Una tarde se había colocado el celoso Guardián en el confesionario para
oir á varias señoras que lo esperaban, cuando entró en la iglesia un
viejo inválido, tembloroso y macilento como si saliera de un hospital.
Iba cubierto de harapos, apoyándose difícilmente en una gruesa caña con
la que golpeaba el suelo á cada paso.
Sus ojos dirigían miradas recelosas por todas partes, la barba le
temblaba y su frente parecía inclinarse bajo el peso de una maldición.
Llegando al confesionario, se dejó caer de rodillas y exclamó:--¡Padre,
Padre, yo quiero confesarme porque me muero de dolor y desesperación!
Pero antes necesito hablar á solas con Ud. por fuera de la iglesia, para
decirle muchas cosas y llorar...... y dar de gritos......
El Padre, condolido de aquel septuagenario que apenas podía hincarse, lo
levantó diciéndole con persuasiva benevolencia:--Calma, hermano, calma;
para todo hay remedio si confiamos en Dios.--Tomándolo del brazo, lo
condujo á un rincón del atrio, en donde había unas grandes piedras y lo
invitó á sentarse á su lado.
El viejo mendigo, luego que pudo calmar su agitación, habló sin más
preámbulos:--Yo me llamo Sebastián Gutiérrez, fuí criado de D. Carlos
Miranda cuando él era niño; ahora que estoy seguro de que vive
desgraciado y enfermo en este convento, vengo á suplicar á Ud. me
permita verlo, pues mi amo se encuentra así por causa de una mujer
que......--Basta,--dijo el Padre José interrumpiéndole:--Todo lo sé y
como no puedo negar que aquí se oculta el Sr. D. Carlos, manifiesto á
Ud. que tiene la resolución de no ver más que á las personas de la casa
y no quiere saber cosa alguna que pueda recordarle sus desgracias.