Cuando el cólera se apareció en la infeliz Antequera, por todas partes
se veían semblantes pálidos y puertas cerradas.
Los cobardes y los creyentes iban temblando á la casa del médico y á la
casa de Dios, mientras que los espíritus fuertes se ocultaban en las
suyas para temblar también.
Las campanas tocaban á muerto con triste clamoreo.
El Viático era llevado de puerta en puerta; muchas casas quedaron
deshabitadas, en otras sólo se oía rezar el oficio de agonizantes y en
las bocacalles reuníanse los cortejos fúnebres para seguir el camino del
panteón.
Tres golpes de una campanilla y el eco de una voz imperiosa que gritaba:
_El carro_, anunciaban á los pobres el penoso deber de abandonar en un
inmundo carretón los cadáveres de sus padres ó de sus hijos para que
fuesen arrojados y confundidos en la fosa común de los coléricos.
Las boticas y las iglesias estaban llenas de gente y la voz del púlpito
recordaba el juicio de Dios.
Los viciosos se arrepentían, los deudores pagaban y los infieles pedían
perdón.
Los padres de familia como generales en día de batalla, veían caer á su
lado y morir uno á uno todos sus hijos, hasta que rodaban ellos mismos
heridos mortalmente.
Dos amigos se aplazaban en la noche para verse al día siguiente y antes
del amanecer estaban en la eternidad.
Los médicos iban y venían pudiendo trabajosamente acudir á los
llamamientos de todas partes y los agentes de policía eran pocos para
contar las víctimas.
El primer caso de cólera que se supo en el monasterio fué el de
Sebastián, que albergado en la casa de un amigo del Padre José, pudo
salvarse, aunque su enfermedad fué muy larga por haber sido también
atacado de fiebre á causa de sus alucinaciones y remordimientos.