D. Carlos aproximó la luz cuanto pudo; entonces la enferma tuvo un
estremecimiento, lanzó un grito de terror y cubriéndose el rostro con
las manos exclamó:--¡Dios mío! ¡El muerto! y quedó desmayada.
A la vez D. Carlos tiró el farol gritando:--¡María Luisa! ¡María Luisa!
La pieza estaba completamente obscura.
En el arrebato del momento, el amante de María se arrojó sobre ella para
estrecharla en sus brazos, pero el anciano lo detuvo diciéndole con voz
terrible:
--Valor, amigo mío, lo que aquí precisa es un médico, vaya Ud. á traerlo
porque esta mujer se muere.
El joven obedeció maquinalmente, corrió como un loco en las tinieblas
pisando los cadáveres tendidos en el corredor y se lanzó á la calle.
A esa hora las tropas de Santo Domingo bajaban haciendo fuego sobre las
trincheras para posesionarse con precaución de la plaza desocupada.
D. Carlos se dirigía precipitadamente á la casa de su médico y cuando
algún centinela le gritaba:--¿Quién vive?--ó le marcaba el alto, él
respondía con penoso acento:--¡Un médico! ¡Un médico!--y continuaba su
carrera.
Hubo un momento en que no escuchó la voz de unos soldados que lo
llamaban y sólo se apercibió de ello al sentir en el rostro varios
golpes de piedras y tierra desprendidas de la pared por una bala que le
habían disparado.
El plomo desvió su dirección quizás porque la muerte se compadeció de
tan inmenso dolor.