Las revoluciones que no tienen por objeto libertar á un pueblo, son
abortos de la falsa política y el malestar de la sociedad.
En su infancia las naciones lo mismo que los individuos, cometen
lamentables locuras; detestan hoy lo que adoraron ayer y vuelven á
pedirlo para después abandonarlo.
Como resultado de las desgracias inseparables á la emancipación de los
pueblos, se forman partidos poderosos é intransigentes, que de más ó
menos buena fe defienden sus principios con encarnizamiento, y de la
terrible contienda entre las ideas y las pasiones, á veces resultan
inocentes las víctimas é inocentes los verdugos, pero casi siempre se
menoscaban las costumbres ó la integridad nacional.
En la noche de las revoluciones aparecen militares ávidos de gloria, y
políticos sin experiencia que se precipitan desde la cumbre de las
teorías, proclamando excelentes principios los cuales puestos en
práctica suelen producir consecuencias funestas; entonces la
civilización se atrasa y se empequeñecen los destinos de la patria.
Y más todavía; por una inevitable fatalidad, como esas rocas
incandescentes que salen de los volcanes, surgen del caos revolucionario
espíritus fogosos y extraviados, que ateos en política ó fanáticos en
religión, destruyen las mismas instituciones por las que arriesgan su
vida.
Ellos y no el pueblo son los que con afán turbulento hacen chocar las
ideas contra los hechos y representan dramas salvajes de pasiones y
miserias, en cuyo desenlace aparece la libertad salpicada de sangre y
heridas mortalmente las creencias de los corazones.