El infatigable Guardián salía de aquella sala en busca de otros
moribundos cuando llegó D. Carlos con el médico; mientras éste se
dirigía al salón de los heridos, el Padre fué á encontrar á su amigo, le
señaló el cielo y lo abrazó exclamando:--¡Es la voluntad de Dios!
--¡Murió!--dijo D. Carlos con voz ronca y vibrante.
Era media noche; la soledad, las tinieblas y la muerte dominaban en el
cuartel abandonado.
Apenas se oía en medio de aquel silencio augusto, el aleteo de algunas
aves nocturnas atraídas por el olor de la sangre, y las quejas
lamentables que salían del obscuro departamento de los heridos como de
un antro de dolores.
Callado, inmóvil, lleno de profundo estupor, con la cabeza inclinada y
el corazón aterido, permanecía D. Carlos mirando el cadáver como si se
dejara llevar por un sueño que le presentase todos los recuerdos de su
vida, desde cuando María Luisa era niña y le pedía socorro, hasta el día
en que la dejó seguir su propio destino.
Aquel techo negro que parecía tapizado de cortinas fúnebres, aquel
cuerpo inanimado, rígido, casi desnudo y bello todavía, semejando una de
esas estatuas yacentes obscurecidas por los siglos en los sepulcros
antiguos; un amante desolado llorando á sus piés, otro cadáver más allá
en la actitud de la desesperación y el sacerdote orando á la luz de la
moribunda lámpara, formaban un cuadro tristísimo y solemne.