Después de unos instantes de silencio, en que Sebastián temblaba y
palidecía, el Guardián tomando con una mano su venerable barba,
añadió:--Si Ud. tiene algo que confiarme respecto á su propia
conciencia......
--Sí, Padre, mi conciencia me pesa y me acusa,--clamó Sebastián con los
ojos llenos de lágrimas,--Ud. puede saber lo que le habrá contado mi
amo, pero no lo que ha pasado después. Yo no he sido bueno como él;
queriendo vengarlo cometí un crimen y no se borra todavía de mis manos
la sangre que derramé; por eso vengo á pedir á D. Carlos me perdone y me
permita servirlo durante la poca vida que me queda: si Ud. no puede
permitirme que le hable, déjeme siquiera que lo vea de lejos y que viva
cerca de él, aquí, en la calle........ Impóngame un castigo, mándeme á
la cárcel, pero escúcheme.
--Hable Ud., hable Ud.--repuso el Padre cruzando los brazos é
inclinándose para oir al mendigo, cuya voz espiraba en el fondo de su
pecho lastimado.
Sebastián exhalando un hondo lamento se expresó de esta manera:
"Cuando yo vine de mi tierra fuí á servir á la casa de su padre de D.
Carlos, que me quiso mucho y decía que, aunque tonto, era yo muy honrado
y me confiaba su dinero lo mismo que su hijo para que los cuidara."
"El día que fusilaron á mi buen Señor porque había sido General de los
insurgentes, lloré por él como por mi padre y me quedé pasando trabajos
con el niño; pero después la Señora me pagó muy bien; por eso D. Carlos
me quería y yo también lo amaba como si fuera mi hijo, lo cuidaba mucho
y cuando se fué á Europa quiso llevarme, pero no se lo permitieron."
"El niño mi amo tenía un tío muy malo y una novia muy bonita que se
llamaba María Luisa."
Al pronunciar Sebastián estas últimas palabras se dirigieron ambos
ancianos una mirada de inteligencia y de tristeza.