A toda hora y de todas partes, incluyendo las casas de los ricos, eran
llamados aquellos ministros de la beneficencia, no siempre para curar el
mal inevitable, pero sí para decir una palabra consoladora en el umbral
de la tumba.
Así trascurrieron algunas semanas y el cólera seguía, pero la cólera del
cielo no estaba satisfecha; la ciudad culpable necesitaba para su
expiación otra pena más, que no fué tan grande pero igualmente
aterradora.
Vino la guerra con sus venganzas y sus horrores; ese vértigo de sangre y
de furor, esa lucha insensata con que Dios ha castigado á la descontenta
humanidad, desde los tiempos de Caín y de sus hijos.
Un cañonazo disparado del cerro de la Soledad, al anochecer de un día
lluvioso, anunció que había llegado la hora de la matanza.
Cerrábanse las puertas de las tiendas y las casas, hombres y mujeres
corrían para ocultarse donde les era posible, los clarines tocaban
generala, los empleados civiles y militares se dirigían al fuerte de
Santo Domingo y prontamente quedaron las calles desiertas y los mercados
vacíos.
Sólo se oía el ruido de las armas de algún ayudante de órdenes, que
pasaba violentamente y el andar precipitado de los que conducían al
campo santo el ataúd de algún colérico, no de otro modo que si huyera la
muerte de la muerte misma.
Poco después dejóse ver desde las azoteas el ejército sitiador, que
compuesto de algunos batallones, avanzaba sobre la ciudad por el lado
del Oeste, compacto, silencioso y brillante como una gran serpiente de
colores con escamas de acero.