Mas todo era en vano; D. Carlos, insensible á los discursos del Padre
José, con el corazón frío y lastimado, guardaba silencio y sólo algunas
veces, alzando su frente melancólica, respondía con estos conceptos, ya
repetidos ó modificados según la intensidad de su abatimiento:--La
experiencia es inútil para dirigir las pasiones. ¿De qué sirve remover
las cenizas de un corazón que no puede revivir? Me estremezco sintiendo
hasta qué grado de miseria puede bajar el espíritu del hombre cuando
pospone el pensamiento de la divinidad al profano amor de la criatura.
Yo creí que calmado el dolor vendría la indiferencia, después el olvido
y el descanso; pero el amor es más grande que la muerte. A veces creo
que el cielo me ha quitado la razón. De nada me ha servido acogerme á la
sombra del claustro. Cuando la vida ya no tiene vaguedad no hay
porvenir. La fuerza del deber y la voz de la conciencia no consiguen más
que prolongar las agonías de mi alma. Estoy pasando días inútiles sobre
la tierra. Mi corazón fundido en lágrimas oculta un inquieto fuego que
me devora y devoraría todo lo que amo y todo lo que aborrezco. Quisiera
beber hasta el fondo en la copa del olvido y no sé qué hacer ni Ud.
podría decírmelo porque eso es el secreto de Dios.
Como el Padre José había conseguido la paz del corazón á costa de
infortunios, no perdonaba medios para curar á D. Carlos; pensó, de
acuerdo con el médico, llevarlo fuera de la ciudad, porque respirando el
aire puro del campo y viendo nuevos horizontes, era de esperar que
serían menos frecuentes las agitaciones de su alma.
Para el efecto preparó una estratagema piadosa y comprometedora.
Era costumbre en aquel convento enviar á los pueblos cercanos, en
ciertas épocas del año, una comisión formada de dos miembros de la
comunidad para conseguir limosnas que ayudaban á sostener los gastos del
culto.
En días señalados partían los colectores á sus expediciones; uno de
ellos, el más respetable, iba en una mula y el otro á pié; ambos
llevaban rosarios, cruces y reliquias para corresponder á los donantes;
á pocos días volvían con la mula cargada de comestibles y algún dinero,
dispuestos á emprender un nuevo viaje.