XLII.

Las calles estaban desiertas, el aire gemía tristemente y las estrellas

temblaban en el firmamento que revestido de un azul obscuro y profundo,

parecía un gran sudario salpicado de lágrimas.

El convoy fúnebre, compuesto de la desgracia, la virtud y la muerte,

pasaba silencioso entre las sombras.

El Padre iba por delante diciendo en voz baja los salmos penitenciales y

alumbrando á su amigo que apenas podía caminar con aquella carga tan

pesada y tan querida.

María Luisa gravitaba sobre D. Carlos aun después de la muerte.

Su mejilla dura y helada tocaba el cuello ardiente del joven y su

hermosa cabellera movida por el viento, acariciaba el rostro de D.

Carlos, como para enjugar su llanto en señal de póstuma é inútil

gratitud.

Él caminaba oprimiendo sobre su corazón el cuerpo de María Luisa y el

Padre á veces detenía su marcha para alumbrar mejor y contemplaba con

asombro aquel tardío himeneo de la muerte con el infortunio.

Cuando llegaron al convento, el Guardián abrió la iglesia con una llave

que siempre llevaba y D. Carlos corrió á depositar el cadáver de su

amada en la capilla de la Virgen que lo había salvado del suicidio,

quedando mudo é inmóvil reclinado en el altar.

María Luisa, Leyenda Histórica · 第 143 / 153 题