chalet y Tilly subió con grandes precauciones.
Al cuarto de hora bajó de prisa.
--Sale Marcos--dijo;--no detenerle. Parece que es un mendigo viejo a
quien llaman Pachi Zarra y también Ontza (el Buho) el que se ha llevado
al niño. Marcos no sabe dónde lo guarda. Mañana les dirá dónde está.
Salió Marcos del chalet, y cruzando la huerta saltó la tapia y
desapareció.
Tilly volvió a subir al balcón.
--¿Adónde va usted?--le dijeron.
--Voy a coger algo que he dejado ahí.
Efectivamente; subió y bajó con un gran legajo en la mano.
--Esto, que lo guarden--dijo a Aristy.
--Lo guardarán. Yo voy a tranquilizar un poco a la madre. Mañana
buscaremos a Pachi Zarra, el Buho.
--Bueno, vamos--dijo Aviraneta.
Aviraneta, Tilly y Aristy volvieron a Chimista.
Al llegar al caserío vieron al chiquillo que venía medio riendo, medio
llorando, en brazos de Grashi Erua. Lo habían encontrado en la cueva de
Lecebeltz, como había indicado Aviraneta.
El marido de Fanchon traía preso a Pachi Zarra (el Buho), un viejo
con una anguarina parda, con el pelo y la barba blancos, que habían
encontrado en la cueva guardando al niño.
Dolores comenzó a sollozar de alegría al ver a su hijo salvo, y
Margarita le acompañó en su contento.
Aristy apostrofó a Pachi Zarra y le dijo que se fuera, que no volviera
al pueblo, porque le metería en la cárcel.
El Buho se marchó refunfuñando.
Dolores dió las gracias a Aviraneta con la mayor efusión, y los tres
hombres volvieron al pueblo. Al llegar a Gastizar, Tilly pidió el
grueso legajo que había sacado del Chalet de las Hiedras. Se lo entregó
Ichteben y fué con él a la fonda.
Al día siguiente, antes de levantarse Aviraneta, Tilly entró en su
cuarto.
--Don Eugenio--dijo.
--¿Qué hay?
--Me voy. He encontrado un pequeño filón, y voy a ver si lo exploto.
Adiós.
Cuando Aviraneta se levantó Tilly había desaparecido.
VI.
CHORIBIDE Y AVIRANETA
La noticia del robo del niño se extendió por el pueblo, y todos los
vecinos del barrio y de Ustariz creyeron unánimemente que eran las
damas del Chalet de las Hiedras las que habían dirigido esta mala
acción. Las simpatías por los Aristys, que estaban apagadas en la
aldea, se despertaron y fueron muchas personas las que estuvieron en
Gastizar a felicitar a madama Aristy por la salvación de su nietecillo.
Madama Luxe escribió una carta de felicitación y Miguel fué a visitarla
por encargo de su madre.
Madama Luxe, interrogada acerca del motivo que tenía para haber roto
sus relaciones con Gastizar, habló del anónimo que ella creía que le
habían enviado los Aristy.
Miguel lo leyó fríamente; después sintió tal indignación al pensar que
la viuda se lo había atribuído a él, que estuvo con ella tan severo que
la dejó bañada en lágrimas. Al día siguiente, madama Luxe acompañada
de Fernanda fué a Gastizar a explicarse con madama Aristy y a pedirle
perdón. Se quedó de acuerdo en que eran las mujeres del Chalet de las
Hiedras las que habían escrito el anónimo. Estas no salieron de casa
durante algunos días. Marcos el del molino se ocultó también, e iba de
noche a ver a la Delfina, del Bazar de París, por la huerta.
Aviraneta supo estas noticias por Esteban Irisarri, el posadero de la
Veleta, que se las contó con profusión de detalles.
Una mañana leía don Eugenio en el libro de Jomini la batalla de
Valmy, cuando entró Esteban a decirle que estaba el señor Choribide
preguntando por él.
--¡El señor Choribide! ¡el jefe de los enemigos!--dijo Esteban Irisarri
con voz hueca.
--No le conozco--contestó don Eugenio.
--¡Choribide! El amigo de esas viejas intrigantes del Chalet de las
Hiedras.
--¿Pregunta por mí?--dijo Aviraneta.
--Sí.
--Que pase.
El posadero debió quedar asombrado de la serenidad de Aviraneta. Abrió
la puerta y se presentó el viejo _muscadin_ elegante y currutaco.
--¿El señor de Aviraneta?--preguntó sonriendo.
--Soy yo. Pase usted y siéntese usted.
Choribide entró, se sentó en el borde de la silla, puso el sombrero
metido en el bastón y el bastón entre las piernas.
--Yo, señor--dijo,--me llamo Choribide, Gastón de Choribide. Soy vasco,
como usted. He llevado en mi juventud una vida un tanto irregular. Yo
no sé si usted tendrá ideas religiosas...
--Creo que no--repuso Aviraneta.
--Es usted de mi escuela. Si yo tuviera ideas religiosas diría que he
sido un gran pecador. No teniéndolas, suelo decir que he sido un hombre
crapuloso y de vida poco honorable.
--¿No será usted un tanto severo consigo mismo, señor
Choribide?--preguntó Aviraneta.
--No, no. Muchas gracias por su opinión. Me hago justicia. Verá
usted... Yo vivo bien dentro de mi modestia. No trabajo; no he
trabajado nunca.
--Se aburrirá usted.
--No, no me aburro. Yo tengo un sobrino ex oficial de la Guardia Real,
Aquiles Rontignon. Rontignon tiene condiciones para agradar a una
mujer; es guapo y es tonto.
--¿Usted cree que la tontería...?
--Es indispensable. Yo había pensado casar a Rontignon con una viuda
rica de aquí, madama Luxe. Como un teniente retirado no es bastante
para producir entusiasmos en una mujer rica por sólo su posición,
yo había pensado adornar el pecho de Rontignon con una gran cruz
o buscarle un empleo. Aprovechando la estancia aquí de una señora
española, la condesa de Vejer...
--Que no es española ni condesa... saltó Aviraneta.
--Cierto; pero hay que darla un nombre para señalarla.
--En Madrid se llamaba madama Carolina.
--Bien; me es igual; aprovechando la estancia aquí de madama Carolina,
me acerqué a ella y le dije que puesto que ella trabajaba para el
Gobierno español, yo le ayudaría a cambio de que ella concediera a mi
sobrino un empleo, un cargo honorífico...
--¿Y ha trabajado usted para ella?
--Sí, habíamos hecho un legajo con todos los datos necesarios para
remitirlo a Madrid, cuando las cosas se han torcido. Primeramente
Rontignon no ha sabido aprovechar su tontería ni tampoco su arrogancia
de hombre guapo, y madama Luxe lo ha rechazado; después Tilly, ese
muchacho amigo de usted, un muchacho encantador, se apoderó del legajo
formado por nosotros, y por último, la sobrina de madama Carolina...
--Que no es su sobrina...
--Cierto. Simona Busquet ha intervenido en esta cuestión, y con sus
odios y su genio vengativo ha hecho que roben al nieto de madama de
Aristy. Esta barbaridad ahora me la atribuyen a mí, y me molesta. Ese
no es mi género. No me ha gustado nunca el melodrama. La alta comedia,
quizás; el melodrama, nunca. Por estas razones voy a dejar la partida.
--¿Va usted a dejarla?
--Sí.
--Yo no puedo vivir aquí ya. El pobre Garat no se encuentra en estado
de recibir a los amigos. Madama Aristy está indignada, porque cree que
yo he indicado que roben a su nieto, cosa absurda. Voy a ir a Bayona,
pero antes le voy a pedir a usted un favor.
--Usted dirá.
--Yo he venido a verle a usted, porque he comprendido que es usted
un hombre fuerte. Me ha recordado usted a su excelencia el duque de
Otranto.
Aviraneta sintió un movimiento de alegría.
--¿Ha conocido usted a Fouché?--preguntó.
--Sí; he estado a su servicio. Tiene usted el mismo aire de penetración
que él. Ahora, que quizás usted no pueda poner sus facultades al
servicio del Estado. Hay países que desperdician su gente.
Choribide había dado dos golpes buenos en la coraza de indiferencia de
Aviraneta, uno comparándole con Fouché, el otro suponiendo que no se le
comprendía.
--¿Y qué servicio quería usted de mi, señor Choribide?--preguntó.
--Le diré a usted. Actualmente mi sobrino Rontignon sencillamente me
estorba. Si lo hubiera casado con madama Luxe, yo hubiera sido su
administrador; pero no ha sido bastante hábil para enamorar a la viuda.
Ahora quiero desprenderme de él, y como ha aparecido como un realista
que ha mandado informes al Gobierno español por intermedio de esas
damas del Chalet de las Hiedras, he pensado hacer valer esos servicios
y su calidad de ex teniente de la Guardia Real para pedir para él un
destino en España. ¿Usted, que seguramente sabrá cómo se hace esto, no
podría escribirme una solicitud en español?
--Sí; lo haré.
--¿Ahora mismo?
--Sí; ahora mismo.
Aviraneta escribió un borrador de solicitud y lo entregó para que lo
copiase Choribide.
Al terminar, Choribide dió las gracias a Aviraneta y murmuró
efusivamente:
--¡Cómo nos desperdician, mi querido señor!
Y haciendo una reverencia llena de respeto y de gracia, completamente
siglo XVIII, Choribide se retiró y salió de la Veleta.
LIBRO TERCERO
EL DIARIO DE LACY
I.
EL SOÑADOR
EUSEBIO de Lacy escribió con detalles su vida en los días que duró
la expedición de los liberales en la frontera. Lacy esperaba una
lucha más brillante, más intensa. En su diario se le ve, a pesar
suyo, desencantado y triste. Su espíritu de soñador y de poeta
se representaba la realidad como algo más fuerte, más noble, más
extraordinario.
Lacy tenía un entusiasmo todavía latente por los militares y por la
guerra. Concebido en época de grandes batallas, su infancia se había
arrullado con la música estridente de las trompetas y de los tambores.
Más tarde había sido educado en colegios con hijos de militares
franceses del Imperio, todos estremecidos y pasmados de asombro ante
las glorias más o menos inventadas de Napoleón y de su ejército.
Eusebio pensaba en su padre, y se lo figuraba como le había visto en
los retratos y en las estampas, vestido de general, con el pecho lleno
de cruces ganadas en los campos de batalla, el rostro fiero, la mirada
relampagueante y la mano en la empuñadura de la espada.
Después de los años de colegio en Francia y en España, Eusebio había
vivido en Quimper, en casa de su madre, en un ambiente pesado,
lánguido, de un pueblo bretón oscuro, en una sociedad levítica de
comerciantes y de armadores, dirigida por realistas y por curas.
Era aquella época de la Restauración, una época de luchas ardientes
en que el monarquismo y el jesuitismo se aprestaban al combate contra
las ideas revolucionarias con todas las armas; las misiones religiosas
se esparcían por las ciudades y por los campos, Francia entera estaba
llena de oradores elocuentes que predicaban el arrepentimiento de
las locuras pasadas. Los misioneros quemaban en las plazas públicas
los libros de Voltaire y los tomos de la Enciclopedia, las familias
enviaban sus hijos a los colegios de jesuítas, las autoridades
obedecían servilmente a las Congregaciones y todo se conseguía con
intrigas. Por entonces se hablaba de los monstruos del 93 y del ogro de
Córcega.
Durante este tiempo, Eusebio había adorado la gloria y el ejército,
sólo por la gloria y por contraposición a las ideas y prácticas
clericales que trataban de imbuirle. Después fué llegando hasta él,
cada vez con más intensidad, la influencia liberal, y reaccionando
contra sus sueños militares, llegó a mirar a Napoleón como un
ambicioso, antihumano y repugnante, y a sus mariscales como una tropa
de brutos miserables dedicados únicamente a la petulancia y al robo.
Lacy creyó haber matado su entusiasmo de gloria y haberlo sustituído
por el ideal más severo de la libertad; pero por debajo de éste se
transparentaban sus sueños de ambición militar.
En su diario se ve que estos sueños pierden su brillo y decaen las
ilusiones de Lacy.
II.
LA ENTRADA EN ESPAÑA
_Añoa, 15 de Octubre de 1830._
EL 14 de Octubre por la mañana salí de Bayona, camino de la frontera,
con la tropa mandada por Valdés. Al atravesar la ciudad estuvo a punto
de ocurrir un encuentro entre nuestra gente y la de Mina.
Cualquiera al oir a los nuestros hubiera dicho que iban a ser unos
héroes; pero no se han portado heroicamente, sino todo lo contrario.
La fuerza de Valdés venía dividida en cuatro compañías: una de
extranjeros, mandada por don Francisco Mancha; otra de vascos,
semi-independiente, la partida de Leguía; otra de navarros y
aragoneses, a las órdenes de Malpica, y un grupo de oficiales al frente
del cual va López Campillo.
Estas compañías se han formado con ochenta o cien hombres y cada una
tiene sus oficiales y sus sargentos. Los soldados ganan treinta y cinco
suses, o sean siete reales diarios.
Yo voy de ayudante del coronel Valdés, y Ochoa, con el mismo cargo, a
las órdenes de Campillo.
Llevamos algunos soldados muy buenos y otros muy malos. Las tropas
vascas y las navarras son las mejores, conocen el país y se encuentran
entre los suyos; las extranjeras son las peores; están, naturalmente,
formadas por lo más perdido de cada casa.
No se ha podido contar con los oficiales franceses liberales, porque el
Gobierno de Julio los ha aceptado a todos en las filas del ejército.
Descontados éstos que hubieran sido útiles, los que han quedado en
nuestras filas son aventureros, gente de presidio más que militares.
Ya a primera vista salta la poca unidad espiritual de esta tropa. Entre
los extranjeros hay la más completa diversidad de tipos y de actitudes,
se ven hombres que tienen el aire nórtico de un noruego, gentes
rubias de cabeza pequeña y ojos azules, al lado de otros que parecen
italianos del mediodía con el pelo crespo, los ojos negros y la mirada
viva. Hay una gran variedad en la expresión de los unos y de los otros;
éste tiene rasgos de energía, el otro de astucia, el de más allá de
cobardía y de cinismo.
En cambio, entre los vascos de Leguía hay tal unidad en la expresión,
que parecen todos de la misma familia, y sólo fijándose en ellos, uno
a uno, se advierte que no se parecen en los rasgos de la fisonomía. En
todos ellos se ve una mezcla de audacia y de atención; más que soldados
parecen cazadores que van a un ojeo.
Entre los extranjeros hay algunos muy curiosos. Uno de ellos es el
guardabosque de Ustariz, amigo de Malpica.
Este hombre, a quien todos llamamos el tío Juan, no se queja de nada,
todo le parece bien. Es un estoico. Le suele acompañar un asistente del
intendente Darracq, que vive en Ustariz y que se llama Alí.
El tío Juan y Alí van siempre juntos, animando a los demás.
Otro tipo extraño es un muchacho inglés que vino a Bayona de San
Sebastián con Tilly. Como no conocemos su nombre y por lo que
parece no quiere decirlo, le llamamos el Inglesito. El Inglesito
se ha incorporado a nuestra pequeña legión extranjera de una manera
aristocrática e individualista; lleva dos criados a su servicio y una
tienda de campaña. Siempre le vemos correctamente vestido, recién
afeitado. El inglés éste parece una estatua griega por su expresión
fría y académica. Tiene el aire de un hombre rico, su traje es
irreprochable y sus cuellos y sus puños están siempre limpios y sus
zapatos recién barnizados, como si fuera a pasear a Hyde Park.
El Inglesito ha hablado con Mancha, el jefe de nuestra legión
extranjera; no parece que quiere tener relación con nosotros y ha
debido poner sus condiciones; nosotros, yo por mi parte, estamos
dispuestos a respetar su reserva y a no ocuparnos de él.
_Urdax, 16 Octubre._
La salida de Bayona fué para mí completamente inesperada. El día 13
me llamó Valdés, y me dijo que había sabido que los dos Gobiernos, el
de Luis Felipe y el de Fernando, habían hecho un convenio, y que no
teníamos otra solución que adelantarnos o abandonar la empresa. El se
lanzaba dispuesto a todo, y al día siguiente al amanecer saldríamos
camino de la frontera. Se dieron las órdenes necesarias para la marcha,
y salimos de Bayona.
Iban con nosotros Chapalangarra y Méndez Vigo. El 14 llegamos a Saint
Pee. Yo dormí en el Castillo de los Brujos de este pueblo. Salimos de
allá y al llegar a la frontera entre Añoa y Dancharinea, Chapalangarra
y el general Méndez Vigo se despidieron de nosotros el uno para ir a
San Juan del Pie del Puerto, el otro a Mauleón.
Hoy por la mañana hemos llegado a Urdax. Nos hemos apoderado del punto
avanzado que abandonaron los tercios y de las armas que había aquí
guardadas. Llevábamos una proclama, suscrita por varios jefes, dirigida
al ejército español, invitándole a imitar al francés, pasándose a
nuestra bandera y a librar a la patria del yugo que la oprime. Se han
dado vivas a la libertad y a la Constitución, y se han montado dos
piezas pequeñas de campaña que encontramos en el puesto avanzado.
Como nos preocupa la cuestión de la alimentación, se han mandado
agentes a comprar víveres a los pueblos de alrededor.
Estoy deseando entrar en fuego.
_Zugarramurdi, 17 Octubre._
Esta mañana hemos dejado en Urdax a Campillo y a Malpica y hemos
salido con las dos compañías, la de Leguía y la de Mancha, camino de
Zugarramurdi.
La razón principal de la marcha es la cuestión de las subsistencias,
que no hay modo de resolverla en un pueblo pequeño en donde escasea
todo.
Zugarramurdi está muy cerca de Urdax, a una media legua próximamente.
Es una aldea que se encuentra en la falda de Peñaplata en la vertiente
de Francia.
Al acercarnos al pueblo han ido nuestras dos columnas separadas,
flanqueando el monte.
En las lomas había unos grupos de tercios realistas que nos han
recibido a tiros.
En este pequeño encuentro nuestros extranjeros mandados por Mancha se
han portado de una manera vergonzosa. Muchos a las primeras descargas
tiraban el fusil y corrían a internarse en territorio francés.
Algunos, por lo que nos han dicho, han entrado en Sara, y la gente,
indignada por su cobardía, les ha recibido a pedradas. Ha habido quien
ha llegado corriendo hasta Bayona.
Unicamente el tío Juan, Alí, el Inglesito y algunos otros han dejado
bien puesto el pabellón.
Afortunadamente, la partida de Leguía al oir los primeros tiros corrió
hacia el pueblo y se apoderó de él. Yo creí que los realistas se
defenderían en las calles; pero no; han abandonado la aldea sin pelear.
Ahora es de noche. A la luz de la luna veo la torre de la iglesia de
Zugarramurdi, blanca, y unos cipreses del pequeño cementerio que la
rodea.
_Vera, 18 Octubre._
Ayer en Zugarramurdi. Valdés, Leguía, Mancha, Campillo y Malpica,
discutieron lo que había que hacer. De todos ellos el menos culto, pero
el más inteligente, es Leguía.
Valdés es un castellano de cabeza dura, de continente altivo y
soberbio; no tiene flexibilidad, discurre por frases. A pesar de su
cerrazón es simpático; tiene una cara noble, un poco alargada, y los
ojos claros.
Si a mí me preguntaran quién debía mandar nuestras fuerzas, diría que
Leguía.
Valdés y Leguía discuten sobre el mapa de Navarra. Leguía es partidario
de ocupar Vera; Valdés no quiere.
Los informes de los caseros son que Juanito el de la Rochapea va a
entrar en Vera con sus tercios realistas y los carabineros. Leguía
opina que sería conveniente ocupar Vera y avisar a Mina para que pasase
en seguida a España. A Valdés no le agrada la colaboración con Mina.
Después de discutir largo rato se ha resuelto que Leguía con su partida
vaya a Vera.
--Usted no ataque--le ha encargado Valdés delante de mí.--La cuestión
es ver qué disposiciones tienen las tropas realistas para nosotros.
Si ataca usted va a decir Mina que somos unos locos, y si fracasa la
expedición asegurará que es nuestra la culpa.
--¿Quiere usted que vaya con él, mi general?--le he dicho a Valdés.
--Sí; vaya usted.
--Quizás quiera venir conmigo Ochoa.
--Que vaya.
El Inglesito al enterarse ha pedido también venir con nosotros.
Leguía ha llamado a sus sargentos y ha dado la orden de que para las
dos de la mañana esté la partida formada en la plaza. Leguía, Ochoa,
el Inglesito y yo vamos a caballo. Llevamos una pieza de artillería
montada en un mulo.
A las dos y media la columna se ha puesto en movimiento. La noche
estaba oscura; hemos pasado por una calle con casas hermosas, grandes,
hemos salido del pueblo y cruzado por delante de la cueva de las brujas
y por el Arroyo del Infierno, después hemos seguido a campo traviesa
hasta descansar, al amanecer, en unos caseríos de Sara.
A nuestra espalda dejábamos Zugarramurdi sobre el promontorio de
Peñaplata, que entra en la tierra llana de Francia. Bajo el cielo gris
se veía un pueblecillo, Sara, y más lejos, vagamente el mar.
Después de tomar el almuerzo hemos seguido adelante, bordeando el monte
Labiaga, por unos robledales que el otoño ha dejado rojizos. El suelo
está cubierto de hojas doradas. Es época de pasa, y por el cielo cruzan
pájaros de todos colores...
* * * * *
En esto, una de las lomas lejanas se llena de siluetas de hombres que
comienzan a hacer fuego sobre nuestra partida.
Por lo que hemos sabido después, el teniente realista D. Miguel de
Sagastibelza, comandante del puesto avanzado, ha destacado contra
nosotros una columna formada por doscientos veinte hombres del 13 de
línea, ciento cincuenta voluntarios realistas procedentes de Burguete,
y trescientos soldados del batallón de tercios del Baztán.
Leguía manda desplegar en guerrilla a su gente y se contesta al fuego.
Después de una ligera escaramuza las fuerzas enemigas se han retirado.
¿Es que están, como dicen algunos, por nosotros y no esperan más que
una ocasión favorable para pronunciarse en nuestro favor?
No lo sé; pero así lo parece.
Con la fuerza de que disponen podían, sin duda alguna, habernos hecho
retroceder y obligarnos a meternos en Francia.
* * * * *
A las doce de la mañana llegamos a una cañada, desde donde divisamos
Vera en el fondo de un valle. Vamos avanzando a caballo Leguía, Ochoa,
el Inglesito y yo.
De pronto Leguía se detiene.
--¿Ve usted--me dice--ese monte que está a un lado del pueblo con
varios caseríos?
--Sí.
--Se llama Santa Bárbara. En la falda, en un repecho hacia el río que
está allí--y señala un barranco,--hay una casa fuerte, la Casherna, y
en la misma falda, al acercarse al valle por el lado más próximo a
nosotros, hay un convento, el convento de Eztegara. La Casherna y el
convento probablemente estarán ocupados por los carabineros.
--¿Y qué tenemos que hacer?--he preguntado yo.
--Dividiremos la fuerza. Usted con Antula, que es mi segundo, y con
cincuenta hombres, se presentará delante de la Casherna e intentará
parlamentar con la pequeña guarnición. ¿Que se rinden?, entonces
mandará usted un hombre al caserío aquel que se llama Lecueder y
agitará un pañuelo blanco. ¿Que no se rinden?, el hombre agitará un
pañuelo rojo y yo me acercaré a Casherna.
--Está bien. Vamos a la segunda parte. Si se rinden los del fuerte ¿qué
hacemos?--he preguntado yo.
--Si se rinden, deja usted diez o doce hombres en la Casherna y se van
ustedes acercando al convento de Eztegara. Yo estaré al comienzo de
este barrio, que es el barrio de Alzate, y esperaré subido sobre uno de
estos montes a ver lo que ustedes hacen y cuándo llegan. Si veo que ha
tenido usted éxito, me presentaré delante del convento e intimaré la
rendición. Usted entonces se acercará con su gente.
--Creo que estamos entendidos.
Leguía habla en vascuence con Antula, le hace algunas recomendaciones
y nos separamos los dos grupos. Leguía toma por la derecha a coger el
camino de San Juan de Luz a Vera; yo, acompañado de el Inglesito, de
Antula y de unos cincuenta hombres, cruzo un barranco y avanzo por la
falda de Santa Bárbara.
Antula, el segundo de Leguía, es un hombre rojo, con las pupilas azules
brillantes, las cejas y las pestañas doradas y la melena hasta los
hombros. Viste un capisayo corto atado con unas cuerdas y tiene un aire
salvaje y fiero. Detrás de él marcha un perro, tan parecido al amo en
el aspecto sombrío, que se ve que está identificado con él. Mientras
vamos andando por el monte, Antula no me dice nada; pero al divisar la
casa fuerte me grita, hablándome de tú:
--¡Baja!
--No, no--exclamo yo, y sigo a caballo.
El Inglesito hace lo mismo.
Nos aproximamos a una casa vieja, aspillerada, que en el pueblo llaman
la Casherna. Antula vuelve a decirme:
--¡Baja!--pero yo sigo adelante a caballo y el Inglesito también.
Al acercarnos a la casa fuerte nos encontramos con un piquete de
realistas formado por unos treinta hombres. Yo, poniendo en prensa mi
cerebro, les dirijo una arenga hablándoles de la libertad.
Los soldados de la Casherna se consultan, vacilan y dicen que se
rendirán a condición de que les dejen marcharse cada cual adonde quiera.
Acepto su proposición y los soldados se van.
El Inglesito me da la mano gravemente. Ocupado el viejo cuartel,
llamado la Casherna, y un pequeño fortín que hay más abajo, hacemos
la seña desde Lecueder a Leguía y nos dirigimos hacia el convento de
capuchinos de Eztegara.
Este convento es un edificio no muy grande, con capilla, cementerio
adosado a ella, vivienda para los frailes y algunos almacenes y
corrales de ganado.