El Padre salió de la capilla y regresando luego con la pala y el azadón
del jardinero, acabó de abrir un sepulcro en el mismo lugar donde pocas
horas antes había estallado la granada.
¡Triste destino el de aquella mujer excepcional, que después de haber
pasado su vida en la constante anarquía de las pasiones, hubo de hallar
un sepulcro en el hueco que abriera el proyectil de la revolución!
En medio de un silencio absoluto y con religiosa veneración pusieron
ambos el cadáver en su lecho de tierra.