«Así Dios me ayude, escribía D. Fernando Colón en la Historia de su
padre, que vi muchos que esperaban la noche para comer la mazamorra[74]
por no ver los gusanos que tenía, y otros estaban ya tan acostumbrados
que aun no quitaban los gusanos aunque los viesen, porque si se
detuviesen á esto perderían la cena.»
[Nota 74: Galleta menuda y sopa que se hace con ella.]
La relación del viaje de Jaime Rasquín al Río de la Plata[75] consigna
que se distribuía el agua por ración de medio cuartillo escaso cada día.
En la expedición de Mendaña «la ración que se daba era media libra de
harina de que sin cernir hacían unas tortillas amasadas con agua del mar
y asadas en las brasas, con medio cuartillo de agua lleno de podridas
cucarachas. Andaban los enfermos con la rabia pidiendo una sola gota,
mostrando la lengua con el dedo, como el rico avariento á Lázaro...»
[Nota 75: Colecc. Muñoz, t. 88, pág. 96.]
Envasada el agua en pipería de madera con aros de los mismo, se
corrompía, derramaba y escaseaba generalmente. El bizcocho, base de la
alimentación á bordo, fermentaba por efecto combinado del calor y la
humedad de la bodega, aunque resistía mucho más que el tocino y pescado
salados, el garbanzo y el queso, componentes de la ración. Así y todo,
en circunstancias ordinarias la despachaban con buen ánimo: dejémosle
contar al facecioso Salazar[76].
[Nota 76: _Disquisiciones náuticas_, t. II, pág. 187.]
«En un santiamén se sienta la gente marina en el suelo á la mesa, dando
la cabecera al Contramaestre. Uno echa las piernas atrás, otro los pies
adelante; cuál se sienta en cuclillas y cuál recostado y de otras muchas
maneras. Y sin esperar bendición, sacan los caballeros de la tabla
redonda sus cuchillas ó gañavetes de diversas hechuras, que algunos se
hicieron para matar puercos, otros para desollar borregos, otros para
cortar bolsas; y cogen entre manos los pobres huesos y así los van
desforneciendo de sus nervios y cuerdas, como si toda su vida hubiesen
andado á la práctica de la anatomía en Guadalupe ó en Valencia, y en un
credo los dejan más tersos y limpios que el marfil. Los viernes y
vigilias comen sus habas guisadas con agua y sal. Las fiestas recias
comen su abadejo. Anda un paje con la gaveta del brebaje en la mano, y
con su taza, dándoles de beber harto menos y peor vino, y más baptizado
que ellos querrían. Y así comiendo el ante por pos, y el pos por ante, y
el medio por todos, concluyen su comida sin quedar conclusa su hambre...
Pedid de beber en medio de la mar; morireis de sed, que os darán el agua
por onzas como en la botica, después de hartos de cecinas y cosas
saladas; que la señora mar no sufre ni conserva carnes ni pescados que
no vistan su sal. Y así todo lo más que se come es corrompido y
hediondo, como el mabonto de los negros zapes. Y aun con el agua es
menester perder los sentidos del gusto y olfato y vista para beberla y
no sentirla. De esta manera se come y se bebe en esa agradable ciudad.
¿Pues si en comer y en beber hay este regalo, en lo demás cuál será?
Mozos y viejos, sucios y limpios, todos, van hechos una molola, pegados
unos con otros; y así uno regüelda, otro suelta los vientos, otra
descarga las tripas, vos almorzais; y no se puede decir á ninguno que
usa de mala crianza, porque las ordenanzas de esta ciudad lo permiten
todo.»