El Padre José con sus atenciones y consejos había logrado salvar á su
amigo de las garras de la muerte, pero muy pronto se persuadió de que no
podría curarse la fiebre de su alma.
Ni el prestigio de la virtud, ni los consuelos de la religión eran
bastantes para conjurar las tempestades que se alzaban en la conciencia
de D. Carlos; su corazón estaba herido de muerte.
La persuasiva elocuencia de aquel anciano que leía en el fondo de las
almas, se estrellaba en el loco excepticismo del joven esclavizado y
consumido por la eterna melancolía de su pensamiento.
Se asombraba el Padre José de los estragos causados por aquel infortunio
que destruía violentamente una existencia tan estimable.
Condolido de sus inmensos dolores, aprovechaba toda oportunidad para
recordar al joven abogado, cómo había podido triunfar de sus pasiones
oponiendo el perdón al agravio; haciéndole admirar la sublimidad de la
virtud y el poder de los sacrificios que á veces no consuelan, pero
siempre honran, terminaba de esta manera:--El amor es una quimera
inagotable, que ha hecho derramar muchas lágrimas á la humanidad, ya
como el ángel que abre las puertas de la gloria ó como una sierpe que
se enrosca en el corazón. Nuestro deber principal es saber sufrir. El
hombre ultraja pero el tiempo castiga y Dios perdona á todos, Él sólo
sabe su hora providencial en que descansan los corazones oprimidos y
nunca se olvida de recompensar al que ha satisfecho sus deberes.