Al anochecer del día siguiente, el Padre José compadecido de tanto dolor
y temiendo que la debilitada existencia de D. Carlos se agotara con el
sufrimiento, quiso ir á pedirle ó mandarle, si era necesario, que se
retirase á descansar; pero hasta la media noche sus múltiples atenciones
le permitieron dirigirse á la capilla.
Después de orar un momento, fué adonde se hallaba D. Carlos postrado con
la frente sobre la tierra y los brazos extendidos.
Inútilmente le habló, le tocó el hombro y le movió la cabeza creyendo
que dormía; D. Carlos Félix de Miranda, por fin gozaba de la eterna paz,
había muerto de dolor abrazando el sepulcro de aquella mujer tan
querida, tan ingrata y tan funesta.
Él lo había dicho: la vida de María era su vida.
El anciano sacerdote que debería tener un cuerpo de hierro para resistir
tantas fatigas y un corazón de oro para padecer y amar como él sufría y
amaba, tomó en sus brazos el cuerpo de su amigo, lo tendió al pié del
altar y dió gracias al cielo por haber quitado del mundo aquel pobre
hombre que ya no podía vivir con una llaga tan grande abierta en el
corazón.
Luego se dirigió al pórtico de la iglesia donde Sebastián dormía y lo
despertó.
El pobre viejo desde que cargaba tantos remordimientos, no podía dormir
bien, por lo que se levantó muy asustado murmurando:
--Mande mi padre.
--Sebastián,--le dijo el religioso con triste acento:--ahora ya puedo
permitirte que veas y abraces á tu amo,--y lo invitó á entrar en el
templo.
El mendigo lo siguió aturdido.