XXXIII.

El Padre José y su noble compañero, llegaron á convertir el monasterio

en casa de asilo y hospital de sangre.

A riesgo de ser traspasados por las balas, recogían heridos, enterraban

muertos é iban á todas partes donde había rastro de sangre ó lamentos de

agonía.

Ellos no eran adictos á partido alguno, miraban á los jefes como

ministros de la cólera de Dios y á los soldados como ciegos instrumentos

de justo castigo.

En honor de la verdad es preciso decir que ambos misioneros eran

respetados y queridos por las dos facciones; tenían paso franco en las

trincheras y los cuarteles, porque el ejercicio del bien goza

privilegios de honor entre amigos y enemigos, desarmando la malignidad

del corazón humano aun entre las hordas de salvajes.

Viendo que se prolongaba tanto aquella crisis terrible, los dos amigos

intentaron conjurarla, para lo que tuvieron un mismo pensamiento.

El veterano de la Independencia creía ver la sombra de Morelos

horrorizándose con tantos desastres y el joven abogado sentía

desfallecimientos al contemplar el suicidio de su patria.

Seguro el uno con el prestigio de su pasado glorioso y el otro de su

genio diplomático, y confiados ambos en las consideraciones que gozaban

en los dos partidos, se dirigieron á sus jefes para proponerles una

suspensión de hostilidades, en la cual se procuraría el avenimiento más

honroso para ellos y benéfico á la población.

Los jefes opuestos eran hombres de buena voluntad, peleaban defendiendo

el ideal que para ellos representaba la causa de los buenos y á la vez

ya no querían más derramamiento de sangre.

María Luisa, Leyenda Histórica · 第 134 / 153 题