salir de las más profundas entrañas de aquel monte. Conmovióse todo él,
temblando aquellas firmes paredes. Bramaba el furioso viento, vomitando
en tempestades por la boca de la gruta. Comenzaron á desgajarse con
horrible fragor aquellos duros peñascos y á caer con tan espantoso
estruendo, que parecía quererse venir á la nada toda aquella gran
máquina de peñas.
[Marginal: _La instabilidad._]
Basta, dijo Critilo, que aun los montes no se libran de la mudanza,
expuestos al contraste de un terremoto y sujetos á la violencia de un
rayo, contrastando la común estabilidad su firmeza.
Pero, si las mismas peñas temblaban ¿qué haría yo? prosiguió Andrenio.
Todas las partes de mi cuerpo parecieron quererse desencajar también,
que hasta el corazón dando saltos, no hice poco en detenerlo. Fuéronme
destituyendo los sentidos y halléme perdido de mí mismo, muerto y aun
sepultado entre peñas y entre penas.
El tiempo, que duró aquel eclipse del alma, paréntesis de mi vida, ni
pude yo percibirlo ni de otro alguno saberlo. Al fin, ni sé cómo ni sé
cuándo, volví poco á poco á recobrarme de tan mortal deliquio. Abrí los
ojos á lo que comenzaba á abrir el día.
Día claro, día grande, día felicísimo, el mejor de toda mi vida: notélo
bien con piedras y aun con peñascos. Reconocí luego quebrantada mi
penosa cárcel y fué tan indecible mi contento, que al punto comencé á
desenterrarme, para nacer de nuevo á todo un mundo, en una bien patente
ventana, que señoreaba todo aquel espacioso y alegrísimo hemisferio.
Fuí acercándome dudosamente á ella, violentando mis deseos; pero ya
asegurado, llegué á asomarme del todo á aquel rasgado balcón del ver
y del vivir. Tendí la vista aquella vez primera por este gran teatro
de tierra y cielo. Toda el alma, con extraño ímpetu, entre curiosidad
y alegría, acudió á los ojos, dejando como destituídos los demás
miembros, de suerte, que estuve casi un día insensible, inmoble y como
muerto, cuando más vivo.
Querer yo aquí exprimirte el intenso sentimiento de mi afecto, el
conato de mi mente y de mi espíritu, sería emprender cien imposibles
juntos; sólo te digo que aún me dura y durará siempre el espanto, la
admiración, la suspensión y el pasmo, que me ocuparon toda el alma.
Bien lo creo, dijo Critilo, que, cuando los ojos ven lo que nunca
vieron, el corazón siente lo que nunca sintió.
Miraba el cielo, miraba la tierra, miraba el mar y á todo junto, y á
cada cosa de por sí: y en cada objeto de éstos me transportaba, sin
acertar á salir de él, viendo, observando, advirtiendo, admirando,
discurriendo y lográndolo todo con insaciable fruición.
[Marginal: _La novedad._]
¡Oh, lo que te envidio, exclamó Critilo, tanta felicidad no imaginada!
Privilegio único del primer hombre y tuyo llegar á ver con novedad y
con advertencia la grandeza, la hermosura, el concierto, la firmeza
y la variedad de esta gran máquina criada. Fáltanos la admiración
comúnmente á nosotros, porque falta la novedad y con ésta la
advertencia. Entramos todos en el mundo con los ojos del alma cerrados
y, cuando los abrimos al conocimiento y á la costumbre de ver las
cosas, por maravillosas que sean, no deja lugar á la admiración.
Por esto los varones sabios se valieron siempre de la reflexión,
imaginando llegar de nuevo al mundo, reparando en sus prodigios,
que cada cosa lo es, admirando sus perfecciones y filosofando
artificiosamente.
Á la manera, que el que paseando por un deliciosísimo jardín, pasó
divertido por sus calles, sin reparar en lo artificioso de sus plantas
ni en lo vario de sus flores, vuelve atrás, cuando lo advierte, y
comienza á gozar otra vez poco á poco y de una en una cada planta y
cada flor: así nos acontece á nosotros, que vamos pasando desde el
nacer al morir, sin reparar en la hermosura y perfección de este
universo; pero los varones sabios vuelven atrás, renovando el gusto y
contemplando cada cosa con novedad, en el advertir, si no en el ver.
La mayor ventaja mía, ponderaba Andrenio, fué llegar á gozar este colmo
de perfecciones á deseo y después de una privación tan violenta.
Felicidad fué tu prisión, dijo Critilo, pues llegaste por ella á gozar
todo el bien junto y deseado. Que, cuando las cosas son grandes y á
deseo, dos veces se logran. Los mayores prodigios, si son fáciles y á
todo querer, se envilecen: el uso libre hace perder el respeto á la
más relevante maravilla. Y en el mismo sol fué favor que se ausentase
de noche, para que fuese deseado á la mañana. ¡Qué concurso de afectos
sería el tuyo! ¡Qué tropel de sentimientos! ¡Qué ocupada andaría el
alma, repartiendo atenciones y dispensando afectos! Mucho fué no
reventar de admiración, de gozo y de conocimiento.
Creo yo, respondió Andrenio, que ocupada el alma en ver y en entender,
no tuvo lugar de partirse y, atropellándose unos á otros los objetos,
al paso que la entretenían, la detenían.
[Marginal: _Sol espejo divino._]
Pero ya en esto los alegres mensajeros de este gran monarca de la luz,
que tú llamas sol, coronado augustamente de resplandores, ceñido de
la guarda de sus rayos, solicitaban mis ojos á rendirle veneraciones
de atención y de admiración. Comenzó á ostentarse por este gran trono
de cristalinas espumas y con una soberana callada majestad se fué
señoreando de todo el hemisferio, llenando todas las demás criaturas de
su esclarecida presencia. Aquí yo quedé absorto y totalmente enajenado
de mí mismo, puesto en él, émulo del águila más atenta.
¡Oh, qué será, alzó aquí la voz Critilo, aquella inmortal y gloriosa
vista de aquel infinito sol divino, aquel llegar á ver su infinitamente
perfectísima hermosura! ¡Qué gozo, qué fruición, qué dicha, qué
felicidad, qué gloria!
Crecía mi admiración, prosiguió Andrenio, al paso que mi atención
desmayaba, porque al que deseé distante, ya le temía cercano. Y aun
observé que á ningún otro prodigio se rindió la vista, sino á éste,
confesándole inaccesible y con razón solo.
Es el sol, ponderó Critilo, la criatura, que más ostentosamente retrata
la majestuosa grandeza del Criador. Llámase sol, porque en su presencia
todas las demás lumbreras se retiran; él solo campea. Está en medio
de los celestes orbes, como en su centro, corazón del lucimiento y
manantial perenne de la luz. Es indefectible, siempre el mismo, único
en la belleza. Él hace que se vean todas las cosas y no permite ser
visto, celando su decoro y recatando su decencia. Influye y concurre
con las demás causas á dar el ser á todas las cosas, hasta el hombre
mismo. Es afectadamente comunicativo de su luz y de su alegría,
esparciéndose por todas partes y penetrando hasta las mismas entrañas
de la tierra. Todo lo baña, alegra é ilustra, fecunda é influye. Es
igual, pues nace para todos. Á nadie ha menester de sí abajo y todos le
reconocen dependencias. Él es al fin criatura de ostentación, el más
luciente espejo, en quien las divinas grandezas se representan.
Todo el día, dijo Andrenio, empleé en él, contemplándole, ya en sí, ya
en los reflejos de las aguas, olvidado de mí mismo.
Ahora no me espanto, ponderó Critilo, de lo que dijo aquel otro
filósofo, que había nacido para ver el sol. Dijo bien, aunque le
entendieron mal é hicieron burla de sus veras. Quiso decir este sabio
que en ese sol material contemplaba él aquel divino, realzadamente
filosofando que, si la sombra es tan esclarecida ¿cuál será la
verdadera luz de aquella infinita increada belleza?
[Marginal: _El cielo estrellado._]
¡Mas ay!, dijo lamentándose Andrenio, que al uso de acá abajo, la
grandeza de mi contento se convirtió presto en un exceso de pesar, al
ver, digo al no verle. Trocóse la alegría del nacer en el horror del
morir, el trono de la mañana en el túmulo de la noche: sepultóse el sol
en las aguas y quedé yo anegado en otro mar de mi llanto. Creí no verle
más, con que quedé muriendo; pero volví presto á resucitar entre nuevas
admiraciones á un cielo coronado de luminarias, haciendo fiesta á mi
contento. Asegúrote que no me fué menos agradable vista ésta; antes más
entretenida, cuanto más varia.
¡Oh, gran saber de Dios!, dijo Critilo, que halló modo cómo hacer
hermosa la noche, que no es menos linda que el día. [Marginal: _Noche
serena._] Impropios nombres la dió la vulgar ignorancia, llamándola
fea y desaliñada; no habiendo cosa más brillante y serena. Injúrianla
de triste, siendo descanso del trabajo y alivio de nuestras fatigas.
Mejor la celebró uno de sabia, ya por lo que se calla, ya por lo que
se piensa en ella. Que no sin enseñanza fué celebrada la lechuza en la
discreta Atenas por símbolo del saber. No es tanto la noche para que
duerman los ignorantes, cuanto para que velen los sabios. Y si el día
ejecuta, la noche previene.
En otra gran función y más á lo callado me hallaba muy hallado con la
noche, metido en aquel laberinto de las estrellas, unas centellantes,
otras lucientes. Íbalas registrando todas, notando su mucha variedad
en la grandeza, puestos, movimientos y colores, saliendo unas y
ocultándose otras.
Ideando, dijo Critilo, las humanas, que todas caminan á ponerse.
En lo que yo mucho reparé, dijo Andrenio, fué en su maravillosa
disposición. Porque, ya que el soberano Artífice hermoseó tanto esta
artesonada bóveda del mundo con tanto florón y estrellas, ¿por qué no
las dispuso, decía yo, con orden y concierto, de modo que entretejieran
vistosos lazos y formaran primorosas labores? No sé cómo me lo diga ni
cómo lo declare.
[Marginal: _Estrellas, su variedad._]
Ya te entiendo, acudió Critilo: quisieras tú que estuvieran dispuestas
en forma, ya de un artificioso recamado, ya de un vistoso jardín, ya de
un precioso joyel, repartidas con arte y correspondencia.
Sí, sí, eso mismo. Porque á más de que campearan otro tanto y fuera un
espectáculo muy agradable á la vista, brillantísimo artificio, destruía
con eso del todo el divino Hacedor aquel necio escrúpulo de haberse
hecho acaso y declaraba de todo punto su divina Providencia.
Reparas bien, dijo Critilo; pero advierte que la divina Sabiduría, que
las formó y las repartió de esta suerte, atendió á otra más importante
correspondencia, cual lo es de sus movimientos y aquel templarse las
influencias. Porque has de saber que no hay astro alguno en el cielo,
que no tenga su diferente propiedad: así como las yerbas y las plantas
de la tierra. Unas de las estrellas causan el calor y otras el frío;
unas secan, otras humedecen; y de esta suerte alternan otras muchas
influencias y con esa esencial correspondencia unas á otras se corrigen
y se templan. La otra disposición artificiosa, que tú dices, fuera
afectada y uniforme; quédese para los juguetes del arte y de la humana
niñería. De este modo se nos hace cada noche nuevo el cielo y nunca
enfada el mirarlo: cada uno proporciona las estrellas como quiere. Á
más de que en esta variedad natural y confusión grave parece tanto más,
que el vulgo las llama innumerables y con esto queda como en enigma la
suprema asistencia, si bien para los sabios muy clara y entendida.
Celebraba yo mucho aquella gran variedad de colores, dijo Andrenio:
unas campean blancas, otras encendidas, doradas y plateadas; sólo eché
menos el color verde, siendo el más agradable á la vista.
Es muy terreno, dijo Critilo; quédanse las verduras para la tierra.
Acá son las esperanzas, allá la feliz posesión. Es contrario ese color
á los ardores celestes, por ser hijos de la humedad corruptible. ¿No
reparaste en aquella estrellita, que hace punto en la gran plana del
cielo, objeto de los imanes, blanco de sus saetas? Allí el compás
de nuestra atención fija la una punta y con la otra va midiendo los
círculos, que va dando en vueltas, aunque de ordinario, rodando nuestra
vida.
[Marginal: _Luna, símbolo del hombre._]
Confiésote que se me había pasado por pequeña, dijo Andrenio, á más
de que ocupó luego toda mi curiosidad aquella hermosa reina de las
estrellas, presidente de la noche, sustituta del sol y no menos
admirable, ésa que tú llamas luna. Causóme, si no menos gozo, mucha más
admiración con sus uniformes variedades, ya creciente, ya menguante y á
poco rato llena.
Es segunda presidente del tiempo, dijo Critilo: tiene á medias el mando
con el sol. Si él hace el día, ella la noche: si el sol cumple los
años, ella los meses; calienta el sol y seca de día la tierra, la luna
de noche la refresca y humedece; el sol gobierna los campos, la luna
rige los mares: de suerte que son las dos balanzas del tiempo. Pero lo
más digno de notarse es que, así como el sol es claro espejo de Dios
y de sus divinos atributos, la luna lo es del hombre y de sus humanas
imperfecciones: ya crece, ya mengua, ya nace, ya muere, ya está en su
lleno, ya en su nada, nunca permaneciendo en un estado. No tiene luz de
sí, participa la del sol, eclípsala la tierra, cuando se le interpone.
Muestra más sus manchas, cuando está más lucida. Es la ínfima de los
planetas en el puesto y en el ser. Puede más en la tierra, que en el
cielo. De modo que es mudable, defectuosa, manchada, inferior, pobre,
triste y todo se le origina de la vecindad con la tierra.
Toda esta noche y otras muchas, dijo Andrenio, pasé en tan gustoso
desvelo, haciendo tantos ojos como el cielo mismo, yo por mirarle y
él para ser visto. Mas ya los clarines de la aurora en cantos de las
aves comenzaron á hacer salva á la segunda salida del sol, tocando á
despejar estrellas y despertar flores. Volvió él á nacer y yo á vivir
con verle. Saludéle con afectos ya más tibios.
Que aun el sol, dijo Critilo, á la segunda vez ya no espanta ni á la
tercera admira.
Sentí menos viva la curiosidad, cuanto más despierta la hambre. Y así,
después de agradecidos aplausos, valiéndome de su luz, en que conocí
que era criatura y que como paje de luz me servía, traté de descender
á la tierra, obligándome la asistencia del cuerpo á faltar al ánimo,
abatiéndome de la más alta contemplación á tan materiales empleos.
Fuí bajando, digo humillándome, por aquella mal segura escala, que
formaron las mismas ruinas: que de otro modo fuera imposible, y ese
favor más reconocí al cielo. Pero, antes de estampar la primera huella
en tierra, me falta ya el aliento y aun la voz y así te ruego me
socorras de palabras, para poder exprimir la copia de mis sentimientos,
que otra vez te convido á nuevas admiraciones, aunque en maravillas
terrenas.
CRISI III
_La hermosa naturaleza._
Condición tiene de linda la varia naturaleza, pues quiere ser atendida
y celebrada. Imprimió para ello en nuestros ánimos una viva propensión
de escudriñar sus puntuales efectos. Ocupación pésima la llamó el mayor
sabio. Y de verdad lo es, cuando para en sola una inútil curiosidad;
menester es se realce á los divinos aplausos, alternados con
agradecimientos. Y, si la admiración es hija de la ignorancia, también
es madre del gusto.
El no admirarse procede del saber en los menos; que en los más, del
no advertir. No hay mayor alabanza de un objeto que la admiración,
si calificada, que llega á ser lisonja, porque supone excesos de
perfección, por más que se retire á su silencio. Pero está muy
vulgarizada; que nos suspenden las cosas, no por grandes, sino por
nuevas. No se repara ya en los superiores empleos por conocidos: y así
andamos mendigando niñerías en la novedad, para acallar nuestra curiosa
solicitud con la extravagancia.
Gran hechizo es el de la novedad, que como todo lo tenemos tan visto,
pagámonos de juguetes nuevos, así de la naturaleza, como del arte,
haciendo vulgares agravios á los antiguos prodigios por conocidos.
Lo que ayer fué un pasmo, hoy viene á ser desprecio, no porque haya
perdido de su perfección, sino de nuestra estimación; no porque se haya
mudado, antes porque no y porque no se nos hace de nuevo.
Redimen esta civilidad del gusto los sabios con hacer reflexiones
nuevas sobre las reflexiones antiguas, renovando el gusto con la
admiración.
Mas, si ahora nos admira un diamante, por lo extraordinario, una perla
peregrina ¿qué ventaja sería en Andrenio llegar á ver de improviso un
lucero, un astro, la luna, el sol mismo, todo el campo matizado de
flores y todo el cielo esmaltado de estrellas? Díganoslo él mismo, que
así proseguía su gustosa relación.
[Marginal: _Fecundidad de la tierra._]
En este centro de hermosas variedades, nunca de mí imaginado, me
hallé de repente, dando más pasos con el espíritu, que con el cuerpo,
moviendo más los ojos, que los pies. En todo reparaba como nunca visto
y todo lo aplaudía como tan perfecto. Con esta ventaja, que ayer,
cuando miraba al cielo, sólo empleaba la vista; mas aquí todos los
sentidos juntos y aun no eran bastantes, para tanta fruición. Quisiera
tener cien ojos y cien manos, para poder satisfacer curiosidades
del alma y no pudiera. Discurría embelesado, mirando tanta multitud
de criaturas, tan diferentes todas en propiedades y en esencias, en
la forma, en el color, en efectos y movimientos. Cogía una rosa,
contemplaba su belleza, percibía su fragancia, no hartándome de mirarla
y admirarla. Alargaba la otra mano á alguna fruta, empleando de más á
más el gusto: ventaja que llevan los frutos á flores. Halléme á poco
rato tan embarazado de cosas, que hube de dejar unas para lograr otras,
repitiendo aplausos y renovando gustos.
[Marginal: _Diversa multitud de criaturas._]
Lo que yo mucho celebraba era el ver tanta multitud de criaturas con
tanta diferencia entre sí, tanta pluralidad con tan rara diversidad,
que ni una hoja de una planta ni una pluma de un pájaro se equivoca con
las de otra especie.
Es que atendió, ponderó Critilo, aquel sabio Hacedor, no sólo á la
precisa necesidad del hombre, para quien todo esto se criaba, sino á
la comodidad y regalo, ostentándose en esto su infinita liberalidad,
para obligarle á él, que con la misma generosidad le sirva y le venere.
Conocí luego, prosiguió Andrenio, muchas de aquellas frutas, por haber
traído mis brutos á la cueva; mas tuve especial gusto de ver cómo
nacen y se crían en sus ramas, cosas que jamás pude atinar, aunque lo
discurrí mucho. Burláronme otras no conocidas con su desazón y acedía.
Ése es otro bien admirable asunto de la divina Providencia, dijo
Critilo, pues previno que no todos los frutos se sazonasen juntos; sino
que se fuesen dando vez, según la variedad de los tiempos y necesidad
de los vivientes. Unos comienzan en la primavera, primicias más del
gusto, que del provecho, lisonjeando antes por lo temprano, que por
lo sazonado; sirven otros más frescos para aliviar el abrasado estío
y los secos, como más durables y calientes, para el estéril invierno.
Las hortalizas frescas templan los ardores del Julio y las calientes
confortan contra los rigores del Diciembre. De suerte que, acabado
un fruto, entra el otro, para que con comodidad puedan recogerse y
guardarse, entreteniendo todo el año con abundancia y con regalo. ¡Oh,
próvida bondad del Criador, y quién puede negar, aun en el secreto de
su necio corazón, tan atenta providencia!
Hallábame, proseguía Andrenio, en medio de tan agradable laberinto de
prodigios en criaturas, gustosamente perdido, cuando más hallado, sin
saber dónde acudir. Dejábame llevar de mi libre curiosidad siempre
hambrienta. Cada empleo era para mí un pasmo, cada objeto una nueva
maravilla. Cogía esta y aquella flor, solicitada de su fragancia.
Lisonjeado de su belleza, no me hartaba de verlas y de olerlas,
descogiendo sus hojas y haciendo prolija anatomía de su artificiosa
composición. Y de aquí pasaba á aplaudir toda junta la belleza, que en
todo el universo resplandece. [Marginal: _Utilidad con hermosura._]
De modo, ponderaba yo, que si es hermosa una flor, mucho más todo el
prado; brillante y linda una estrella, pero más vistoso y lindo todo
el cielo. Porque ¿quién no admira, quién no celebra tanta hermosura
junta con tanto provecho?
Tienes buen gusto, dijo Critilo; mas no seas tú uno de aquellos,
que frecuentan cada año las florestas, atentos no más que á recrear
los materiales sentidos, sin emplear el alma en la más sublime
contemplación. Realza el gusto á reconocer aquella beldad infinita de
el Criador, que en esta terrestre se representa, infiriendo que, si la
sombra es tal, ¿cuál será su causa y la realidad á quien sigue? Haz
el argumento de lo muerto á lo vivo y de lo pintado á lo verdadero. Y
advierte que, cual suele el primero artífice en la real fábrica de un
palacio, no sólo atender á su estabilidad y firmeza, á la comodidad
de la habitación; sino á la hermosura y á la elegante simetría, para
que le pueda gozar el más noble de los sentidos, que es la vista: así
aquel divino Arquitecto de esta gran casa del orbe, no sólo atendió á
su comodidad y firmeza; sino á su hermosa proporción. De aquí es que no
se contentó con que los árboles rindiesen solos frutos; sino también
flores. Júntese el provecho con las delicias. Fabriquen las abejas
sus dulces panales y para esto soliciten de una en una toda flor,
destílense las aguas saludables y odoríferas, que recreen el olfato y
conforten el corazón, tengan todos los sentidos su gozo y su empleo.
¡Mas ay!, replicó Andrenio, que lo que me lisonjearon las flores
primero tan fragantes, me entristecieron después ya marchitas.
Retrato, al fin, ponderó Critilo, de la humana fragilidad. Es la
hermosura agradable ostentación del comenzar. Nace el año entre las
flores de una alegre primavera, amanece el día entre los arreboles de
una risueña aurora: y comienza el hombre á vivir entre las risas de
la niñez y las lozanías de la juventud; mas todo viene á parar en la
tristeza de un marchitarse, en el horror de un ponerse y en la fealdad
de un morir, haciendo continuamente del ojo la inconstancia común al
desengaño especial.
Después de haber solazado la vista deliciosamente, dijo Andrenio,
en un tan extraño concurso de beldades, no menos se recreó el oído
con la agradable armonía de las aves. [Marginal: _Excelencias de las
aves._] Íbame escuchando sus regalados cantos, sus quiebros, trinos,
gorjeos, fugas, pausas y melodía, con que hacían en sonora competencia
bulla el valle, brega la vega, trisca el risco y los bosques voces,
saludando lisonjeras siempre al sol que nace. Aquí noté, con no pequeña
admiración que á solas las aves concedió la naturaleza este privilegio
del cantar, alivio grande de la vida, pues no hallé bruto alguno de
los terrestres, con que los examiné uno á uno, que tuviese la voz
agradable; antes todos las forman, no sólo insuaves, pero positivamente
molestas y desapacibles. Debe de ser por lo que tienen de bestias.
Es, que las aves, acudió Critilo, como moradoras del aire, son más
sutiles: no sólo le cortan con sus alas, sino que le animan con sus
picos. Y es en tanto grado esta sutileza alada, que ellas solas llegan
á remedar la voz humana, hablando como personas. Si ya no es que
digamos, realzando más este reparo, que á las aves, como vecinas al
cielo, se les pega, aunque materialmente, el entonar las alabanzas
divinas. Otra cosa quiero que observes y es que no se halla ave alguna,
que tenga el letífero veneno, como muchos de los animales y aquellos
más que andan arrastrando, cosidos con la tierra, que de ella sin duda
se les pega esta venenosa malicia, avisando al hombre se realce y se
retire de su propio cieno.
Gusté mucho, ponderaba Andrenio, de verlas tan bizarras, tan matizadas
de vivos colores, con tan vistosa y vana plumajería.
Y entre todas, añadió Critilo, así aves, como fieras, notarás siempre
que es más galán y más vistoso el macho que la hembra, apoyando lo
mismo en el hombre; por más que lo desmienta la femenil inclinación y
lo disimule la cortesía.
[Marginal: _Subordinación de criaturas._]
Lo que yo mucho admiraba y aún lo celebro, dijo Andrenio, es este tan
admirable concierto con que se mueve y se gobierna tanta y tan varia
multitud de criaturas, sin embarazarse unas á otras; antes bien dándose
lugar y ayudándose todas entre sí.
Eso es, ponderó Critilo, otro prodigioso efecto de la infinita
sabiduría del Criador, con la cual dispuso todas las cosas en peso, con
número y medida. Porque, si bien se nota, cualquiera cosa criada tiene
su centro en orden al lugar, su duración en el tiempo y su fin especial
en el obrar y en el ser. Por eso verás que están subordinadas unas á
otras, conforme al grado de su perfección.