XXVII.

A toda hora y de todas partes, incluyendo las casas de los ricos, eran

llamados aquellos ministros de la beneficencia, no siempre para curar el

mal inevitable, pero sí para decir una palabra consoladora en el umbral

de la tumba.

Así trascurrieron algunas semanas y el cólera seguía, pero la cólera del

cielo no estaba satisfecha; la ciudad culpable necesitaba para su

expiación otra pena más, que no fué tan grande pero igualmente

aterradora.

Vino la guerra con sus venganzas y sus horrores; ese vértigo de sangre y

de furor, esa lucha insensata con que Dios ha castigado á la descontenta

humanidad, desde los tiempos de Caín y de sus hijos.

Un cañonazo disparado del cerro de la Soledad, al anochecer de un día

lluvioso, anunció que había llegado la hora de la matanza.

Cerrábanse las puertas de las tiendas y las casas, hombres y mujeres

corrían para ocultarse donde les era posible, los clarines tocaban

generala, los empleados civiles y militares se dirigían al fuerte de

Santo Domingo y prontamente quedaron las calles desiertas y los mercados

vacíos.

Sólo se oía el ruido de las armas de algún ayudante de órdenes, que

pasaba violentamente y el andar precipitado de los que conducían al

campo santo el ataúd de algún colérico, no de otro modo que si huyera la

muerte de la muerte misma.

Poco después dejóse ver desde las azoteas el ejército sitiador, que

compuesto de algunos batallones, avanzaba sobre la ciudad por el lado

del Oeste, compacto, silencioso y brillante como una gran serpiente de

colores con escamas de acero.

María Luisa, Leyenda Histórica · 第 128 / 153 题