Los elementos sociales permanecían confundidos, todos los ciudadanos
querían mandar y nadie obedecer.
Corazones mezquinos y cabezas extraviadas, conducían á las ciegas
multitudes por falsos caminos en busca de ideales impracticables.
Adoptábanse todas las formas posibles é imposibles para dirigir al
pueblo, desde el gobierno de hecho emanado de un motín, hasta el imperio
absoluto y desde la constitución más liberal, hasta el reinado del
terror.
Dos partidos iracundos se habían retado á muerte; uno queriendo cambiar
el régimen estacionario del pasado, reclamaba derechos y reformas; el
otro, cansado por una libertad tempestuosa, pedía un gobierno central,
como el náufrago que se agarra de una tabla de su bajel despedazado.
Cuando uno de los contendientes poseía la Capital, dictaba leyes y hacía
tratados internacionales, mientras el otro, merodeando en los
Departamentos, asechaba tenazmente á su enemigo para derribarlo y ser
derribado á su vez.
Por una parte la reacción conservadora y por otra el enciclopedismo
revolucionario, dividieron largo tiempo la nación y deshonraron los
dogmas políticos que defendían.
Entonces hasta los hombres pacíficos, las mujeres y los niños tenían un
partido que proclamaban con energía, distinguiéndose por sus odios y aun
por el color de sus vestidos.