Aquella comisión era nombrada por el Guardián y desde que lo fué el
ilustrado Padre José, agregó á la colección de rosarios algunos libros
de lectura y doctrina para los niños.
En ese año, con gran sorpresa de toda la comunidad, el buen Guardián se
nombró á sí mismo invitando á D. Carlos para que lo acompañara.
El enfermo bajó la frente y obedeció.
Cuando los colectores salieron de la ciudad, ninguno de los dos pensó en
hacer uso de la mula, lo cual hubiera sido imposible porque iba cargada
con un fardo que contenía, sin contar con las reliquias, una regular
cantidad de ropas, libros y medicamentos, así como también algún dinero
puesto por D. Carlos, á quien parecía precisarle que se agotara su
capital en obras de beneficencia.
El prelado iba por delante dirigiendo la carga y á veces leía en su
breviario; D. Carlos tras él meditaba y sufría.
Era la primavera, el sol de la mañana brillaba sobre la frente de los
viajeros, las montañas cubiertas de verdor, los campos sembrados con
plantas de diversos climas y los caminos guarnecidos por doble hilera de
árboles frutales, ofrecían sombra, frescura, mirajes y armonías.