Madama Aristy y Miguel suponían que tan repetidos golpes procedían de

las damas del Chalet de las Hiedras.

--¿Cuándo se van esas mujeres?--preguntaba Miguel.

--Ya dentro de poco--decía su madre.--Esperemos sin escándalo.

En Chimista tampoco se sentía gran contento.

A Dolores se le había marchado su padre y le había vuelto el marido.

Muchas veces Margarita la veía llorando.

León al llegar a su casa pareció satisfecho y entusiasmado, pero pronto

comenzó a aburrirse.

León era un hombre petulante, tipo de vanidoso y de descontento. Tenía

los tópicos de la época y barajaba siempre en su conversación el Arte,

la Naturaleza, Shakespeare, Calderón, las pasiones, la unión de lo

maravilloso y lo grotesco... Hablaba mal de todos los artistas, que

creía que le estaban usurpando la gloria. Se resistía a encontrar bien

las obras de los contemporáneos y hasta las de los antiguos maestros.

Al oirle se sospechaba si se trataría de un hombre de genio. Al ver su

obra se comprendía que no era más que un descontento sencillo.

Margarita sintió por León al conocerle un profundo odio. El verle tan

frío, tan egoísta, tan indiferente a todo lo que no fuera su vanidad le

exasperaba, y muchas veces estaba a punto de insultarle.

Había otras casas en Ustariz que se hallaban en un estado de

intranquilidad semejante; madama Luxe desde hacía tiempo no quería

recibir a nadie, y en el Chalet de las Hiedras todas eran idas y

venidas y misteriosas conferencias.

III.

LAS MANIOBRAS DE CHORIBIDE

DESDE hacía algún tiempo Choribide en complicidad con las damas del

Chalet de las Hiedras intrigaba en el pueblo. Sus maniobras principales

tendían unas a enriquecer el legajo que las dos mujeres de la policía

hacían para Calomarde, las otras a acercar su sobrino Rontignon a

madama Luxe.

Madama Luxe tenía varios galanteadores en Ustariz. Uno de ellos era

un tal Iragaray, hombre caballeresco, aunque un poco perturbado.

Iragaray había pasado por una porción de chifladuras que le duraban

una temporada más o menos larga. La última era la preocupación por las

botas. En esta época, todo el calzado que compraba o le hacían le

venía mal, lo que a Iragaray le entristecía profundamente.

Esta preocupación la compartía con el amor de madama Luxe, amor tímido

y respetuoso que guardaba en el fondo de su alma. El comprendía

que sólo madama Luxe le hubiese podido curar de esta cavilación

transcendental del calzado.

Iragaray, cuando veía a una persona que estaba a gusto sobre sus

zapatos la envidiaba y le tenía por un ser superior.

Si llegaba a ganarse su confianza, la primera pregunta que le hacía era

ésta:

--Perdone usted, caballero; ¿quiere usted hacerme el gran favor de

decirme dónde se ha hecho usted esos zapatos?

El preguntado, que no comprendía que contestar a esta pregunta fuera

ningún gran favor, decía en qué pueblo y en qué zapatería se hacía las

botas. Iragaray se preparaba para hacer un viaje, se encargaba un par

de zapatos y volvía radiante; pero a los cuatro o cinco días se le veía

haciendo muecas de descontento, y tenía que coger los zapatos nuevos y

llevarlos a un rincón, spoliarium de sus ilusiones.

Durante algún tiempo Iragaray veía todo negro, como si el mundo entero

estuviera recubierto de betún, hasta que encontraba una persona

con unos zapatos, que le llegaban al alma. Si esta persona le era

desconocida, Iragaray sufría hasta poder hacerla la pregunta de dónde

se hacía los zapatos.

Iragaray se había enamorado de madama Luxe, y abandonaba la zapatería

por el amor. Le había contado sus cuitas a Miguel, quien le había

recomendado mucha prudencia.

--Todo esto va a acabar con unos cuantos zapatos más en el guardarropa

de Iragaray--decía madama de Aristy.

--Lo malo es que para el pobre hombre cada par de botas es un

desengaño--añadía Miguel.

Choribide, que sabía muy bien las chifladuras de Iragaray, no lo temía

como rival de su sobrino, sino todo lo contrario; hubiera querido que

el pobre chiflado fuera el único de los rivales de Rontignon.

Choribide, al mismo tiempo, trabajaba para las mujeres del Chalet de

las Hiedras.

Los documentos que él facilitaba a madama Carolina, aparecían

oficialmente como procedentes de Rontignon. Se había escrito a España y

Calomarde se manifestaba dispuesto a dar una gran cruz o a aceptar al

ex teniente en el ejército español.

Respecto a la cuestión amorosa, Choribide la dirigió con gran cuidado.

Choribide hizo que su sobrino se hiciera un traje a la moda en la mejor

sastrería de Bayona, alquilara un caballo y pasara todos los días

cuatro o cinco veces por delante de casa de madama Luxe.

Al cabo de una semana escribió una carta, la pensó mucho, comprendiendo

que el estilo de 1830 no era el de su época; y después de varios

ensayos creyó encontrar lo que deseaba. El teniente Rontignon copió

la carta y la dió, con una moneda de cinco francos, a la criada de

madama Luxe. La carta no tuvo contestación. A los pocos días, Choribide

escribió otra muy respetuosa y romántica y madame Luxe contestó. Decía

que no pensaba casarse, que estaba dedicada a la educación de su hija,

y aunque agradecía los homenajes del teniente Rontignon, le suplicaba

que cesase en hacerle la corte.

Choribide estudió la carta detenidamente y decidió primero hacer que la

hija de madama Luxe, Fernanda, tuviera un novio, después se le ocurrió

indisponer a madama Luxe con la gente de Gastizar.

Como novio de Fernanda, ninguno mejor que el joven Larralde Mauleón.

Larralde había cortejado sin gran éxito a Alicia de Belsunce, y luego

para consolarse se dedicaba a galantear a una de las señoritas del

Bazar de París, a la menor, Delfina, creyendo, y con razón, que le

llegaría su turno.

De las dos señoritas de La Bastide, la mayor, Martina, se le suponía

enredada con el ingeniero de Montes; la pequeña, Delfina, era una

histérica. Esta muchacha había andado con todos los hombres del pueblo.

Siempre había tenido un amante o dos al mismo tiempo.

Era una mujer lasciva. Le habían cantado varias veces una copla

popular, que decía:

Dama orrec emenditu

Bederatzi noviyo

Apenas joan dan ari

Bayetz esandiyo.

(Esa dama tiene lo menos nueve novios, y a cualquiera que se acerca a

ella le dice que sí.)

En toda la familia de las muchachas del Bazar había la misma herencia

erótica. Por entonces, la Delfina estaba enredada con un mozo, a quien

llamaban Marcos el del molino o Marcos el gascón.

Marcos era un hombre de una osamenta fuerte, corpulento, la cara ancha,

los pómulos salientes, la mandíbula acusada y los ojos claros. Tenía

la frente pequeña y arrugada, el pelo rubio, crespo y duro que le

entraba como un pico en el entrecejo, las manos velludas y los brazos

largos. Era mozo petulante, vestía grandes y anchos pantalones, faja

encarnada y boina azul.

El bello Marcos sacaba el dinero a Delfina, la pegaba, la pateaba, lo

cual no era obstáculo para que ella estuviese enamorada de él y al

mismo tiempo le engañase. La madre de Marcos era una mujer valiente,

que había venido de la parte del Bearn. Al saber los sucesos de la

Revolución de Julio, esta mujer cogió un fusil y fué al Ayuntamiento a

pedir que se quitara a los concejales y se les sustituyera por otros

revolucionarios.

El bello Marcos no compartía las ideas de su madre y era realista.

Sacaba algún dinero con esto y no le importaba otra cosa. Marcos era un

conquistador y un sátiro; había tenido un proceso por robo y otro por

violentar a una chiquilla, medio idiota, en el campo.

Choribide pensó que debía apartar al joven Larralde de Delfina, y

llamándole con gran reserva le dijo que no le convenía hacer la corte

a aquella muchacha. Era esta una mujer depravada, una cosa perdida.

Le aseguró que estaba embarazada de Marcos, y que no tendría nada

de particular que si se entregaba a él fuera únicamente por tener un

editor responsable del desaguisado.

Después de pintarle tan fea la situación al joven Larralde le puso

delante la perspectiva de Fernanda Luxe, una muchacha encantadora

llena de juventud y de gracia. Larralde Mauleón mordió en el anzuelo y

comenzó a dejar de acudir al Bazar de París. Al mismo tiempo Choribide

habló a la Delfina, y le dijo que Larralde era un fatuo que había

asegurado en público que tendría como querida a la Delfina cuando le

diera la gana. La muchacha, que era poco inteligente, creyó en lo

que le decía el viejo y comenzó a tratar con desdén a Larralde, que

determinó no volver al Bazar.

Entonces Choribide hizo que su sobrino Rontignon buscara a Larralde y

se hiciera amigo suyo.

Pronto pudo notar el astuto viejo que tenía en Gastizar enemigos de sus

planes. Madama Luxe iba todos los días a Gastizar, hablaba allí, había

quien suponía que miraba con buenos ojos a Miguel Aristy.

Entonces a Choribide se le ocurrió escribir un anónimo, cogió un papel

igual al que se empleaba en Gastizar y mandó a madama Luxe una carta

en la que se ponía por los suelos al teniente Rontignon y al joven

Larralde.

Madama Luxe no tuvo el valor de pedir explicaciones a Madama Aristy;

dejó un día de ir a Gastizar, luego al siguiente hizo lo mismo y acabó

por romper las relaciones con la familia de Aristy.

Madama Aristy era demasiado orgullosa para pedir ni para dar

explicaciones. La ruptura se verificó. Era lo que quería Choribide.

Este al mismo tiempo trabajaba con las dos intrigantes del Chalet de

las Hiedras.

Las cartas iban a Madrid y venían de allá constantemente.

Carolina Michu estaba entregada a Choribide y dispuesta a seguir sus

indicaciones.

Madama Carolina no tenía un gran interés personal puesto en la vida de

Ustariz; estaba deseando que pasaran aquellas circunstancias para salir

de la aldea y marcharse a otra parte. No le pasaba lo mismo a Simona.

Simona no se ocupaba más que de Ustariz y de los que vivían en el

pueblo.

Al saber que madama Aristy quería echarlas del Chalet de las Hiedras,

le tomó un odio intenso. Antes había coqueteado con Miguel, porque

le era simpático; después coqueteó con León, por ver si podía dar un

disgusto a la vieja orgullosa de Gastizar, como llamaba ella a madama

Aristy.

Simona, que no tenía inclinación ninguna por León, llegó a dominarle;

le sacó dinero, produjo un gran disgusto en Gastizar y otro en Chimista.

Simona sintió tanto odio por Dolores Malpica como por madama Aristy;

a la vieja, como ella la llamaba, la odiaba por su orgullo; a la

española, por su aire de candidez y de bondad.

León, que se creía amado por una gran dama, no sólo no se recataba,

sino que hacía alarde de visitar el Chalet de las Hiedras. Dolores se

determinó a pedirle explicaciones, y marido y mujer riñeron.

Miguel Aristy tuvo que terciar en el asunto, y como mal menor se

decidió que León volviera a París.

Mientras tanto Tilly, enterado por Aviraneta de que las damas del

Chalet de las Hiedras eran dos aventureras, las trataba así, y era muy

bien acogido en la casa. El y Choribide solían pasar la tertulia en el

chalet y en el Bazar de París.

Madama Carolina comenzaba a asustarse de la violencia y del fuego que

ponía en sus empresas Simona.

--Esa loca me va a comprometer--decía, y suplicaba a Choribide que la

vigilara para que no hiciese alguna tontería.

Simona tenía su centro de operaciones en el Bazar de París; allí solía

estar intrigando con las dos señoritas de la Bastide, con Choribide y

con Marcos el gascón, de quien se había hecho gran amiga.

IV.

MARGARITA

TODOS los días y a todas horas estaba Margarita Tilly en Chimista con

su amiga Dolores. Margarita había tomado gran cariño a Dolores, para

quien tenía todas sus amabilidades.

Dolores, que pasaba en aquel momento por la amargura de tener a su

padre expuesto a ser muerto y a su marido separado de ella, estaba

llorando a cada instante. Dolores tenía un carácter resignado y dulce y

encontraba la calma en la mayor contrariedad.

Margarita se había constituído en protectora de Dolores. Cogía a los

dos chicos, a Miguelito y a Dolorcitas, y se marchaba con ellos para

dejar a la madre desahogar su pena.

Si Miguelito era travieso y valiente, Dolorcitas prometía ser como su

madre, dulce y tranquila.

El chico era fanfarrón y charlatán; jugaba con un gato que se llamaba

Chipi. Chipi era un poco payaso, gran cazador de pájaros, ladrón y

fantástico. Chipi, la pequeña pantera doméstica, corría con Miguelito,

se afilaba las uñas en los muebles y rasgaba la tela de los sillones;

subía a los árboles, perseguía a las lagartijas y a las mariposas;

hacía bufonadas y parecía incomodarse cuando la gente se reía. Solía

divertirse mucho cazando musarañas, a las que martirizaba.

Miguelito era gran ingeniero; hacía fortalezas con arena y las coronaba

con banderas.

Mientras él se dedicaba a la ingeniería, Dolores tenía a la niña en

brazos y quedaba embebida.

--No te duermas, mamá--le decía el chico.

Margarita se sentaba en la escalera de piedra, adornada con tiestos,

un escalón más bajo que Dolores, como en adoración, y solía estar

hablándole y jugando con los chicos.

Contaba a su amiga su vida y explicaba sus ideas. Dolores daba su

opinión mientras hacía algún trabajo de costura o de media.

Cuando Dolores tenía que trabajar, Margarita con los chicos salía fuera

por los campos. Se había ganado la amistad de Grashi Erua, la loca, y

de un chiquillo de diez o doce años, atrevido, a quien llamaban Chistu.

Grashi Erua llevaba flores a Chimista y jugaba con Miguelito, por quien

tenía gran cariño.

Grashi Erua vivía en la miseria; los aldeanos que se habían hecho cargo

de ella se habían enriquecido despojándola. Luego, viendo que nadie se

presentaba a reclamarla, la quisieron obligar a trabajar en el campo

y a servirles de criada, pero ella no obedecía. Era un ser montaraz e

indomable. A veces se la veía en medio del bosque o a la orilla de un

arroyo con una guirnalda de yedras o de muérdago en la cabeza, cantando

una canción triste. Al principio los chicos le tiraban piedras, pero

llegaron a tener por ella cierto temor.

Grashi Erua solía entrar en Chimista cuando le parecía, ayudaba a

alguna cosa a Dolores; pero en general no hacía más que jugar. En

invierno se metía en la cocina cerca del fuego, y allí charlaba de una

manera confusa e incoherente.

Chistu, el chico vagabundo, era un pillastre a quien le gustaba la

libertad y el aire libre. Estaba negro por el sol y tenía una cara viva

de granuja. Aquí pescaba o se bañaba, allí se subía a los árboles y

venía con una ardilla o con una lechuza viva que había cogido.

Margarita era la capitana de aquella tropa menuda. Grashi Erua, Chistu

y los pequeños le obedecían sin réplica.

Todo el día se pasaba Margarita en Chimista. En cambio a Gastizar iba

poco, y aunque pasaba por delante no se detenía nunca.

Margarita no quería nada con los de Gastizar; sentía gran antipatía por

madama Aristy y se manifestaba desdeñosa con Alicia. El egoísmo y la

discreción de ésta le producían el mayor desprecio.

--Es un taco--solía decir.

Al lado de Alicia, Margarita Tilly era como un torbellino. No podía

tener prudencia; pero se le perdonaba todo por su espontaneidad y por

su gracia.

Era lo contrario de la señorita de Belsunce. En Margarita no había

cálculo ni disimulo. Las simpatías y antipatías se desarrollaban en

ella de una manera rápida y esporádica y no se tomaba el trabajo de

disimularlas.

Alicia, en cambio, era de una discreción y de una prudencia monjiles.

Sabía guardar los pequeños secretos como nadie. No había miedo de que

dijera una inconveniencia. Medía las palabras con cuidado exquisito.

Madama de Aristy, que creía éste uno de los mayores méritos que podía

tener una persona, le otorgaba su benevolencia.

Alicia era defensora de las prerrogativas aristocráticas de su familia.

No le gustaba que se dijese que entre los vascos no había habido

feudalismo. Le hubiera gustado ser feudal.

Margarita no se preocupaba de estas cosas. Quería ser libre, hacer

su capricho, y tenía para las personas y para las ideas una mirada

atrevida y de frente.

A Miguel le gustaba la gracia rebelde de Margarita.

De toda la gente de Gastizar únicamente por Miguel tenía Margarita

simpatía, y eso que Miguel se burlaba un poco de ella y de su

insociabilidad.

Charlaban los dos amistosamente largo tiempo.

--Usted también habrá sido un conquistador, Miguel--le decía ella.

--Yo, no. Las mujeres me han hecho poco caso, Margarita; lo mismo de

joven que de viejo.

--¡Bah! No le creo a usted.

--Pues es cierto. Sin duda yo no he tenido nunca grandes atractivos

para las damas.

Margarita no se convencía. Un día creyó que Miguel era un corruptor.

En el piso bajo de Chimista vivía un matrimonio joven que trabajaba

en los campos. El era un muchacho nacido en un caserío próximo; ella,

la hija de un jardinero de Gastizar. Este jardinero, un normando alto

y rubio, había venido de guardia de Aduanas y se había quedado en

Gastizar. Fanchon, su hija, había nacido allá. Era Fanchon una mujer

con un aire selvático; la sangre normanda de su padre mezclada con la

vasca de su madre había dado un hermoso producto. Era rubia, blanca,

con los ojos azules.

El día que la vió Margarita hablando con Miguel estaba dando de comer

a los cerdos y a las gallinas, riñendo a toda la tropa con los pies

metidos en los zuecos y un pañuelo en la cabeza.

En el corral, una vieja flaca y acartonada, la boca sin dientes, la

cara llena de arrugas, tenía un niño rollizo en brazos.

--Estás guapa, Fanchon--le decía Miguel con cierta tristeza cómica.--Yo

me debía haber casado contigo y esa criatura sería mía.

--A buena hora se acuerda usted--replicó ella con desgarro.--¿Por qué

no lo pensó usted antes?

--¿No podríamos empezar todavía, Fanchonette?

--No.

--De manera que Praschcu, ese imbécil de tu marido, exige fidelidad.

--Como la exigiría usted.

--¡Qué pena!--exclamó Miguel con melancolía burlona.--¡Yo! ¡Que te

he tenido en brazos cuando eras niña! ¿No podría tener un poco de

derecho?...

--Ninguno.

--Eres muy cruel, Fanchon.

--¡Ah! Siempre está usted así. ¿Por qué no se casa usted de una vez?

--No me hacen caso, chica, ya. No me hacen caso.

Margarita que oyó la conversación se la contó a Dolores con gran

misterio, y ella, riendo, volvió a contársela a Miguel.

V.

EL NIÑO

UNA tarde en que D. Eugenio y Tilly charlaban en el comedor de la

Veleta comentando a Maquiavelo, se presentó Margarita que venía

corriendo, sofocada y sin aliento.

--¿Qué pasa?--le preguntó su hermano.

--El niño... el niño de Dolores... lo han robado.

A Tilly no le preocupaba tanto como a su hermana el niño de Dolores, y

se encogió de hombros.

Aviraneta preguntó cómo había ocurrido el caso.

--Estaba, como todos los días, jugando a la puerta de la casa, cuando

ha pasado un rebaño de ovejas por delante. Vamos, Miguelito, le ha

dicho la chica que iba con el rebaño. El niño le ha seguido y ha

desaparecido. Se ha mirado por todos los alrededores y no se le ha

encontrado.

--¿Y cuánto tiempo hace que falta?--preguntó Aviraneta.

--Ya cerca de diez horas.

--¿Qué edad tiene el chico?

--Cuatro años y medio.

--Sí; entonces es muy posible que lo hayan robado.

--¿Qué haremos?--exclamó Margarita.--La pobre madre figúrese usted cómo

está. Vengan ustedes conmigo.

--Bueno, vamos--dijo Aviraneta.

Salieron los tres, y al pasar por Gastizar, Margarita dijo a su hermano:

--Llámale a Miguel Aristy y dile lo que pasa.

Tilly entró en Gastizar y volvió al poco rato solo.

--¿No está?--le preguntó Margarita.

--Debe estar en Chimista.

Efectivamente, al llegar a Chimista se lo encontraron. Empezaba

a oscurecer y el niño no venía. La madre estaba en la mayor

desesperación. Miguel y Dolores habían salido por los alrededores

llamando al niño, pero no aparecía.

--Bueno, señor Aristy--dijo Aviraneta;--si andan ustedes así a la

casualidad, como locos, no encontrarán ustedes ninguna pista. Vamos a

hablar los dos serenamente a ver si encontramos algún indicio.

--Tiene usted razón. El dolor de la madre le perturba a uno, contagia

su intranquilidad.

--Vamos a un sitio donde estemos solos.

--Entremos aquí. Sentémonos.

Entraron en el cuarto del coronel Malpica.

--Veamos el hecho escueto primeramente--dijo Aviraneta.--¿Cómo ha

sucedido?

--¿Quiere usted que le llame a Fanchon, la mujer que vive aquí?

--Sí.

Entró Fanchon en el cuarto, con la cara llena de lágrimas.

--Cuéntanos lo que ha pasado con detalles--le dijo Aviraneta en

vascuence.

--Pues nada--dijo Fanchon;--el niño estaba jugando, como casi todos los

días, por aquí, por delante de la casa. Ha pasado un rebaño, y el chico

que iba detrás le ha dicho: "¿Miguelito, vienes?" Miguelito ha salido

detrás del rebaño y no ha vuelto. Eso ha sido todo.

--¿Tú has visto al chico que le ha llamado?--preguntó Aviraneta.

--No, no le he visto. No sé si mi marido le habrá visto.

--Llámalo; y si no sabe nada, pregunta por ahí a ver si hay alguno que

haya visto al chico que ha llamado a Miguelito al pasar.

Salió Fanchon corriendo del cuarto y volvió al poco rato, sofocada, con

Praschcu, su marido.

--Mi marido le ha visto.

--¿Usted le ha visto al chico que ha llamado a Miguelito?

--Sí.

--¿Quién era?

--Era un chico que llaman Mandharra, del caserío de Gros Jean, el

tramposo--dijo Praschcu hablando muy despacio.

--¿Es pastor?

--No; es un chico pobre que suele andar a veces pidiendo limosna y que

ahora está en un caserío.

--¿Y cómo llevaba hoy ese rebaño?

--Mandharra iba al lado de la zagala que suele andar siempre con el

rebaño.

--¿Ese Mandharra suele tener punto fijo donde dormir?

--Sí; en el caserío de Gros Jean, el tramposo, que se llama Beletchea

(la casa del Cuervo).

--¿Y quién es ese caballero?

--Ese caballero, como usted dice, no vive--contestó Aristy.--Viven sus

hijas, que yo creo que están un poco locas.

--Pues ¿qué les ocurre?

--Son tres solteronas solitarias, que no salen nunca de casa. Yo las

llamo las Tres Lamias. No quieren ver a nadie. Trabajan en el campo de

noche, a la luz de la luna, para que no las vean. Y de día se asoman a

mirar por entre las parras.

--¿Viven cerca?

--Sí; a un cuarto de hora de aquí. ¿Sospecha usted de ellas?

--Por ahora no. Primeramente dígame usted qué enemigos tiene su cuñada.

Miguel habló de las damas del Chalet de las Hiedras y de sus

antecedentes.

Como no especificaba nada, Aviraneta dijo:

--Vamos a interrogar a la madre del niño. ¿Quiere usted llamarla?

Aristy llamó a su cuñada, que entró llorando a lágrima viva.

--Una pregunta nada más--le dijo Aviraneta.--¿Tiene usted algún motivo

para suponer que una de las mujeres que vive en el Chalet de las

Hiedras le odia a usted?

--Sí, algún motivo tengo, porque hace unos días me envió las cartas que

le había escrito mi marido a ella.

--¿Las tiene usted ahí?

--No, las rompí.

--¿Usted supone que se las envió la más joven de las dos, Simona?

--Sí.

--Al enviarle las cartas a usted ¿no decía nada?

--Sí; me escribía un papel lleno de mala intención para mí.

--Está bien. Tranquilícese usted. Encontraremos al chico--dijo

Aviraneta.--El chico no está perdido, está robado, y una de las mujeres

del Chalet de las Hiedras lo ha mandado robar.

La opinión de Aviraneta era también la de Aristy.

--Ahora vamos a ver qué hay que hacer--dijo Aristy.

Aviraneta llamó a Tilly y los tres deliberaron. Era indudable que

Simona, si era ella la que había preparado el robo del chico, no se

había entendido con Mandharra, porque ella no sabía el vascuence ni

el chico el francés. Simona se había valido de algún intermediario,

probablemente de Marcos.

Aviraneta, Aristy y Tilly decidieron volver al pueblo y apoderarse de

Simona y de Marcos, y obligarles a decir dónde estaba el niño.

Antes de salir de Chimista, Aviraneta preguntó al marido de Fanchon:

--¿Por este camino hacia el monte, en una legua o en dos, hay alguna

cueva?

--Sí. Hay una que llaman Lecebeltz (la sima negra).

--Pues id a registrarla. Praschu, Fanchon y Grashi Erua salieron en

aquella dirección, mientras Aviraneta, Aristy y Tilly se encaminaron

hacia Gastizar. Entraron por la huerta, y andando a oscuras se

dirigieron hacia el Chalet de las Hiedras.

--Voy a llamar más gente--dijo Aristy.

Miguel marchó despacio hacia Gastizar y volvió a la media hora con

Víctor Darracq y con Ichteben. Al acercarse Aristy a Aviraneta éste le

dijo:

--Chit.

--¿Qué pasa?

--Está aquí Marcos.

--¿Tendrán ahí el niño?

--No creo.

--Vamos a ver si cazamos al bello gascón.

Esperaron más de una hora.

--Yo conozco la casa--dijo Tilly;--si tuviera una escalera para subir

podría arreglármelas para oir la conversación.

--Yo la traeré--saltó Ichteben y desapareció en la oscuridad.

Los Caudillos de 1830 · 第 3 / 9 段