Un día llegó Sebastián muy agitado y dijo al Padre José
palideciendo:--El cólera está en México, acaban de contármelo.
--Ya era tiempo.--contestó el Guardián con su habitual serenidad.
Y no pasaron muchos días sin que llegara el azote de Dios á las
fronteras de Oaxaca.
Según los datos adquiridos por un sabio de aquella época, la peste salió
de la India Oriental á principios del siglo y empleó diez y seis años
para recorrer una extensión de cinco mil kilómetros de Norte á Sur y
catorce mil seiscientos de Oriente á Poniente, invadiendo con sus
horrores mil cuatrocientas poblaciones y arrebatando cuarenta millones
de individuos.
Como un conquistador irritado, atravesando mares y montañas, llegó á
México el mensajero de la muerte, armado con su terrible guadaña y
seguido por un ejército invisible de microbios devoradores.
El cielo se cubrió con nubes color de plomo, la atmósfera saturada de
gases mortíferos estaba tibia y amarga, el hombre inclinó la frente con
pánica tristeza bajo tan inmenso castigo y la eternidad abrió sus
puertas para recibir á las víctimas.
El cólera-morbo, como chispa eléctrica, pasaba de un pueblo á otro
haciendo destrozos; terrible mónstruo arrojado sobre un rebaño
indefenso, atropellaba, hería, devoraba y desaparecía, para volver acaso
más hambriento.
En ocasiones acometía sólo al más cobarde olvidando al valiente ó pasaba
sin dañar á los pequeños llevándose á los poderosos; cuando parecía
saciarse y adormecerse, despertaba repentinamente para matar al que
había dejado herido.