El Padre Guardián se había ocultado para rezar en una capilla que se
abría en la iglesia, junto al presbiterio.
Repentinamente oyó los golpes continuos del bastón de Sebastián que lo
buscaba.
El viejo limosnero había sanado del cólera, pero estaba muy débil
todavía y sólo se ocupaba en pasar recados al Guardián.
--Padre, Padre, le dijo acercándose, acaban de contarme que ya están
levantando el campo las tropas de México; asomado al postigo he visto
pasar grupos de soldados en desorden; unas mujeres iban compadeciendo á
los heridos que han quedado abandonados en el cuartel.
--Vamos á traerlos.--dijo con viveza el religioso levantándose y ambos
salieron de la capilla.
--Lo había yo dicho.--murmuraba suavemente el Padre José.--En esa
horrible lucha de las ideas y los cañones, era preciso que triunfaran
las ideas.
En aquel momento se oyó á lo lejos una fuerte detonación, luego el ruido
espeluznante que producen las granadas al pasar como si una gran
serpiente corriera silbando por los aires, y después una luz rápida y
fosfórica inundó la iglesia.
El edificio se estremeció, los cristales de las ventanas y las estatuas
de los altares cayeron en pedazos, una nube de polvo y de humo se alzó
del suelo y las lámparas se apagaron.
Era que había entrado una granada por la linterna de la capilla y
cayendo en el mismo punto de donde se había levantado el Padre José,
hundióse en el pavimento; al estallar hizo una excavación en forma de
sepulcro.
Sebastián huyó aterrado y D. Carlos llegó á reunirse con el Padre, que
sin sentir alterada la serena paz de su alma, contemplaba el lugar donde
había corrido el peligro de recibir al mismo tiempo la muerte y la
sepultura.
Un momento después los dos se dirigieron al cuartel con el farol de la
contraseña.
La noche estaba fría y silenciosa, el aire parecía repetir las quejas de
los heridos y al mismo tiempo se oían rumores como de tropa que
marchaba.
A no ser por algunos disparos de fusil que sonaban á lo lejos, se
hubiera dicho que la ciudad estaba en la más profunda calma.