VIII.

Una tarde se había colocado el celoso Guardián en el confesionario para

oir á varias señoras que lo esperaban, cuando entró en la iglesia un

viejo inválido, tembloroso y macilento como si saliera de un hospital.

Iba cubierto de harapos, apoyándose difícilmente en una gruesa caña con

la que golpeaba el suelo á cada paso.

Sus ojos dirigían miradas recelosas por todas partes, la barba le

temblaba y su frente parecía inclinarse bajo el peso de una maldición.

Llegando al confesionario, se dejó caer de rodillas y exclamó:--¡Padre,

Padre, yo quiero confesarme porque me muero de dolor y desesperación!

Pero antes necesito hablar á solas con Ud. por fuera de la iglesia, para

decirle muchas cosas y llorar...... y dar de gritos......

El Padre, condolido de aquel septuagenario que apenas podía hincarse, lo

levantó diciéndole con persuasiva benevolencia:--Calma, hermano, calma;

para todo hay remedio si confiamos en Dios.--Tomándolo del brazo, lo

condujo á un rincón del atrio, en donde había unas grandes piedras y lo

invitó á sentarse á su lado.

El viejo mendigo, luego que pudo calmar su agitación, habló sin más

preámbulos:--Yo me llamo Sebastián Gutiérrez, fuí criado de D. Carlos

Miranda cuando él era niño; ahora que estoy seguro de que vive

desgraciado y enfermo en este convento, vengo á suplicar á Ud. me

permita verlo, pues mi amo se encuentra así por causa de una mujer

que......--Basta,--dijo el Padre José interrumpiéndole:--Todo lo sé y

como no puedo negar que aquí se oculta el Sr. D. Carlos, manifiesto á

Ud. que tiene la resolución de no ver más que á las personas de la casa

y no quiere saber cosa alguna que pueda recordarle sus desgracias.

María Luisa, Leyenda Histórica · 第 109 / 153 题