Funcionarios improvisados que no querían perder sus empleos, sargentos
de un día y generales del día siguiente, traficantes de mezquina
política y sanguinaria codicia, intimidaron á los jefes, alucinaron á la
tropa con la promesa del saqueo y todo arreglo se hizo imposible.
Declaradas inútiles las negociaciones, alzóse otra vez la bandera de la
muerte y tronó el cañón de las barricadas.
El Padre José y su ilustrado colaborador volvieron á tomar las vendas de
los heridos y el libro de los agonizantes.
Aquellos hombres abnegados que sin particular interés pusieron la mano
entre la boca de los fusiles y la vida de los ciudadanos, se habían
adelantado medio siglo con sus ideas.
No era la tolerancia, la transacción, ni el olvido del pasado lo que
podía pedirse por entonces.
En el momento supremo de una revolución, el que trata de adelantarse es
arrebatado por la avalancha y el que se atrasa tiene que hundirse en el
surco que aquella forma cuando resbala por la montaña.
El premio que alcanzaron los generosos mediadores fué la maledicencia de
algunos partidarios encarnizados.
Gibelinos para los güelfos y güelfos para los gibelinos, éstos llamaron
retrógrado y fanático al Padre José, y muchos de los otros, impío á D.
Carlos de Miranda. ¡Fanático el que hablaba en nombre de la humanidad!
¡Retrógrado al que había derramado su sangre por la libertad de un
pueblo extraño! ¡Impío el que curaba las heridas de sus enemigos!
Así es el mundo.
Una noche se advirtió que habían cesado los fuegos, sólo se oía el
alerta de los centinelas y el ruido del carro de la muerte que pasaba
cargado de cadáveres; de tiempo en tiempo, un cañonazo disparado de
Santo Domingo recordaba que no había terminado la carnicería.