Oaxaca era en aquella época el país del dinero y de la grana, que había
proporcionado á España, durante mucho tiempo, tesoros para sus hijos y
púrpura para sus reyes.
La ciudad capital, situada cerca de la Sierra Madre, al pié de una verde
colina, recibió de los españoles el nombre de Antequera en memoria de
una de las más bellas poblaciones de Andalucía.
Uníala con México un camino largo y estrecho por donde remitía sus
valiosas producciones, recibiendo en cambio los géneros de Europa y con
alguna frecuencia, grandes cantidades de plata acuñada.
En Oaxaca no había entonces jardines públicos, ni teatros, ni
periódicos, ni alumbrado en las calles; el carácter pacífico de sus
habitantes no necesitaba de estas cosas.
No eran conocidos los hoteles porque había poquísimos viajeros; los
próceres enviados de la Capital para servir empleos en el Gobierno, así
como algunos extranjeros que deseaban conocer el árbol gigantesco del
Tule y las legendarias ruinas de Mitla, eran alojados en casas
particulares ó en los conventos, cuya supresión aun no se presentía.
La política era un misterio apenas conocido por pocos iniciados.
Pero ya el pueblo, sin abandonar el depósito de sus buenas costumbres y
adorables tradiciones, daba indicios de su genio guerrero que más tarde
hizo milagros de valor y patriotismo.
Ya había visitado á Oaxaca el gran Morelos y habían nacido en este país
afortunado los hombres extraordinarios que algún día debieran ponerse
frente á frente de los soberanos europeos, pidiendo para México un
puesto de honor entre las naciones ilustradas.