X DISPOSICIÓN DEL ÁNIMA

Generalizada la navegación de las Indias, ninguna persona embarcaba, con

todo, sin haber hecho testamento y sin confesar y comulgar la víspera.

Las instrucciones y ordenanzas de los capitanes generales hacían

obligatorio lo último para los hombres de mar y guerra, encomendándoles

fueran abordo en estado de gracia, pues que habían de ir en peligro de

muerte; prohibiendo durante el viaje pecados públicos, blasfemias,

juegos demasiados, hacer ni decir cosa contra el servicio y honra de

Dios ó el Rey[83].

[Nota 83: _Disquisiciones náuticas_, t. V., pág. 484.]

Cumpliéndose tales prevenciones en tiempo en que el camino era trillado

por tantas flotas, con mayor razón había de hacerse al emprenderlo por

primera vez sin saber adonde conducía, sábese que D. Cristóbal acudió al

tribunal de la penitencia y que los que le acompañaron en el viaje

fueron, componiendo imponente procesión á la iglesia de Palos, para

disponerse á bien morir. Días de angustia y zozobra les esperaban; el

viento constante parecía vedarles el retroceso; la mar cuajada de yerba

extraña iba á impedirles el avance; el horizonte se presentaba cada hora

ilimitado... perdieron no sin razón la confianza que les inspirara su

caudillo, mas conservaron la esperanza en Dios.

El piadoso Almirante consignó en el Diario que en la tarde del 11 de

Octubre, víspera del hallazgo de la tierra deseada, habían cantado las

tripulaciones á la oración, _la Salve acostumbrada_, y luego, en el

momento supremo, cuando cayó de rodillas y con los ojos arrasados, la

gorra en la mano, dió gracias al Altísimo, le imitó la gente entonando

con indecible emoción _Gloria in excelsis Deo_; _Te Deum laudamus..._

De la costumbre á que alude D. Cristóbal hay repetida mención de los

escritores del tiempo. Uno de ellos, anónimo[84] escribía: «Es

obligación y ejercicio de los pajes, en las mañanas cantar los buenos

días y á la tarde, después de anochecido, las buenas noches. Á boca de

noche, la oración, encomendando en ella á las ánimas del purgatorio para

que recen un _Pater noster_ y _Ave María_.» «Han de velar la ampolleta

por sus cuartos, repite Escalante[85], y rezar y cantar el _Ave María_,

y los buenos días.»

[Nota 84: _Disquisiciones náuticas_, tomo VI, pág. 201.]

[Nota 85: Idem, tomo V, pág. 480.]

No dejó Salazar sin recuerdo las oraciones de los pajes que todavía hoy

recuerdan las trompetas al tomar y dejar las camas los marineros,

expresando que al alba cantaban

Bendita sea la luz

y la santa veracruz,

y el señor de la verdad

y la Santa Trinidad:

Bendita sea el alma

Y el Señor que nos lo manda;

Bendito sea el día

Y el Señor que nos le envía.

_Pater noster._--_Ave María._--_Amén._ Dios nos dé buenos días. Buen

viaje ¡buen pasaje!

Al anochecer:

Bendita sea la hora

En que Dios nació;

Santa María que le parió,

San Juan que le bautizó.

_Pater noster._--_Ave María._--_Amén._ Dios nos dé buenas noches. Buen

viaje, ¡buen pasaje[86]!

[Nota 86: Solían enseñarse á los loros en América, estas cantinelas

de los pajes y la voz de fuego á babor y á estribor al pasar las naos

por la popa de la Capitana real.]

«Llegado el sábado, sigue contando, estando puesto un altar con imagen y

velas encendidas, se comienza la salve y todos somos cantores: todos

hacemos de garganta. No fuimos en nuestro canto por terceras, quintas ni

octavas, sino cantando á un tiempo todos ocho tonos y más otros medios

tonos y cuartas. Porque como los marineros son amigos de divisiones y

dividieron los cuatro vientos en treinta y dos, así los ocho tonos de la

música los tienen repartidos en otros treinta y dos tonos diversos,

perversos, resonantes y muy disonantes, de manera que hacíamos este día

en el canto de la Salve y letanía una tormenta de huracanes de música,

que si Dios y su gloriosa Madre y los Santos á quien rogamos, miraran á

nuestros tonos y voces y no á nuestros corazones y espíritus, no nos

conviniera pedir misericordia con tanto desconcierto de alaridos.

«Acabada la Salve y letanía dijo el Maestre, que allí es preste;

«digamos todos un credo á honra y honor de los bienaventurados

Apóstoles, que rueguen á nuestro Señor Jesucristo nos dé buen viaje.»

Luego dicen el credo todos los que le creen. Luego dice un paje, que es

allí monacillo: «digamos un _Ave María_ por el navío y compañía»:

responden los otros pajes, «sea bien venida», y luego rezamos todos el

_Ave María_. Después dicen los muchachos levantándose: «Amén y Dios nos

dé buenas noches». Y con esto se acaba la celebración de este día, que

es la ordinaria de cada sábado.»

Aunque de observador humorístico, coinciden las noticias con las

recogidas por el criado del Emperador, Juan de Vandenesse, en presencia

de su augusto señor. Refiere que al anochecer llamaba el Contramaestre

con el pito á toda la gente del navío, grandes y pequeños, y si alguno

andaba remiso le avivaba con un chicote, de manera que corrían aquellos

hombres como ratas. Reunidos, hacían el saludo y rezo, á que asistía el

Rey. Las oraciones empezaban, cantando los pajes _Ave María_; después,

por todos _Salve Regina_. Unos (dice) lo hacían por alto; otros por

bajo; cada cual como podía, y Dios sabe el desconcierto que resultaba.

Después un marinero de buena voz invitaba á la compañía á rogar á la

Santísima Trinidad que se dignara conducir al Rey á buen puerto y le

guardara _de mal andar_.

E aínda, pensaba el P. Guevara, que por privilegio no tienen los

mareantes memoria del Miércoles de Ceniza, ni Semana Santa, ni Cuatro

témporas, ni aun de la Cuaresma mayor, porque si ayunan, no es por la

vigilia, sino porque les falta la vitualla. No tienen pena ni forman

conciencia (escribía) por no oir en las fiestas misas. Ninguno al morir

es obligado á tomar la extremaunción ni á pagar al sacristán los

clamores del tañer, ni á los cofrades los derechos del llevar, ni á cura

el enterramiento, ni á frailes la misa cantada, ni á pobres el llevar de

la cera, ni á ganapanes el abrir de la huesa, ni aun á comadre el coser

de la mortaja, porque el triste y mal aventurado que allí muere, apenas

ha dado á Dios el ánima, cuando arrojan á los peces el cuerpo.

La nao Santa María: memória de la Comisión arqueológica ejecutiva, 1892 · 第 69 / 71 题