excitación no me deja dormir. Voy a continuar mi diario. A la salida
de Achulecheco-borda, Ochoa, el Inglesito y yo tomamos posiciones con
nuestra gente y las defendimos el tiempo necesario. Tuvimos un muerto,
que abandonamos, y nos retiramos en formación sin dispersarnos.
Marchábamos todos con un orden verdaderamente admirable, cuando cerca
de una cantera, a un cuarto de hora lo más de la raya de Francia, por
un camino que sube de un barranco, apareció a nuestra retaguardia
la cabeza de una columna de doscientos hombres pertenecientes al
regimiento de Mallorca.
Por fortuna el camino era estrecho y los realistas venían en grupos
poco compactos.
--¡Viva el Rey! ¡Viva la Religión! ¡Mueran los masones!--gritaron ellos
con entusiasmo al ver que rodeaban parte de nuestra gente.
Valdés, que venía muy atrás, estuvo a punto de quedar copado con
cuarenta o cincuenta hombres que le rodeaban, cuando el coronel D.
Francisco Cía y Azanza, que llevaba a sus órdenes diez y seis lanceros
de la columna de Butrón, algunos oficiales de la Compañía Sagrada y
dos o tres paisanos, entre ellos D. José María Trueba, en total unos
veinticinco jinetes, dió la orden de cargar.
El terreno era malo, lleno de sinuosidades, de agujeros, de matorrales
altos y espesos y de troncos de árboles tendidos en la tierra.
El pelotón de Caballería se lanzó contra los grupos del regimiento de
Mallorca, que lo recibieron con una descarga cerrada casi a quemarropa.
Cuatro jinetes cayeron muertos del caballo, entre ellos el ayudante de
Caballería D. Mariano Amorós.
Pasado un momento de vacilación, los jinetes cargaron de nuevo.
--Libertad o muerte. ¡Viva la libertad!
Los sables brillaban como rayos, pinchando, golpeando y rajando. Ochoa,
Malpica y el Inglesito con veinte hombres se metieron por entre los
helechos y atacaron a los realistas del regimiento de Mallorca a la
bayoneta, por el flanco y por la espalda.
Los realistas tuvieron que huir a la desbandada.
Las dos cargas nuestras hicieron que quedasen prisioneros diez soldados
realistas, dos oficiales, los hacheros y la banda de tambores.
Valdés decidió quitar las armas a los enemigos y dejarles volver a sus
banderas.
Ochoa, satisfecho, se pavoneaba y había adquirido tal confianza, que se
creía invulnerable.
Subía a los altos para ver el avance de los realistas y permanecía
quieto desafiando sus balas mirando con sus gemelos.
Al comenzar la tarde aparecieron en las cimas nuevos batallones, entre
ellos uno de la Guardia Real que parecía querer cortarnos la entrada en
Francia.
En este momento vi a Ochoa subido sobre unas peñas, tan cerca del
enemigo, que quedé aterrado.
--Baja de ahí--le grité.
--¡Ca!--exclamó él.--No saben tirar.
--Loca criatura--murmuró el Inglesito.
--¡Baja!--volví a gritar yo.
--Si no saben apuntar.
Acababa de decir esto, cuando una bala le dió en la cabeza y cayó
rondando por entre las peñas.
Nos acercamos a él. Estaba muerto. Tenía la cabeza abierta. Era un
horror. Quise ver si respiraba, pero el Inglesito me agarró del brazo y
me impulsó a seguir.
--No hay nada que hacer con él--me dijo.--Vamos.
--Sálvese usted--le dije yo.--Yo no puedo correr más... no puedo...
--Un esfuerzo...; ya nos falta poco. Apóyese usted en mí.
Iba corriendo, cuando metí un pie entre unas matas y caí de bruces.
Cuando quise levantarme sentí que tenía el pie dislocado y que me era
imposible andar.
--Yo no puedo más--exclamé.--Escápese usted.
El Inglesito me cogió por la cintura, me echó al hombro y siguió
marchando. Yo iba llevado como por el viento.
Al tocar el territorio francés, el Inglesito vió que tenía que
apresurarse si no quería quedar prisionero. Corrió llevándome a mí
al hombro, saltando obstáculos por encima de las piedras y de los
helechos.
Tras de esta carrera desenfrenada llegó al camino real, entró en un
caserío de la carretera, cerca de Urruña, en donde salió una mujer
apurada y me dejó tendido en un montón de helechos.
--Quédese usted aquí--me dijo.
--¿Y usted?
--Yo me voy--exclamó.--No quiero que me cojan los franceses--y sin más
palabras desapareció.
Yo hubiese querido darle las gracias, decirle que si me necesitaba
estaba dispuesto a pagarle su servicio; pero no tuve tiempo... Me
incorporé sobre los helechos, me quité la bota del pie dislocado, que
me dolía mucho, cortando los cordones y esperé con resignación.
Sonaban todavía tiros, cosa que no me explicaba yo estando, como
estábamos, en territorio francés.
La mujer del caserío, que parecía más tranquila, me dijo que algunos
de mis compañeros, muertos de fatiga y confiando en que estaban ya en
Francia, se habían echado en el suelo a descansar. Su confianza les
perdió, porque fueron fusilados por los realistas.
Añadió que la persecución en territorio francés duraba; pero que
en aquel momento la Guardia Nacional de Urruña y un pelotón del 63
regimiento de línea había intimado la detención a los realistas y la
rendición y la entrega de armas a los liberales.
Llevaba una hora en el caserío, cuando aparecieron Alí y el tío Juan.
Este venía desencajado apoyado en el otro, sin poder respirar.
--¿Está usted herido?--le pregunté.
--No; el pecho, la fatiga... Me muero.
Se tendió en el montón de helechos en donde yo estaba, tenía una disnea
que no le dejaba alentar.
En esto Alí me dijo que Aviraneta y Miguel Aristy se hallaban en un
cochecito a la puerta. Era cierto.
--Suba usted--dijo Aristy.
--Aquí hay otro amigo--exclamé.
--¿Un español?--preguntó Aristy.
--No; es el guardabosque de Ustariz.
Aviraneta y Miguel me ayudaron a subir a mí y después al tío Juan.
Nos acomodamos los tres, y al comenzar a marchar hacia el pueblo
tropezamos con Malpica, que venía cojeando, sucio, harapiento.
--Suba usted--dijo Aristy.--Nosotros iremos a pie.
Aristy nos dirigió a esta casa de Urruña, llamada Frixu-baita, donde
había alquilado dos cuartos pensando que vendríamos nosotros.
Ahora estoy en la cama, febril y sin poder dormir. Aviraneta nos va a
traer un médico.
XII.
LOS HÉROES DE LA AVENTURA
DE los cuatro recogidos por Miguel Aristy y Aviraneta, Alí, que no
tenía nada, se lavó, se afeitó, se puso unos pantalones azules, una
blusa negra y una boina, y salió para Gastizar con el encargo de traer
un carro con un colchón para transportar al tío Juan.
Por la noche al salir el médico de Frixu-baita, Aviraneta le preguntó:
--¿Cómo están estos enfermos?
--Medianos. No sé cómo han podido llegar hasta aquí. El viejo francés
está muy mal, con una bronquitis aguda muy grave.
--¿El joven español?
--Ese también mal. Me figuro que tiene, desde hace tiempo, focos
tuberculosos en el pulmón y ha debido de tomar un golpe en el pecho.
--¿Y el coronel Malpica?
--Ese es el que ha salido mejor librado. Tiene una herida de bala en la
pierna; pero como no ha perdido sangre y está muy animado, se curará en
seguida.
--Hemos pensado transportar a los tres a sus casas.
--Si no es muy lejos está bien.
Al día siguiente, por la mañana, Miguel Aristy aparejó su coche y llevó
en él hasta Ustariz a Malpica y a Lacy. Al ponerse en camino, Lacy se
encontró con un oficial español que conferenciaba con un francés.
--¡Lacy!--gritó.
--¿Eres tú Sampau?--dijo Lacy.
--¿De dónde vienes? ¿Qué te pasa?--exclamó Sampau.
--¿Y tú?
--Yo he venido con las tropas de Llauder persiguiendo a los liberales.
--Pues yo he estado con los liberales.
--¿De verdad?
--Sí.
--¿Has estado en Vera?
--Sí.
--¡Pensar que podía haberte matado!
--Y yo a ti.
--¿Adónde vas ahora?
--Voy a Ustariz, un pueblo de por aquí cerca, a descansar.
--¿Vives en ese pueblo?
--Por ahora sí.
--¿Estarás allá dentro de quince días?
--Seguramente.
--Pues iré a verte.
Se despidió Lacy de Sampau y Aristy siguió adelante en su tílburi.
Malpica y Lacy presenciaron, desde el fondo del carricoche, la división
en grupos de los liberales españoles que hacían los oficiales franceses
para enviarlos a los depósitos de Bourges, Perigueux y Limoges.
En los jefes liberales españoles se veía la cólera y la vergüenza de la
derrota; los soldados se manifestaban indiferentes.
Ni para unos ni para otros el porvenir era muy halagüeño. El Gobierno
francés les daría treinta céntimos de sueldo y una ración de pan a cada
soldado y dos francos diarios a los jefes.
Malpica y Lacy cruzaron por entre sus compatriotas sin ser reconocidos
y se dirigieron a Ustariz.
Por la tarde Alí se presentó en Frixu-baita con un carrito y un colchón
a llevar al tío Juan a su casa.
Pusieron al guardabosque dentro del carro arropado con mantas, y
Aviraneta y Alí se dirigieron por Saint Pee a entrar en los robledales
del cantón de Ustariz.
Llegaron a la cabaña del tío Juan al amanecer.
Esta cabaña, Aldasoro de nombre, estaba rodeada de otras cuatro o
cinco. En el interior esperaba el intendente Darracq.
--¿Usted va a Ustariz?--le preguntó a Aviraneta.
--Sí.
--¿Quiere usted llevar una carta a madama de Aristy?
--No tengo inconveniente.
Darracq se sentó a la mesa, cogió un lápiz y papel y vaciló.
--Es difícil decir esto--murmuró.--Casi será mejor darle el recado
de palabra. Dígale usted a madama de Aristy que el tío Juan, el
guardabosque, está muy grave. El tío Juan es pariente muy próximo de
madama Aristy.
--Está bien; se lo diré.
Aviraneta marchó a pie a Ustariz.
El tiempo estaba claro. El viento soplaba con fuerza. La veleta de
Gastizar rechinaba, y el dragón seguía amenazando a todo el mundo con
la flecha de su lengua.
XIII.
LOS RESULTADOS DE LA EMPRESA
UNOS días después se supo el resultado de la empresa liberal. De los
quinientos hombres de Valdés y Butrón que habían luchado en Vera, más
de cien habían quedado en España entre muertos, heridos y prisioneros.
De estos últimos se aseguraba que algunos habían sido fusilados en Irún
y que otros lo iban a ser al llegar a Pamplona.
Mina y Jáuregui se habían salvado haciendo prodigios de valor. Mina
anduvo por los montes, desorientado, perseguido y ojeado por perros de
caza, que echaron los realistas tras él. Después de fatigas enormes,
rendido y con las viejas heridas echando sangre, llegó a tocar Francia.
En la parte de Aragón y Cataluña la invasión no se efectuó. Méndez Vigo
quedó inmóvil en Mauleón, no habiendo podido reunir armas ni organizar
sus tropas.
Gurrea, Milans del Bosch y San Miguel no hicieron cosa eficaz en la
frontera.
En Gibraltar la salida proyectada por Torrijos, Palarea, Escalante y
sus amigos fué impedida por el gobernador inglés de la plaza.
Respecto a Fermín Leguía, a quien se creía perdido, apareció días
después en Bayona.
Algunos que llegaron de Vera contaron su persecución y trajeron unos
versos en vascuence que había escrito el versolari Martín Coplari
contra Leguía. Este versolari era conocido en el país por su canción
sobre _Buenaparte_.
Los versos contra Leguía empezaban así:
Armada eder bat ecarridigu
Verara, Fermín Leguiac.
(Un hermoso ejército nos ha traído a Vera Fermín Leguía.)
Y concluía explicando el fracaso:
Comisanyura goician zuten
Viserregueren trampiya
Iruñiaco videa libre
Eben ustez valentiya
Zacu videan lertu eta
Isuritzayo cantiya.
Lo que traducido libremente quiere decir:
El día de todos los santos por la mañana tenían la trampa preparada
para el virrey. El camino de Irún libre. Ellos se creían valientes,
pero el saco se les ha reventado en el camino y se les ha derramado el
grano.
Aviraneta, que tenía carta de seguridad y no había tomado parte en el
movimiento, volvió a Bayona días después.
Allí por mediación de Iturri se le comisionó para que secretamente
fuera vendiendo los caballos que se habían salvado de la expedición.
Aviraneta hizo el encargo y fué vendiendo los caballos guardados en el
bosque de Saint Pee a los tratantes españoles y franceses.
LIBRO CUARTO
BAJO LA INFLUENCIA NEFASTA DEL DRAGÓN
DE GASTIZAR
I.
EL TÍO JUAN
AL llegar Aviraneta a Ustariz se encontró a Choribide que marchaba en
un cochecito camino de Bayona. Choribide se detuvo a pedir noticias.
--Me voy de Ustariz, señor Aviraneta--dijo después.
--Lo siento mucho, si esto le molesta.
--Sí, algo me molesta. ¿Qué noticias hay? ¿Cómo ha terminado la
expedición de los liberales españoles?
Aviraneta contó lo ocurrido y la enfermedad del tío Juan el
guardabosque.
--¿Y está grave?
--Sí, muy grave.
--¿No ha sospechado usted quién es este tío Juan?
--No.
--Es el marido de madama de Aristy.
--¿De verdad?
--Sí.
--¿Estaban separados?
--Sí. Más que por nada por motivos políticos y religiosos. Es absurdo.
¿Verdad? El tío Juan ha sido siempre un ateo y un jacobino. Ella creía
que daba un mal ejemplo a los hijos.
--¿Usted lo ha conocido en otro tiempo?
--Sí. Ya lo creo... Voy a aplazar mi viaje y voy a visitarle por si
acaso me necesita. Le he hecho algunos favores.
Choribide se dirigió hacia el bosque y Aviraneta a Gastizar. Preguntó
por madama de Aristy, dijo a la criada que tenía que hablar a su ama
con urgencia y pasó al salón.
--Señora--dijo,--vengo a traerle a usted una mala noticia. El señor
Darracq me ha encargado que le diga a usted que el guardabosque a quien
llaman el tío Juan, está gravemente enfermo.
Madama de Aristy quedó alterada.
--¿Qué le ha ocurrido?--preguntó.
Aviraneta contó cómo le había encontrado en Urruña de vuelta de la
fracasada expedición liberal.
--¿Estaba allí Miguel, mi hijo?
--Sí.
--¿Le han dicho a usted que el tío Juan es pariente mío?
--Lo he adivinado--contestó Aviraneta.
Madama de Aristy contempló en silencio a don Eugenio.
--¿Usted qué cree que debía hacer?
--Yo, señora, no sé la clase de resentimientos que ha habido entre
usted y su esposo, pero supongo que éste se encuentra en el actual
momento gravísimo, quizás moribundo. Creo que lo mejor que podría usted
hacer sería decir a su hijo lo que ocurre, contarle los motivos de
diferencias con su marido e ir con Miguel a Aldasoro, a la cabaña del
tío Juan.
--Sí, tiene usted razón. Eso haré. ¿Quiere usted esperar un momento?
--Con mucho gusto.
Madama de Aristy hizo que llamaran a Miguel y al caballero de
Larresore, y tuvo una explicación con ellos. Al terminarla apareció
Miguel, intranquilo e inquieto.
--¿Está mal, de veras?--preguntó a Aviraneta.
--Sí.
--Hay que ir de prisa. ¿Usted no querrá volver?
--No tengo inconveniente.
--Le agradeceré a usted que venga, porque estoy un poco trastornado con
una noticia así.
Madama de Aristy había mandado por un coche, en donde iban a ir ella,
el caballero de Larresore, el médico y el vicario Dostabat. Miguel y
Aviraneta tomarían el tílburi.
Los dos coches partieron de Gastizar, produciendo la expectación del
pueblo.
Al llegar a Aldasoro bajaron y entraron a ver al enfermo. El médico
dijo que estaba agónico y que le quedaban solamente horas de vida.
Madama de Aristy habló a su marido a solas, y tras larga conversación
le indicó que debía confesarse.
--No--dijo enérgicamente el tío Juan, y volvió la cabeza hacia la pared.
--Yo, como usted, le encargaría de esa misión a su hijo--propuso
Aviraneta;--yo trataré también de convencerle.
Aviraneta y Miguel Aristy se quedaron en el cuarto del enfermo. Este,
sin duda, se hallaba intranquilo y receloso. De pronto se irguió en la
cama y se quedó mirando fijamente a Aviraneta.
--Señor--exclamó,--que me dejen morir en paz.
--¿No quiere usted que venga ningún cura?
--No.
--No vendrá.
--¡Gracias! ¡Muchas gracias!
Miguel se acercó a la cama.
--¿Qué hace usted aquí?--le preguntó el tío Juan de repente.--¿Qué está
usted espiando?
--Soy yo Miguel... el de Gastizar.
No se atrevió a decir su hijo.
El tío Juan le contempló con una mirada curiosa y de anhelo.
--¡Ah... sí... sí!--murmuró, y se tendió de nuevo en la cama.
Miguel le arregló la cubierta de la cama, y el viejo le agarró la mano
y la besó.
Miguel quedó conmovido y se le saltaron las lágrimas.
Durante todo el día el enfermo estuvo desvariando. Al anochecer comenzó
a palidecer y a ponerse lívido, y murió.
Alí marchó a Ustariz por un ataúd.
De noche estuvieron en la cabaña, velando al muerto. Aviraneta,
Larresore, Choribide, el intendente Darracq y Miguel.
El intendente contó la vida de su primo Aristy, que acababa de morir,
una vida íntegra, de fanático por sus ideas.
--La verdad es--dijo burlonamente Choribide a Aviraneta--que ha
tenido que venir un gascón para dar un ejemplo de consecuencia en el
pueblo, porque lo que es Garat y yo no hemos quedado como hombres muy
consecuentes en política.
--Parece que la influencia de la veleta de Gastizar es muy
grande--replicó D. Eugenio con sorna.
--¡Pse! Hay que cambiar--replicó Choribide.--La vida es cambiar. Yo no
creo que ser esclavo de sus prejuicios sea una superioridad.
--No; es más bien el resto de la gente quien cree eso--dijo
burlonamente Aviraneta.
Por la mañana se verificó el entierro en el mismo bosque. Los aldeanos
de los caseríos vecinos se reunieron en Aldasoro, los hombres formaron
un corro y las mujeres otro. Hacía una mañana hermosa y tibia, el sol
amarillo se esparcía por el campo.
Sacaron al ataúd de Aldasoro y lo colocaron en un carro de bueyes y lo
llevaron hasta el pequeño cementerio que tenía la barriada del bosque.
Allí cogieron el féretro Miguel, Ichteben el criado de Gastizar, Alí y
Darracq, y lo dejaron sobre un montón de tierra próximo a la fosa.
Bajaron la caja al fondo del hoyo que no era profundo, y fueron
cubriéndola de tierra. Al medio día todos volvieron a Ustariz.
Al día siguiente madama de Aristy hizo que se celebrara un funeral
solemne en la iglesia por su marido.
II.
EL VERANILLO DE SAN MARTÍN
LACY se había curado de la dislocación del pie, pero la estancia en la
cama le había debilitado y agravado su enfermedad crónica del pecho.
Por lo que decía el doctor Elissalde, el mejor médico de Ustariz,
tenía ya muy pocas probabilidades de curarse. Habían mandado venir a
un especialista de Bayona en consulta, y los dos doctores, después
de auscultar y percutir al enfermo, habían asegurado que sólo una
casualidad podría salvarlo.
--Lo más tarde en la primavera, cuando la hoja de la higuera tenga
el tamaño del ala del murciélago, como dice el padre Hipócrates,
morirá--dijo el doctor Elissalde, sonriendo.
El doctor era de estos hombres pulidos y emperifollados y un tanto
empalagoso. Los ¡Oh! ¡Oh!, los ¡Ah! ¡Ah!, los _¡Tiens! ¡Tiens!_ y las
frases más almibaradas estaban siempre en sus labios. Tenía una sonrisa
de satisfacción para todo. Cuando a Miguel le decía que su amigo Lacy
estaba desahuciado, lo decía de una manera tan jovial, tan alegre, que
indignaba a Aristy.
Aristy había tomado afecto a Lacy y hubiese querido saber un medio de
posible curación para emplearlo.
El doctor Elissalde aseguraba que era imposible. Lo único que se podría
conseguir era que el pobre muchacho tirara un poco más.
--Lo más tarde en la primavera, cuando la hoja de la higuera tenga el
tamaño del ala del murciélago...--repetía el doctor sonriendo.
* * * * *
El tiempo que hacía invitaba a salir de casa y a pasear. Después de las
grandes lluvias otoñales había comenzado el veranillo de San Martín,
que parecía un verano de verdad.
--Hay que aprovechar el buen tiempo--decía Miguel a Lacy;--hay que
tomar el sol. Esta es la mejor época en nuestro país...
Y era cierto. El otoño es, sin duda, la estación más agradable en el
país vasco. El campo, que en verano tiene un manto verde, uniforme,
adquiere en otoño una variedad extraordinaria de colores; la hierba,
los helechos rojizos, los árboles con hojas amarillas, todo toma unos
tonos fogosos, ardientes. Hay además en el país vasco francés una
serenidad, un reposo, que no hay en el español; el paisaje es más
abierto, más tranquilo, más soleado, las gentes son más dulces, las
campanas que tocan las oraciones desde lo alto de las torres son más
melancólicas y menos imperiosas, más sentimentales y menos dogmáticas.
Lacy disfrutaba de esta calma, de esta serenidad.
Por la mañana al levantarse veía desde la ventana la niebla inmóvil
que llenaba el valle de Ustariz, las casas musgosas que echaban humo
por las chimeneas y escuchaba las campanas que retumbaban sonoras y
acompasadas en el aire silencioso. Luego, a medida que se levantaba
el sol, la bruma se deshacía en jirones y se desvanecía dejando el
cielo azul. Por la tarde el calor apretaba y al anochecer comenzaba
el frío y venían las nieblas en pelotones blancos rasando el suelo
y la superficie de los arroyos a apoderarse de los bosques y de los
barrancos.
Miguel Aristy solía llevar a Lacy a pasear en su cochecito al sol, a
los montes inmediatos.
Los árboles estaban amarillentos y rojizos, las hojas secas jugueteaban
por los senderos.
Miguel tenía que quedarse muchas veces en su casa.
Era época de grandes preparativos en el campo. Aristy dirigía las
labores de abonar las tierras, de podar los árboles y hacía grandes
hogueras con los hierbajos arrancados, a los que pegaba fuego al
anochecer.
Lacy, con esta atención de los enfermos, lo contemplaba todo con una
gran curiosidad.
Parecía que quería fijar en la retina por última vez las cosas del
mundo.
Lacy no se alarmaba pensando en su porvenir. Se creía muy grave, y, sin
embargo, hacía proyectos.
Lacy tenía una gran preocupación por Dolores Malpica; sentía por ella
un entusiasmo muy próximo al amor.
Hablaba constantemente de ella y de todo cuanto tuviera relación con
ella. A Miguel le hubiese molestado, quizás en otro, este entusiasmo
por la mujer de su hermano; pero en Lacy no le molestaba.
El enfermo alternaba con este tema de conversación, los recuerdos de la
última etapa de la fuga por los montes de Vera.
Le preocupaba el pensar qué habrían hecho del cadáver de su amigo
Ochoa. La idea que se lo hubiesen comido los perros o los cuervos le
trastornaba.
También le mortificaba la actitud del Inglesito, que le había salvado y
había desaparecido sin dejarle ni siquiera su nombre.
¿Es que le despreciaría aquel inglés? ¿Es que quizás pensaba que no le
iban a saber agradecer su heroísmo?
La idea de no poder expresarle su gratitud le entristecía.
* * * * *
Lacy paseaba durante las horas de sol por el campo y por la huerta de
Gastizar. Subía con Miguel a un manzanal en un alto, y se sentaba sobre
algún montón de hierba seca.
Desde allá, la antigua casa solariega parecía rejuvenecerse,
galvanizarse por arte mágica, cuando le daban los rayos del sol. Las
viejas piedras de Gastizar se doraban, las vidrieras centelleaban y
lanzaban dardos, el dragón de la veleta se agitaba en el aire azul...
Al caer de la tarde el caserón parecía desde arriba un inmenso dado de
oro; luego al inclinarse más los rayos solares, adquiría un tono de
púrpura y parecía algo irreal y fantástico... De pronto el sol se ponía
detrás de un robledal, y en un instante desaparecía la llamarada; la
casa entonces era como un cadáver electrizado a quien se le acababa la
corriente y quedaba en seguida tenebrosa, siniestra... Al momento en el
valle todo era oscuridad, frialdad, melancolía.
Lacy suspiraba y volvía a Gastizar.
Casi constantemente estaba con los Aristy.
Acompañaba a Miguel y miraba cómo disponía éste las labores campestres;
solía ir con frecuencia a la biblioteca en donde Darracq le mostraba
sus libros y las mil cosas recogidas en sus viajes.
Darracq había domesticado a los gorriones, que entraban en la
biblioteca y se acercaban a comer a su mano, Lacy se divertía dando a
los pájaros migas de pan.
Las señoras de Gastizar tenían también grandes atenciones para Lacy.
Le guardaban el mejor sitio delante de la chimenea, le hacían postres
delicados y le traían flores.
En la sala de Gastizar había siempre por aquella época jarrones con
inmensos ramos de crisantemos. Era uno de los lujos que madama de
Aristy gustaba tener en su casa.
Mezclados con los crisantemos, madama de Aristy ponía matas de
heliotropo que perfumaban la estancia.
Muchas noches Alicia y Miguel tocaban alguna sonata, de violín y piano,
de Beethoven, y se le veía a Lacy escuchar muy conmovido con la cara
llena de lágrimas.
III.
LA FAMILIA DE CHIMISTA
DON Valentín Malpica al llegar a su casa abrazó a su hija y a sus
nietos.
--¿Qué ha pasado?--le preguntó Dolores varias veces.
--Nada. Un fracaso más.
Don Valentín creía que estas cosas de la guerra eran sólo para hombres,
y que con las mujeres no se debía hablar de ellas.
Al día siguiente Dolores averiguó que su padre estaba herido. Malpica
dijo que no era nada. El pensaba que sabía más que los médicos y
que con algunas hierbas se curaría. Efectivamente, gracias a su
constitución se curó pronto, aunque él creyó que era gracias a su
ciencia.