barrio de Alzate. Estoy en casa de una hermana de Leguía, una señora ya
anciana, que vive sola, con pobreza, y tiene una tiendecita.
La hermana de D. Fermín me ha recibido muy amablemente. Es alta,
fuerte, muy guapa. A mí me mira con lástima por verme demacrado y débil.
--_¡Gashúa!_--me dice a cada momento. Esto parece que quiere decir en
vascuence: Pobrecillo. Desdichado.
Por la tarde ha venido D. Fermín a visitar a su hermana y han hablado
largamente. En el curso de la conversación se han ocupado de mí; ella
le preguntaba al guerrillero:
--¿Para qué traeis chicos como éste? No os puede servir para nada. ¡Tan
pequeño! ¡Tan _charrico_!
Leguía contestaba:
--No, no. Este muchacho tiene nervio.
Yo estoy un poco febril. Este constante llover, esta constante humedad
me ponen muy triste. Desde la ventana de la cocina de la casa veo el
paisaje nebuloso y la niebla amarilla y triste que forma como un telón
en el aire. Todo está convertido en un charco.
De noche, la hermana de Leguía ha encendido una gran fogata en la
cocina y hemos estado al calor de la lumbre charlando. El Inglesito ha
venido a visitarme. La gente dice que es muy raro que en Octubre haga
tan mal tiempo.
Sin duda tenemos poca suerte. Seremos unos _gashúas_, como dice la
hermana de Leguía.
VII.
EN EL FORTÍN DE VERA
_25 Octubre: mañana._
ME han dejado en el fortín de Vera con quince hombres, mientras los
jefes hacen reconocimientos. Tengo como asesor a Antula; él sabe el
vascuence y conoce el terreno. Han supuesto que el leñador y yo nos
completamos.
Me pongo a escribir en este cuaderno para entretenerme. La noche pasada
ha nevado y hay todavía nieve en las cumbres. Son las doce del día.
Hace un momento de buen tiempo. Ha salido un poco el sol. Hay grandes
espacios de cielo azul del que tratan de apoderarse las nubes plomizas.
Pasan bandadas de palomas y cruzan pájaros de todas clases, que sin
duda vienen del Norte huyendo hacia los países del sol.
Voy a describir el sitio en donde me encuentro.
Hay frente a Vera, hacia el sudoeste, un monte de unos mil pies de alto
que se llama Santa Bárbara. Este monte tiene en la cumbre una ermita
y restos de trincheras y de otras obras de fortificación que hicieron
los españoles cuando la guerra con la República francesa en 1794 y en
tiempo de la Independencia.
Este monte, en su falda que mira al pueblo tiene una loma que se
llama Casherna-gaña (Alto de Casherna). La razón de tal nombre es que
hay en la cumbre de la loma un viejo edificio que sirvió durante las
dos invasiones francesas de cuartel, al que los franceses llamaban,
naturalmente, la Caserne, y los naturales del pueblo castellanizando y
vasconizando la palabra francesa, lo llamaron la _Casherna_.
La _Casherna_ está en medio de campos fértiles y su fachada mira hacia
el pueblo. A su lado izquierdo y abajo, como avanzando a dominar el
camino próximo al río, hay un fortín construído por cuatro paredes
ruinosas y una tejavana provisional. A este fortín, en donde me
encuentro yo, se sube por la estrada que comunica el barrio de Alzate
con Vera, por una escalera tortuosa que pasa hundida por entre dos
muros de piedra.
Desde el fortín, donde estamos de guardia, se ve enfrente el pueblo, la
iglesia con su torre cuadrada por una de cuyas aristas va trepando una
hiedra y su escalera exterior. Detrás del pueblo cierran el horizonte
dos montes puntiagudos, uno de ellos con una fila de cruces que sube
hasta lo alto, que es el Calvario, el otro con varios caseríos.
A mi izquierda hay un valle por donde pasa el Bidasoa. Desde mi
observatorio no se le ve. Se divisa únicamente el puente y sobre él una
barriada de casas: Alcayaga, y un poco más abajo otra barriada que se
llama Zalain. Por encima de los montes próximos se ve una cresta nevada
como una sierra. Antula me dice que es de la Peña de Aya, del lado de
Oyarzun.
Hacia mi derecha se destaca el monte Larrun con grandes manchas de
nieve.
Todos los montes de alrededor se ven ahora en las alturas blancos, en
las faldas rojizos por los helechos que se han agostado. Las heredades
de los valles están cubiertas por las cañas blanquecinas de los maíces
secos; los tejados brillan por la humedad. Los chopos, los álamos, los
castaños, tienen el follaje amarillo; los robles todavía están hojosos,
aunque empiezan a enrojecer. En medio de esta superficie amarilla y
cobriza que presentan los montes, se ven algunas manchas rectangulares
de un verdor profundo de los prados.
_25 Octubre: al medio día._
La posición que defendemos en este momento, la Casherna, con su fortín,
sería buena si contáramos con gente; pero la gente nos falta.
Desde la _Casherna_ se pueden vigilar las veredas y caminos de Echalar
y de Zugarramurdi; desde el fortín avanzado se divisa si viene alguien
por el lado de Navarra, por Lesaca; por el lado de Guipúzcoa, por
Endarlaza, o cruzando el Bidasoa, por el puente de San Miguel...
Estoy mirando el pueblo iluminado por este pálido sol; a pesar de ser
pálido y sin brillo me parece muy hermoso. Es el sol de mi patria.
_25 Octubre: tarde._
He tenido una larga conversación con Antula, que me ha hablado de
sus hombres. ¿Qué hacen estos vascos, a los cuales no entiendo? ¿Qué
piensan? ¿Qué proyectan?
Antula me ha hablado de ellos y de sus deseos y aspiraciones. Hay dos
de cara alegre que siempre están hablando.
Por lo que me ha dicho Antula, se entretienen en pensar proyectos de
comidas.
El uno hace un _menú_ y el otro le pone objeciones, y al contrario.
Discuten si empezarán su supuesto banquete con sopa de fideos o con
sopa de pan, si son mejor las judías blancas o las rojas, y si un
cochinillo asado es más propio para tercer plato que un cordero. Cada
salsa, cada vino merece una discusión. Los demás les escuchan con gran
interés y se ríen.
Otros hablan de brujas constantemente y se ponen a mirarse con los
ojos alucinados, y hay uno de los nuestros que canta y sobre todo
silba admirablemente. Le llaman _Sosua_ (el mirlo). Sosua suele estar
asomado a la muralla. Generalmente canta la primera voz y luego canta
el acompañamiento; y no se contenta con cantar una vez, sino que canta
muchas veces hasta aburrirse. Hoy le ha dado por una tonada triste.
--¿Qué dice, qué significa lo que canta?--le he preguntado a Antula.
--Es una canción del país del Sul que se llama Uso churia--me ha dicho
el leñador.
--¿Qué significa?
--Esto que ha cantado dice: "¿Paloma blanca, adónde vas? Los montes de
España están blancos de nieve. Si esta noche necesitas albergue, lo
tienes en mi casa."
Ahora que sé el significado de la canción me parece más triste aún. Los
montes están blancos y aparecen como bloques de hielo en el horizonte
gris.
Sosua sigue con la canción. ¡Qué tristeza! Me parece que me van a
enterrar.
He aprendido yo la canción de Sosua, y la repito también hasta
aburrirme.
_25 Octubre: noche._
Al oscurecer me han mandado un aviso para subir a la Casherna. Estaban
reunidos allí Valdés, Leguía, Campillo, Malpica y Mancha.
No se saben los proyectos del enemigo.
Leguía es partidario de dejar la Casherna y el fortín y ocupar el
convento de Eztegara, proveerse de víveres para un mes y defenderse
allí. Valdés no acepta el plan; teme que el pueblo se ponga contra
nosotros, y supone que Leguía quiere vengarse de los frailes.
Veremos mañana si mejora o empeora nuestra situación.
VIII.
LOS REALISTAS
_Fortín de Vera, día 26._
HEMOS pasado una malísima noche en el fortín sin poder dormir. Se nos
ha echado encima un temporal de agua y nieve que parece que va a durar.
Las tropas del campamento del Bidasoa, próximo a Lesaca, han tenido
que trasladarse a Vera. Son unos doscientos cincuenta hombres. Vienen
mandados por el general Butrón y López Baños, y marchan como oficiales
el brigadier Sancho y los coroneles O'Donnell, Iriarte, D. Agustín
Jáuregui y D. Epifanio Mancha.
Esta columna llegó ayer al medio día a ocupar la posición que dejaron
los nuestros en la orilla del Bidasoa y se encontraron a campo raso,
sin techo, sin comida y sin ropa; pasaron la noche a la intemperie
resistiendo a pie firme la lluvia y la nieve y por la mañana entraron
en el pueblo.
Hemos fraternizado los unos y los otros, y les hemos dado lo que
teníamos.
_27 Octubre: al amanecer._
Esta noche he dormido un poco en el barrio de Alzate, en casa de la
hermana de Leguía. Le he indicado que me despierte a las cuatro, y a
esta hora me he vestido y he marchado al fortín.
Hay calma absoluta.
No se ha recibido durante toda la noche ningún aviso de los confidentes
acerca de los movimientos del enemigo, lo cual hace suponer que no se
ha presentado todavía.
A las cinco de la mañana han tenido una conferencia Butrón y López
Baños con Valdés. Butrón ha dicho que en vista de que no hay peligro
de ataque en Vera, saldrá cuando se haga de día hacia las alturas
de Oyarzun, para reunirse a Mina que debe estar en los caseríos de
Arichulegui.
_27, seis de la mañana._
A las cinco de la mañana se hallaban listos y formados los hombres de
Butrón y López Baños.
Estaba completamente a oscuras. Butrón no ha querido salir mientras no
amaneciese, porque, a pesar de que no había noticias de aproximación de
fuerzas enemigas, no tenía confianza.
A las cinco y media comienza a clarear y aparece el pueblo chorreando
agua por entre la bruma, en un cielo de nubes de plomo. La campana de
la iglesia anuncia la primera misa. Siento una profunda tristeza. Me
gustaría ser el último de los campesinos y vivir esa vida oscura del
campo...
_27, ocho de la mañana._
Iba Butrón a dar la orden de marcha, cuando viene corriendo un
centinela que estaba en el puente de San Miguel, sobre el Bidasoa, a
decir que un campesino al pasar por el puente le ha dicho que por los
altos del término de Lesaca: Baldrun, Pompollegui y Escolamendi, por
donde pensaba marchar Butrón camino de Oyarzun, hay apostada mucha
tropa.
Inmediatamente se han dado órdenes de defender el puente de San Miguel,
y Campillo, Peman y Malpica han salido con tropas y se han colocado en
el extremo del puente. Valdés distribuye sus hombres por la orilla del
río.
López Baños y Butrón marchan al pueblo para asegurar la retirada a
Francia. Leguía va a Santa Bárbara por si por la espalda aparece el
enemigo. Yo me quedo en el fortín con mis quince hombres.
El día está frío, húmedo y triste. Comienzan a verse grupos de tropas
realistas en los altos y en una barriada próxima al río que se llama
Alcayaga.
Hemos tenido aviso de la distribución de las fuerzas enemigas.
Las columnas realistas han maniobrado de noche sin que lo hayan
advertido nuestros centinelas.
Viene contra nosotros el general Llauder, con más de cuatro mil
infantes, ochocientos caballos y dos piezas de artillería.
La dirección de estas tropas es la siguiente:
El ala derecha, al mando del brigadier Villanueva, con mil quinientos
soldados de tropa y quinientos voluntarios navarros, avanza hacia
Yanci y Echalar; el ala izquierda, dirigida por el general González
Villalobos, con mil hombres entre Cazadores, Guardia Real y Provincial
de Burgos, más cien caballos, viene hacia Oyarzun; el centro, con dos
mil hombres va a las órdenes del capitán general Llauder. Lleva éste
el regimiento de Mallorca, los Cazadores, el 13 de línea y Voluntarios
realistas. Van además con él el primer batallón de Milicias bilbaínas,
al mando de D. Ignacio Unceta; el 4.º de Vizcaya y la 1.ª columna
alavesa mandada por Verástegui.
Llauder lleva de segundo al coronel Benedicto.
Entre nosotros se dice que algunas compañías del 13 de línea se pasarán
a nuestro campo.
Antula me pregunta si se nos reunirá Mina.
Creo que no. Mina debe estar acampado en este momento en los altos de
Pago-gaña y de Erlaiz, altos que dominan la orilla española del Bidasoa
y están frente al monte de Biriatu.
Antula cree que si Mina viniera sería otra cosa. Yo dudo que venga;
probablemente él estará en disposición de pedir ayuda, porque será
atacado por las tropas de Villalobos o por las milicias de Sáinz de
Pedro.
Como para darnos esperanza, los realistas han estado en los altos y
en la otra orilla del río, en observación, sin atacarnos. En esto,
entre los nuestros suena un tiro. (¿Será el sino de los liberales la
torpeza?) Y comienza el ataque. Ya no se puede retroceder.
IX.
EN EL PUEBLO
_Desde la torre de la iglesia._
ESCRIBO estas notas desde la torre de la iglesia de Vera en un momento
de tregua. Llevamos cuatro horas de fuego.
La primera embestida de los realistas ha sido para ellos infructuosa.
Al querer pasar el puente, nuestros tiradores, escondidos entre los
maizales, han hecho un fuego nutrido sobre ellos y han tenido que
retirarse.
En un recodo del Bidasoa, enfrente de un molino, los realistas han
querido utilizar una lancha para cruzar el río; pero el fuego de un
grupo de soldados de Butrón se lo ha impedido.
Estando en el fuerte de Casherna, uno de la partida de Leguía ha
venido a decirme, de parte de su jefe, que ha aparecido un grueso
núcleo de fuerzas por el lado de Santa Bárbara. La han visto avanzar
por encima de un caserío que llaman Premosa.
Estas fuerzas son, indudablemente, de las que manda Juanito y vienen
de Echalar, adonde han debido ir desde Zugarramurdi en persecución de
Valdés.
Leguía marcha hacia Premosa para contenerlas y dar tiempo a la retirada.
He enviado uno de mis soldados a comunicar la noticia a Valdés. Este
ha contestado que se le avise en seguida a Leguía para que vuelva y se
reuna al grueso de las fuerzas. He mandado a uno de los guerrilleros a
caballo con el aviso.
Como las tropas realistas son mucho más numerosas de lo que se
figuraban los nuestros, han conferenciado Butrón, López Baños y Valdés,
y han decidido que se desaloje la Casherna y el fortín y que toda
nuestra fuerza se refugie en el pueblo.
Antula dice que de retirarse sería mejor marchar por el barrio
de Alzate a coger el camino de Inzola; pero los jefes tienen dos
conocedores del terreno de la partida de Leguía y saben lo que hacen.
Se ha decidido la retirada hacia el pueblo; primero han marchado los
soldados de Butrón, que han ido ocupando las casas; después los de
Valdés, que quedaron un momento escalonados en el camino, y por último
Campillo, Malpica y Leguía.
Los tres marchaban con sus hombres a cual más valientes. Malpica y
Campillo iban atentos a la perfección de la maniobra. Llevaban a sus
órdenes veteranos, entre ellos los dos franceses Alí y el tío Juan.
Malpica, con el bastón en la mano, descubriéndose siempre, parecía
querer demostrar su invulnerabilidad; Leguía, por el contrario, llevaba
un fusil, disparaba, gritaba e insultaba.
El Inglesito ha estado magnífico de serenidad y de elegancia.
Antula y yo, con nuestra gente, bajamos desde el fortín a unas
heredades que llaman de Aguerra y contribuímos a detener al enemigo.
Al mismo tiempo engrosaban los tiradores realistas en el puente y en
el barrio de Alcayaga, y cuando vieron que no había obstáculos en el
camino comenzaron a pasar.
Mi pelotón ha sido el último que ha entrado en el pueblo.
El gran peligro para nosotros era que mientras nos defendíamos de los
que llegaban por el río, nos cogieran la delantera los del monte y nos
cerraran el paso al pueblo.
Afortunadamente no ha sido así y hemos podido llegar sin dificultad
hasta la plaza de la iglesia, que se encuentra en un alto.
Ahora nuestros hombres se están parapetando en las casas próximas.
Tenemos ocupado el casco del pueblo. Los realistas se han apoderado de
la Casherna y el fortín. Esperamos el nuevo ataque.
X.
POR LA TARDE
_Caserío Achulecheco-borda._
ESTOY en este caserío descansando un momento. Por ahora, para la
pequeñez de nuestra fuerza se va verificando la retirada con algún
orden.
A las diez en punto de la mañana ha comenzado el ataque a Vera. El
primer empuje ha sido violento, tanto que nos ha hecho creer que los
realistas tomaban el pueblo al asalto.
Ha habido que batirse a la bayoneta, a la entrada de las dos calles en
cuesta que suben a la plaza.
Los nuestros no cejaban, y los jefes iban de aquí para allá, a los
sitios de peligro, animando a la gente. Leguía no era un hombre, sino
un terremoto; se agitaba, vociferaba, salía a las ventanas a insultar
al enemigo. Hace un momento les gritaba:
--Yo soy D. Fermín Leguía, hijo de este pueblo.
Y los realistas le decían:
--Te conocemos. ¡Vendido! ¡Judío! ¡Traidor!
--¡Sois unas canallas!--vociferaba él, y disparaba su fusil.
En vista del número de enemigos y de su empuje, Butrón, López Baños y
Valdés deciden la retirada.
Algunos oficiales han recorrido el camino que va a Francia, por encima
del pueblo, y salen grupos a guardarlo.
Los oficiales, como los soldados, sabemos que no hay cuartel y que
nuestro único recurso es la retirada, y la retirada lenta con serenidad
y orden.
Los tres jefes principales son, además de valientes y de serenos,
hombres de arranque.
Valdés tiene ante el enemigo una actitud soberbia y orgullosa; Butrón
es animador y tranquilo; López Baños, pequeño, calvo, con una cara
arrugada y agria, de vieja, parece que quiere demostrar que no es más
peligroso recibir las balas que la lluvia.
Mientras se pelea en las calles de Vera, Valdés con las fuerzas que más
han luchado en el puente sube a los altos que dominan el pueblo y toma
posiciones con Peman, Campillo y Malpica.
Los soldados de Butrón y de López Baños siguen ocupando las casas, las
salidas de la plaza a la carretera y la torre de la iglesia.
Antula me dice que hay varios senderos para llegar al camino que va a
Francia: uno que termina en el Calvario, el otro que serpentea por un
robledal y sale a un caserío llamado Lasamborda, y el tercero que parte
por cerca del caserío Cigastea. Todavía hay otro que va escalando la
altura desde la calle de Alzate.
El capitán D. Pedro Vidarte, de la columna de Butrón, se sitúa en los
bordes del camino al Calvario entre los árboles y los peñascos.
Una de las compañías guipuzcoanas compuesta de veintiséis hombres a
las órdenes del capitán D. Juan Croward, se coloca en el sendero del
robledal que pasa por el caserío Lasamborda.
Don Agustín Jáuregui con otros quince o veinte hombres se dispone a
defender el camino de Cigastea, y a mí me envían al que baja a la
calle de Alzate.
El fuego se generaliza con violencia por todas partes. El enemigo
tantea los sitios más débiles de la defensa para atacar allí. Los tres
o cuatro mil realistas van avanzando contra nosotros.
En esto vemos que una columna baja de Santa Bárbara y cruza el barrio
de Alzate.
Leguía se acerca a mí.
--¿Ve usted aquella tropa?--me pregunta.
--Sí.
--Si pasan nos cortan la retirada y nos cogen a todos. Voy con mi
gente a detenerlos. Cuando no podamos más nos dispersaremos. Conocemos
el país. Encontraremos sitio donde escondernos. Tienen ustedes que
apresurar la retirada. Dígaselo usted a Valdés.
No tengo yo autoridad para hacer desistir a Leguía de su intento. Don
Fermín reune su gente, y uno detrás de otro, a la deshilada, corriendo
por entre maizales secos, marchan de prisa hacia donde vienen los
realistas y comienzan el fuego.
Yo recibo la orden de dejar el camino y subir adonde está Valdés.
En las fuerzas que mandan Butrón y López Baños hay más de treinta
bajas entre muertos y heridos.
Comunico a Valdés lo dicho por Leguía.
No dice nada y da órdenes para que se apresure la retirada.
Los realistas no se dan cuenta del abandono completo del pueblo hasta
media hora después de hecho. Han supuesto, quizás, que queríamos
ahorrar las municiones.
La partida de Leguía sigue sosteniendo el fuego y cerrando el paso a
los realistas. Su objeto es apoderarse de las primeras casas del barrio
de Alzate y defenderse allí.
Al ver los realistas que hemos desalojado la villa entran en la plaza,
y se apoderan de las casas y de la torre de la iglesia. Viendo que
estamos en los altos marchan a nuestro encuentro.
Un pelotón de Cazadores entra por el sendero de Lasamborda a forzar el
paso defendido por los guipuzcoanos mandados por Croward; pero éstos a
tiros y a bayonetazos les impiden avanzar, y tienen los Cazadores que
retirarse y dispersarse en el robledal.
Por el camino del pueblo al Calvario avanza una compañía de tercios
con ímpetu, al grito de: ¡Viva el Rey! ¡Viva la Religión! ¡Mueran los
masones!
El capitán Vidarte los detiene más de media hora haciéndoles bajas, y
cuando queda sin municiones y sin gente abandona la posición.
Estamos ahora en una explanada del monte que llaman Bidepartieta, donde
se dividen dos caminos, esperando.
Leguía sigue batiéndose en el fondo del valle. Al acercarse con su
partida al convento de capuchinos, los frailes se asoman a las ventanas
y le hacen varias descargas.
--¡Canalla!--grita Leguía.
--Ven, ven a asaltar el convento--le dicen los frailes.
Leguía tiene que retroceder hacia la izquierda y entra en el barrio de
Illecueta. Ya allí no le vemos, pero seguimos oyendo el tiroteo de su
partida durante largo tiempo.
--Este hombre nos salva--murmura Valdés.
Estamos sosteniéndonos en nuestras posiciones; cuando los tercios que
han forzado el camino del Calvario se lanzan al asalto.
Al retirarse los que defienden el sendero, los tercios dan una
acometida fuerte a la bayoneta; las tropas de Butrón creen que van a
ser protegidas, y viendo que los tercios avanzan sin obstáculo se
consideran cogidos y comienzan a huir.
Un contratiempo inesperado contribuye a ello. Dos compañías mandadas
por O'Donnell, emboscadas entre las matas y las piedras, con quienes se
contaba para aquel momento, no pueden entrar en acción, se encuentran
con la mayoría de los fusiles inservibles y con que los cartuchos son
desproporcionados.
Los de Butrón, al verse desamparados comienzan a huir a la desbandada,
y los tercios corren tras ellos hiriendo y matando a los caídos.
Los soldados de Butrón se han salvado, gracias a un pelotón de
Infantería de la Compañía Sagrada, formada por viejos de la guerra de
la Independencia, que se arroja a la bayoneta intrépidamente contra los
realistas.
--No dan cuartel. ¡Libertad o muerte!--gritan los viejos con furia,
acometiendo ciegos de coraje.
En esta encrucijada, unos cuantos hombres decididos bastan para
contener a una columna, y los viejos liberales la contienen.
Retroceden un momento los tercios, los soldados de Butrón avanzan, y
mientras tanto nosotros entramos en fuego.
Pasado este mal momento la retirada comienza bajo la protección de los
grupos escalonados en el camino. Así vamos, haciendo una marcha lenta,
con un gran orden, dominando las alturas y los senderos de través. Un
grupo se defiende entre las matas, las piedras y los árboles, hasta que
no le quedan municiones. Cuando llega este momento se dispersa; los
realistas avanzan y se encuentran con otro grupo que les cierra el paso.
Constantemente vamos relevando las tropas de retaguardia.
El primer avance por Bidepartieta ha costado a los realistas más de
una hora. Dominando el camino que hemos seguido, hay por la izquierda
un monte bastante alto llamado Cigorriaga. Luego ya el terreno se
despeja, y se va por estribaciones de poca altura pobladas de robles,
de castaños y de carrascas.
Cada árbol, cada peña, nos sirve de punto de resistencia. Ochoa y yo
nos lucimos. Nos hemos batido con un gran orden, sin estorbarnos el uno
al otro. Valdés nos ha felicitado efusivamente. Para soldados bisoños
parece que lo hemos hecho bien. El Inglesito demuestra una serenidad y
un valor extraordinarios.
Hace unos minutos, después de estar defendiendo nuestra posición
durante un cuarto de hora, nos retiramos Ochoa y yo a descansar.
Encontramos al paso un caserío.
--¿Cómo se llama este caserío?
--Achulecheco-borda--nos dice un hombre.
--¿Nos falta mucho para Francia?
--Sí; todavía cerca de una hora.
--¿Habrá algo que beber? Lo pagaremos.
Una mujer nos trae una jarra de sidra y la bebemos con ansia. Ochoa
pide pan.
En este momento, a pesar del frío, siento que mi cuerpo arde.
El sol ilumina el panorama lleno de nieve. Por el lado de Guipúzcoa se
ve la peña de Aya, con sus cabezos en forma de sierra; Larrun hacia
Francia, y hacia el interior de Navarra, Peñaplata y luego otros montes
lejanos y vagos...
--¡Cómo me quedaría aquí, aunque fuera tirado en el suelo!
Ochoa grita:
--Ya están ahí. Vamos de nuevo.
El Inglesito me agarra del brazo.
XI.
FIN DEL DIARIO DE LACY
_28 Octubre. En Frixu-baita: Urruña._