--¿Usted lo cree así? Pues así será. Yo me figuro a Margarita montada a

caballo, con un látigo en la mano, pero no cosiendo ni zurciendo.

--Pues no es así. Es una muchacha hacendosa, sencilla...

--Sí, será cierto--dijo Sampau;--pero no se puede negar que es una

desagradecida. Ya ve usted cómo me ha recibido a mí. Pues sepa usted

que yo la he llevado en brazos cuando era niña.

--¿De verdad?

--Sí. Cuando ella nació yo tendría ocho años. La recuerdo en la cuna,

que parecía una muñeca. Luego más tarde solíamos jugar con ella su

hermano, Lacy y yo, y como yo era el mayor y el más alto y la llevaba

en hombros, era el preferido. Entonces creo que estaba algo enamorada

de mí.

--Yo de ti--exclamó Margarita.--¡Majadero! ¡Fatuo! Eso es lo que debes

creer tú, que todas las mujeres se enamoran de ti.

Sampau hizo la observación de que Margarita estaba más guapa cuando se

incomodaba, y ella cambió de aspecto y tomó una actitud desdeñosa.

Las visitas de Sampau menudearon.

Cuando el médico dijo que la enfermedad de Lacy se acercaba al

desenlace, Sampau pidió una licencia de un mes y se estableció en la

Veleta de Ustariz. Allí asistió en su enfermedad a su amigo, hasta que

éste un anochecer murió dulcemente sin darse cuenta.

El dolor de ver morir a Lacy acercó más a Margarita y a Sampau.

A medida que Sampau y Margarita se entendían, él se hacía menos fatuo y

ella menos desdeñosa.

Sampau tomó como protectora a Dolores.

--Yo quisiera--le dijo un día--saber los sentimientos de Margarita por

mí.

--Yo creo que le tiene a usted afecto.

--¿Usted cree que no me rechazará?

--Yo creo que no. Se lo preguntaremos a ella.

Dolores llamó a Margarita y se sentaron los tres en el cenador de la

huerta. Hacía un día de Abril de sol hermoso y de cielo claro.

Dolores contó a Margarita lo que habían hablado ella y Sampau.

--Sí, Margarita--dijo Sampau;--yo te quiero.

--Yo también te quiero--repuso ella.

--Entonces ¿estás dispuesta a seguirme, a ser mi mujer?

--No quisiera marcharme de aquí. ¡Aquí he vivido tan feliz! Tengo tanto

cariño a todos los de esta casa--y Margarita cogió la mano de Dolores y

la miró con ansiedad.

--Ya vendrás alguna vez--dijo Dolores;--tu marido te traerá aquí.

--Cuando ella quiera. Ahora no falta más que una cosa: fijar el día de

la boda.

Al despedirse Sampau abrió los brazos, Margarita vaciló un momento,

pero se echó en ellos y se desasió después palpitante y enamorada.

III.

UNA SOMBRA DE OTRA ÉPOCA

AL proyectarse la boda de Sampau con Margarita se pensó en

comunicárselo a las respectivas familias y a los amigos.

Margarita, por lo que dijo, estaba reñida con sus tíos; sus hermanos,

que vivían en Jersey, eran pequeños, y únicamente tenía la abuela

paterna en un pueblecito cerca de París. Esta señora se titulaba la

condesa de Tilly. Margarita le dió parte de su boda suponiendo que ya

estaba bastante vieja y que no vendría; pero un día le avisaron que

fuera a la posada de la Veleta porque acababa de llegar su abuela.

Efectivamente, esta señora bajó de la diligencia en compañía de una

criada vieja con una cofia blanca.

La condesa de Tilly era una señora pequeña de estatura, sonrosada, con

el pelo blanco y los ojos muy azules, que debía haber sido muy bonita.

La condesa se quejó a su nieta de las pocas comodidades de la posada.

Margarita quiso llevarla a Chimista; pero la abuela se opuso a ir a una

casa de campo lejana.

Miguel Aristy supo la perplejidad en que se encontraba Margarita, y

ofreció una habitación en Gastizar para la anciana señora.

--Que venga a casa--dijo;--la trataremos lo mejor que podamos.

--¡Oh, muchas gracias!... No sé si ella querrá.

--Se lo propondremos.

Aristy fué a visitar a la condesa y quedaron los dos muy amigos. La

abuela coqueteó con Miguel como si tuviera veinte años.

Miguel se mostró con ella galante y un poco libertino. Fingió, sin

esfuerzo, que era de la misma edad que la condesa, lo que a ella le

divirtió muchísimo.

Después de un largo rato de conversación se decidió que la anciana

señora y su criada marcharan inmediatamente a Gastizar. La condesa se

instaló sin escrúpulos ni ceremonias.

Tenía una gracia para aceptar completamente del antiguo régimen.

La criada de la condesa era el polo contrario de su ama. Era difícil

encontrar una vieja más agria, más malhumorada, más suspicaz, más

tacaña que la de la cofia blanca. Al día siguiente de llegar, todos los

criados de Gastizar la odiaban fervorosamente. A pesar de esto, ella

les dominaba porque era astuta y sagaz.

Madama de Aristy y las señoritas de Belsunce quedaron entusiasmadas con

la condesa. El caballero de Larresore le dedicó unas sonrisas y unas

galanterías del más auténtico Versalles.

--Condesa--le decía el caballero de Larresore con un aire inspirado

y sentimental;--¡en qué época nos encontramos! Nosotros, que hemos

conocido a María Antonieta en Versalles.

--Yo no, yo no--decía la condesa,--yo no soy tan vieja; entonces era

muy pequeña. Yo recuerdo que me puse de largo cuando guillotinaron a

Luis XVI.

--Y lo sentiría usted, condesa, como algo atroz.

--Sí; pero teníamos otras muchas cosas en que pensar.

La vieja señora no tenía ninguna simpatía por el caballero de

Larresore, porque éste siempre le estaba hablando, según ella, de su

edad.

--No sé para qué me recuerda este caballero tiempos pasados--decía la

condesa.--Es una impertinencia. Otros también tienen años.

Miguel le daba la razón, y le decía:

--Usted siempre parecerá joven, condesa.

Y ella al oirle sonreía entre burlona y satisfecha.

La condesa había llevado una vida accidentada; había conocido el tiempo

de Luis XVI y los horrores de la Revolución, el Directorio, el Imperio

y la Restauración. Al parecer había sido una mujer muy solicitada

por los hombres, y le quedaba la facultad de seducir a la gente sin

proponérselo.

A Miguel Aristy le tomó como confidente y le contaba su vida y hasta

sus amores.

--Pensar que me han perseguido Mirabeau, Barras, Talleyrand. ¡Uf! ¡Qué

cosas ha visto una! ¡Qué horrores! ¡Qué disparates!

Y unía las manos y cerraba los ojos como si sintiera el vértigo con los

recuerdos.

Otras veces preguntaba:

--¿Quién fué el que decretó el culto del Ser Supremo? ¿Napoleón? No.

Fué el señor de Robespierre. ¿Verdad? Sí, fué el señor de Robespierre.

Recuerdo que aquel día tuvimos que vender un traje mío y otro de

mi madre para comer. Esto fué cuando la batalla de Waterloo. No...

Después... No, no.

La condesa de Tilly no era capaz de detenerse en una cosa o en una idea.

--Perdonadme si digo alguna vez tonterías--decía.--¡La vida me parece

tan larga! Estoy deseando morir. ¿Usted cree que habrá alma, Miguel?

--Sí; supongo que sí.

--¿Pero alma inmortal?

--No sé, eso no sé; ni creo que lo sepa con certeza nadie.

--Sabe usted que yo he sido atea en otra época y que leí libros de

Voltaire y de Holbach. ¡Qué horror, verdad!

--Sí, un completo horror.

--Ahora soy completamente creyente, como un niño. ¿Habrá cielo, Miguel?

¿Eh? ¡Si no, qué vamos a hacer en la tierra, en un sitio tan frío, tan

húmedo!

--No sé qué podremos hacer. La tierra es cosa poco cómoda,

indudablemente.

Margarita iba con frecuencia a Gastizar y trataba a su abuela como a

una niña; le acostaba y le reñía.

Se fijó el día de la boda de Margarita para Mayo. La ceremonia se

verificó con gran rumbo. La condesa de Tilly se presentó ante el altar

vestida de color de rosa y llena de joyas, y estaba tan bien con sus

cabellos blancos y sus ojos azules, que produjo el entusiasmo de todos.

Al salir de la iglesia había dos coches en la carretera; en uno

entraron Sampau y Margarita, en el otro, la condesa de Tilly con su

criada vieja de la cofia blanca.

Larresore y Miguel besaron la mano de la condesa.

--¡Qué lástima que sea tan vieja, Miguel!--exclamó ella, con los ojos

azules llenos de lágrimas.

--Siempre será usted encantadora--contestó él, besándole la mano.

Y los dos coches tomaron el camino de Bayona, llevando uno la juventud

y el amor, el otro la vejez y los desengaños.

IV.

EN CHALANTA

LA víspera del día de San Juan, Sampau y Margarita, ya casados, se

presentaron en Ustariz.

Miguel les convidó a ir a Cambó, donde había fiesta, y fueron en un

coche grande todos los de Chimista y algunos de Gastizar. Fernanda Luxe

llevaba como caballero al joven Larralde-Mauleón, que la galanteaba,

y Alicia Belsunce a un vizconde gascón, el vizconde de Florac que le

había empezado a hacer la corte.

Había feria en Cambó. Se habían reunido una porción de vendedores

ambulantes con coches y puestos con cuchillos, azadas, objetos de

cocina y ferretería, y los aldeanos llevaban vacas y cerdos al mercado.

Hubo por la mañana gran partido de pelota, por la tarde vísperas y

después baile.

En el quiosco de la música, hecho con unos toneles y adornado con

ramas, se tocó la música hasta las doce de la noche.

A esta hora los bailarines se fueron a beber agua de la fuente de San

Juan y se vió todo el monte iluminado con hogueras.

Al día siguiente se decidió volver, por la tarde, a Ustariz. Miguel

propuso tomar dos lanchas grandes y embarcarse en ellas.

El día era caluroso, de viento Sur; no corría una ráfaga de aire y las

hojas parecían petrificadas en la calma del ambiente.

Bajaron a la orilla del río.

En la proa de la primera lancha se puso Manich, un virtuoso del

acordeón; luego se fueron instalando los demás.

El acordeonista fué trenzando y destrenzando sus melodías banales y

extrayéndolas del pulmón de su instrumento.

Las dos _chalantas_ comenzaron a deslizarse despacio por el río claro.

La tarde era espléndida, de una tranquilidad admirable; el cielo, azul

puro y tranquilo.

Margarita y Sampau hablaban, ella llevaba una rama por la superficie

del agua; Alicia y el vizconde de Florac, Fernanda Luxe y el joven

Larralde parecían dispuestos a cantar el eterno dúo de amor, tan viejo

siempre y siempre tan nuevo. Dolores cuidaba de sus hijos.

--¿Y tú?--preguntó Larresore a Miguel--¿No te sientes tentado a imitar

a esos enamorados?

--Ya no me quieren--contestó Miguel, y recitó estos versos de Voltaire

a madama du Chatelet:

Si vous voulez que j'aime encore

Rendez-mois l'age des amours;

Au crépuscule de mes jours

Rejoignez, s'il se peut, l'aurore

Des beaux lieux ou le dieu du vin

Avec l'Amour tient son empire

Le Temps qui me prend par la main

M'avertit que je me retire

De son inflexible rigueur

Tirons au moins quelque avantage

Qui n'a pas l'esprit de son age

De son age a tout le malheur.

Al anochecer llegaron las chalantas frente a Gastizar, atracaron

al lado del árbol que salía sobre el río y fueron saltando todos a

tierra.

EPÍLOGO

UN día de primavera en que estaban en el manzanal de Gastizar madama

Aristy, las señoritas de Belsunce, madama Luxe, Larresore y Darracq,

Miguel dijo:

--La verdad es que falta algo a nuestra torre de Gastizar sin la

veleta. Yo siento la nostalgia de verla. Si pusiéramos de nuevo el

dragón ¿qué les parecería a ustedes?

--¿Al dragón?--dijo con asombro la señorita de Belsunce.

--¡Poner la veleta!--exclamó madama Aristy casi colérica.--¡Qué

disparate! ¡Jamás!

--¡Ah! ¿pero tú crees...?

--Yo no creo nada; pero lo que te digo es que no se pone la veleta.

Todos afirmaron que era una imprudencia, una provocación instalar la

veleta, y madama de Aristy llegó a asegurar que si se hablaba más de

esto cogería el artefacto de hierro y lo echaría al río.

La gente del pueblo estuvo también de acuerdo. Era una imprudencia el

poner el malvado y nefasto dragón en la torre.

Aquel viejo basilisco de la veleta de Gastizar les parecía a todos un

auxiliar del destino adverso, una de aquellas esfinges de una fauna

desaparecida que no anunciaban más que calamidades.

En Gastizar y en Ustariz estaban contentos después de la caza del

dragón. Ya no pasaba nada en el pueblo. La rueda de la existencia

oscura seguía girando constantemente: Nacer, vivir, morir. Nacer,

vivir, morir...

A veces algún romántico se preguntaba si mejor que la inmovilidad,

que la vida monótona e igual, no sería tener una veleta inquietante y

perturbadora como la de Gastizar en el torreón de su casa.

_Madrid, Febrero 1918._

FIN DE LOS CAUDILLOS DE 1830

ÍNDICE

Páginas.

LIBRO PRIMERO.--EL ETERNO CONSPIRADOR

I. Don Eugenio 11

II. Entrevista con Mina 17

III. Conversación con Aguado 25

IV. La tinta simpática 33

V. Preparativos 41

VI. Las ideas de Tilly 45

VII. Viaje a San Sebastián 53

VIII. Fracasa el proyecto 67

IX. Aviraneta despechado 75

X. Orden de marcha 79

XI. Los realistas 83

LIBRO SEGUNDO.--EN USTARIZ

I. Aviraneta y Tilly 90

II. Malos vientos 93

III. Las maniobras de Choribide 97

IV. Margarita 107

V. El niño 115

VI. Choribide y Aviraneta 125

LIBRO TERCERO.--EL DIARIO DE LACY

I. El soñador 135

II. La entrada en España 139

III. El leñador de Antula 155

IV. Ataque de Juanito 165

V. Chapalangarra 167

VI. Noticias de Mina 173

VII. En el fortín de Vera 179

VIII. Los realistas 185

IX. En el pueblo 191

X. Por la tarde 195

XI. Fin del diario de Lacy 205

XI. Los héroes de la aventura 213

XII. Los resultados de la empresa 219

LIBRO CUARTO.--BAJO LA INFLUENCIA NEFASTA DEL

DRAGÓN DE GASTIZAR

I. El tío Juan 225

II. El veranillo de San Martín 233

III. La familia de Chimista 241

IV. Simona Busquet 245

V. El príncipe quiromántico 249

VI. La venganza de Simona 259

VII. Navidad triste 263

LIBRO QUINTO.--LA DECADENCIA DEL DRAGÓN DE

GASTIZAR

I. La caza del dragón 269

II. Los amores de Margarita 273

III. Una sombra de otra época 279

IV. La chalanta 285

Epílogo 289

Los Caudillos de 1830 · 第 9 / 9 段