IX.

Después de unos instantes de silencio, en que Sebastián temblaba y

palidecía, el Guardián tomando con una mano su venerable barba,

añadió:--Si Ud. tiene algo que confiarme respecto á su propia

conciencia......

--Sí, Padre, mi conciencia me pesa y me acusa,--clamó Sebastián con los

ojos llenos de lágrimas,--Ud. puede saber lo que le habrá contado mi

amo, pero no lo que ha pasado después. Yo no he sido bueno como él;

queriendo vengarlo cometí un crimen y no se borra todavía de mis manos

la sangre que derramé; por eso vengo á pedir á D. Carlos me perdone y me

permita servirlo durante la poca vida que me queda: si Ud. no puede

permitirme que le hable, déjeme siquiera que lo vea de lejos y que viva

cerca de él, aquí, en la calle........ Impóngame un castigo, mándeme á

la cárcel, pero escúcheme.

--Hable Ud., hable Ud.--repuso el Padre cruzando los brazos é

inclinándose para oir al mendigo, cuya voz espiraba en el fondo de su

pecho lastimado.

Sebastián exhalando un hondo lamento se expresó de esta manera:

"Cuando yo vine de mi tierra fuí á servir á la casa de su padre de D.

Carlos, que me quiso mucho y decía que, aunque tonto, era yo muy honrado

y me confiaba su dinero lo mismo que su hijo para que los cuidara."

"El día que fusilaron á mi buen Señor porque había sido General de los

insurgentes, lloré por él como por mi padre y me quedé pasando trabajos

con el niño; pero después la Señora me pagó muy bien; por eso D. Carlos

me quería y yo también lo amaba como si fuera mi hijo, lo cuidaba mucho

y cuando se fué á Europa quiso llevarme, pero no se lo permitieron."

"El niño mi amo tenía un tío muy malo y una novia muy bonita que se

llamaba María Luisa."

Al pronunciar Sebastián estas últimas palabras se dirigieron ambos

ancianos una mirada de inteligencia y de tristeza.

María Luisa, Leyenda Histórica · 第 110 / 153 题