La tierra cubrió aquella fatal belleza; su amante cayó de rodillas
murmurando una oración y el Padre se retiró.
Al punto una fuerte ráfaga de viento entró por las vidrieras rotas y
apagó la lámpara del altar.
El desdichado joven, como si temiera que le robasen los despojos de su
amor que había ocultado en el secreto de la tumba, no quiso salir de la
capilla.
Detenido por una fuerza sobrenatural, permaneció allí veinticuatro horas
en vigilia solitaria y dolorosa.
Sus recuerdos y sus pensamientos chocaban y se confundían en aquella
tumba, como los restos del buque despedazado se adhieren á la roca donde
los lleva la tempestad.