El Padre José y su noble compañero, llegaron á convertir el monasterio
en casa de asilo y hospital de sangre.
A riesgo de ser traspasados por las balas, recogían heridos, enterraban
muertos é iban á todas partes donde había rastro de sangre ó lamentos de
agonía.
Ellos no eran adictos á partido alguno, miraban á los jefes como
ministros de la cólera de Dios y á los soldados como ciegos instrumentos
de justo castigo.
En honor de la verdad es preciso decir que ambos misioneros eran
respetados y queridos por las dos facciones; tenían paso franco en las
trincheras y los cuarteles, porque el ejercicio del bien goza
privilegios de honor entre amigos y enemigos, desarmando la malignidad
del corazón humano aun entre las hordas de salvajes.
Viendo que se prolongaba tanto aquella crisis terrible, los dos amigos
intentaron conjurarla, para lo que tuvieron un mismo pensamiento.
El veterano de la Independencia creía ver la sombra de Morelos
horrorizándose con tantos desastres y el joven abogado sentía
desfallecimientos al contemplar el suicidio de su patria.
Seguro el uno con el prestigio de su pasado glorioso y el otro de su
genio diplomático, y confiados ambos en las consideraciones que gozaban
en los dos partidos, se dirigieron á sus jefes para proponerles una
suspensión de hostilidades, en la cual se procuraría el avenimiento más
honroso para ellos y benéfico á la población.
Los jefes opuestos eran hombres de buena voluntad, peleaban defendiendo
el ideal que para ellos representaba la causa de los buenos y á la vez
ya no querían más derramamiento de sangre.