de forma humilde y pobre, la iglesia pequeña y estrecha, la vivienda
mísera y sólo capaz para ocho a doce frailes con el superior; pero
actualmente los frailes no llevan una vida humilde, ni mucho menos.
Está fundado el convento de Vera en 1741. Tiene exteriormente una
muralla de ronda que rodea el rectángulo de sus campos, que por
dos de sus lados está limitado por los arroyos Lamiocingo-Erreca y
Convetuco-Erreca.
Antula, el Inglesito y yo nos acercamos al convento y entramos en un
caserío que se llama Botinea. Desde los agujeros del pajar veo la
huerta del convento, sus campos de maíz, sus filas de perales y de
manzanos, el pozo y dos grandes nísperos que hay delante de la capilla.
El convento tiene todas sus puertas y ventanas cerradas.
Los carabineros, en número de trescientos, se han encerrado ahí con
su jefe D. Claudio Ichazo. Con ellos están los capuchinos armados
y algunos voluntarios realistas. Deben hallarse todos emboscados o
parapetados, porque no se les ve.
Al acercarse Fermín Leguía al convento ha comenzado desde las ventanas
el fuego graneado. Antula y yo hemos distribuído la gente en Botinea
para contestar al fuego desde los agujeros del pajar.
En esto en una ventana del convento ha aparecido una bandera blanca.
Leguía ha mandado a Ochoa a los carabineros como parlamentario, y en
vista de que no ha habido acuerdo se han reanudado las hostilidades.
Leguía ha mandado preparar y cargar el cañón; dos artilleros lo
han colocado delante del portillo de la huerta del convento, a una
distancia de treinta o cuarenta varas y han hecho fuego suprimiendo el
obstáculo.
No se ha podido pasar, porque detrás había una barricada formada con
maderas y con carros, que se ha deshecho de nuevo a cañonazos.
Hemos entrado en la huerta del convento y en la parte de vivienda de
los frailes. Los carabineros se han encerrado en la iglesia. Parece que
no tienen municiones, pero no quieren rendirse.
Al poco rato, nueva bandera de parlamento aparece en el tejado de la
iglesia.
¿Qué hacemos? Un guerrillero de los que se han quedado en la Casherna
viene diciendo que en el camino de Echalar han aparecido fuerzas del
batallón de realistas número 10. Son dos compañías que manda el capitán
D. Teodoro Carmona.
¿Qué hacemos?, nos hemos vuelto a preguntar. No hay más remedio que
retirarse.
Se manda aviso a los de la Casherna para que vengan al convento a
emprender la vuelta a Zugarramurdi.
--¿Por dónde vamos?--pregunta Antula a Leguía,--¿hacia Oleta?
--No, no; a Zugarramurdi.
Quedamos de acuerdo en fingir que no nos retiramos, y vamos por el
barrio de Illecueta a coger el camino de Zugarramurdi. En el alto
de Lizuñaga se prepara la comida. Se enciende fuego y se hierve en
cuatro calderos grandes habas secas con tocino. Yo como con gusto y el
Inglesito mismo no hace melindres.
El postre nos lo da un pelotón de voluntarios realistas mandados por
Carmona, que empieza a hacernos fuego.
Antula con algunos de sus hombres se lanza sobre ellos y los dispersa y
los persigue de risco en risco.
--¡Qué tipo este Antula!--le digo a Leguía.
--Sí, es un gran tipo.
--¿Lo conoce usted desde hace mucho tiempo?
--Sí; desde hace mucho tiempo. ¿Que, le interesa a usted?
--Sí.
--Ya le contaré a usted su vida más tarde.
Por la noche entramos de nuevo en Zugarramurdi, y Leguía explica
a Valdés los detalles de la expedición, que no ha tenido ningún
resultado.
III.
EL LEÑADOR DE ANTULA
_Zugarramurdi, 19 Octubre; por la mañana._
ESCRIBO en la cocina de la posada, a la luz de un candil. Está
apuntando el día, un día turbio, húmedo y triste. Hemos estado largo
tiempo después de cenar, fumando, bebiendo y contando historias a la
luz de la lumbre.
El Inglesito se nos ha reunido. Campillo, Malpica, Mancha y Leguía han
contado las suyas; la que más me ha interesado, porque se refiere a
un tipo como Antula que acabo de conocer, ha sido la de Leguía. Voy a
transcribir su narración, no exactamente, porque el guerrillero navarro
ha hecho una porción de divagaciones al contarla:
--La vida de Antula--ha dicho D. Fermín--está unida con la mía. Yo
he nacido en Vera del Bidasoa, en Febrero de 1787, en el caserío que
se llama Landaburuchipia. Esta casa era de mis abuelos maternos,
Norberto de Fagoaga y Mariana de Alzate. Tenía veintiún años cuando los
franceses entraron en España: no sabía escribir y apenas sabía leer. El
oir los desmanes que hacían los franceses en nuestro país me impulsó a
echarme al monte, y con Antula, que era un muchacho salvaje, leñador
de un caserío del monte Larrun y cazador de jabalíes, me reuní al
cabecilla Belza que operaba en las orillas del Bidasoa... No llegamos
más que a intranquilizar al enemigo con alguna que otra correría de
poca importancia. En un viaje que hicimos a Guipúzcoa, Antula y yo a
recoger caballos, los franceses nos cortaron la comunicación con Belza
y tuvimos que pasarnos a Vizcaya y a Santander. Allí tomamos parte con
unos estudiantes en la acción de Santoña. Los estudiantes se batían sin
orden ni táctica. En un encuentro que tuvimos en Santander el 17 de
Julio de 1808 a Antula y a mí nos cogieron prisioneros y nos llevaron
al Castillo Viejo de Bayona. Estuvimos presos setenta y cinco días, y
el 2 de Octubre nos escabullimos él y yo, entramos en España y nos
presentamos a la partida de Mina el Estudiante, que se llamaba el Corso
terrestre. Mina había preparado el levantamiento de Navarra; en esta
época varios generales franceses a las órdenes de Suchet, entre ellos
el navarro Harispe, le perseguían. Javier Mina tuvo que esconderse;
y como era hombre de muchos arrestos solía meterse en los pueblos
ocupados por el enemigo, y presenció, vestido de aldeano entre un
grupo de campesinos, el paso del general Suchet que iba de Zaragoza a
Pamplona. En un pueblo que llaman Labiano, del valle de Aranguren, se
nos echó encima una columna de tres mil hombres, e hirieron y cogieron
prisionero a Javier Mina. La prisión de Mina produjo un desorden grande
en sus fuerzas. Había por entonces tres partidas más en Navarra: la de
Echeverría, el carnicero de Corella; la de Sádaba, y la del Pelado. Ni
a Antula ni a mí nos gustaba reunirnos con esta gente de la Ribera, con
quien no podíamos entendernos bien.
Estábamos vacilando, cuando apareció el tío de Mina, D. Francisco
Espoz, mandando una partida con los restos de la de Javier Mina. Iban
con él Mal Alma, el Chiquito de Tafalla, Tomasito el de Azcárate y
otros.
Don Francisco tuvo diferencias con los demás jefes, y cuando logró
afirmar su autoridad, una de las cosas que exigió de sus soldados fué
que se cortaran el pelo al rape, quedando el sólo con el pelo largo en
señal de superioridad y de mando.
Antula era hombre orgulloso, y dijo:
--No me da la gana. Si se corta él el pelo me lo cortaré yo también, si
no, no.
Y dejó la partida y se marchó con su perro. Yo quedé con Mina. Al
dividir éste su fuerza en tres batallones me hicieron a mí sargento del
tercer batallón de Voluntarios de Navarra que mandaba D. Lucas Gorriz y
del que era oficial Laquidain.
En este batallón tomé parte en la acción de Monreal, donde me hirieron
en la pierna derecha, y en las de Tafalla, Lerín, valle de Ulzama y
otras muchas.
Estábamos en Villarreal de Guipúzcoa, me había yo apoderado de varios
caballos de los franceses, y el general Mina, en vista de la maña que
me daba, me dijo en vascuence:
--Leguía.
--¿Qué?
--Tú preferirías andar suelto por tu país, ¿verdad?
--Sí.
--Bueno; pues escoge quince hombres y vete a la frontera de Francia, a
la parte de las Cinco Villas, y te quedas allí de observación. Todos
los caballos que cojas nos vendrán muy bien.
Escogí mis hombres y me vine aquí. Estaba entonces incorporado al
cuarto batallón ligero de Navarra. Al poco tiempo se me presentaron
varios jóvenes, amigos, de los caseríos inmediatos, que algunos todavía
están conmigo: Martín Belarra, Erauste, Mendigorri y el leñador de
Antula con su hermano.
Antula seguía tan salvaje, con sus pelos largos, su capucha, un hacha
en el cinto y su perro al lado.
--Antula guizon fierra da--se decía.
(Antula es hombre orgulloso.)
Nuestra partida daba que hacer. Nos dedicábamos principalmente a quitar
caballos a los franceses. En poco tiempo les cogimos en la orilla del
Bidasoa más de cien caballos y les hicimos muchos prisioneros. Luego
nos apoderamos del castillo de Fuenterrabía...; pero esto es capítulo
aparte--dijo el guerrillero.
Con nuestras gatadas, el jefe de la Policía francesa de San Sebastián
y el inspector de Irún estaban ojo avizor. Se pusieron de acuerdo con
un capitán de la gendarmería para acabar con mi partida. Emplearon
todos los medios de seducción. Habían puesto mi cabeza a precio y al
mismo tiempo me mandaban recados para que me pasara a su bando. Una
de las cosas que hicieron fué mandar a dos muchachas, que engatusaron
al hermano de Antula y a otro mozo de mi partida y les citaron en un
caserío de Sara. Cuando fueron los mozos los gendarmes los rodearon y
los fusilaron.
Antula, que quería a su hermano, se hizo más fiero y más vengativo.
Un día el superior de este convento, en donde hemos estado hoy, el
padre Romualdo, nos citó a Antula, a Martín Belarra y a mí; dijo que
tenía que hablarnos.
La suerte hizo que confundiéramos la hora de la cita, y en vez de
llegar al convento a las doce de la noche en punto nos presentáramos
a las once. El portero nos abrió y pasamos. Entramos en el campo de
delante de la iglesia, nos asomamos al claustro y vimos al prior
hablando con diez o doce gendarmes.
--Son los gendarmes--me dijo Antula.--Estamos perdidos.
Retrocedimos rápidamente y salimos al patio.
Los gendarmes se dieron cuenta y avanzaron contra nosotros en la
oscuridad; Martín Belarra llevaba el fusil, yo tenía pistolas. ¡Fuego!,
le dije.
Disparamos los dos. Ellos nos contestaron con una descarga. Mientras
tanto, Antula rompía la puerta de unos cuantos hachazos y nos
escapábamos.
Sabíamos a qué atenernos respecto a los capuchinos de Vera. Estaban en
relación con los franceses. Entre los frailes y los curas de entonces
había unos muy patriotas que se habían lanzado al campo; otros,
afrancesados, decían que lo mismo daba Bonaparte que Borbón.
Esta gente no se preocupaba, como nosotros, principalmente del interés
patriótico, sino del interés de la religión. Sobre todo los frailes
que habían quedado en las zonas ocupadas por los imperiales eran en su
mayoría afrancesados.
Después de la emboscada que nos prepararon los capuchinos de Vera,
temiendo las represalias el padre Romualdo reforzó la guardia del
convento y llevó un retén de gendarmería.
El superior, ya desenmascarado, se puso claramente contra nosotros, e
hizo que el dueño del caserío donde vivía Antula echara de casa a la
familia.
Mi partida fué a protegerla con la intención de llevarla a un caserío
de aquí, de Zugarramurdi; pero al pasar por Peñaplata, por la parte
que llaman de las Tres Mugas, nos atacaron los gendarmes, y una bala
perdida fué a dar en el hijo de Antula, que tendría dos o tres años, y
lo mató en los brazos de su madre. Después los gendarmes entraron en el
caserío de Antula, sacaron los pobres trastos al campo y les pegaron
fuego.
La desesperación volvió loco al leñador, que se hizo más sombrío que
nunca. La gente le tenía espanto. Todo el mundo se echaba a temblar
cuando le veía, seguido de su perro, con sus ojos claros y brillantes,
sus cejas rojas, su capisayo pardo y el hacha al cinto.
Tenía tal odio a los frailes, que si encontraba alguno en el camino
sin más explicaciones le daba una paliza terrible. Al perro le pasaba
lo mismo: siempre que veía un fraile se echaba sobre él y Antula le
azuzaba.
Un día, después de la batalla de San Marcial, siendo yo teniente y
Antula sargento, nos encontramos al padre Romualdo en una venta de
Echalar en compañía de un oficial inglés y de un militar del Cuerpo del
general Longa.
El padre Romualdo cantó la palinodia, y como tenía una mala idea de
nosotros nos ofreció dinero.
--Ya sé que te perjudicaron los gendarmes quemándote los trastos de
la casa--le dijo a Antula;--pues bien, para que no te quejes te voy a
dar dos mil pesetas. ¿Estamos de acuerdo? Y tú me firmarás un recibo
diciéndome que no te debo nada.
Antula callaba.
--¿Será tan vil para aceptar?--pensaba yo.
El padre Romualdo escribió un recibo.
--Firma--indicó;--te daré dos mil pesetas por la casa y quinientas por
tu hijo.
Oir esto Antula y sacar el hacha del cinto, todo fué uno. Rápidamente
levantó el arma en el aire y se oyó un grito terrible. Había cortado al
fraile el brazo derecho por la muñeca.
Se asistió al mutilado y se buscó a Antula, que había desaparecido con
su perro.
Al terminar su narración, Leguía bebió de un trago el vaso de
aguardiente y murmuró:
--Bueno, señores; vamos a dormir un rato.
Y yo me tendí en un jergón con los pies hacia el fuego, pensando en
aquel terrible Antula de los ojos brillantes y de las cejas rojas.
IV.
ATAQUE DE JUANITO
_Zugarramurdi, 20 Octubre._
JUANITO el de Rochapea conociendo nuestra posición en esta aldea de
Zugarramurdi, se ha presentado por la mañana a atacarnos con unos mil
quinientos a dos mil hombres.
Juanito ha formado tres columnas: una al mando de Carmona, otra al de
Sagastibelza y otra al suyo inmediato.
Nosotros no llegamos a cuatrocientos hombres. Parte de nuestra gente
ha salido del pueblo a ocupar los altos, asegurándonos de antemano la
retirada a Francia.
En el casco del pueblo y en la iglesia hemos quedado Valdés, Mancha,
Malpica y yo con ellos, con cien hombres, la mayoría extranjeros, a
los cuales al parecer no se les considera muy seguros: la gente de
Campillo ha ocupado un robledal inmediato, y la partida de Leguía, en
la que se tiene completa confianza, ha evolucionado por los alrededores.
A las diez de la mañana han roto el fuego las guerrillas enemigas. Su
objeto era rodearnos, pero no lo han podido conseguir. A pesar de la
superioridad de las fuerzas realistas no han realizado sus planes.
Los tres grupos de nuestra gente han rechazado al enemigo en todas sus
acometidas. Campillo ha maniobrado alrededor de un robledal con gran
pericia de guerrillero.
Entre los nuestros ha habido un francés prisionero, ocho hombres
muertos y varios desaparecidos. Entre los realistas supongo yo que
habrán tenido las mismas bajas, quizás algunas más.
Este pequeño éxito no ha servido para animar a nuestra gente. No se
nos une nadie; no tenemos víveres ni municiones. Si sigue así, no cabe
duda, la expedición va a ser un fracaso...
V.
CHAPALANGARRA
_Zugarramurdi, 21 Octubre._
HOY hemos sabido el final desastroso de Chapalangarra en Valcarlos.
Fiado en su gloria de guerrillero y en el influjo que creía tener entre
sus paisanos, supuso, como muchos de los nuestros, que bastaba su
presencia para arrastrar a los amigos y hasta a los enemigos.
Al despedirse de nosotros, cerca de Dancharinea, Chapalangarra con
algunos de los suyos fué a San Juan del Pie del Puerto. Llevaba a
sus órdenes, según me han dicho, ciento cincuenta hombres. De éstos,
unos cien eran aventureros franceses, casi todos parisienses, gente
levantisca y poco disciplinada. Entre los españoles iba una partida
que había reclutado D. Joaquín Cayuela con elementos heterogéneos, y
algunos curiosos como el poeta Espronceda.
De Pablo abandonó San Juan del Pie del Puerto de noche y avanzó con
toda su gente hasta Arnegui, aldea que tiene una parte española y otra
francesa divididas por un riachuelo.
En Arnegui dejó los cien parisienses en un grupo de casas próximo a
la carretera llamado Ventaberri, para tener, en caso de necesidad, la
salida libre a Francia.
Hecho esto, él con un grupo de quince hombres a caballo avanzó hacía
Valcarlos. Valcarlos, en vasco Luzaide, se encuentra en un valle
estrecho al descender el Pirineo a la llanura de Francia.
El valle de Valcarlos es el final del Barranco de Roncesvalles, que
comienza en su parte más alta cerca del santuario de este nombre y
termina en Arnegui. Por esta garganta pasa el camino real que va de
Burguete a San Juan del Pie del Puerto, y por su parte baja corre un
riachuelo que contribuye a formar el Nive.
Chapalangarra al llegar a Valcarlos se instaló en la posada y comenzó a
dar disposiciones para defender el pueblo.
Cuando llegaron los hombres de la partida de Cayuela y los demás
españoles, tenían ya preparado el alojamiento en las casas cerca de la
iglesia.
Mandó Chapalangarra traer materiales para cerrar la entrada de la aldea
por el lado de Roncesvalles; pero como no había útiles ni herramientas
no se pudo hacer nada.
Al día siguiente por la mañana al levantarse el caudillo supo que
acababa de llegar un leñador con la noticia al pueblo de que por la
carretera iban acercándose grupos numerosos de tropas realistas.
Estas tropas, salidas de Burguete, se hallaban formadas por el
regimiento de Infantería 6.º de ligeros, por el batallón de Voluntarios
realistas número 10 al mando del oficial D. Francisco Benito Eraso,
comandante del cantón de Roncesvalles, y por una compañía de
Voluntarios de Navarra.
No había tiempo de fortificar la villa. Eran, además, muchas fuerzas
las que llegaban para que Chapalangarra intentara oponerse a ellas con
un puñado de hombres.
No había más remedio que retirarse y volver a Francia, y esa fué la
opinión de los liberales que acompañaban al jefe; pero Chapalangarra
exaltado por su patriotismo y por su orgullo, creyó que una retirada
tan inmediata era una vergüenza y un oprobio.
--Dejadme a mí hablarles primero--exclamó.--Son españoles y me oirán.
Y sin hacer caso de observaciones montó a caballo y avanzó al encuentro
de la primera patrulla de realistas.
Estos, al verle y al oirle, quedaron inmóviles, sorprendidos y
admirados.
--Navarros--gritó el caudillo con voz sonora.--Yo soy de Pablo,
Chapalangarra; vuestro amigo, vuestro paisano. Vengo a sacar a la
patria de la ignominia en que se encuentra. Gritad conmigo: ¡Viva
España! ¡Viva la libertad!
Los realistas verdaderamente absortos no salían de su admiración al ver
a aquel loco que se les presentaba indefenso, cuando el teniente del
sexto de Ligeros, D. Pedro Roca, volviéndose a sus soldados dijo:
--Voluntarios... Apunten... ¡Fuego!
Los soldados dispararon una descarga cerrada, y Chapalangarra cayó al
suelo atravesado de balazos.
Algunos de los suyos que se habían detenido esperando un resultado de
la decisión del caudillo, al oir los tiros escaparon por la carretera
de Valcarlos a Francia dejando en poder de las tropas de Eraso una
bandera, doce mil cartuchos y una porción de fusiles y de bayonetas.
Los tercios realistas, viendo la fuga de los liberales echaron a correr
tras ellos con tal ímpetu, que los liberales no intentaron resistir
en ninguna parte. Unicamente los parisienses de Ventaberri soltaron
algunos tiros, pero abandonando pronto las casas de Arnegui entraron
en Francia. Todos hubieran sido sacrificados en territorio francés a
no ser por un oficial de la gendarmería, que mandó aviso a los jefes
de los tercios de que habían pasado la frontera. No hubo necesidad de
desarmar a los fugitivos, porque habían tirado los fusiles en la huída.
El cadáver de Chapalangarra, abandonado en Valcarlos en medio del
camino, fué mutilado por los realistas de una manera bárbara y cruel.
Este final ha tenido la empresa de Chapalangarra, final que ha llevado
el desaliento a nuestra gente.
¡Pobre Chapalangarra! ¡Desdichado! ¡Iluso!--dicen todos.
Ahora me parece estar oyéndole hablar en Cambó, con su voz áspera y su
mirada sombría y brillante. ¡Pobre hombre!
* * * * *
Quizás mañana hablen también de nosotros con lástima.
VI.
NOTICIAS DE MINA
_Errota-sarreco-borda, 23 Octubre._
ESTOY con veinte hombres en un caserío de este pequeño nombre:
Errota-sarreco-borda. El tal nombre quiere decir, en vasco, la Borda
del molino viejo. Cerca tengo Errota-berri (el molino nuevo) y
Errota-echezubi (el puente de la casa del molino).
Errota-sarreco-borda es un caserío pequeño del término de Zugarramurdi,
hacia Vera. Vive aquí una viuda con tres chicos y un viejo. No hablan
una palabra de castellano ni de francés, el leñador de Antula me sirve
de intérprete.
Estamos impacientes por saber lo que ha hecho Mina. Los partidarios
acérrimos de Valdés desean que no se presente para poder acusarle. ¡Qué
mezquinas pasiones!
Hace dos días recibí un emisario que venía de Vera a darnos cuenta de
la entrada de Mina en este pueblo.
Por lo que nos dijo, el 18 se reunió por la noche toda la gente
disponible que había en Bayona, y Mina la hizo formar fuera de la
puerta de España y la pasó revista. Se contaron escasamente 350
hombres, incluídos los 51 de la Compañía Sagrada, compuesta por
oficiales algunos ya muy viejos que van como soldados.
A la luz de las hachas se saludaron todos como amigos y juraron
fidelidad.
A Mina le acompañaban el jefe de Estado Mayor, O'Donnell, los generales
Butrón y López Baños y el coronel Iriarte.
Don Gaspar de Jáuregui, el Pastor, dió la voz de marcha a sus
voluntarios que iban de vanguardia, y comenzó la columna a alejarse de
Bayona.
Mina iba acompañado por Sanz de Mendiondo y por el capellán D. Agustín
de Apezteguía.
Después de caminar toda la noche del 18, al amanecer del día 19 hizo
alto con sus tropas en el bosque de Saint Pee; allí permanecieron
durante el día y al hacerse de noche rompieron la marcha amaneciendo
cerca de Vera.
Estuvieron en las alturas de Vera dando descanso a la tropa y
repartieron varias proclamas en los caseríos próximos.
Al amanecer del día 21, Mina con la columna en orden de combate entró
en el pueblo. Al acercarse al convento de capuchinos de Eztegara
envió como parlamentario al comandante D. Felipe Tolosana; pero los
carabineros que lo ocupaban y su jefe D. Claudio Ichazo al oir la
corneta de parlamento se retiraron, saltando la tapia que da al arroyo
Convetucoerreca y abandonaron el pueblo.
Mina parece que acusa a Leguía de falta de diplomacia con los
carabineros en nuestra expedición anterior.
Creo que le han informado mal.
_Vera, 24 Octubre: mañana._
De Errota-sarreco-borda he vuelto a Zugarramurdi. Hemos quedado
reducidos a unos ciento cincuenta hombres. La gente se va a la
desbandada, sobre todo los aventureros extranjeros que venían
principalmente en espera de botín. El Cuerpo que manda Leguía es el que
no ha disminuído; los de Campillo y Malpica se han quedado en cuadro,
y a Mancha no le resta más que el Inglesito, el tío Juan, Alí y otros
tres o cuatro.
Nuestra pequeña fuerza está formada por oficiales. El viejo coronel
Malpica se desespera pensando en las deserciones; de rabia quisiera
fusilar a medio mundo.
Anteayer se recibió un oficio de Mina dirigido a Valdés. En él Mina
nombra a Valdés gobernador del fuerte de Vera, y le dice que se
traslade a este pueblo.
Valdés ha creído ver en tal nombramiento una humillación, y me ha
dictado un oficio lleno de violencia, afirmando que no reconoce en Mina
mando alguno. Pasado algún rato me ha dicho:
--¿Qué le parece a usted?
--En estos momentos sería conveniente que olvidasen ustedes toda
cuestión de amor propio.
--Bueno. Rompa usted ese oficio, y escriba usted otro diciendo que me
trasladaré a Vera.
Salimos el mismo día de recibir el oficio, por la noche, y llegamos
ayer por la mañana. El gobernador del fuerte de Vera nombrado por
Mina es D. Joaquín Sanz de Mendiondo. Envía parte de nuestra tropa al
viejo cuartel (la Casherna), parte al pequeño fortín derruído que está
debajo, y parte al campamento del Bidasoa instalado por Mina en la
otra orilla del río en el término de Lesaca.
Al entrar nosotros Mina ha dejado Vera, y siguiendo el curso del río ha
llegado a Irún y ha ocupado el alto de San Marcial con dos compañías de
guipuzcoanos, doce lanceros y veinte hombres de la Compañía Sagrada al
mando del Pastor. Los voluntarios realistas de Irún han huído a Francia.
_Vera, 24 Octubre: noche._
Por lo que parece, Mina ha tenido el temor de que nos ataquen en Vera
con fuerzas superiores, y ha dispuesto que Butrón, López Baños y
O'Donnell, que iban siguiéndole, vuelvan a ocupar el campamento del
Bidasoa en término de Lesaca con sus fuerzas. Hoy por la tarde han
llegado, según nos han dicho.
El tiempo está muy malo. El invierno se nos echa encima.