El cuartel distaba mucho del convento y tuvieron que detenerse varias
veces para ser reconocidos por algunas guerrillas que protegían la
marcha de los fugitivos y evadirse de otros soldados ebrios que decían
blasfemias, disparando sus armas al aire.
En el zaguán del cuartel tropezaron con algunos cuerpos muertos que
habían sido arrastrados allí por falta de tiempo para sepultarlos.
El silencio reinaba en aquel edificio abandonado, un hedor de sangre y
de pólvora infestaba las obscuras galerías cuyas paredes húmedas
ofrecían, á varios trechos, rótulos infamatorios escritos con carbón.
Leños, municiones y fusiles rotos, estaban esparcidos por el suelo y del
fondo de un corredor salían murmullos y gemidos.
Al entrar en la pieza obscura donde se oían aquellos lamentos, D. Carlos
que llevaba el farol, distinguió en el suelo un bulto informe cubierto
con una jerga sucia y agujereada; era el cadáver de un sargento joven,
rubio y grueso que acababa de morir; tenía las manos ensangrentadas y en
su rostro quedaba impreso el último gesto de la agonía.
D. Carlos se inclinó sobre el cadáver para tocarle la frente y
cerciorarse de que no le quedaba un resto de vida, mientras el Padre se
había dirigido al fondo de la pieza porque le pareció escuchar un
quejido.--Venga Ud. con la luz,--dijo á D. Carlos--aquí está una mujer
agonizando.
En aquel suelo húmedo, sobre una estera inmunda, teniendo por almohada
un rollo de harapos, estaba tendida una joven luchando con las
convulsiones del cólera.
Pálida y bella, casi desnuda, con el pelo destrenzado y la cabeza vuelta
hacia atrás, lanzaba por todas partes miradas moribundas.
Parecía una flor marchita en la mañana de su vida, una paloma muerta y
pisoteada en el fango.