Aquel gallego de corazón duro, envejecido en el indiferentismo de la
vida material, aquel asesino que sabía matar á sangre fría, dió un grito
de horror al ver que D. Carlos estaba muerto, se irguió con desesperado
esfuerzo y soltó su bastón diciendo:--¡Mi amo! ¡Mi padre! ¡Mi
hijo!--luego llorando se dejó caer y besó los piés del cadáver.
Pasado un breve rato, dijo el Guardián:--Es preciso darle un sepulcro
ignorado como él me lo pidió.
Con los útiles que en la noche anterior habían quedado tras de un altar,
cavaron una sepultura junto á la de María Luisa.
Antes de colocar el cuerpo en la fosa, el Padre José le quitó del cuello
la medalla que María le había dado cuando era niña y la entregó al
mendigo, que la besó llorando.
Por último, tomó el padre la mano del cadáver, la estrechó fuertemente é
invocando el espíritu de Dios sobre aquellas dos tumbas se retiró.
Sebastián cubrió la sepultura de su amo y cada paletada de tierra que
arrojaba, iba mezclada con su llanto.
Al otro día ofreció el Padre José un sacrificio ante los sepulcros de
aquella pareja infortunada y cuando se proponía descansar de tantas
impresiones, le avisaron que lo buscaba el Secretario del Gobierno.