Aquel religioso septuagenario, que como el Apóstol de Corinto, había
sido varias veces proscrito, encarcelado, herido y sentenciado á muerte,
así como también querido y venerado por ciudades enteras, aun debía
soportar un golpe más en castigo de ajenos delitos.
Pero la paz inmaculada de su conciencia no se alteraba con las
ingratitudes ni las aclamaciones ni los golpes de fortuna.
En tantos años de pruebas y combates adquirió una filosofía profunda y
elevada; todos los sobresaltos de su vida los consideraba dirigidos por
la mano de Dios.
Si se hubiese ilustrado entre los sabios de la antigua Grecia, sin duda
hubiera sido jefe de una escuela fatalista.
En la Edad Media, no de otro modo que Pedro el Ermitaño, hubiera podido
con su fe y su valor arrojar á medio mundo sobre el otro; pero en los
tiempos de positivismo, de negaciones y de dudas en que vivió, sólo era
un pobre fraile que curaba enfermos y enterraba muertos, un héroe
olvidado que como el santo poeta de la Arabia, luchaba con amigos y
enemigos, diciendo tranquilamente á la hora de las grandes vicisitudes:
"Ha de llegar el día de la compensación y aunque hubiere muerto viviré."
El alto funcionario que buscaba al Guardián era un joven abogado,
correcto y elegante, que había sido educado por el mismo Padre José.
Estimábanse ambos cordialmente, el Licenciado respetaba á su maestro y
siempre oía su voz como la de un oráculo.
Aquel día, sentados el uno frente al otro, tuvieron la siguiente
conversación.