XXXVI.

El Padre Guardián se había ocultado para rezar en una capilla que se

abría en la iglesia, junto al presbiterio.

Repentinamente oyó los golpes continuos del bastón de Sebastián que lo

buscaba.

El viejo limosnero había sanado del cólera, pero estaba muy débil

todavía y sólo se ocupaba en pasar recados al Guardián.

--Padre, Padre, le dijo acercándose, acaban de contarme que ya están

levantando el campo las tropas de México; asomado al postigo he visto

pasar grupos de soldados en desorden; unas mujeres iban compadeciendo á

los heridos que han quedado abandonados en el cuartel.

--Vamos á traerlos.--dijo con viveza el religioso levantándose y ambos

salieron de la capilla.

--Lo había yo dicho.--murmuraba suavemente el Padre José.--En esa

horrible lucha de las ideas y los cañones, era preciso que triunfaran

las ideas.

En aquel momento se oyó á lo lejos una fuerte detonación, luego el ruido

espeluznante que producen las granadas al pasar como si una gran

serpiente corriera silbando por los aires, y después una luz rápida y

fosfórica inundó la iglesia.

El edificio se estremeció, los cristales de las ventanas y las estatuas

de los altares cayeron en pedazos, una nube de polvo y de humo se alzó

del suelo y las lámparas se apagaron.

Era que había entrado una granada por la linterna de la capilla y

cayendo en el mismo punto de donde se había levantado el Padre José,

hundióse en el pavimento; al estallar hizo una excavación en forma de

sepulcro.

Sebastián huyó aterrado y D. Carlos llegó á reunirse con el Padre, que

sin sentir alterada la serena paz de su alma, contemplaba el lugar donde

había corrido el peligro de recibir al mismo tiempo la muerte y la

sepultura.

Un momento después los dos se dirigieron al cuartel con el farol de la

contraseña.

La noche estaba fría y silenciosa, el aire parecía repetir las quejas de

los heridos y al mismo tiempo se oían rumores como de tropa que

marchaba.

A no ser por algunos disparos de fusil que sonaban á lo lejos, se

hubiera dicho que la ciudad estaba en la más profunda calma.

María Luisa, Leyenda Histórica · 第 137 / 153 题