendo, sin pasar adelante ni llegar jamás al centro.
No hallaban el camino otros: todo se les iba en comenzar á caminar;
nunca acababan y luego paraban, no acertando á dar un paso, con las
manos en el seno y, si pudieran, aun metieran los pies: éstos jamás
llegaban al cabo con cosa.
Dijo uno que él quería ir por donde ningún otro hubiese caminado
jamás. Nadie le pudo encaminar. Tomó el de su capricho y presto se
halló perdido.
¿No adviertes, dijo Critilo, que casi todos toman el camino ajeno y dan
por el extremo contrario de lo que se pensaba? El necio da en presumido
y el sabio hace del que no sabe, el cobarde afecta el valor y todo es
tratar de armas y pistolas y el valiente las desdeña, el que tiene da
en no dar y el que no tiene desperdicia, la hermosa afecta el desaliño
y la fea revienta por parecer, el príncipe se humana y el hombre bajo
afecta divinidades, el elocuente calla y el ignorante se lo quiere
hablar todo, el diestro no osa obrar y el zurdo no para. Todos al fin
verás que van por extremos, errando el camino de la vida de medio á
medio.
Echemos nosotros por el más seguro, aunque no tan plausible, que es el
de una prudente y feliz medianía, no tan dificultoso como el de los
extremos, por contenerse siempre en un buen medio.
Pocos le quisieron seguir; más luego que se vieron encaminados,
sintieron una notable alegría interior y una grande satisfacción de
la conciencia. Advirtieron más, que aquellas preciosas piedras, ricas
prendas de la razón, comenzaron á resplandecer tanto, que cada una
parecía un brillante lucero, haciéndose lenguas en rayos y diciendo:
¡Éste es el camino de la verdad y la verdad de la vida!
Al contrario todas las de aquellos, que siguieron sus antojos, se
vieron perder su luz, de modo, que parecieron quedar de todo punto
ofuscadas y ellos eclipsados: tan errado el dictamen, como el camino.
Viendo Andrenio que caminaban siempre cuesta arriba, dijo:
Este camino, más parece que nos lleva al cielo, que al mundo.
Así es, le respondió Critilo, porque son las sendas de la eternidad y,
aunque vamos metidos en nuestra tierra; pero muy superiores á ella,
señores de los otros y vecinos á las estrellas. Ellas nos guíen, que ya
estamos engolfados entre Escilas y Caribdis del mundo.
Esto dijo al entrar en una de sus más célebres ciudades, gran Babilonia
de España, emporio de sus riquezas, teatro augusto de las letras y las
armas, esfera de la nobleza y gran plaza de la vida humana.
Quedó espantado Andrenio de ver el mundo, que no le conocía, mucho más
admirado que allá, cuando salió á verlo de su cueva. ¿Pero qué mucho,
si allí lo miraba de lejos y aquí tan de cerca? Allí contemplando, aquí
experimentando. Que todas las cosas se hallan muy trocadas, cuando
tocadas. Lo que novedad le causó fué el no topar hombre alguno; aunque
los iban buscando con afectación en una ciudad populosa y al sol de
mediodía.
¿Qué es esto?, decía Andrenio. ¿Dónde están estos hombres? ¿Qué se han
hecho? ¿No es la tierra su patria tan amada, el mundo su centro y tan
querido? ¿Pues cómo lo han desamparado? ¿Dónde habrán ido, que más
valgan?
Iban por una y otra parte solícitamente buscándolos sin poder descubrir
uno tan sólo, hasta que...; pero cómo y dónde los hallaron nos lo
contará la otra Crisi.
CRISI VI
_Estado del siglo._
Quien oye decir mundo concibe un compuesto de todo lo criado, muy
concertado y perfecto. Y con razón, pues toma el nombre de su misma
belleza. Mundo quiere decir lindo y limpio. Imagínase un palacio muy
bien trazado, al fin por la infinita Sabiduría, muy bien ejecutado
por la Omnipotencia, alhajado por la divina Bondad, para morada del
rey hombre, que como partícipe de razón, presida en él y le mantenga
en aquel primer concierto, en que su divino Hacedor le puso. De
suerte que mundo no es otra cosa que una casa hecha y derecha por el
mismo Dios y para el hombre; no hay otro modo cómo poder declarar su
perfección.
Así había de ser, como el mismo nombre lo blasona, su principio lo
afianza y su fin lo asegura; pero cuán al contrario sea esto y cuál
le haya parado el mismo hombre, cuánto desmienta el hecho al dicho,
pondérelo Critilo, que con Andrenio se hallaban ya en el mundo, aunque
no bien hallados en fe de tan personas.
En busca iban de los hombres, sin poder descubrir uno, cuando al cabo
de rato y cansancio, toparon con medio, un medio hombre y medio fiera.
Holgóse tanto Critilo, cuanto se inmutó Andrenio, preguntando:
¿Qué monstruo es éste tan extraño?
No temas, respondió Critilo, que éste es más hombre que los mismos,
éste es el maestro de los reyes y rey de los maestros, éste es el sabio
Quirón. ¡Oh, qué bien nos viene y cuán á la ocasión! pues él nos guiará
en esta primera entrada del mundo y nos enseñará á vivir: que importa
mucho á los principios.
Fuése para él saludándole y correspondió el centauro con doblada
humanidad. Díjole cómo iban en busca de los hombres y que, después de
haber dado cien vueltas, no habían podido hallar uno tan sólo.
No me espanto, dijo él, que no es este siglo de hombres, digo de
aquellos famosos de otros tiempos. ¿Qué? [Marginal: _Estéril siglo._]
¿Pensábais hallar ahora un don Alonso el Magnánimo en Italia, un Gran
Capitán en España, un Enrique IV en Francia, haciendo corona de su
espada y de sus guarniciones lises? Ya no hay tales héroes en el mundo
ni aun memoria de ellos.
¿No se van haciendo?, replicó Andrenio.
No llevan traza y para luego es tarde.
Pues de verdad que ocasiones no han faltado.
¿Cómo no se han hecho?, preguntó Critilo. ¿Por qué se han deshecho?
Hay mucho que decir en ese punto, ponderó Quirón. Unos lo quieren ser
todo y al cabo son menos que nada; valiera más no hubieran sido. Dicen
también que corta mucho la envidia con las tijerillas de Tomeras.
Pero yo digo que ni es eso ni esotro; sino que, mientras el vicio
prevalezca, no campeará la virtud y, sin ella, no puede haber grandeza
heroica. Creedme que esta Venus tiene arrinconadas á Belona y á Minerva
en todas partes y no trata ella, sino con viles herreros, que todo lo
tiznan y todo lo hierran. Al fin no nos cansemos, que él no es siglo de
hombres eminentes ni en las armas ni en las letras. Pero decidme ¿dónde
los habéis buscado?
Y Critilo: ¿Dónde los habemos de buscar, sino en la tierra? ¿No es ésta
su patria y su centro?
¡Qué bueno es eso!, dijo el centauro. ¡Mirad! ¿Cómo los habíais de
hallar? No los habéis de buscar ya en todo el mundo, que ya han mudado
del hito: nunca está quieto el hombre, con nada se contenta.
Pues menos los hallaremos en el cielo, dijo Andrenio.
Menos, que no están ya ni en el cielo ni en la tierra.
¿Pues dónde los habemos de buscar?
¿Dónde? En el aire.
¿En el aire?
Sí, que allí se han fabricado castillos en el aire, torres de viento,
donde están muy encastillados, sin querer salir de su quimera.
[Marginal: _Castillos en el aire._]
Según eso, dijo Critilo, todas sus torres vendrán á serlo de confusión
y, por no ser Janos de prudencia, les picarán las cigüeñas manuales
señalándolos con el dedo y diciendo:
¿Éste no es aquel hijo de aquel otro?
De suerte, que con lo que ellos echaron á las espaldas los demás les
darán en el rostro.
Otros muchos, prosiguió el Quirón, se han subido á las nubes. Y aun
hay quien, no levantándose del polvo, pretende tocar con la cabeza
en las estrellas. Paséanse no pocos por los espacios imaginarios,
camaranchones de su presunción; pero la mayor parte hallaréis acullá
sobre el cuerno de la luna y aun pretenden subir más alto, si pudieran.
Tiene razón, voceó Andrenio. Acullá están, allá los veo y aun allí
andan empinándose, tropezando unos y cayendo otros, según las mudanzas
suyas y de aquel planeta, que ya les hace una cara y ya otra. Y aun
ellos también no cesan entre sí de armarse zancadillas, cayendo todos
con más daño que escarmiento.
¡Hay tal locura!, repetía Critilo. ¿No es la tierra su lugar proprio
del hombre, su principio y su fin? ¿No les fuera mejor conservarse en
este medio y no querer encaramarse con tan evidente riesgo? ¡Hay tal
disparate!
Sí lo es grande, dijo el semihombre, materia de harta lástima para unos
y de risa para otros, ver que el que ayer no se levantaba de la tierra
ya le parece poco un palacio, ya habla sobre el hombro el que ayer
llevaba la carga en él, el que nació entre malvas pide los artesones
de cedro, el desconocido de todos hoy desconoce á todos, el hijo tiene
el puntillo de los muchos que dió su padre. El que ayer no tenía para
pasteles, asquea el faisán, blasona de linajes; el de conocido solar,
el vos, es señoría. Todos pretenden subir y ponerse sobre los cuernos
de la luna, más peligrosos que los de un toro, pues, estando fuera de
su lugar, es forzoso dar abajo con ejemplar infamia.
[Marginal: _Fieras ciudadanas._]
Fuélos guiando á la plaza mayor, donde hallaron paseándose gran
multitud de fieras y todas tan sueltas como libres, con tan notable
peligro de los incautos. Había leones, tigres, leopardos, lobos, toros,
panteras, muchas vulpejas. Ni faltaban sierpes, dragones y basiliscos.
¿Qué es esto?, dijo turbado Andrenio. ¿Dónde estamos? ¿Es esta
población humana ó selva ferina?
No tienes que temer, que cautelarte sí, dijo el centauro.
Sin duda que los pocos hombres que habían quedado se han retirado á los
montes, ponderó Critilo, por no ver lo que en el mundo pasa y que las
fieras se han venido á las ciudades y se han hecho cortesanas.
Así es, respondió Quirón: el león de un poderoso, con quien no hay
poderse averiguar, el tigre de un matador, el lobo de un ricazo, la
vulpeja de un fingido, la víbora de una ramera: toda bestia y todo
bruto han ocupado las ciudades. Ésas rúan las calles, pasean las
plazas; y los verdaderos hombres de bien no osan parecer, viviendo
retirados dentro de los límites de su moderación y recato.
¿No nos sentamos en aquel alto, dijo Andrenio, para poder ver, cuando
no gozar con seguridad y con señorío?
Eso no, respondió Quirón: no está el mundo para tomarlo de asiento.
Pues arrimémonos aquí á una de estas columnas, dijo Critilo.
[Marginal: _El rico más rico._]
Tampoco: que todos son falsos los arrimos de esta tierra; vamos
paseando y pasando.