los mixtos y entre éstos los inferiores sirven á los superiores. Esas
yerbas y esas plantas, que están en el más bajo grado de la vida, pues
sólo gozan la vegetativa, moviéndose y creciendo hasta un punto fijo
de su perfección en el durar y crecer, sin poder pasar de allí, éstas
sirven de alimento á los sensibles vivientes, que están en el segundo
orden de la vida, gozando de la sensible sobre la vegetante y son los
animales de la tierra, los peces del mar y las aves del aire. Ellos
pacen la yerba, pueblan los árboles, comen sus frutos, anidan en sus
ramas, se defienden entre sus troncos, se cubren con sus hojas y se
amparan con su toldo.
Pero unos y otros, árboles y animales, se reducen á servir á otro
tercer grado de vivientes, mucho más perfectos y superiores, que sobre
el crecer y el sentir añaden el raciocinar, el discurrir y entender:
y éste es el hombre, que finalmente se ordena y se dirige para
Dios, conociéndole, amándole y sirviéndole. De esta suerte, con tan
maravillosa disposición y concierto, está todo ordenado, ayudándose las
unas criaturas á las otras, para su aumento y conservación.
El agua necesita de la tierra que la sustente, la tierra del agua que
la fecunde, el aire se aumenta del agua y del aire se ceba y alienta el
fuego. Todo está así ponderado y compasado para la unión de las partes
y ellas en orden á la conservación de todo el universo.
Aquí son de considerar también con especial y gustosa observación
los raros modos y los convenientes medios, de que proveyó á cada
criatura la suma Providencia, para el aumento y conservación de su ser
y con especialidad á los sensibles vivientes, como más importantes y
perfectos, dándole á cada uno su natural instinto para conocer el bien
y el mal, buscando el uno y evitando el otro, donde son más de admirar,
que de referir las exquisitas habilidades de los unos para engañar y de
los otros para escapar del engañoso peligro.
Aunque todo para mí era una prodigiosa continua novedad, dijo Andrenio,
renové la admiración al esplayar el ánimo con la vista por esos
inmensos golfos. [Marginal: _El mar._] Paréceme que, envidioso el mar
de la tierra, haciéndose lenguas en sus aguas, me acusaba de tardo y
á las voces de sus olas me llamaba atento á que emplease otra gran
porción de mi curiosidad en su prodigiosa grandeza. Cansado, pues, yo
de caminar, que no de discurrir, sentéme en una de estas más eminentes
rocas, repitiendo tantos pasmos, cuantas el mar olas. Ponderaba mucho
aquella su maravillosa prisión, el ver en un tan horrible y espantoso
monstruo, reducido á orillas y sujeto al blando freno de la menuda
arena.
¿Es posible, decía yo, que no haya otra muralla para defensa de un tan
fiero enemigo, sino el polvo?
Aguarda, dijo Critilo: dos bravos elementos encarceló suavemente fuerte
la prevención divina, que, á estar sueltos, hubieran ya acabado con la
tierra y con todos sus pobladores. Encerró el mar dentro de los límites
de sus arenas y el fuego en los duros senos de los pedernales. Allí
está de tal modo encarcelado, que á dos golpes que le llamen, sale
pronto, sirve y, en no siendo menester, se retira ó se apaga; que, si
esto no fuera, no había mundo para dos días, pereciera todo ó sumergido
ó abrasado.
No me podía saciar, dijo Andrenio, volviendo al agua, de mirar su
alegre transparencia, aquel su continuo movimiento, hidrópica la vista
de los líquidos cristales.
Dicen que los ojos, ponderó Critilo, se componen de los dos humores
aqueo y cristalino y esa es la causa porque gustan tanto de mirar las
aguas: de suerte, que sin cansarse estará embebido un hombre todo un
día viéndolas brollar, caer y correr.
Sobre todo, dijo Andrenio, cuando advertí que iban surcando sus
entrañas cristalinas tantos peces, tan diversos de las aves y de las
fieras, puedo decir con toda propiedad que quedó mi admiración agotada.
[Marginal: _Composición de oposiciones._]
Aquí, sobre esta roca, á mis solas y á mi ignorancia, me estaba
contemplando esta harmonía tan plausible de todo el universo, compuesta
de una tan extraña contrariedad, que según es grande, no parece había
de poder mantenerse el mundo un solo día. Esto me tenía suspenso.
Porque ¿á quién no pasma ver un concierto tan estraño, compuesto de
oposiciones?
Así es, respondió Critilo, que todo este universo se compone de
contrarios y se concierta de desconciertos. Uno contra otro, exclamó
el filósofo: no hay cosa que no tenga su contrario con quien pelee,
ya con victoria, ya con rendimiento. Todo es hacer y padecer. Si
hay acción, hay repasión. Los elementos, que llevan la vanguardia,
comienzan á batallar entre sí, siguiéndoles los mistos, destruyéndose
alternativamente. Los males acechan á los bienes, hasta la desdicha la
suerte. Unos tiempos son contrarios á otros.
Los mismos astros guerrean y se vencen y, aunque entre sí no se dañan á
fuer de príncipes, viene á parar su contienda en daño de los sublunares
vasallos. De lo natural pasa la oposición á lo mortal, porque ¿qué
hombre hay que no tenga su émulo? ¿Dónde irá uno que no guerree? En la
edad se oponen los viejos á los mozos; en la complexión, los flemáticos
á los coléricos; en el estado, los ricos á los pobres; en la región,
los españoles á los franceses: y así en todas las demás calidades los
unos son contra los otros. ¡Pero qué mucho, si dentro del mismo hombre,
de las puertas adentro de su terrena casa, está más encendida esta
discordia!
[Marginal: _Contrariedad en el hombre._]
¿Qué dices, un hombre contra sí mismo?
Sí, que por lo que tiene de mundo, aunque pequeño, todo él se compone
de contrarios: los humores comienzan la pelea, según sus parciales
elementos; resiste el húmido radical al calor nativo, que á la sorda
va limando y á la larga consumiendo. La parte inferior está siempre de
ceño con la superior y á la razón se le atreve el apetito y tal vez le
atropella.
El mismo inmortal espíritu no está exento de esta tan general
discordia, pues combaten entre sí y en él muy vivas las pasiones:
el temor las ha contra el valor, la tristeza contra la alegría. Ya
apetece, ya aborrece. La irascible se baraja con la concupiscible: ya
vence los vicios, ya triunfan las virtudes. Todo es arma y todo guerra.
De suerte que la vida del hombre no es otra, que una milicia sobre la
haz de la tierra.
¡Mas, oh maravillosa, infinitamente sabia providencia de aquel gran
Moderador de todo lo criado, que con tan continua y varia contrariedad
de todas las criaturas entre sí, templa, mantiene y conserva toda esta
gran máquina del mundo!
Ese portento de atención divina, dijo Andrenio, era lo que yo mucho
celebraba, viendo tanta mudanza, con tanta permanencia, que todas las
cosas se van acabando, todas ellas perecen; y el mundo siempre el
mismo, siempre permanece.
Trazó las cosas de modo el supremo Artífice, dijo Critilo, que ninguna
se acabase, que no comenzase luego otra. De modo que de las ruinas
de la primera se levanta la segunda. Con esto verás que el mismo fin
es principio. La destrucción de una criatura es generación de la
otra. Cuando parece que se acaba todo, entonces comienza de nuevo. La
naturaleza se renueva, el mundo se remoza, la tierra se establece y el
divino gobierno es admirado y adorado.
[Marginal: _Alternación de los tiempos._]
Más adelante, dijo Andrenio, fuí observando, con no menor reparo, la
varia disposición de los tiempos, la alternación de los días con las
noches, de el invierno con el estío, mediando las primaveras, porque no
se pasase de un extremo á otro.
Aquí sí que se declaró bien la divina asistencia, ponderó Critilo, en
disponer, no sólo los puestos, los centros de las cosas; sino también
los tiempos. Sirve el día para el trabajo y para el descanso la noche.
En el invierno arraigan las plantas, en la primavera florecen, en el
estío fructifican y en el otoño se sazonan y se logran. ¿Qué diremos de
la maravillosa invención de las lluvias?
Eso admiré yo mucho, dijo Andrenio, ver descender el agua tan
repartida, con tanta suavidad y provecho y tan á sazón.
Añadió Critilo: En los dos meses, que son llaves del año, el Octubre
para la sementera y el Mayo para la cogida. Pues la variedad de las
lunas no favorece menos á la abundancia de los frutos y á la salud de
los vivientes. Porque unas son frías, otras abrasadas, airosas, húmedas
y serenas, según los doce meses. Las aguas limpian y fecundan, los
vientos purifican y vivifican, la tierra establece donde se sustenten
los cuerpos, el aire flexible para que se muevan y diáfano para que
puedan verse. De suerte, que sola una Omnipotencia divina, una eterna
Providencia, una inmensa Bondad pudieran haber dispuesto una tan gran
máquina, nunca bastantemente admirada, alabada y aplaudida.
Verdaderamente que así, prosiguió Andrenio, y así lo ponderaba yo,
aunque rudamente. Todos los días y las horas era mi gustoso empleo de
andarme de un puesto en otro, de una en otra eminencia, repitiendo
admiraciones y repasando discursos, volviendo á contemplar una y muchas
veces cada objeto, ya el cielo, ya la tierra, esos prados y esos mares,
con insaciable entretenimiento. Pero donde mi atención insistía era
en las trazas, con que la eterna Sabiduría supo ejecutar cosas tan
dificultosas con tan fácil y primoroso artificio. Gran traza suya fué
la firmeza de la tierra en el medio, como fundamento estable y seguro.
[Marginal: _Perennidad de los ríos._]
De todo el edificio, ponderó Critilo, ni fué menor invención la de
los ríos, admirables por cierto en sus principios y fines. Aquéllos
con perennidad y éstos sin redundancia. La variedad de los vientos,
que se perciben y no se sabe de dónde nacen y acaban. [Marginal:
_Conveniencias de los montes._] La hermosura provechosa de los montes,
firmes costillas del cuerpo, muelle de la tierra, aumentando su hermosa
variedad. En ellos se recogen los tesoros de las nieves, se forjan los
metales, se detienen las nubes, se originan las fuentes, anidan las
fieras, se empinan los árboles para las naves y edificios y donde se
guarecen las gentes de las avenidas de los ríos, se fortalecen contra
los enemigos y gozan de salud y de vida.
Todos estos prodigios, ¿quién sino una infinita Sabiduría pudiera
ejecutarlos? Así que con razón confiesan todos los sabios que, aunque
se juntaran todos los entendimientos criados y alambicaran sus
discursos, no pudieran enmendar la más mínima circunstancia ni un átomo
de la perfecta naturaleza. Y, si aquel otro rey, aplaudido de sabio,
porque conoció cuatro estrellas, tanto se estima en los príncipes al
saber, se arrojó á decir que, si él hubiera asistido al lado del divino
Hacedor, en la fábrica del universo, muchas cosas se hubieran dispuesto
de otro modo y otras mejorado: no fué tanto efecto de su saber, cuanto
defecto de su nación, que en este achaque del presumir, aun con el
mismo Dios no se modera.
[Marginal: _Divinidad descifrada._]
Aguarda, dijo Andrenio, óyeme esta última verdad, la más sublime de
cuantas he celebrado. Yo te confieso que, aunque reconocí y admiré
en esta portentosa fábrica del universo estos cuatro prodigios entre
muchos, tanta multitud de criaturas con tanta diferencia, tanta
hermosura con tanta utilidad, tanto concierto con tanta contrariedad,
tanta mudanza con tanta permanencia, portentos todos dignos de
aclamarse; con todo eso, lo que á mí me suspendió fué el conocer un
Criador de todo, tan manifiesto en sus criaturas y tan escondido en sí,
que, aunque todos sus divinos atributos se ostentan, su sabiduría en la
traza, su omnipotencia en la ejecución, su providencia en el gobierno,
su hermosura en la perfección, su inmensidad en la asistencia, su
bondad en la comunicación y así de todos los demás, que, así como
ninguno estuvo ocioso entonces, ninguno se esconde ahora; con todo eso
está tan oculto este gran Dios, que es conocido y no visto, escondido
y manifiesto, tan lejos y tan cerca. Es lo que me tiene fuera de mí y
todo en él, conociéndole y amándole.
Es muy connatural, dijo Critilo, en el hombre la inclinación á su
Dios, como á su principio y su fin, ya amándole, ya conociéndole. No
se ha hallado nación, por bárbara que fuese, que no haya reconocido la
Divinidad, grande y eficaz argumento de su divina esencia y presencia.
Porque en la naturaleza no hay cosa de balde ni inclinación que se
frustre: si el imán busca el norte, sin duda que le hay donde se
quiete; si la planta al sol, el pez al agua, la piedra al centro y
el hombre á Dios, Dios hay, que es su norte, centro y sol, á quien
busque, en quien pare y á quien goce. Este gran Señor dió el ser á todo
lo criado; mas él de sí mismo le tiene. Y aun por eso es infinito en
todo género de perfección, que nadie le pudo limitar ni el ser ni el
lugar ni el tiempo. No se ve; pero se conoce y, como soberano príncipe,
estando retirado á su inaccesible incomprensibilidad, nos habla por
medio de sus criaturas.
Así que con razón definió un filósofo este universo espejo grande
de Dios. Mi libro le llamaba el sabio indocto, donde en cifras de
criaturas estudió las divinas perfecciones. [Marginal: _Universo
definido._] Convite es, dijo Filón Hebreo, para todo buen gusto, donde
el espíritu se apacienta. Lira acordada le apodó Pitágoras, que con
la melodía de su gran concierto nos deleita y nos suspende. Pompa de
la majestad increada, Tertuliano, y armonía agradable de los divinos
atributos, Trismegisto.
Éstos son, concluyó Andrenio, los rudimentos de mi vida, más bien
sentida que relatada: que siempre faltan palabras donde sobran
sentimientos. Lo que yo te ruego ahora es que, empeñado de mi
obediencia, satisfagas mi deseo, contándome quién eres, de dónde y cómo
aportaste á estas orillas por tan extraño rumbo. Díme si hay más mundo
y más personas. Infórmame de todo, que serás tan atendido, como deseado.
Á la gran tragedia de su vida, que Critilo refirió á Andrenio, nos
convida la siguiente Crisi.
CRISI IV
_El despeñadero de la vida._
Cuentan que el Amor fulminó quejas y exageró sentimientos delante de la
Fortuna, que esta vez no apeló como solía á su madre, desengañado de su
flaqueza.
¿Qué tienes, ciego niño?, le dijo la Fortuna.
Y él: ¡Qué bien viene eso con lo que yo pretendo!
¿Con quién las has?
Con todo el mundo.
Mucho me pesa, que es mucho enemigo y, según eso, nadie tendrás de tu
parte.
Tuviésete yo á ti, que eso me bastaría: así me lo enseña mi madre y así
me lo repite cada día.
¿Y te vengas?
Sí, de mozos y de viejos.
Pues sepamos, ¿qué es el sentimiento?
Tan grande como justo.
¿Es acaso el prohijarte á un vil herrero, teniéndote por concebido,
nacido y criado entre hierros?
No por cierto, que no me amarga la verdad.
¿Tampoco será el llamarte hijo de tu madre?
Menos; antes me glorío yo de eso, que ni yo sin ella ni ella sin mí ni
Venus sin Cupido ni Cupido sin Venus.
Ya sé lo que es, dijo la Fortuna.
¿Qué?
Que sientes mucho el hacerte heredero de tu abuelo el mar en la
inconstancia y engaños.
No por cierto, que éstas son niñerías.
Pues si ellas son burlas, ¿qué serán las veras?
Lo que á mí me irrita es que me levanten testimonios.
Aguarda, que ya te entiendo: sin duda es aquello, que dicen, que
trocaste el arco con la muerte y que desde entonces no te llaman ya
Amor de amar; sino de morir, Amor á muerte: de modo que Amor y Muerte
todo es uno. Quitas la vida, robas hasta las entrañas, hurtas los
corazones, trasponiéndolos donde aman, más que donde animan.
Todo eso es verdad.
Pues si eso es verdad, ¿qué quedará para mentira?
Ahí verás que no paran hasta sacarme los ojos, á pesar de mi buena
vista, que siempre la suelo tener buena; y, si no, díganlo mis
saetas: han dado en decir que soy ciego. ¿Hay tal testimonio? ¿Hay
tal disparate? Y me pintan muy vendado: no sólo los Alpes, que eso es
pintar como querer y los poetas, que por obligación mienten y por regla
fingen; pero que los sabios y los filósofos estén con esta vulgaridad,
no lo puedo sufrir. [Marginal: _Pasión ciega._] ¿Qué pasión hay, díme
por tu vida, Fortuna amiga, que no ciegue? ¡Qué! El airado, cuando
más furioso, ¿no está ciego de la cólera? ¿Al codicioso no le ciega
el interés? ¿El confiado no va á ciegas? ¿El perezoso no duerme? ¿El
desvanecido no es un topo para sus menguas? ¿El hipócrita no trae la
viga en los ojos? El soberbio, el jugador, el glotón, el bebedor y
cuantos hay, ¿no se ciegan con pasiones? ¿Pues por qué á mí, más que á
los otros, me han de vendar los ojos, después de sacármelos y querer
que por antonomasia me entienda el ciego? Y más siendo esto tan al
contrario, que yo me engendro por la vista: viendo crezco, del mirar
me alimento y siempre querría estar viendo y haciéndome ojos, como el
águila al sol, hecho lince de la belleza. Éste es mi sentimiento. ¿Qué
te parece?
¿Qué me parece?, respondió la Fortuna. Lo mismo me sucede á mí y así
consolémonos entrambos. Á más de que, mira, Amor, tú y los tuyos
tenéis una condición bien rara, por la cual con mucha razón y con toda
propiedad os llaman ciegos: y es que á todos los demás tenéis por
ciegos, creéis que no ven ni advierten ni saben, de modo que piensan
los enamorados que todos los demás tienen los ojos vendados. Ésta sin
duda es la causa de llamarte ciego, pagándote con la pena del talión.
Quien quisiera ver esta filosofía, confirmada con la experiencia,
escuche esta agradable relación, que dedica Critilo á los floridos años
y más al escarmiento.
Mándame revocar, dijo, un dolor, que es más para sentido, que para
dicho. Cuan gustosa ha sido para mí tu relación, tan penosa ha de ser
la mía. ¡Dichoso tú!, que te criaste entre las fieras, y ¡ay de mí!,
que entre los hombres, pues cada uno es un lobo para el otro, si ya no
es peor el ser hombre. Tú me has contado cómo viniste al mundo; yo te
diré cómo vengo de él y vengo tal, que aun yo mismo me desconozco; y
así no te diré quién soy, sino quién era. Dicen que nací en el mar y lo
creo, según es la inconstancia de mi fortuna.
Al pronunciar esta palabra mar, puso los ojos en él y al mismo punto se
levantó á toda prisa.
Estuvo un rato como suspenso, entre dudas de reconocer y no conocer;
mas luego, alzando la voz y señalando:
¿No ves, Andrenio, dijo, no ves? Mira allá, acullá lejos. ¿Qué ves?
Veo, dijo éste, unas montañas que vuelan, cuatro alados monstruos
marinos, si no son nubes, que navegan.
No son sino naves, dijo Critilo; aunque bien dijiste nubes, que llueven
oro en España.
Estaba atónito Andrenio, mirándoselas venir, con tanto gusto como
deseo. Mas Critilo comenzó á suspirar, ahogándose entre penas.
¿Qué es esto?, dijo Andrenio. ¿No es ésta la deseada flota que me
decías?
Sí.
¿No vienen allí hombres?
También.
¿Pues de qué te entristeces?
Y aun por eso. Advierte, Andrenio, que ya estamos entre enemigos y ya
es tiempo de abrir los ojos: ya es menester vivir alerta. Procura de ir
con cautela en el ver, en el oir y mucho más en el hablar. Oye á todos
y de ninguno te fíes. Tendrás á todos por amigos; pero guardarte has de
todos como de enemigos.
Estaba admirado Andrenio, oyendo estas razones, á su parecer tan sin
ella, y arguyóle de esta suerte:
[Marginal: _Humana fiereza._]
¿Cómo es esto? Viviendo entre las fieras, no me preveniste de algún
riesgo ¿y ahora con tanta exageración me cautelas? No era mayor el
peligro entre los tigres y no temíamos ¿y ahora de los hombres tiemblas?
Sí, respondió con un gran suspiro Critilo: que, si los hombres no
son fieras es porque son más fieros: que de su crueldad aprendieron
muchas veces ellas. Nunca mayor peligro hemos tenido, que ahora que
estamos entre ellos. Y es tanta la verdad ésta, que hubo rey, que temió
y resguardó un favorecido suyo de sus cortesanos. ¡Qué hiciera de
villanos, más que de los hambrientos leones de un lago! Y así selló con
su real anillo la leonera, para asegurarle de los hombres, cuando le
dejaba entre las hambrientas fieras. Mira tú cuáles serán éstos. Verlos
has, experimentarlos has y dirásmelo algún día.
Aguarda, dijo Andrenio. ¿No son todos como tú?
Sí y no.
¿Cómo puede ser eso?
[Marginal: _Variedad de genios._]
Porque cada uno es hijo de su madre y de su humor, casado con su
opinión: y así todos parecen diferentes, cada uno de su gesto y de
su gusto. Verás unos pigmeos en el ser y gigantes de soberbia. Verás
otros al contrario, en el cuerpo gigantes y en el alma enanos. Toparás
con vengativos, que la guardan toda la vida y la pegan aunque tarde,
hiriendo como el escorpión con la cola. Oirás ó huirás los habladores,
de ordinario necios, que dejan de cansar y muelen. Gustarás que unos
se ven, otros se oyen, se tocan y se gustan otros de los hombres
de burlas, que todo lo hacen cuenta, sin dar jamás en la cuenta.
Embarazarte han los maníacos, que en todo se embarazan. ¿Qué dirás de
los largos en todo, dando siempre largas? Verás hombres más cortos que
los mismos navarros, corpulentos sin sustancia. Y finalmente hallarás
muy pocos hombres que lo sean; fieras sí y fieros también, horribles
monstruos del mundo, que no tienen más que el pellejo y todo lo demás
borra y así son hombres borrados.
Pues díme, ¿con qué hacen tanto mal los hombres, si no les dió la
naturaleza armas, como á las fieras? Ellos no tienen garras como el
león, uñas como el tigre, trompas como el elefante, cuernos como el
toro, colmillos como el jabalí, dientes como el perro, boca como el
lobo. ¿Pues cómo dañan tanto?
Y aun por eso, dijo Critilo, la próvida naturaleza privó á los hombres
de las armas naturales y como á gente sospechosa los desarmó: no se
fió de su malicia. Y si esto no hubiera prevenido, ¿qué fuera de su
crueldad? Ya hubieran acabado con todo.
[Marginal: _Armas del hombre._]
Aunque no les faltan otras armas mucho más terribles y sangrientas
que ésas, porque tienen una lengua más afilada que las navajas de los
leones, con que desgarran las personas y despedazan las honras. Tienen
una mala intención, más torcida que los cuernos de un toro y que hiere
más á ciegas. Tienen unas entrañas más dañadas que las víboras, un
aliento venenoso más que el de los dragones, unos ojos envidiosos y
malévolos más que los del basilisco, unos dientes que clavan más que
los colmillos de un jabalí y que los dientes de un perro, unas narices
fisgonas, encubridoras de su irrisión, que exceden á las trompas de los
elefantes.
De modo que sólo el hombre tiene juntas todas las armas ofensivas,
que se hallaren repartidas entre las fieras y así él ofende más que
todas. Y porque lo entiendas, advierte que entre los leones y los
tigres no había más de un peligro, que era perder esta vida material
y perecedera; pero entre los hombres hay muchos más y mayores, ya de
perder la honra, la paz, la hacienda, el contento, la felicidad, la
conciencia y aun el alma. ¡Qué de engaños, qué de enredos, traiciones,
hurtos, homicidios, adulterios, envidias, injurias, detracciones y
falsedades, que experimentarás entre ellos! Todo lo cual no se halla
ni se conoce entre las fieras. Créeme que no hay lobo, no hay león, no
hay tigre, no hay basilisco, que llegue al hombre: á todos excede en
fiereza.
Y así dicen por cosa cierta y yo la creo que, habiendo condenado en una
república un insigne malhechor á cierto género de tormento muy conforme
á sus delitos, que fué sepultarle vivo en una profunda hoya, llena
de profundas sabandijas, dragones, tigres, serpientes y basiliscos,
tapando muy bien la boca, porque pereciese sin compasión ni remedio.
Acertó á pasar por allí un extranjero, bien ignorante de tan atroz
castigo y, sintiendo los lamentos de aquel desdichado, fuése llegando
compasivo y, movido de sus plegarias, fué apartando la losa que cubría
la cueva. Al mismo punto saltó fuera el tigre con su acostumbrada
ligereza y, cuando el temeroso pasajero creyó ser despezado, vió que
mansamente se le ponía á lamer las manos, que fué más que besárselas.
Saltó tras él la serpiente y, cuando la temió enroscada entre sus pies,
vió que los adoraba.
Lo mismo hicieron todos los demás, rindiéndosele humildes y dándole las
gracias de haberles hecho una tan buena obra, como era librarles de tan
mala compañía, cual la de un hombre ruin. Y añadieron que, en pago de
tanto beneficio, le avisaban huyese luego, antes que el hombre saliese,
si no quería perecer allí á manos de su fiereza. Y al mismo instante
echaron todos ellos á huir, unos volando, otros corriendo.
Estábase tan inmoble el pasajero, cuan espantado, cuando salió el
último el hombre, el cual concibiendo que su bienhechor [Marginal:
_Crueldad humana._] llevaría algún dinero, arremetió para él y quitóle
la vida, para robarle la hacienda: que éste fué el galardón del
beneficio. Juzga tú ahora ¿cuáles son los crueles, los hombres ó las
fieras?
Más admirado, más atónito estoy de oir esto, dijo Andrenio, que el día
que vi todo el mundo.