Era el día 21 de Diciembre de 18.........
A la hora en que se oculta la última estrella en el cielo y la brisa del
crepúsculo viene á despertar á las aves y á besar á las flores, un
repique á vuelo estalló en las torres de los numerosos templos de la
ciudad, dejándose oir entre aquel confuso y agradable ruido, la voz
sonora de la campana mayor del reloj de la Catedral, que por una
tradicional costumbre, solamente una vez al año agitaba su martillo con
violencia, celebrando la fiesta de Navidad.
Toda la mañana de aquel día hubo grande animación en las calles y plazas
de la regocijada ciudad. Los criados vestidos de limpio, que conducían
de una casa á otra los obsequios de la Pascua ó iban á los mercados en
busca de comestibles para la _noche buena_; los chiquillos que corrían á
comprar dulces, juguetes y adornos para el imprescindible _Nacimiento_;
las señoras, que cubiertas de bordados pañuelones multicoloros, salían y
entraban á las iglesias y las tiendas y los vendedores de diversas
clases de objetos, impidiendo el paso en las entradas de los portales,
formaban un abigarrado conjunto que daba idea de lo que era y lo que
hacía el pueblo oaxaqueño en la víspera de sus solemnes festividades.
Los templos se hallaban engalanados con gran lujo de cirios, cortinas y
adornos de metales preciosos.
En casi todas las casas se hablaba de _la misa de media noche_ y se
arreglaba el baile de Navidad, en el que tomaban parte solamente las
personas mayores del sexo femenino, por exigirlo así las costumbres de
la época.
Y aun en las viviendas más humildes había preparado un plato más para la
mesa, un regalo para el hijo y una flor para la imagen protectora de la
familia.
Pero donde había más trabajo y agitación era en el convento de.........
Allí no solamente se adornaban los altares, también se barrían los
claustros, se desempolvaban la biblioteca y el refectorio y bajo la
dirección del mismo Padre Guardián, se preparaba cómodo alojamiento para
un huésped distinguido que debería llegar de un momento á otro.