El Padre José, respetando el dolor de D. Carlos, se retiró á seguir su
oración en la obscuridad; de tiempo en tiempo alzaba la voz para repetir
alguna de estas lamentaciones del libro de Job:
"¡Dios mío! Tú sólo sabes los límites del infinito y eres dueño de la
vida y de la muerte...... Tú me la diste y tú me la quitaste......
Bendito sea tu santo nombre."
Habiendo dado el sabio religioso algunos consejos á su amigo,
refiriéndose á María Luisa terminó:--Era una mujer de grandes pasiones.
--¡Era un ángel que Lucifer arrastró al mundo y el mundo le cortó las
alas!--replicó D. Carlos con desesperación.
A pesar de las huellas que deja el cólera en el semblante de sus
víctimas, en los labios de la muerta parecía vagar una sonrisa; sus
manos apretaban con fuerza el crucifijo; diríase que su pecho palpitaba
al contacto de aquella prenda de redención.
Mas en su mejilla se advertía una cicatriz honda y obscura, era el
estigma indeleble, que como un cauterio imprime el vicio con sus besos
de fuego.
Después de unos instantes de angustioso silencio, D. Carlos alzó la
frente diciendo con amarga expresión:
--Padre: ¿Ahora qué hacemos?
--Vamos á darle una sepultura digna de su postrer
arrepentimiento,--contestó el anciano envolviendo el cadáver en su
propia capa.
Entonces D. Carlos, ardiendo todavía en aquella pasión que lo había
subyugado siempre, se arrojó sobre el cuerpo de María, lo abrazó por
primera vez, como si quisiera deshacerlo ó inspirarle nueva vida y
poniéndolo sobre su hombro derecho, salió de aquel triste lugar
precedido por el Padre que llevaba el farol.