En aquella época el ilustre poeta Lamartine pintaba el estado político y
social de la Francia en estos términos:
"...... Al principio no fué más que un combate; bien pronto siguió una
ruina; el polvo de esta lucha y de esta ruina lo ha obscurecido todo y
no se ha sabido ni por qué, ni en qué terreno, ni bajo qué bandera se
combatía. Se ha hecho fuego como en la obscuridad de la noche, contra
los amigos y contra los hermanos; las reacciones han seguido á la
acción; los excesos y los crímenes han mancillado á los partidos de
todos colores; los hombres han abandonado con horror la causa que el
crimen suponía servir y que la perdía como las pierde todas; se ha
pasado de un exceso á otro y los movimientos tumultuosos no se han
comprendido mejor que las vicisitudes de la batalla. Todo era confusión
y desorden; todo era triunfo y derrota, entusiasmo y desaliento."
Esta era también la situación convulsiva y tumultuaria de México.
El pueblo que había obtenido su libertad improvisando héroes y
ofreciendo mártires, ansioso de luz y de progreso, se levantó en actitud
revolucionaria sin saber cómo constituirse.
Lleno de odio por lo antiguo y amor á lo desconocido, pidiendo derechos
y olvidando deberes, llegó á los límites del despotismo después de haber
desgarrado sus libertades.