XL.

El infatigable Guardián salía de aquella sala en busca de otros

moribundos cuando llegó D. Carlos con el médico; mientras éste se

dirigía al salón de los heridos, el Padre fué á encontrar á su amigo, le

señaló el cielo y lo abrazó exclamando:--¡Es la voluntad de Dios!

--¡Murió!--dijo D. Carlos con voz ronca y vibrante.

Era media noche; la soledad, las tinieblas y la muerte dominaban en el

cuartel abandonado.

Apenas se oía en medio de aquel silencio augusto, el aleteo de algunas

aves nocturnas atraídas por el olor de la sangre, y las quejas

lamentables que salían del obscuro departamento de los heridos como de

un antro de dolores.

Callado, inmóvil, lleno de profundo estupor, con la cabeza inclinada y

el corazón aterido, permanecía D. Carlos mirando el cadáver como si se

dejara llevar por un sueño que le presentase todos los recuerdos de su

vida, desde cuando María Luisa era niña y le pedía socorro, hasta el día

en que la dejó seguir su propio destino.

Aquel techo negro que parecía tapizado de cortinas fúnebres, aquel

cuerpo inanimado, rígido, casi desnudo y bello todavía, semejando una de

esas estatuas yacentes obscurecidas por los siglos en los sepulcros

antiguos; un amante desolado llorando á sus piés, otro cadáver más allá

en la actitud de la desesperación y el sacerdote orando á la luz de la

moribunda lámpara, formaban un cuadro tristísimo y solemne.

María Luisa, Leyenda Histórica · 第 141 / 153 题