son los hombres. Pues advierte que aún son peores las mujeres y más de
temer: ¡mira tú cuáles serán!
¿Qué dices?
La verdad.
¿Pues qué serán?
Son, por ahora, demonios; que después te diré más. Sobre todo te
encargo y aun te juramento que por ningún caso digas quién somos ni
cómo tú saliste á luz ni cómo yo llegué acá: que sería perder no menos
que tu libertad y yo la vida. Y, aunque hago agravio á tu fidelidad,
huélgome de no haberte acabado de contar mis desdichas, en esto sólo
dichosas, asegurando descuidos. Quede doblada la hoja, para la primera
ocasión: que no faltarán muchas en una navegación tan prolija.
Ya en esto se percibían las voces de los navegantes y se divisaban los
rostros. Era grande la vocería de la chusma: que en todas partes hay
vulgo y más insolente donde hay más holgado. Amainaron velas, echaron
áncoras y comenzó la gente á saltar en tierra. Fué recíproco el espanto
de los que llegaban, de los que les recibían. Desmintiéronle sus muchas
preguntas con decir se habían quedado descuidados y dormidos, cuando se
hizo á la vela otra flota, conciliando compasión y agasajo.
Estuvieron allí detenidos algunos días cazando y refrescando y, hecha
ya agua y leña, se hicieron á la vela en otras tantas alas para la
deseada España.
Embarcáronse juntos Critilo y Andrenio hasta en los corazones en una
gran carraca, asombro de los enemigos, contraste de los vientos y yugo
del océano. Fué la navegación tan peligrosa, cuan larga; pero servía de
alivio la narración de sus tragedias, que á ratos hurtados, prosiguió
Critilo de esta suerte:
En medio de estos golfos nací, como te digo, entre riesgos y tormentas.
Fué la causa que mis padres, españoles ambos y principales, se
embarcaron para la India con un grande cargo, merced del gran Filipo,
que en todo el mundo manda y apremia.
Venía mi madre con sospechas de traerme en sus entrañas: que comenzamos
á ser faltas de una vil materia. Declaróse luego el preñado bien
penoso y cogióla el parto en la misma navegación, entre el horror y la
turbación de una horrible tempestad, para que se doblase su tormento
con la tormenta.
Salí yo al mundo entre tantas aflicciones, presagio de mis
infelicidades. Tan temprano comenzó á jugar con mi vida la fortuna,
arrojándome de un cabo del mundo al otro. Aportamos á la rica y famosa
ciudad de Goa, corte del imperio católico en el Oriente, silla augusta
de sus virreyes, emporio universal de la India y de sus riquezas.
[Marginal: _Juventud viciosa._]
Aquí mi padre fué aprisa acaudalando fama y bienes, ayudado de su
industria y de su cargo. Mas yo, entre tanto bien, me criaba mal, como
rico y como único. Cuidaban más mis padres fuese hombre, que persona.
Pero castigó bien el gusto, que recibieron en mis niñeces, el pesar que
les di con mis mocedades. Porque fuí entrando de carrera por los verdes
prados de la juventud, tan sin freno de razón, cuan picado de los viles
deleites.
Cebéme en el juego, perdiendo en un día lo que á mi padre le había
costado muchos de adquirir, despreciando ciento á ciento lo que
él recogió uno á uno. Pasé luego á la bizarría, rozando galas y
costumbres, engalanando el cuerpo lo que desnudaba el ánimo de los
verdaderos arreos, que son la virtud y el saber. Ayudábanme á gastar el
dinero y la conciencia malos y falsos amigos, lisonjeros, valientes,
terceros y entremetidos, viles sabandijas de las haciendas, polillas
de la honra y de la conciencia. Sentía esto mi padre, pronosticando el
malogro de su hijo y de su casa; mas yo de sus rigores apelaba á la
piadosa impertinencia de una madre, que, cuando más me amparaba, me
perdía.
Pero donde acabó de perder mi padre las esperanzas y aun la vida fué,
cuando me vió enredado en el oscuro laberinto del amor. Puse ciegamente
los ojos en una dama, que, aunque noble y con todas las demás prendas
de la naturaleza, de hermosa, discreta y de pocos años; pero las de la
fortuna, que son hoy las que más se estiman, comencé á idolatrar en
su gentileza, correspondiéndome ella con favores. Lo que sus padres
me deseaban yerno, los míos la aborrecían nuera. Buscaron modos y
medios para apartarme de aquella afición, que ellos llamaban perdición.
Trataron de darme otra esposa, más de su conveniencia, que de mi gusto;
mas yo, ciego á todo, enmudecía. No pensaba, no hablaba, no soñaba en
otra cosa que en Felisinda, que así se llamaba mi dama, llevando ya la
mitad de la felicidad en su nombre.
Con estos y otros muchos pesares acabé con la vida de mi padre: castigo
ordinario de la paternal connivencia. Él perdió la vida y yo amparo;
aunque no lo sentí tanto como debía. [Marginal: _Laberinto del amor._]
Llorólo mi madre por entrambos con tal exceso, que en pocos días acabó
los suyos, cuando yo, más libre y menos triste, consoléme presto de
haber perdido padre, por poder lograr esposa, teniéndola por tan cierta
como deseada. Mas por atender á filiales respetos, hube de violentar mi
intento por algunos días, que á mí me parecieron siglos.
En este breve ínterin de esposa, ¡oh, inconstancia de mi suerte!,
se barajaron de modo las materias, que la misma muerte, que pareció
haber facilitado mis deseos, los vino á dificultar más y aun los
puso en estado de imposibles. Fué el caso ó la desdicha que en este
breve tiempo murió también un hermano de mi dama, mozo, galán y único
mayorazgo de su casa, quedando Felisinda heredera de todo y fénix
á todas luces. Juntándose la hacienda y la hermosura, doblaron su
estimación, creció mucho en sólo un día y más su fama, adelantándose á
los mejores empleos de esta corte.
Con un tan impensado incidente, alteráronse mucho las cosas, mudaron de
cara las materias; sola Felisinda no se trocó y, si lo fué, en mayor
fineza. Sus padres y sus deudos, aspirando á cosas mayores, fueron los
primeros, que se entibiaron en favorecer mi pretensión, que tanto
habían antes adelantado. Pasaron sus tibiezas á desvíos, encendiendo
más con esto recíprocas voluntades.
Avisábame ella de cuanto se trataba, haciéndome de amante secretario.
Declaráronse luego otros competidores, tan poderosos como muchos; pero
amantes heridos más de las saetas, que les arrojaba la aljaba de su
dote, que el arco del amor. Con todo me daban cuidado: que es todo
temores el amor.
El que acabó de apurarme fué un nuevo rival, que á más de ser mozo,
galán y rico, era sobrino del virrey, que allá es decir aparte numen
y ramo de divinidad. Porque allí el gustar un virrey es obligar y sus
pensamientos se ejecutan aun antes que se imaginen.
Comenzó á declararse pretensor de mi dama, tan confiado, como poderoso.
Competíamos los dos al descubierto, asistidos cada uno, él del poder
y yo del amor. Parecióle á él y á los suyos que era menester más
diligencia para derribar mi pretensión tan arraigada como antigua,
y para esto dispusieron las materias, despertando á quien dormía.
Prometieron su favor é industria á unos contrarios míos, porque me
pusiesen pleito en lo más bienparado de mi hacienda, ya para torcer de
mi voluntad, ya para acobardar á los padres de Felisinda.
Vime presto solo y enredado en dos dificultosos pleitos, del interés
y del amor, que era el que más me desvelaba. No fué bastante este
temor de la pérdida de mi hacienda para hacer volver un paso atrás mi
afición, que, como la palma, crecía más á más resistencia; pero lo que
en mí no pudo obró en los padres y deudos de mi dama que, poniendo los
ojos en mayores conveniencias del interés y del honor, trataron... Mas
¿cómo lo podré decir? No sé si acertaré; mejor será dejarlo.
Instó Andrenio en que prosiguiese.
Y él: ¡Eh! ¿Qué es morir? Pues resolvieron matarme, dando mi vida á
mi contrario, que lo era mi dama. Avisóme ella la misma noche desde
un balcón, como solía. Consultando y pidiéndome el remedio, derramó
tantas lágrimas, que encendieron en mi pecho un incendio, un volcán de
desesperación y de furia.
Con esto al otro día, sin reparar en inconvenientes ni en riesgos de
honra y de vida, guiado de mi pasión ciega, ceñí, no un estoque, sino
un rayo penetrante del aljaba del amor, fraguado de celos y de aceros.
Salí en busca de mi contrario, remitiendo las palabras á las obras y
las lenguas á las manos. Desnudamos los estoques de la compasión y de
la vaina. Fuímonos el uno para el otro y á pocos lances le atravesé el
acero por medio del corazón, sacándole el amor con la vida. [Marginal:
_Fruto de los vicios._] Quedó él rendido y yo preso, porque al punto
dió conmigo un enjambre de ministros, unos picando en la ambición de
complacer al virrey y los más en la codicia de mis riquezas.
Dieron luego conmigo en un calabozo, cargándome de hierros: que éste
fué el fruto de los míos. Llegó la triste nueva á oídos de sus padres y
mucho más á sus entrañas, deshaciéndose en lágrimas y voces. Gritaban
los parientes la venganza y los más templados, justicia. Fulminaba
el virrey una muerte en cada extremo. No se hablaba de otro: los más
condenándome, los menos defendiéndome y á todos pesaba de nuestra loca
desdicha; sola mi dama se alegró en toda la ciudad, celebrando mi valor
y estimando mi fineza.
Comenzóse con gran rigor la causa; pero siempre por tela de juicio y
lo primero á título de secuestro. Dieron saco verdadero á mi casa,
cebándose la venganza en mis riquezas, como el irritado toro en la capa
del que escapó; solas pudieron librarse algunas joyas, por retiradas al
sagrado de un convento, donde me las guardaban.
No se dió por contenta mi fortuna en perseguirme tan criminal; sino
que también civil me dió luego sentencia en contra en el pleito de
la hacienda. Perdí bienes, perdí amigos, que siempre corren parejas.
Todo esto fuera nada, si no me sacudiera el último revés, que fué
acabarme de todo punto. Aborrecidos los padres de Felisinda de su
desgracia, ecos ya de las mías, habiendo perdido en un año hijo y
yerno, determinaron dejar la India y dar la vuelta á la corte, con
esperanzas de gran puesto, por sus servicios merecido y con favores
del virrey facilitado convirtieron en oro y plata sus haberes y en la
primera flota, con toda su hacienda y casa, se embarcaron para España,
llevándoseme...
Aquí interrumpieron las palabras los sollozos, ahogándose la voz en el
llanto.
Lleváronseme dos prendas del alma de una vez, con que fué doblado y
mortal mi sentimiento: la una era Felisinda y otra más que llevaba
en sus entrañas, desdichada ya por ser mía. Hiciéronse á la vela y
aumentaban el viento mis suspiros, engolfados ellos y anegado yo en un
mar de llanto. Quedé en aquella cárcel eternizado en calabozos, pobre y
de todos, si no de mis enemigos, olvidado.
[Marginal: _Amor despeñadero._]
Cual suele el que se despeña un monte abajo ir sembrando despojos,
aquí deja el sombrero, allá la capa, en una parte los ojos y en otra
las narices, hasta perder la vida, quedando reventado en el profundo:
así yo, luego que deslicé en aquel despeñadero de marfil, tanto más
peligroso, cuanto más agradable, comencé á ir rodando y despeñándome de
unas desdichas en otras, dejando en cada tope, aquí la hacienda, allá
la honra, la salud, los padres, los amigos y mi libertad, quedando como
sepultado en una cárcel, abismo de desdichas.
Mas no digo bien, pues lo que me acarreó de males la riqueza, me
restituyó en bienes la pobreza. Puédolo decir con verdad, pues que aquí
hallé la sabiduría, que hasta entonces no la había conocido; aquí el
desengaño, la experiencia y la salud de cuerpo y alma. Viéndome sin
amigos vivos, apelé á los muertos. [Marginal: _Pobreza sabia._] Di en
leer, comencé á saber y á ser persona, que hasta entonces no había
vivido la vida racional, sino la bestial. Fuí llenando el alma de
verdades y de prendas. Conseguí la sabiduría y con ella el bienobrar,
que ilustrado una vez el entendimiento, con facilidad endereza la
ciega voluntad. Él quedó rico de noticias y ella de virtudes.
Bien es verdad que abrí los ojos, cuando no hubo ya que ver: que
así acontece de ordinario. Estudié las nobles artes y las sublimes
ciencias, entregándome con afición especial á la moral filosofía, pasto
del juicio, centro de la razón y vida de la cordura. Mejoré de amigos,
trocando un mozo liviano por un Catón severo y un necio por un Séneca.
Un rato escuchaba á Sócrates y otro al divino Platón. Con esto pasaba
con alivio y aun con gusto aquella sepultura de vivos, laberinto de mi
libertad.
Pasaron años y virreyes y nunca pasaba el rigor de mis contrarios.
Entretenían mi causa, queriendo, ya que no podían conseguir otro
castigo, convertir la prisión en sepultura. Al cabo de un siglo de
padecer y sufrir, llegó orden de España, solicitado en secreto de mi
esposa, que remitiesen allá mi causa y mi persona.
Púsolo en ejecución el nuevo virrey, menos contrario, si no más
favorable, en la primera flota. Entregáronme con título de preso á un
capitán de un navío, encargándole más el cuidado, que la asistencia.
Salí de la India el primer pobre; pero con tal contento, que los
peligros de la mar me parecieron lisonjas.
Gané luego amigos: que con el saber se ganan los verdaderos. Entre
todos, el capitán de la nave de superior se me hizo confidente: favor
que yo estimé mucho, celebrando por verdadero aquel dicho común, que
con la mudanza del lugar se muda también de fortuna.
Mas aquí has de admirar un prodigio del humano engaño, un extremo
de mal proceder; aquí la porfía de una contraria fortuna y á dónde
llegaron mis desdichas. Este capitán y caballero, obligado por todas
partes á bienproceder, maleado de la ambición, llevado del parentesco
con el virrey mi enemigo y sobornado, á lo que yo más creo, de la
codicia vil de mi plata y mis alhajas, reliquias de aquella antigua
grandeza (mas ¿á qué no incitará los humanos pechos la execrable sed
del oro?), resolvióse á ejecutar la más civil bajeza que se ha oído.
Estando solos una noche en uno de los corredores de popa, gozando de
la conversación y marea, dió conmigo, tan descuidado como confiado, en
aquel profundo de abismos. Comenzó él mismo á dar voces, para hacer
desgracia la traición y aun llorarme, no arrojado, sino caído. Al ruido
y á las voces acudieron mis amigos, ansiosos por ayudarme, echando
cables y sogas; pero en vano, porque en un instante pasó mucho mar el
navío, que volaba, dejándome á mí luchando con las olas y con una dos
veces amarga muerte. Arrojáronme algunas tablas, por último remedio y
fué una de ellas sagrada áncora, que las mismas olas, lastimadas de
mi inocencia y desdicha, me la ofrecieron entre las manos. Asíla tan
agradecido, cuan desesperado y besándola la dije: ¡Oh, despojo último
de mi fortuna! Leve apoyo de mi vida, refugio de mi última esperanza:
¡serás siquiera un breve ínterin de mi muerte!
Desconfiado de poder seguir el navío fugitivo, me dejé llevar de las
olas al albedrío de mi desesperada fortuna. Tirana ella una y mil
veces, aún no contenta de tenerme en tal punto de desdichas, echando
el resto á su fiereza, conjuró contra mí los elementos en una horrible
tormenta, para acabarme con toda solemnidad de desventuras. Ya me
arrojaban tan alto las olas, que tal vez temí quedar enganchado en
alguna de las puntas de la luna ó estrellado en aquel cielo. Hundíame
luego tan en el centro de los abismos, que llegué á temer más el
incendio, que el ahogo.
¡Mas ay! que lo que yo lamentaba rigores, fueron favores: que á veces
llegan tan á los extremos los males, que pasan á ser dichas. Dígolo
porque la misma furia de la tempestad y corriente de las aguas me
arrojaron en pocas horas á vista de aquella pequeña isla, tu patria y
para mí gran cielo, que de otro modo fuera imposible poder llegar á
ella, quedando en medio de aquellos mares rendido de hambre y hartando
las marinas fieras. En el mal estuvo el bien. Aquí, ayudándome más el
ánimo, que las fuerzas, llegué á tomar puerto en esos brazos tuyos, que
otra vez y otras mil quiero enlazar, confirmando nuestra amistad en
eterna.
De esta suerte dió fin Critilo á su relación, abrazándose entrambos,
renovando aquella primera fruición y experimentando una secreta
simpatía de amor y de contento. Emplearon lo restante de su navegación
en provechosos ejercicios. [Marginal: _Las nobles artes._] Porque á
más de la agradable conversación, que toda era una bienproseguida
enseñanza, le dió noticias de todo el mundo y conocimiento de aquellas
artes, que más realzan el ánimo y le enriquecen, como la gustosa
historia, la cosmografía, la esfera, la erudición y la que hace
personas, la moral filosofía. En lo que puso Andrenio especial estudio
fué en aprender lenguas, la latina, eterna tesorera de la sabiduría,
la española, tan universal como su imperio, la francesa erudita y la
italiana elocuente, ya para lograr los muchos tesoros que en ellas
están escritos, ya para la necesidad de hablarlas y entenderlas en su
jornada del mundo.
Era tanta la curiosidad de Andrenio, como su docilidad y así siempre
estaba confiriendo y preguntando de las provincias, repúblicas, reinos
y ciudades; de sus reyes, gobiernos y naciones; siempre informándose,
filosofando y discurriendo, con tanta fruición, como novedad, deseando
llegar á la perfección de noticias y de prendas. Con tan gustosa
ocupación no se sintieron las penalidades de un viaje tan penoso y al
tiempo acostumbrado aportaron á este nuevo mundo. En qué parte y lo que
en él les sucedió nos lo ofrece referir la Crisi siguiente.
CRISI V
_Entrada del mundo._
Cauta, si no engañosa, procedió la naturaleza con el hombre al
introducirle en este mundo, pues trazó que entrase sin género alguno
de conocimiento, para deslumbrar todo reparo. Á escuras llega y aun á
ciegas, quien comienza á vivir, sin advertir que vive y sin saber qué
es vivir. Críase niño y tan rapaz, que, cuando llora, con cualquier
niñería le acalla y con cualquier juguete le contenta. Parece que le
introduce en un reino de felicidades y no es sino un cautiverio de
desdichas que, cuando llega á abrir los ojos del alma, dando en la
cuenta de su engaño, hállase empeñado sin remedio. Vese metido en el
lodo de que fué formado y ya ¿qué puede hacer, sino pisarlo, procurando
salir de él como mejor pudiere?
Persuádome que, si no fuera con este universal ardid, ninguno quisiera
entrar en tan engañoso mundo y que pocos aceptaran la vida después,
si tuvieran estas noticias antes. Porque ¿quién, sabiéndolo, quisiera
meter el pie en un reino mentido y cárcel verdadera, á padecer tan
muchas como varias penalidades? En el cuerpo hambre, sed, frío, calor,
cansancio, desnudez, dolores, enfermedades y en el ánimo engaños,
persecuciones, envidias, desprecios, deshonras, ahogos, tristezas,
temores, iras; desesperaciones y salir al cabo condenado á miserable
muerte, con pérdida de todas las cosas, casa, hacienda, bienes,
dignidades, amigos, parientes, hermanos, padres y la misma vida, cuando
más amada.
Bien supo la naturaleza lo que hizo y mal el hombre lo que aceptó.
Quien no te conoce ¡oh vivir! te estime; pero un desengañado tomara
antes haber sido trasladado de la cuna á la urna, del tálamo al túmulo.
Presagio común es de miserias el llorar al nacer. Que, aunque el más
dichoso cae de pies, triste posesión toma y el clarín, con que este
hombre rey entra en el mundo, no es otro que su llanto: señal que su
reinado todo ha de ser de penas. Pero ¿cuál puede ser una vida, que
comienza entre los gritos de la madre, que la da, y los lloros del
hijo, que la recibe? Por lo menos, ya que le faltó el conocimiento, no
el presagio de sus males, si no los concibe, los adivina.
Ya estamos en el mundo, dijo el sagaz Critilo al incauto Andrenio,
al saltar juntos en tierra. Pésame que entres en él con tanto
conocimiento, porque sé te ha de desagradar mucho. Todo cuanto obró
el supremo Artífice está tan acabado, que no se puede mejorar; mas
todo cuanto han añadido los hombres es imperfecto. Criólo Dios muy
concertado y el hombre lo ha confundido. Digo, lo que ha podido
alcanzar; que, aun donde no ha llegado con el poder, con la imaginación
ha pretendido trabucarlo.
[Marginal: _Mundo civil y natural._]
Visto has hasta ahora las obras de la naturaleza y admirádolas con
razón; verás de hoy adelante las del artificio, que te han de espantar.
Contemplado has las obras de Dios; notarás las de los hombres y verás
la diferencia. ¡Oh cuán otro te ha de parecer el mundo civil del
natural y el humano del divino! Ve prevenido en este punto, para que ni
te admires de cuanto vieres ni te desconsueles de cuanto experimentares.
Comenzaron á discurrir por un camino tan trillado, como solo y primero.
Mas reparó Andrenio que ninguna de las humanas huellas miraba hacia
atrás; todas pasaban adelante: señal de que ninguno volvía. Encontraron
á poco rato una cosa bien donosa y de harto gusto: era un ejército
desconcertado de infantería, un escuadrón de niños de diferentes
estados y naciones, como lo mostraban sus diferentes trajes. Todo era
confusión y vocería.
[Marginal: _Niñez inculta._]
Íbalos primero recogiendo y después acaudillando una mujer bien rara,
de risueño aspecto, alegres ojos, dulces labios y palabras blandas,
piadosas manos y toda ella caricias, halagos y cariños. Traía consigo
muchas criadas de su genio y de su empleo, para que los asistiesen
y sirviesen y así llevaban en brazos los pequeñuelos, otros de los
andadores y á los mayorcillos de la mano, procurando siempre pasar
adelante.
Era increíble el agasajo con que á todos acariciaba aquella madre
común, atendiendo á su gusto y regalo y para esto llevaba mil
invenciones de juguetes, con que entretenerlos.
Había hecho también gran provisión de regalos y, en llorando alguno, al
punto acudía afectuosa, haciéndole fiestas y caricias, concediéndole
cuanto pedía, á trueque de que no llorase. Con especialidad cuidaba de
los que iban mejor vestidos, que parecían hijos de gente principal,
dejándolos salir con cuanto querían. Era tal el cariño y agasajo que
esta, al parecer ama piadosa, les hacía, que los mismos padres la
traían sus hijuelos y se los entregaban, fiándolos más de ella, que de
sí mismos.
Mucho gustó Andrenio de ver tanta y tan donosa infantería, no acabando
de admirar y reconocer al hombre niño. Y tomando en sus brazos uno en
mantillas, decíale á Critilo:
¡Es posible, que éste es el hombre! ¡Quién tal creyera! ¡Que este casi
insensible, [Marginal: _Conde de Monterrey._] torpe é inútil viviente
ha de venir á ser un hombre tan entendido á veces, tan prudente y tan
sagaz como un Catón, un Séneca, un Conde de Monterrey!
Todo es extremos el hombre, dijo Critilo. Ahí verás lo que cuesta el
ser persona. Los brutos luego lo saben ser, luego corren, luego saltan;
pero al hombre cuéstale mucho, porque es mucho.
Lo que más me admira, ponderó Andrenio, es el indecible afecto de esta
rara mujer. ¡Qué madre como ella! ¿Puédese imaginar tal fineza? De esta
felicidad carecí yo, que me crié dentro de las entrañas de un monte y
entre fieras: allí lloraba hasta reventar, tendido en el duro suelo,
desnudo, hambriento y desamparado, ignorando estas caricias.
No envidies, dijo Critilo, lo que no conoces ni llames felicidad, hasta
que veas en qué para. De estas cosas toparás muchas en el mundo, que
no son lo que parecen, sino muy al contrario. Ahora comienzas á vivir;
irás viviendo y viendo.
Caminaban con todo este embarazo, sin parar ni un instante, atravesando
países; aunque sin hacer estación alguna y siempre cuesta abajo,
atendiendo mucho la que conducía el pigmeo escuadrón, á que ninguno se
cansase ni lo pasase mal. Dábales de comer una vez sola, que era todo
el día.
Hallábanse al fin de aquel paraje, metidos en un valle profundísimo,
rodeado á una y otra banda de altísimos montes, que decían ser los
más altos puertos de este universal camino. Era noche y muy oscura,
con propiedad lóbrega. En medio de esta horrible profundidad, mandó
hacer alto aquella engañosa hembra y, mirando á una y otra parte, hizo
la señal usada, con que al mismo punto ¡oh maldad no imaginada! ¡oh
traición nunca oída! comenzaron á salir de entre aquellas breñas y por
las bocas de las grutas ejércitos de fieras, leones, tigres, osos,
lobos, serpientes y dragones, que arremetiendo de improviso, dieron en
aquella tierna manada de flacos y desarmados corderillos, haciendo un
horrible estrago y sangrienta carnicería. Porque arrastraban á unos,
despedazaban á otros, mataban, tragaban y devoraban cuantos podían.