Era joven aún este siglo XIX que hoy contemplamos anciano y moribundo,
tan lleno de glorias y cargado de responsabilidades.
México había derramado su oro y su sangre por espacio de once años para
librarse de la dominación española y lanzábase á la vida independiente
con la vaguedad del hombre que acaba de tener un sueño penoso.
Se ensayaban todas las formas de gobierno, se convocaban congresos
nacionales, se defendían principios y contraprincipios y había de una
parte, quienes suspiraban por el régimen colonial, y de otra, quienes
aplaudían las doctrinas más atrevidas de la revolución francesa.
Pero al mismo tiempo la luz se derramaba en las inteligencias, la
escuela se abría para el campesino y el obrero y la ley daba iguales
derechos á los mendigos y los poderosos.
Dijérase que amanecía en el horizonte de un porvenir halagador.
Y las claridades de aquel risueño crepúsculo, llevaban gérmenes
preciosos para la libertad y para el progreso á todos los Departamentos
de la Nación.