Y así fué, pues me lo interrumpió un extraordinario ruido, que parecía

salir de las más profundas entrañas de aquel monte. Conmovióse todo él,

temblando aquellas firmes paredes. Bramaba el furioso viento, vomitando

en tempestades por la boca de la gruta. Comenzaron á desgajarse con

horrible fragor aquellos duros peñascos y á caer con tan espantoso

estruendo, que parecía quererse venir á la nada toda aquella gran

máquina de peñas.

[Marginal: _La instabilidad._]

Basta, dijo Critilo, que aun los montes no se libran de la mudanza,

expuestos al contraste de un terremoto y sujetos á la violencia de un

rayo, contrastando la común estabilidad su firmeza.

Pero, si las mismas peñas temblaban ¿qué haría yo? prosiguió Andrenio.

Todas las partes de mi cuerpo parecieron quererse desencajar también,

que hasta el corazón dando saltos, no hice poco en detenerlo. Fuéronme

destituyendo los sentidos y halléme perdido de mí mismo, muerto y aun

sepultado entre peñas y entre penas.

El tiempo, que duró aquel eclipse del alma, paréntesis de mi vida, ni

pude yo percibirlo ni de otro alguno saberlo. Al fin, ni sé cómo ni sé

cuándo, volví poco á poco á recobrarme de tan mortal deliquio. Abrí los

ojos á lo que comenzaba á abrir el día.

Día claro, día grande, día felicísimo, el mejor de toda mi vida: notélo

bien con piedras y aun con peñascos. Reconocí luego quebrantada mi

penosa cárcel y fué tan indecible mi contento, que al punto comencé á

desenterrarme, para nacer de nuevo á todo un mundo, en una bien patente

ventana, que señoreaba todo aquel espacioso y alegrísimo hemisferio.

Fuí acercándome dudosamente á ella, violentando mis deseos; pero ya

asegurado, llegué á asomarme del todo á aquel rasgado balcón del ver

y del vivir. Tendí la vista aquella vez primera por este gran teatro

de tierra y cielo. Toda el alma, con extraño ímpetu, entre curiosidad

y alegría, acudió á los ojos, dejando como destituídos los demás

miembros, de suerte, que estuve casi un día insensible, inmoble y como

muerto, cuando más vivo.

Querer yo aquí exprimirte el intenso sentimiento de mi afecto, el

conato de mi mente y de mi espíritu, sería emprender cien imposibles

juntos; sólo te digo que aún me dura y durará siempre el espanto, la

admiración, la suspensión y el pasmo, que me ocuparon toda el alma.

Bien lo creo, dijo Critilo, que, cuando los ojos ven lo que nunca

vieron, el corazón siente lo que nunca sintió.

Miraba el cielo, miraba la tierra, miraba el mar y á todo junto, y á

cada cosa de por sí: y en cada objeto de éstos me transportaba, sin

acertar á salir de él, viendo, observando, advirtiendo, admirando,

discurriendo y lográndolo todo con insaciable fruición.

[Marginal: _La novedad._]

¡Oh, lo que te envidio, exclamó Critilo, tanta felicidad no imaginada!

Privilegio único del primer hombre y tuyo llegar á ver con novedad y

con advertencia la grandeza, la hermosura, el concierto, la firmeza

y la variedad de esta gran máquina criada. Fáltanos la admiración

comúnmente á nosotros, porque falta la novedad y con ésta la

advertencia. Entramos todos en el mundo con los ojos del alma cerrados

y, cuando los abrimos al conocimiento y á la costumbre de ver las

cosas, por maravillosas que sean, no deja lugar á la admiración.

Por esto los varones sabios se valieron siempre de la reflexión,

imaginando llegar de nuevo al mundo, reparando en sus prodigios,

que cada cosa lo es, admirando sus perfecciones y filosofando

artificiosamente.

Á la manera, que el que paseando por un deliciosísimo jardín, pasó

divertido por sus calles, sin reparar en lo artificioso de sus plantas

ni en lo vario de sus flores, vuelve atrás, cuando lo advierte, y

comienza á gozar otra vez poco á poco y de una en una cada planta y

cada flor: así nos acontece á nosotros, que vamos pasando desde el

nacer al morir, sin reparar en la hermosura y perfección de este

universo; pero los varones sabios vuelven atrás, renovando el gusto y

contemplando cada cosa con novedad, en el advertir, si no en el ver.

La mayor ventaja mía, ponderaba Andrenio, fué llegar á gozar este colmo

de perfecciones á deseo y después de una privación tan violenta.

Felicidad fué tu prisión, dijo Critilo, pues llegaste por ella á gozar

todo el bien junto y deseado. Que, cuando las cosas son grandes y á

deseo, dos veces se logran. Los mayores prodigios, si son fáciles y á

todo querer, se envilecen: el uso libre hace perder el respeto á la

más relevante maravilla. Y en el mismo sol fué favor que se ausentase

de noche, para que fuese deseado á la mañana. ¡Qué concurso de afectos

sería el tuyo! ¡Qué tropel de sentimientos! ¡Qué ocupada andaría el

alma, repartiendo atenciones y dispensando afectos! Mucho fué no

reventar de admiración, de gozo y de conocimiento.

Creo yo, respondió Andrenio, que ocupada el alma en ver y en entender,

no tuvo lugar de partirse y, atropellándose unos á otros los objetos,

al paso que la entretenían, la detenían.

[Marginal: _Sol espejo divino._]

Pero ya en esto los alegres mensajeros de este gran monarca de la luz,

que tú llamas sol, coronado augustamente de resplandores, ceñido de

la guarda de sus rayos, solicitaban mis ojos á rendirle veneraciones

de atención y de admiración. Comenzó á ostentarse por este gran trono

de cristalinas espumas y con una soberana callada majestad se fué

señoreando de todo el hemisferio, llenando todas las demás criaturas de

su esclarecida presencia. Aquí yo quedé absorto y totalmente enajenado

de mí mismo, puesto en él, émulo del águila más atenta.

¡Oh, qué será, alzó aquí la voz Critilo, aquella inmortal y gloriosa

vista de aquel infinito sol divino, aquel llegar á ver su infinitamente

perfectísima hermosura! ¡Qué gozo, qué fruición, qué dicha, qué

felicidad, qué gloria!

Crecía mi admiración, prosiguió Andrenio, al paso que mi atención

desmayaba, porque al que deseé distante, ya le temía cercano. Y aun

observé que á ningún otro prodigio se rindió la vista, sino á éste,

confesándole inaccesible y con razón solo.

Es el sol, ponderó Critilo, la criatura, que más ostentosamente retrata

la majestuosa grandeza del Criador. Llámase sol, porque en su presencia

todas las demás lumbreras se retiran; él solo campea. Está en medio

de los celestes orbes, como en su centro, corazón del lucimiento y

manantial perenne de la luz. Es indefectible, siempre el mismo, único

en la belleza. Él hace que se vean todas las cosas y no permite ser

visto, celando su decoro y recatando su decencia. Influye y concurre

con las demás causas á dar el ser á todas las cosas, hasta el hombre

mismo. Es afectadamente comunicativo de su luz y de su alegría,

esparciéndose por todas partes y penetrando hasta las mismas entrañas

de la tierra. Todo lo baña, alegra é ilustra, fecunda é influye. Es

igual, pues nace para todos. Á nadie ha menester de sí abajo y todos le

reconocen dependencias. Él es al fin criatura de ostentación, el más

luciente espejo, en quien las divinas grandezas se representan.

Todo el día, dijo Andrenio, empleé en él, contemplándole, ya en sí, ya

en los reflejos de las aguas, olvidado de mí mismo.

Ahora no me espanto, ponderó Critilo, de lo que dijo aquel otro

filósofo, que había nacido para ver el sol. Dijo bien, aunque le

entendieron mal é hicieron burla de sus veras. Quiso decir este sabio

que en ese sol material contemplaba él aquel divino, realzadamente

filosofando que, si la sombra es tan esclarecida ¿cuál será la

verdadera luz de aquella infinita increada belleza?

[Marginal: _El cielo estrellado._]

¡Mas ay!, dijo lamentándose Andrenio, que al uso de acá abajo, la

grandeza de mi contento se convirtió presto en un exceso de pesar, al

ver, digo al no verle. Trocóse la alegría del nacer en el horror del

morir, el trono de la mañana en el túmulo de la noche: sepultóse el sol

en las aguas y quedé yo anegado en otro mar de mi llanto. Creí no verle

más, con que quedé muriendo; pero volví presto á resucitar entre nuevas

admiraciones á un cielo coronado de luminarias, haciendo fiesta á mi

contento. Asegúrote que no me fué menos agradable vista ésta; antes más

entretenida, cuanto más varia.

¡Oh, gran saber de Dios!, dijo Critilo, que halló modo cómo hacer

hermosa la noche, que no es menos linda que el día. [Marginal: _Noche

serena._] Impropios nombres la dió la vulgar ignorancia, llamándola

fea y desaliñada; no habiendo cosa más brillante y serena. Injúrianla

de triste, siendo descanso del trabajo y alivio de nuestras fatigas.

Mejor la celebró uno de sabia, ya por lo que se calla, ya por lo que

se piensa en ella. Que no sin enseñanza fué celebrada la lechuza en la

discreta Atenas por símbolo del saber. No es tanto la noche para que

duerman los ignorantes, cuanto para que velen los sabios. Y si el día

ejecuta, la noche previene.

En otra gran función y más á lo callado me hallaba muy hallado con la

noche, metido en aquel laberinto de las estrellas, unas centellantes,

otras lucientes. Íbalas registrando todas, notando su mucha variedad

en la grandeza, puestos, movimientos y colores, saliendo unas y

ocultándose otras.

Ideando, dijo Critilo, las humanas, que todas caminan á ponerse.

En lo que yo mucho reparé, dijo Andrenio, fué en su maravillosa

disposición. Porque, ya que el soberano Artífice hermoseó tanto esta

artesonada bóveda del mundo con tanto florón y estrellas, ¿por qué no

las dispuso, decía yo, con orden y concierto, de modo que entretejieran

vistosos lazos y formaran primorosas labores? No sé cómo me lo diga ni

cómo lo declare.

[Marginal: _Estrellas, su variedad._]

Ya te entiendo, acudió Critilo: quisieras tú que estuvieran dispuestas

en forma, ya de un artificioso recamado, ya de un vistoso jardín, ya de

un precioso joyel, repartidas con arte y correspondencia.

Sí, sí, eso mismo. Porque á más de que campearan otro tanto y fuera un

espectáculo muy agradable á la vista, brillantísimo artificio, destruía

con eso del todo el divino Hacedor aquel necio escrúpulo de haberse

hecho acaso y declaraba de todo punto su divina Providencia.

Reparas bien, dijo Critilo; pero advierte que la divina Sabiduría, que

las formó y las repartió de esta suerte, atendió á otra más importante

correspondencia, cual lo es de sus movimientos y aquel templarse las

influencias. Porque has de saber que no hay astro alguno en el cielo,

que no tenga su diferente propiedad: así como las yerbas y las plantas

de la tierra. Unas de las estrellas causan el calor y otras el frío;

unas secan, otras humedecen; y de esta suerte alternan otras muchas

influencias y con esa esencial correspondencia unas á otras se corrigen

y se templan. La otra disposición artificiosa, que tú dices, fuera

afectada y uniforme; quédese para los juguetes del arte y de la humana

niñería. De este modo se nos hace cada noche nuevo el cielo y nunca

enfada el mirarlo: cada uno proporciona las estrellas como quiere. Á

más de que en esta variedad natural y confusión grave parece tanto más,

que el vulgo las llama innumerables y con esto queda como en enigma la

suprema asistencia, si bien para los sabios muy clara y entendida.

Celebraba yo mucho aquella gran variedad de colores, dijo Andrenio:

unas campean blancas, otras encendidas, doradas y plateadas; sólo eché

menos el color verde, siendo el más agradable á la vista.

Es muy terreno, dijo Critilo; quédanse las verduras para la tierra.

Acá son las esperanzas, allá la feliz posesión. Es contrario ese color

á los ardores celestes, por ser hijos de la humedad corruptible. ¿No

reparaste en aquella estrellita, que hace punto en la gran plana del

cielo, objeto de los imanes, blanco de sus saetas? Allí el compás

de nuestra atención fija la una punta y con la otra va midiendo los

círculos, que va dando en vueltas, aunque de ordinario, rodando nuestra

vida.

[Marginal: _Luna, símbolo del hombre._]

Confiésote que se me había pasado por pequeña, dijo Andrenio, á más

de que ocupó luego toda mi curiosidad aquella hermosa reina de las

estrellas, presidente de la noche, sustituta del sol y no menos

admirable, ésa que tú llamas luna. Causóme, si no menos gozo, mucha más

admiración con sus uniformes variedades, ya creciente, ya menguante y á

poco rato llena.

Es segunda presidente del tiempo, dijo Critilo: tiene á medias el mando

con el sol. Si él hace el día, ella la noche: si el sol cumple los

años, ella los meses; calienta el sol y seca de día la tierra, la luna

de noche la refresca y humedece; el sol gobierna los campos, la luna

rige los mares: de suerte que son las dos balanzas del tiempo. Pero lo

más digno de notarse es que, así como el sol es claro espejo de Dios

y de sus divinos atributos, la luna lo es del hombre y de sus humanas

imperfecciones: ya crece, ya mengua, ya nace, ya muere, ya está en su

lleno, ya en su nada, nunca permaneciendo en un estado. No tiene luz de

sí, participa la del sol, eclípsala la tierra, cuando se le interpone.

Muestra más sus manchas, cuando está más lucida. Es la ínfima de los

planetas en el puesto y en el ser. Puede más en la tierra, que en el

cielo. De modo que es mudable, defectuosa, manchada, inferior, pobre,

triste y todo se le origina de la vecindad con la tierra.

Toda esta noche y otras muchas, dijo Andrenio, pasé en tan gustoso

desvelo, haciendo tantos ojos como el cielo mismo, yo por mirarle y

él para ser visto. Mas ya los clarines de la aurora en cantos de las

aves comenzaron á hacer salva á la segunda salida del sol, tocando á

despejar estrellas y despertar flores. Volvió él á nacer y yo á vivir

con verle. Saludéle con afectos ya más tibios.

Que aun el sol, dijo Critilo, á la segunda vez ya no espanta ni á la

tercera admira.

Sentí menos viva la curiosidad, cuanto más despierta la hambre. Y así,

después de agradecidos aplausos, valiéndome de su luz, en que conocí

que era criatura y que como paje de luz me servía, traté de descender

á la tierra, obligándome la asistencia del cuerpo á faltar al ánimo,

abatiéndome de la más alta contemplación á tan materiales empleos.

Fuí bajando, digo humillándome, por aquella mal segura escala, que

formaron las mismas ruinas: que de otro modo fuera imposible, y ese

favor más reconocí al cielo. Pero, antes de estampar la primera huella

en tierra, me falta ya el aliento y aun la voz y así te ruego me

socorras de palabras, para poder exprimir la copia de mis sentimientos,

que otra vez te convido á nuevas admiraciones, aunque en maravillas

terrenas.

CRISI III

_La hermosa naturaleza._

Condición tiene de linda la varia naturaleza, pues quiere ser atendida

y celebrada. Imprimió para ello en nuestros ánimos una viva propensión

de escudriñar sus puntuales efectos. Ocupación pésima la llamó el mayor

sabio. Y de verdad lo es, cuando para en sola una inútil curiosidad;

menester es se realce á los divinos aplausos, alternados con

agradecimientos. Y, si la admiración es hija de la ignorancia, también

es madre del gusto.

El no admirarse procede del saber en los menos; que en los más, del

no advertir. No hay mayor alabanza de un objeto que la admiración,

si calificada, que llega á ser lisonja, porque supone excesos de

perfección, por más que se retire á su silencio. Pero está muy

vulgarizada; que nos suspenden las cosas, no por grandes, sino por

nuevas. No se repara ya en los superiores empleos por conocidos: y así

andamos mendigando niñerías en la novedad, para acallar nuestra curiosa

solicitud con la extravagancia.

Gran hechizo es el de la novedad, que como todo lo tenemos tan visto,

pagámonos de juguetes nuevos, así de la naturaleza, como del arte,

haciendo vulgares agravios á los antiguos prodigios por conocidos.

Lo que ayer fué un pasmo, hoy viene á ser desprecio, no porque haya

perdido de su perfección, sino de nuestra estimación; no porque se haya

mudado, antes porque no y porque no se nos hace de nuevo.

Redimen esta civilidad del gusto los sabios con hacer reflexiones

nuevas sobre las reflexiones antiguas, renovando el gusto con la

admiración.

Mas, si ahora nos admira un diamante, por lo extraordinario, una perla

peregrina ¿qué ventaja sería en Andrenio llegar á ver de improviso un

lucero, un astro, la luna, el sol mismo, todo el campo matizado de

flores y todo el cielo esmaltado de estrellas? Díganoslo él mismo, que

así proseguía su gustosa relación.

[Marginal: _Fecundidad de la tierra._]

En este centro de hermosas variedades, nunca de mí imaginado, me

hallé de repente, dando más pasos con el espíritu, que con el cuerpo,

moviendo más los ojos, que los pies. En todo reparaba como nunca visto

y todo lo aplaudía como tan perfecto. Con esta ventaja, que ayer,

cuando miraba al cielo, sólo empleaba la vista; mas aquí todos los

sentidos juntos y aun no eran bastantes, para tanta fruición. Quisiera

tener cien ojos y cien manos, para poder satisfacer curiosidades

del alma y no pudiera. Discurría embelesado, mirando tanta multitud

de criaturas, tan diferentes todas en propiedades y en esencias, en

la forma, en el color, en efectos y movimientos. Cogía una rosa,

contemplaba su belleza, percibía su fragancia, no hartándome de mirarla

y admirarla. Alargaba la otra mano á alguna fruta, empleando de más á

más el gusto: ventaja que llevan los frutos á flores. Halléme á poco

rato tan embarazado de cosas, que hube de dejar unas para lograr otras,

repitiendo aplausos y renovando gustos.

[Marginal: _Diversa multitud de criaturas._]

Lo que yo mucho celebraba era el ver tanta multitud de criaturas con

tanta diferencia entre sí, tanta pluralidad con tan rara diversidad,

que ni una hoja de una planta ni una pluma de un pájaro se equivoca con

las de otra especie.

Es que atendió, ponderó Critilo, aquel sabio Hacedor, no sólo á la

precisa necesidad del hombre, para quien todo esto se criaba, sino á

la comodidad y regalo, ostentándose en esto su infinita liberalidad,

para obligarle á él, que con la misma generosidad le sirva y le venere.

Conocí luego, prosiguió Andrenio, muchas de aquellas frutas, por haber

traído mis brutos á la cueva; mas tuve especial gusto de ver cómo

nacen y se crían en sus ramas, cosas que jamás pude atinar, aunque lo

discurrí mucho. Burláronme otras no conocidas con su desazón y acedía.

Ése es otro bien admirable asunto de la divina Providencia, dijo

Critilo, pues previno que no todos los frutos se sazonasen juntos; sino

que se fuesen dando vez, según la variedad de los tiempos y necesidad

de los vivientes. Unos comienzan en la primavera, primicias más del

gusto, que del provecho, lisonjeando antes por lo temprano, que por

lo sazonado; sirven otros más frescos para aliviar el abrasado estío

y los secos, como más durables y calientes, para el estéril invierno.

Las hortalizas frescas templan los ardores del Julio y las calientes

confortan contra los rigores del Diciembre. De suerte que, acabado

un fruto, entra el otro, para que con comodidad puedan recogerse y

guardarse, entreteniendo todo el año con abundancia y con regalo. ¡Oh,

próvida bondad del Criador, y quién puede negar, aun en el secreto de

su necio corazón, tan atenta providencia!

Hallábame, proseguía Andrenio, en medio de tan agradable laberinto de

prodigios en criaturas, gustosamente perdido, cuando más hallado, sin

saber dónde acudir. Dejábame llevar de mi libre curiosidad siempre

hambrienta. Cada empleo era para mí un pasmo, cada objeto una nueva

maravilla. Cogía esta y aquella flor, solicitada de su fragancia.

Lisonjeado de su belleza, no me hartaba de verlas y de olerlas,

descogiendo sus hojas y haciendo prolija anatomía de su artificiosa

composición. Y de aquí pasaba á aplaudir toda junta la belleza, que en

todo el universo resplandece. [Marginal: _Utilidad con hermosura._]

De modo, ponderaba yo, que si es hermosa una flor, mucho más todo el

prado; brillante y linda una estrella, pero más vistoso y lindo todo

el cielo. Porque ¿quién no admira, quién no celebra tanta hermosura

junta con tanto provecho?

Tienes buen gusto, dijo Critilo; mas no seas tú uno de aquellos,

que frecuentan cada año las florestas, atentos no más que á recrear

los materiales sentidos, sin emplear el alma en la más sublime

contemplación. Realza el gusto á reconocer aquella beldad infinita de

el Criador, que en esta terrestre se representa, infiriendo que, si la

sombra es tal, ¿cuál será su causa y la realidad á quien sigue? Haz

el argumento de lo muerto á lo vivo y de lo pintado á lo verdadero. Y

advierte que, cual suele el primero artífice en la real fábrica de un

palacio, no sólo atender á su estabilidad y firmeza, á la comodidad

de la habitación; sino á la hermosura y á la elegante simetría, para

que le pueda gozar el más noble de los sentidos, que es la vista: así

aquel divino Arquitecto de esta gran casa del orbe, no sólo atendió á

su comodidad y firmeza; sino á su hermosa proporción. De aquí es que no

se contentó con que los árboles rindiesen solos frutos; sino también

flores. Júntese el provecho con las delicias. Fabriquen las abejas

sus dulces panales y para esto soliciten de una en una toda flor,

destílense las aguas saludables y odoríferas, que recreen el olfato y

conforten el corazón, tengan todos los sentidos su gozo y su empleo.

¡Mas ay!, replicó Andrenio, que lo que me lisonjearon las flores

primero tan fragantes, me entristecieron después ya marchitas.

Retrato, al fin, ponderó Critilo, de la humana fragilidad. Es la

hermosura agradable ostentación del comenzar. Nace el año entre las

flores de una alegre primavera, amanece el día entre los arreboles de

una risueña aurora: y comienza el hombre á vivir entre las risas de

la niñez y las lozanías de la juventud; mas todo viene á parar en la

tristeza de un marchitarse, en el horror de un ponerse y en la fealdad

de un morir, haciendo continuamente del ojo la inconstancia común al

desengaño especial.

Después de haber solazado la vista deliciosamente, dijo Andrenio,

en un tan extraño concurso de beldades, no menos se recreó el oído

con la agradable armonía de las aves. [Marginal: _Excelencias de las

aves._] Íbame escuchando sus regalados cantos, sus quiebros, trinos,

gorjeos, fugas, pausas y melodía, con que hacían en sonora competencia

bulla el valle, brega la vega, trisca el risco y los bosques voces,

saludando lisonjeras siempre al sol que nace. Aquí noté, con no pequeña

admiración que á solas las aves concedió la naturaleza este privilegio

del cantar, alivio grande de la vida, pues no hallé bruto alguno de

los terrestres, con que los examiné uno á uno, que tuviese la voz

agradable; antes todos las forman, no sólo insuaves, pero positivamente

molestas y desapacibles. Debe de ser por lo que tienen de bestias.

Es, que las aves, acudió Critilo, como moradoras del aire, son más

sutiles: no sólo le cortan con sus alas, sino que le animan con sus

picos. Y es en tanto grado esta sutileza alada, que ellas solas llegan

á remedar la voz humana, hablando como personas. Si ya no es que

digamos, realzando más este reparo, que á las aves, como vecinas al

cielo, se les pega, aunque materialmente, el entonar las alabanzas

divinas. Otra cosa quiero que observes y es que no se halla ave alguna,

que tenga el letífero veneno, como muchos de los animales y aquellos

más que andan arrastrando, cosidos con la tierra, que de ella sin duda

se les pega esta venenosa malicia, avisando al hombre se realce y se

retire de su propio cieno.

Gusté mucho, ponderaba Andrenio, de verlas tan bizarras, tan matizadas

de vivos colores, con tan vistosa y vana plumajería.

Y entre todas, añadió Critilo, así aves, como fieras, notarás siempre

que es más galán y más vistoso el macho que la hembra, apoyando lo

mismo en el hombre; por más que lo desmienta la femenil inclinación y

lo disimule la cortesía.

[Marginal: _Subordinación de criaturas._]

Lo que yo mucho admiraba y aún lo celebro, dijo Andrenio, es este tan

admirable concierto con que se mueve y se gobierna tanta y tan varia

multitud de criaturas, sin embarazarse unas á otras; antes bien dándose

lugar y ayudándose todas entre sí.

Eso es, ponderó Critilo, otro prodigioso efecto de la infinita

sabiduría del Criador, con la cual dispuso todas las cosas en peso, con

número y medida. Porque, si bien se nota, cualquiera cosa criada tiene

su centro en orden al lugar, su duración en el tiempo y su fin especial

en el obrar y en el ser. Por eso verás que están subordinadas unas á

otras, conforme al grado de su perfección.

El criticón (tomo 1 de 2) · 第 2 / 24 段