Los dos bandos presenciaban indiferentes las agonías de la patria
llevando sus disputas hasta el pié del altar, y por una monstruosa é
increíble anomalía ¡Triste es decirlo! el uno en nombre de la religión
asesinaba y el otro predicando el progreso retrocedía.
Mas no debemos culpar de un modo absoluto á los hombres de ayer, que por
otra parte, muchos de ellos ofrecían talentos superiores y bien merecen
el respeto de la generación actual.
En aquella época de hierro y de sangre la nación mexicana cometió
grandes locuras porque no sabía qué hacer ni de qué asirse, careciendo
de la experiencia que la vieja Europa llegó á conseguir después de
muchos siglos de combate.
Aun no había sonado la hora en que de las llamas y los escombros de
aquellos incendios surgieran hombres extraordinarios como el coloso de
Paso del Norte, que grabó en la frente de los reyes el sagrado lema de
que "El respeto al derecho ajeno es la paz."
Tampoco brillaba en la escena política el bizarro caudillo que hoy
protege los destinos de su patria, el Edipo mexicano nacido bajo el
cielo de Antequera y predestinado para destruir la esfinge de la
revolución.
En aquel año funesto una parte del Estado de Oaxaca desconoció al
gobierno de la Capital.
Los promovedores de aquella borrasca civil clamaban contra el Presidente
de la República, protestando que ya no era posible soportar el peso de
su autocrática tiranía, y aquel magistrado, no queriendo perder tan
bello territorio, movió sus tropas con el propósito de sofocar lo que él
llamaba desenfrenada rebelión.