Pronto notó con asombro la oposición que le hacía Margarita Tilly,
defendiendo a Dolores. A D. Valentín le sorprendió tanto, que casi
le hizo gracia. Malpica desarrollaba una gran cantidad de trabajo al
día, aunque no siempre útil, pues el tiempo se le pasaba en hacer y
deshacer, en ir y venir.
El viejo coronel no podía aguantar el aire embebido y absorto que había
tomado su hija desde que le había abandonado su marido.
--¡Muévete, dormilona!--le decía.--Te vas a quedar tonta.
Margarita se indignaba.
--¡Bruto, más que bruto!--solía murmurar por lo bajo.
--Déjale--decía Dolores,--él me quiere así, a su modo.
Era la manera de ser cariñoso de D. Valentín. Si tenía que recomendar
silencio, decía: Silencio en las filas; y cuando había que prepararse
para algo, gritaba: ¡Escuadrones!
El chico Miguelito le imitaba y se reía.
Margarita, convertida en amiga íntima de Dolores, se quedaba muchos
días en Chimista. Solían ir a veces a la cocina del piso bajo, donde
vivía Fanchon, y hacían grandes fogatas y asaban castañas en el
rescoldo.
Los días buenos, Margarita y los chicos, Grashi Erua y Chistu corrían
por los campos.
IV.
SIMONA BUSQUET
POCOS días después de la muerte del tío Juan, madama Aristy se presentó
en el Chalet de las Hiedras acompañada de Ichteben, y dijo a madama
Carolina y a Simona que hicieran el favor sin pretexto alguno de
abandonar la casa.
Madama Carolina había amenazado anteriormente a la señora de Aristy con
divulgar en el pueblo que era la mujer de un revolucionario y regicida
como el tío Juan. Ya no tenía arma ninguna que emplear contra la
propietaria de Gastizar y se resignó a dejar la casa sin protesta.
No así la Simona. Esta, más violenta y agresiva, puso a la señora
de Aristy como un trapo. La insultó en su marido, en sus hijos y en
sus amigos. Madama de Aristy, pálida y con los ojos brillantes, no
contestó, pero al marcharse dijo con voz iracunda:
--Saldrá usted de aquí inmediatamente, si no la mandaré echar por los
gendarmes.
Efectivamente, salieron las dos mujeres y fueron a parar a la posada
del Caballo Blanco.
Madama Carolina a los pocos días se marchó para no volver; Simona quedó
en Ustariz, animada por el ardor de la venganza.
Manejaba a las muchachas del Bazar de París y a Marcos el del molino.
Poseía por instinto esa táctica de los intrigantes que consiste en
unir y desunir voluntades moviendo el resorte de los caracteres. Sabía
sembrar una sospecha, cultivarla si existía, y alimentar un resquemor o
una mala pasión con cariño. Era la única para indisponer a dos personas
amigas.
Tanta confianza llegó a tener con las dos señoritas de la Bastide y con
su abuela, la Diosa Razón, que dejando la posada del Caballo Blanco
fué a vivir con ellas. Intrigante y mentirosa como era Simona, llegó a
convencer a todos de la verdad de sus embustes.
Desde que se instaló en casa de las señoritas de La Bastide se la veía
muchas veces en el mostrador despachando.
Simona era una mujer bonita, con la cara muy cuadrada, la frente ancha,
la nariz corta, los ojos muy negros, muy vivos, un poco juntos y muy
rasgados, y el pelo castaño. Tenía una palidez mate, una expresión de
intranquilidad y de suspicacia, unos _tics_ nerviosos que agitaban su
rostro y una sonrisa de dolor, de ironía y de maldad.
Parecía que estaba siempre dispuesta al ataque, como un cínife o una
avispa.
Simona tenía una conversación más picante y más amena que las señoritas
de La Bastide, e hizo que la tertulia del Bazar aumentase y tomara más
crédito.
Dejó al mismo tiempo en el ambiente un semillero de rivalidades, de
suspicacias y de complicaciones.
Simona aduló y lisonjeó a Larresore y lo llevó a su campo, con la
intención de sacarle noticias de lo que pasaba en Gastizar; pero el
viejo caballero era maestro en malicias y en marrullerías y supo
defenderse sin decir nunca nada en concreto.
V.
EL PRÍNCIPE QUIROMÁNTICO
DOS o tres comisionistas solían presentarse en Ustariz todos los meses.
Recorrían los principales comercios y hacían una parada larga en el
Bazar de París, que era el principal establecimiento de la villa.
Uno de los más asiduos de estos viajantes era el señor Pardies
d'Espelunque, accionista y dependiente de un almacén de Burdeos.
Monsieur Pardies d'Espelunques era un señor de más de cuarenta años,
fuerte, rechoncho, moreno, de bigote largo, negro y engomado. Pardies
era gascón, pasaba por ser de origen español y sus íntimos no le
llamaban Joseph sino Pepito, que ellos decían _Pepitó_.
Pardies tenía la cabeza grande con la melena negra y encrespada y la
cara mefistofélica. A pesar de la hermosa cabellera que lucía mientras
iba cubierto, en lo alto del cráneo estaba calvo, y para disimular su
calvicie tenía el sistema de llevar los pelos de un parietal a otro,
así que su cabeza mirada a vista de pájaro tenía un enrejado que
parecía un dibujo topográfico hecho con tiralíneas.
Pardies d'Espelunques era un hombre hablador, turbulento y exasperado,
cínico y burlón. Solía vender sus géneros mareando a los compradores
con su verbosidad.
Pardies era elocuente, revolucionario, dantoniano, y pronunciaba las
erres a la española. Su exclamación favorita era decir: ¡Pardies!--y
luego añadía:--Así me llamo.
Un día Pardies se presentó en Ustariz con un señor de pobre aspecto.
Aquel señor podía ser todo menos comisionista. El comisionista en
algunos pueblos es el representante más brillante de la civilización y
de la elegancia. Aquel señor, a pesar de su aspecto, era comisionista.
Vendía medallas, rosarios, escapularios y otras chucherías
místico-religiosas bendecidas por el Papa y traídas de Jerusalén.
Pardies llevó a su compañero a los distintos comercios del pueblo y
estuvo un momento con él en el Bazar de París.
La Diosa Razón del Bazar, como sus nietas, recibían siempre muy
amablemente a Pardies y reían sus gracias.
--¿Cómo se llama su compañero de usted?--preguntó Martina, una de las
señoritas de La Bastide, a Pardies.
--Se va usted a reir--dijo el comisionista.
--¿Por qué? ¿Es un nombre tan raro?
--Es un nombre raro para él. Se llama Rohan. Luis de Rohan. Es
descendiente del príncipe de Rohan.
--¿De verdad?--preguntó, extrañada, Simona.
--Sí, sí.
El señor de Rohan era alto, cano, afeitado, muy humilde, muy místico.
Tendría unos cincuenta años, el pelo blanco, la cara roja, con un
sarpullido blanquecino. Solía andar con un gabancito raído, una bufanda
de lana y un sombrero de copa, metido hasta las orejas. Cuando marchaba
de prisa, cortando el viento con su nariz afilada y roja y sus brazos
largos, cojeando un poco, parecía un galgo a quien le hubiesen pegado
una pedrada en una pata.
Simona dijo que debía llevarle a Rohan a la tertulia del Bazar, y
Pardies prometió ir con él al anochecer.
Efectivamente, después de cenar en la Veleta fueron los dos al Bazar
de París. Rohan habló con una gran unción y con un acento francés
muy puro. Cuando su amigo Pardies cometía alguna falta gramatical le
corregía sonriendo.
--¡La gramática! ¡Bastante me importa a mí la gramática!--dijo
Pardies.--Todo eso no es más que reaccionarismo. ¡Si viniera la
nuestra! Lo primero que haría es pedir la cabeza de todos los
gramáticos de Francia. Ya lo creo. _¡Pardies!_ No asustarse, señoras.
Así me llamo.
--No le hagan ustedes caso--replicó riendo Rohan y dirigiéndose a
Simona y a las señoritas de La Bastide.--Es un embustero.
--Yo, embustero. Y la cabeza de usted pediría también, señor Rohan.
--Me haría usted un favor--replicó Rohan--frotándose las manos con su
aire meloso y llorón.--¡La vida! ¡Pse! Para mí no tiene valor. Tengo fe.
--¡Bah! ¡Bah! Usted es un impostor príncipe. Todos esos escapularios y
medallitas los fabrica usted en su casa y ni han estado en Jerusalén
ni mucho menos. La impostura le viene a usted de familia.
--¡Qué bárbaro!--exclamó Rohan sonriendo y corrigiendo con su sonrisa
amable el dicterio.
--Sí, bárbaro porque uno dice la verdad. En cambio yo tengo sangre de
jacobino _¡Pardies!_ Así me llamo. ¿Usted sabe cómo me confirmé yo,
señor de Rohan?
--No, ¿cómo quiere usted que yo sepa eso, mi querido amigo?
--Pues cuando yo era chico mi padre era del Comité de Salvación
Pública de Bayona nombrado por Monestier del Puy-de-Donce. Un día mi
padre me dijo: Vamos a comer con el ciudadano Monestier. El ciudadano
Monestier era un _ci devant_ cura. Entramos en su casa y fuímos al
comedor. En la mesa en vez de manteles había paños de los altares y
las copas eran cálices.--¿Qué harías tú pequeño ciudadano--me preguntó
Monestier--si yo te dijera que este vino es sangre de aristócratas?
Lo bebería--contesté yo. ¡Ya lo creo! _¡Pardies!_--no asustarse,
señoritas. Es mi nombre.
--¡Qué farsante!--exclamó riendo Rohan.
La diosa Razón del Bazar de París sacó una tabaquera y ofreció un polvo
de rapé al príncipe. Los dos se atiborraron las narices de tabaco y
estornudaron con gran satisfacción. Simona, a quien no divertían las
frases de Pardies tanto como a las señoritas de La Bastide, se puso a
hablar con Rohan.
El príncipe era un hombre un tanto misterioso, creía o aparentaba creer
en sortilegios, en hechicerías y en amuletos.
Simona era también supersticiosa y se dejó llevar por el camino a que
le arrastraba Rohan.
--¿Podría usted averiguar mi sino?--le preguntó ella.
--Sí.
--¿Y decirme después qué tengo que hacer para corregirlo?
--También.
--¿Por las líneas de la mano?
--Sí, por las líneas de la mano.
--¿Ahora mismo?
--Será mejor mañana--contestó Rohan con su acento llorón--tengo que
recogerme mucho, concentrar mi atención y convendría que estuviéramos
solos.
--Bueno, venga usted mañana por la tarde a mi cuarto.
Al día siguiente el príncipe se presentó en la habitación de Simona
con dos libros debajo del brazo. Uno era las "Disquisiciones de magia"
del padre Martín del Río, y el otro el tratado de "Arte magnética" del
padre Kircher.
El príncipe dejó los libros en un velador y se sentó frente a Simona
con el sombrero de copa sobre las rodillas. Hablaron la aventurera y el
príncipe largo rato, él siempre muy humilde, muy quejumbroso y con gran
unción.
--¿Quiere usted que empecemos?--preguntó Simona.
--Lo que a usted le parezca.
Simona mostró su mano. El señor de Rohan sacó unas grandes antiparras,
se las colocó gravemente, cogió la mano y la estudió con meticulosidad
abriendo y cerrando los dedos.
--¿Qué le dice a usted mi mano?--preguntó Simona.
--¡Oh, dice tanto!--exclamó Rohan con un aire elegíaco y al mismo
tiempo de inspirado.--Aquí se ve todo su pasado. En su comienzo su
vida es difícil. Venus y Mercurio la presiden. No tiene usted cuidados
paternos.
--Sí, soy hija natural--dijo Simona--no he conocido a mi padre.
--La mano lo dice--replicó el príncipe.--Y sin embargo usted es de
raza aristocrática. Quizás su madre era una mujer del pueblo, pero
su padre era un gran señor. En su infancia hay abandono, miserias,
enfermedades. En los primeros años de su juventud hay un disgusto
grande... una fuga de casa... después viajes por el extranjero,
amores... vigilancia... una amistad con una mujer rubia.
--Cierto, todo eso es cierto--murmuró Simona.--¿Y ahora?
--¿Ya quiere usted pasar al presente? ¿No quiere usted saber siquiera
lo que me dice la mano de usted de su temperamento?
--Sí, sí.
--Es usted tímida y atrevida, sensible y dura, de pasiones fogosas y al
mismo tiempo sencilla y humilde. No le han querido a usted nunca como
usted ha querido.
--Es cierto, es cierto.
--Está usted hoy en un momento de crisis; hay un hombre rubio que la
quiere y dos mujeres que la odian, una ya vieja y la otra joven...
extranjera. En este momento está usted en lucha con ellas. Las dos
intentarán perseguirla y humillarla, pero usted podrá librarse de su
presencia.
--¿Cómo?--exclamó Simona.
--La manera más segura sería hacer un largo viaje.
--No, no, no quiero eso. ¿No hay otra solución?
--Veré.
Rohan tomó el libro del padre Kircher, lo abrió, leyó enfáticamente
trozos en latín hasta que se detuvo en un párrafo marcándolo con el
dedo.
--Será conveniente que se quite usted todas las alhajas que lleva y no
use usted de hoy en adelante más que una mano de coral y un rubí en el
dedo del corazón.
--¿Y venceré al fin a mis enemigas?
--Sí. El agua acabará con una de ellas y el fuego con la otra.
Simona preguntó al príncipe lo que le debía.
--Lo que usted quiera--contestó el señor de Rohan volviendo de pronto a
su aspecto humilde y a su aire quejumbroso.
Simona alargó un luis que el príncipe lo cogió con cuidado y se lo
metió en el bolsillo. Después el hombre largo tomó sus libros debajo
del brazo y se retiró haciendo una reverencia. Al llegar a la calle
en su boca había un rictus irónico y en ojos una gran alegría que se
tradujo ostensiblemente en que de pronto el mago se frotó las manos con
gran satisfacción.
Simona se puso a pensar acerca de lo que le había dicho el príncipe
quiromántico y quedó convencida de que era verdad. Ella era atrevida
y tímida, humilde y orgullosa, dura y de corazón blando, ¿quién no
se cree un producto excepcional y extraordinario de la naturaleza
con todas las más nobles facultades y todas las más extrañas
contradicciones? El príncipe quiromántico le había dicho la verdad.
Nadie le había querido, existían dos mujeres que la odiaban. Todo esto
le pareció axiomático.
Las palabras del misterioso Rohan fueron produciendo en ella una gran
agitación y llegaron a traducirse en hechos.
VI.
LA VENGANZA DE SIMONA
SIMONA Busquet vivió durante algún tiempo anhelante pensando en las
predicciones de Rohan. Un día el cartero le llevó un pliego que le puso
en un estado de intranquilidad y de nerviosidad grande.
A la mañana siguiente Simona se presentó en Gastizar, llamó y dijo a
Ichteben a voz en grito que comunicara a la señora de Aristy que León,
su hijo, acababa de ahorcarse en París. La noticia era cierta y llevó
la desolación a Gastizar. Simona la había sabido por una carta de
Carolina.
La resignación y el recogimiento de las dos familias, la de Gastizar y
la de Chimista, irritaron a Simona, que pensó en llevar más lejos su
venganza.
Simona, que era tan vengativa como envidiosa, había comenzado a odiar a
una de las señoritas del Bazar y llegó a quitarle su amante Marcos, el
gascón.
Marcos se dejaba querer por las dos mujeres; la Simona le daba dinero,
y el mozo, en vez de trabajar, se pasaba el día en la taberna bebiendo
y jugando.
Como la sed de venganza era en Simona inextinguible, pidió a Marcos
que, como una prueba de cariño a ella, incendiase Chimista, la casa
donde vivía Dolores Malpica. El fuego acabará con una de ellas le había
dicho Rohan. Simona pintó a su amante una serie de ultrajes supuestos
que le había inferido a ella la española.
Marcos sabía que el negocio era grave, pero dijo que lo estudiaría.
Había en la parte de atrás de Chimista dos almiares grandes de heno y
otros dos de helecho. Un día de viento sur uno de los montones comenzó
a arder con violencia; el fuego se comunicó a los otros tres y el
viento llevó las llamas hacia la casa.
Afortunadamente, Fanchon y Praschcu se dieron cuenta del siniestro,
llamaron a otros vecinos y entre todos a palos apagaron el fuego.
Se sospechó, sin pruebas, que había sido Marcos el gascón. Ichteben,
el criado de Gastizar, le había visto pasar a Marcos por el puente
hacia el pueblo dos horas antes del siniestro. Naturalmente, el autor
material del crimen no podía ser él.
Marcos fué detenido, negó toda participación en el hecho y fué
puesto en libertad. Marcos siguió llevando su vida de holgazanería y
de crápula, sacando siempre dinero a la Simona cada vez en mayores
cantidades.
En esto un día Mandharra, el chico del caserío de Gros Jean, el
tramposo, vino con Praschcu, el marido de Fanchon, al pueblo y se
dirigió al Juzgado.
Praschcu contó al juez que el chico aquel había sido el que había
pegado fuego a los montones de hierba seca de Chimista, instigado por
Marcos el gascón.
Mandharra declaró que era verdad que Marcos le había impulsado a que
encendiera la hierba, y para darle ánimo le había emborrachado con
aguardiente.
Marcos volvió a ser preso y negó todo lo que decía el muchacho; pero
los indicios se acumulaban contra él.
Simona, pensando sin duda que la venganza la había llevado demasiado
lejos y que las predicciones de Rohan no se cumplían al pie de la
letra, huyó del pueblo.
Marcos el gascón preguntó en la cárcel varias veces por ella, y al
saber que se había escapado, contó al juez lo ocurrido y denunció a
Simona como instigadora del crimen.
La Simona fué presa, y Marcos y ella fueron poco después condenados a
presidio.
VII.
NAVIDAD TRISTE
ES el día de Navidad. Llueve; el tiempo está negro, la niebla espesa
da una opacidad gris al ambiente. El campo encharcado, lleno de cañas
secas de maíz, se va convirtiendo en lago turbio, que burbujea al caer
las gruesas gotas de agua.
El cielo de plomo se aclara a veces, toma otras un color de tinta,
brilla el resplandor del sol en un monte y con tono claro y con tono
oscuro llueve con idéntica furia.
En el salón de Gastizar, al anochecer, hay un aire de pesadez y de
tristeza. Las dos señoritas de Belsunce se aburren más que nunca; la
una lee, la otra hace una labor; madama de Aristy dice a las muchachas
cada cuarto de hora:
--Id a la guardilla y ved si hay goteras.
Las muchachas suben, riendo, al desván. Las goteras cantan suavemente
en los barreños como si fueran martillos que golpearan un tímpano.
El desván de Gastizar muestra su armazón de vigas fuertes como el
esqueleto de un animal gigantesco.
En el suelo de madera, carcomido y combado, se ven montones de maíz;
calabazas largas, redondas, surcadas, rugosas, unas rosadas de un color
de carne, otras verdes como la piel de un cocodrilo; ajos muy blancos,
cebollas irisadas y montones de heno que exhalan un olor exquisito.
Por la claraboya abierta entra el aire húmedo y templado de la tarde,
y se ve cruzar la lluvia en líneas brillantes que parecen varillas de
acero. El viento se divierte en jugar por entre los pilares de madera
que sostienen el tejado, hace por los rincones hu... hu... como un buen
gnomo que soplara en un caracol, y arrastra por el suelo briznas de
hierba y de helecho seco.
En el salón, en la chimenea, al lado del fuego están Miguel Aristy,
Darracq y el caballero de Larresore.
Aristy está melancólico y mira ensimismado las llamas. Larresore se
exalta en frío contra un enemigo al que, desde hace algún tiempo, tiene
como blanco de sus tiros: el Romanticismo.
Larresore se considera adversario personal de Hernani, de Víctor
Hugo, queriendo convencerse de que este drama está muy mal, aunque
se entusiasma con sus versos. Llama a los románticos Erostratos,
iconoclastas, bárbaros enemigos de la tradición latina.
La señorita vieja de Belsunce, otras veces le lleva la corriente y
habla con sorna de las mujeres pálidas, lánguidas y tristes.
Esta noche tradicional hay como un ambiente de frío y de tristeza en la
casa. El señor de Aviraneta, que otras veces va de visita a Gastizar,
hoy no ha aparecido. Se dice que el joven Lacy está tan grave, que no
pasará del día.
El caballero de Larresore, a quien molesta este aire glacial, ha hecho
esfuerzos inútiles para animar la conversación; ha hablado durante
largo tiempo del camino de hierro entre Liverpool y Manchester, de
la inauguración de esta vía y del accidente ocurrido al duque de
Wellington.
En vista de que el asunto no templa los ánimos, se ha decidido a
bromear sobre los sansimonianos. Tampoco ha tenido éxito.
La criada anuncia que la cena está en la mesa, y van todos al comedor.
Madama de Aristy pálida, se acuerda de su hijo León y no prueba
bocado. Miguel está ensimismado y triste, las señoritas de Belsunce de
mal humor, Darracq indiferente. Larresore hace esfuerzos para conservar
su indiferencia jovial.
Después de cenar, Larresore y Miguel se sientan cerca de la lumbre. Se
oye el agua que golpea en los cristales y que entra por la chimenea a
caer chirriando en las brasas.
Y luego a lo lejos, en el campo, se escuchan voces roncas que cantan un
villancico.
--¿Usted no se pregunta a veces--dice Miguel a Larresore--si la vida no
será una estupidez?
El caballero se queda mirando al fuego, y murmura:
--¿Y para qué hacerse esa pregunta?
--Sí; es la verdad, tiene usted razón. ¿Para qué?
Y los dos hombres callan y sigue oyéndose el azotar de la lluvia en los
cristales y el murmullo del viento en los árboles.
LIBRO QUINTO
LA DECADENCIA
DEL
DRAGÓN DE GASTIZAR
I.
LA CAZA DEL DRAGÓN
OTRA porción de desdichas tan grandes como las anteriores presidió el
dragón de la veleta de Gastizar por aquel tiempo; las luchas de unas
elecciones donde hubo heridos, los estragos del cólera, la muerte de
Lacy, el suicidio de Grashi Erua, la loca, que un día se la encontró
flotando sobre un estanque de agua clara.
La gente del pueblo, y sobre todo la gente de Gastizar, llegó a mirar a
la veleta con cierta preocupación mal disimulada.
Ciertamente no era fácil que un artefacto de hierro influyera en la
existencia de los hombres. Pero ¿quién sabe?
Al llegar el otoño la veleta de Gastizar adquirió nueva vida con los
vientos fuertes del equinoccio.
Los habitantes de Gastizar, que antes no se fijaban en si chirriaba o
no, comenzaron a intranquilizarse con su ruido. Madama Aristy no podía
dormir; la señorita de Belsunce, tampoco.
Entonces se decidieron a quitar la veleta. Fueron Miguel, Darracq e
Ichteben, como quien va a una caza peligrosa, una mañana antes de que
nadie se hubiese levantado. Alicia les sintió en el desván y se unió a
la expedición. ¿No era ella la descendiente de Gastón de Belsunce, que
había matado al dragón de la cueva de San Pedro de Irube en el siglo XV?
Miguel tomó toda clase de precauciones al salir por el tragaluz; se ató
una cuerda a la cintura y se dispuso a salir al tejado.
--A ver si nos hace una herejía este viejo dragón--dijo Miguel riendo.
Al arrancar la veleta, Miguel se desolló una mano y estuvo a punto
de resbalarse. Darracq le ayudó, y entre los tres hombres y Alicia
metieron el artefacto en la guardilla. Estuvieron contemplando el
dragón largo tiempo.
--Pobre viejo.--Ya no podrás amenazar con tus garras al cielo--dijo
Miguel como quien pronuncia una oración fúnebre;--ya no podrás
comunicarte con aquella vieja lechuza parda que se acercaba a ti
durante el crepúsculo. Ya no sonará tu áspero chirrido por las noches.
¡Condenado a prisión perpetua entre unas botellas vacías y unas
sombrereras, has perdido tu virulencia, pobre dragón de la veleta de
Gastizar! ¡Adiós! ¡Adiós!
II.
LOS AMORES DE MARGARITA
A la primera noticia buena se respiró en Gastizar.
Esta fué la boda de Margarita Tilly y Sampau. Sampau había ido con
mucha asiduidad a visitar a su amigo Lacy durante el invierno.
Sampau estaba de guarnición en San Sebastián y le daban a menudo
permiso para pasar la frontera.
Sampau visitaba a Lacy e iba con frecuencia a Gastizar a ver a
Margarita, a quien había conocido de chico.
Sampau era un muchacho guapo que estaba muy convencido de su guapeza.
Era alto, moreno; llevaba bigote y patillas cortas.
La primera vez que se volvieron a ver en Chimista, Margarita y Sampau,
no tuvieron una entrevista afectuosa.
No se habían encontrado desde la infancia.
Margarita había decidido no presentarse a él. Sampau quería verla y se
lo dijo a Dolores Malpica.
--Está bien; iremos nosotros a verla--dijo Dolores, y en compañía del
militar fué al piso bajo de Chimista, a casa de Fanchon, donde apareció
Margarita, un poco pálida y con un aire desdeñoso.
--Margarita, ya no quieres ni verme--le dijo Sampau.
--No sabía que estuvieras aquí--replicó ella con marcada frialdad.
---He venido a ver a este pobre Lacy, que está tan enfermo.
Habló Sampau de la enfermedad de Lacy y de las pocas probabilidades que
tenía de curación.
Al despedirle Sampau dijo a Dolores con cierta petulancia:
--Celebro que Margarita tenga la amistad de usted. Le conviene; porque
yo creo que esta cabecita rubia está un poco destornillada.
Margarita hizo un gesto de desdén.
--No, no--replicó Dolores.--Todos dicen ustedes lo mismo, y no es
cierto. Aquí yo sólo sé lo que trabaja, y lo bien que lo lleva todo, y
lo tranquila y lo juiciosa que es. Ha de ser una ama de casa excelente.
Margarita se ruborizó.