Desde luego notó el buen Padre que su amigo había cambiado mucho en los
doce meses que dejó de verle.
Ya no era el joven alegre cuya conversación animadísima revelaba un
espíritu ilustrado y un corazón generoso.
En sus palabras áridas y sus ojos anegados en sombras de tristeza,
encontraba los síntomas de un pesar oculto; mas no se atrevió á inquirir
la causa de su situación.
Los otros comensales, menos prudentes que su jefe, le dirigían preguntas
que D. Carlos contestaba con monosílabos, al mismo tiempo que adusto y
cabizbajo, apenas probaba de los platos que le ofrecían.
Estrechado por un religioso para que le diera informes respecto á su
malestar, le contestó con acento melancólico:--Sí, Padre, me hallo
enfermo.........--y volviéndose al Guardián, concluyó en voz
baja:--enfermo del alma.
Pero repentinamente, haciendo esfuerzos para mostrarse agradecido y
complaciente por las atenciones con que lo distinguían, dijo para
sí:--¿qué culpa tienen estos buenos padres de lo que yo padezco?--y les
dirigió la palabra en tono festivo, contándoles algunos episodios de su
viaje, mezclados con anécdotas y epigramas, que agradaron mucho á la
comunidad.