Al día siguiente Aviraneta quiso hacer nuevos intentos; por la mañana

Ochoa y él salieron con sus carros de carbón y los llevaron a una

venta del camino de Astigarraga. Al anochecer entraron de nuevo en San

Sebastián, y Aviraneta fué a visitar solo al barón de Carondelet y a

dos oficiales liberales. Después de su visita quedó convencido de que

no se podía hacer nada.

Al otro día al abrirse la puerta de Tierra salió don Eugenio camino de

Astigarraga. Una muchacha alta marchó casi al mismo tiempo que él y se

detuvo en la misma casa, a cuya puerta estaba Ochoa.

--¿Qué? ¿vamos?--preguntó Aviraneta.

--Sí, ya están uncidos los bueyes. Esta señorita viene con nosotros.

--¿Esta señorita?

--Sí. Es la hermana de Tilly.

--¿Y qué extravagancia es esa de querer venir en un carro?

--Así si me buscan no me encontrarán--replicó ella.

Margarita Tilly guardó la mantilla y se ató un pañuelo a la cabeza a

estilo de casera. Llevaba corpiño, delantal y alpargatas.

--Vamos--dijo y tomó una cesta al brazo, y comenzó a marchar.

Margarita Tilly era una muchacha de cara larga y expresiva, tenía los

ojos azules, brillantes y oscuros, llenos de audacia, el mentón algo

pronunciado y el pelo rubio. Había cierta asimetría en su rostro,

aunque no tanta como en el de su hermano, asimetría que le daba gracia.

--No sé si le tomarán a usted por una aldeana--dijo Aviraneta--me

parece usted demasiado bonita.

--Muchas gracias, don Eugenio--exclamó ella riendo.

--No es galantería. Es precaución. Si a usted la cogen la llevarán

de nuevo a casa de sus parientes de San Sebastián, a nosotros por de

pronto nos meterán en la cárcel.

--Bah, don Eugenio. Usted no tiene miedo a eso.

--Parece que me conoce usted.

--Sí, Ochoa me ha hablado de usted.

--Cuando pasemos por los pueblos apártese usted de nosotros y tome

usted el aire más estúpido posible que pueda usted tomar--recomendó

Aviraneta.

--Bueno, así lo haré.

Varias veces Margarita subió al carro que dirigía Aviraneta. Ochoa que

iba detrás se le acercaba a echarla flores.

--¡Eh! ¡Eh!--decía Aviraneta.--_¡Atzera! ¡Atzera!_ (¡Atrás! ¡Atrás!)

No ocurrió nada en el camino, pero al acercarse a media tarde a Irún,

Aviraneta se encontró con un viajero elegante que iba en un cabriolé y

que se paró al verle.

--¡Eugenio!--exclamó.

Aviraneta estuvo a punto de soltar el palo y echar a correr.

El joven bajó del coche y exclamó:

--¿No me conoces?

--No.

--Joaquín Errazu, tu primo.

--¡Ah! Es verdad. Hace ya tanto tiempo que no te he visto.

--¿Qué es esto? ¿Qué pasa? ¿Por qué vas así vestido?

Aviraneta explicó a Errazu lo que habían hecho.

--Esta señorita es una amiga nuestra que va a reunirse con su hermano.

Es la señorita de Tilly. ¿Tú no la podrías pasar a Behobia en tu coche?

--Sí, con mucho gusto. Si quiere le daremos de merendar en mi casa y

luego la llevaremos a Behobia.

--Bueno. Ya sabe usted, Margarita.

Margarita se puso de nuevo la mantilla y montó en el cabriolé.

Aviraneta y Ochoa llegaron a Azquen Portu, se lavaron y cambiaron de

ropa y poco después pasaron en lancha a la otra orilla del Bidasoa.

En Behobia estaba Margarita en compañía de Errazu, que se mostraba muy

galante con ella. Montaron Margarita, Aviraneta y Ochoa en el cochecito

de Beunza y se dirigieron hacia Bayona.

--¿Está usted contenta del viaje?--preguntó Aviraneta a Margarita.

--Contentísima.

--¿Le han tratado a usted bien mis parientes de Irún?

--Como a una reina. Me han sentado a la mesa, al lado del tío de usted,

el cura, a tomar chocolate, y me han contado de usted una porción de

diabluras que hizo usted cuando era chico.

--El primo joven de don Eugenio creo que le galanteaba a usted un

poco--dijo Ochoa.

--¡Bah! De eso no hago caso.

Charlando los tres llegaron ya muy entrada la noche a Bayona, y fueron

a parar a la fonda de Iturri.

VIII.

FRACASA EL PROYECTO

AL día siguiente el general Mina, enterado de la vuelta de Aviraneta,

le invitó a comer a su casa. Don Eugenio fué obsequiado, tanto por

el general como por su señora doña Juana Vega, a quien los íntimos

llamaban doña Juanita.

--¿Qué impresiones trae usted de San Sebastián?--preguntó Mina.

--Malas.

Y Aviraneta contó con detalles lo que le habían dicho los militares y

paisanos con quienes había hablado.

--¿Así no es posible que ellos hagan algo?

--Por ahora, nada. Si se pudiera retrasar el movimiento, ¿quién sabe?

--No, no, ya no puede ser. Ya sabe usted lo que es la gente... Ha

habido quien se ha acercado a mí a decirme que no me fíe de usted... Si

propongo el aplazamiento, van a creer que soy un traidor.

--¿Qué haremos?--preguntó Aviraneta.

--Esperaremos a ver si le contestan a Campillo... Avíseme usted en

seguida que haya contestación... ¿Usted qué cree que se necesitaría

para sobornar una guarnición como la de San Sebastián?

--Yo me figuro que para empezar se necesitarían unos cuarenta o

cincuenta mil duros... quizás más.

--Es mucho dinero...; pero, en fin..., ¿quién sabe?... Mendizábal es un

hombre listo... comprenderá los motivos...

--Y si no tiene usted medios, ¿qué va usted a hacer, general?

--Ya no tengo más remedio que lanzarme. Salga lo que saliere.

Aviraneta dejó la casa del general y se reunió con Lacy y con Ochoa, a

quienes contó su entrevista.

Dos días después, por la mañana muy temprano se presentó Campillo en la

fonda de Iturri.

--Coja usted el frasquito del reactivo--le dijo a Aviraneta;--creo que

hay carta. Vamos a dar un paseo.

Campillo, Aviraneta y Lacy se dirigieron a Saint Pierre de Irube y se

metieron en una venta muy solitaria que se llamaba Bidegañeche (la casa

en lo alto del camino). Pidieron a la dueña de la venta un cuartito

y que les diera de almorzar. La dueña los subió al primer piso de

la casa, que tenía una gran ventana al campo. Cerraron la puerta, y

Campillo dijo que el patrón del quechemarin de Santoña había traído un

pliego en blanco, doblado, como si fuera papel para hacer cigarrillos y

que suponía estuviera escrito con tinta simpática.

Sacó don Eugenio la botellita del reactivo, desdobló el pliego y lo

untó con un pincel por sus cuatro caras. Campillo y Lacy miraban con

atención por si aparecían las letras. Al secarse el papel se destacaron

claramente.

La carta era del hermano de López Campillo; decía que después de

haberse enterado de las instrucciones, había comenzado sus trabajos y

comunicado sus planes a un comerciante amigo suyo, quien le dijo que

hablaría a los militares y le daría una respuesta en el plazo de tres

días.

Al cabo de este tiempo el amigo le había dicho que después de hablar

con varias personas, entre ellas con el comandante de artillería de

la plaza y con algunos oficiales de la misma Arma, estaba convencido

de que todos se hallaban dispuestos a entrar en el movimiento siempre

que se contase con los jefes que ocupaban altos cargos. Estos eran

el gobernador de la plaza, brigadier Fleires; el teniente del rey,

coronel D. Diego Rodríguez, y el sargento, capitán don Juan Bautista

Viola. Respecto al gobernador militar de la provincia, D. Vicente

González Moreno, se le tenía por realista acérrimo y afiliado al Ángel

Exterminador.

Los oficiales subalternos estaban dispuestos a tomar parte en el

alzamiento con ciertas condiciones. Estas eran: primera, que Mina

asumiese la responsabilidad de lo que se hiciera; segunda, que el mismo

general respondiera de que en el interior de la nación secundarían el

pronunciamiento, y tercera, que se les enviara fondos para ganar a los

sargentos y a los soldados.

Campillo quedó un poco extrañado de que en su país como en el resto de

España no hubiese más prestigio entre los liberales que el de Mina. Se

decidió leer la carta al auditor Aguado, y Lacy, Campillo y Aviraneta

salieron de Bidegañeche y volvieron hacia Bayona a buscar al auditor

en su casa de Saint Esprit.

Aviraneta subió al piso, y dijo al auditor que sería conveniente

marchase a ver al general y le preguntase cuándo podían leerle una

carta importante.

Aguado tomó un coche de los que llamaban _citadinas_, invitó a subir a

Campillo, a Lacy y a Aviraneta, y fueron los cuatro a casa del general.

Este se hallaba en la cama.

Doña Juanita, la señora del guerrillero, pasó a los visitantes a la

alcoba.

Mina estaba macilento, demacrado; tenía un montón de papeles sobre la

cama. Oyó leer la carta del hermano de Campillo con atención; estuvo

largo rato pensativo, y dijo:

--Voy a reunir a los jefes y a Mendizábal y a exponerles el asunto.

Quisiera que comprendieran su importancia... Usted, Aguado, podría ir a

visitar mientras tanto al banquero Silva y explicarle el caso.

--Bien. Iremos Aviraneta y yo.

--Para la noche tendrán ustedes la contestación.

Fueron Aviraneta y Aguado a la casa de Silva, un banquero judío de

Saint Esprit.

La casa era una casa pequeña y estaba en una callejuela oscura y

triste. Tenía un escaparate reforzado por dentro con una alambrera.

Entraron en la oficina, que era un cuarto donde escribían dos

empleados. Se veía en ella una caja de caudales grande, empotrada en la

pared y una porción de legajos y de papeles.

Aguado dijo lo que quería y el empleado llamó en una puerta, que se

abrió chirriando y se volvió a cerrar.

El banquero era un hombre pálido de perfil judío, muy fino, muy atento.

Escuchó sonriendo lo que le decían, y dijo que hablaría a Mendizábal y

que intentaría influir y hacer todo lo que estuviera de su parte.

Al salir a la calle Aviraneta y Aguado oyeron risas en un balcón,

volvieron la cabeza y vieron dos muchachas de perfil aguileño y de ojos

negros, las dos muy bonitas, las hijas del banquero.

Salieron de casa de Silva. Aguado se quedó en Saint Esprit, y dijo que

por la noche al terminar la reunión de los caudillos en casa de Mina

iría a decirles el resultado a la fonda de Iturri...

Después de cenar se reunieron en el cuarto de Aviraneta, Lacy, Ochoa y

Campillo. La impaciencia hizo a Lacy abrir la ventana, y para que no se

viese la luz en la calle se apagó el quinqué. A las once de la noche

llegó Aguado. Ochoa fué a abrirle la puerta; Lacy cerró la ventana y

encendió la luz.

--¿Qué hay?--preguntaron con ansiedad al auditor.

--El proyecto está rechazado. Los demás jefes, a quien ha expuesto

Mina los propósitos de ustedes, han dicho que son inútiles. Están tan

obcecados, que creen que les ha de bastar presentarse en la frontera

para que toda España se les una.

--¡Qué idiotismo! Qué imbecilidad!--exclamó Aviraneta.--¡Y tener que

formar partido con esta gente! Es triste.

--¿Y no han dicho más?--preguntó Ochoa con sorna.

--Algunos han asegurado que hay agentes de Calomarde que quieren

desviar el movimiento.

--Puesto que los liberales españoles son tan bestias--murmuró Aviraneta

con ironía,--¡qué le vamos a hacer!

--Respecto a usted, amigo Aviraneta--siguió diciendo Aguado,--se afirma

que quiere usted recoger el fruto sin haber trabajado como los demás.

--¡Qué asco de gente!

--Al salir de la reunión--terminó diciendo el auditor--he visto a

Jáuregui, que me ha indicado que le diga a usted, Aviraneta, que hay

siempre un puesto para usted en la Compañía Sagrada que ha formado con

antiguos oficiales.

--Bueno. Dele usted las gracias si le ve.

Se marchó Aguado y después Campillo; Lacy y Ochoa se fueron a su

cuarto.

IX.

AVIRANETA, DESPECHADO

AL día siguiente, a la hora del almuerzo, se reunieron en la fonda de

Iturri, Campillo, Lacy, Ochoa y Aviraneta.

--No le parece usted, don Eugenio--preguntó Lacy,--que sería

conveniente que todos siguiéramos el mismo camino y marcháramos con el

mismo jefe. Nosotros vamos con Valdés.

--Yo estoy comprometido con él hace tiempo--dijo Campillo.

--Yo no pienso ir con nadie--repuso Aviraneta.--No quiero ir dirigido

por imbéciles.

--¡Pero don Eugenio!

--No, no. Ir con gente así, que no tiene medios, ni un golpe de vista

genial para marchar al fin, es ir a un fracaso, y a un fracaso

ridículo. No, no, no voy. Sé cómo son estos militares españoles, de

una inutilidad, de una suficiencia y de una majadería imponderables.

Cuando hayan conducido la empresa al desastre se refugiarán en las

chinchorrerías, en los detalles... No, no.

Campillo se encogió de hombros y no dijo nada. Lacy quiso convencer a

Aviraneta.

--¿Pero de verdad no va usted a ir, don Eugenio?--le preguntó.

--De verdad. Conozco la guerra. Es la cosa más estúpida, más

desordenada y sin objeto que pueda hacerse. Todo lo que no se realice

en política por la inteligencia y por el cálculo, es perfectamente

inútil. ¡La guerra! Unos hombres que van, otros que vienen, la mayoría

sin saber porqué; aquí que se corre, allí que se persigue, en este otro

lado que se fusila... plan, ninguno...; la casualidad...; no, no; me

parece demasiado imbécil.

--¿Pero va usted a negar hasta la táctica, el arte?

--No creo en tal arte. Me parece una mixtificación de los militares.

Yo no he visto en la guerra más que desorden, brutalidad y estupidez.

Casualidad, casualidad y casualidad.

--Pero hay una ciencia por encima de la casualidad y de la

barbarie--exclamó Lacy.

--Yo lo dudo mucho. Todo esto que hacen los militares no se diferencia

gran cosa de las pedreas de chicos.

--No, don Eugenio, no.

--Yo creo que sí. Nunca verá usted que un patán pueda sustituir a un

mecánico o a un matemático; en cambio, a un general lo sustituye un

cura, un campesino, cualquiera, y lo hace tan bien como él y a veces

mejor. Parece que cuando se ponen frente a frente dos bandos tiene que

haber un vencedor y un vencido. ¿Pero lo hay siempre? ¿Y cuando lo hay

depende de la ciencia? Esto es muy dudoso. No creo que se pueda hacer

mucho caso de las afirmaciones de estos pedantes de uniforme, porque en

ellos la petulancia es moneda corriente. En fin, querido Lacy, si usted

toma parte en la intentona lo verá.

--¿Así que usted está decidido a no ir?

--Completamente decidido.

--¿Y qué va usted a hacer?

--Me quedaré aquí, o quizás vaya a Ustariz con Tilly. Aquí, en Bayona,

parece que va a haber una vigilancia molesta.

Por más que Lacy intentó nuevamente convencerle, Aviraneta se aferró a

decir que no iba.

Ochoa y Lacy marcharían los dos con Valdés; pocos días más tarde se

presentó Malpica a tomar el mando de su gente. Venía en compañía del

tío Juan el guardabosque, y de Alí, el asistente de Víctor Darracq.

X.

ORDEN DE MARCHA

EL 9 de Octubre, después de largas diligencias, los jefes liberales

firmaron un acuerdo de acatar las órdenes de Mina. Unicamente no

quisieron aceptar su jefatura Valdés, Méndez Vigo y Chapalangarra.

Estaba ya dispuesto el plan general de la invasión.

Por Vera entraría Mina con todo su Estado Mayor, formado por los

generales Butrón, López Baños, Jáuregui, Iriarte, etc.

Por Urdax, a tomar el camino de Elizondo y apoderarse del valle del

Baztán, pasaría el coronel Valdés, nombrado por la Junta revolucionaria

mariscal de campo.

Por Valcarlos, a seguir el camino de Pamplona, iría Chapalangarra con

un ciento de voluntarios parisienses y algunos aventureros españoles,

entre ellos el poeta Espronceda.

Por los Alduides cruzaría el general Espinosa, que se encargaría del

mando de Navarra. Parte de sus tropas, al mando de Barrena, Sarasa y

León Iriarte, avanzarían al oeste en dirección del Baztán.

Con esto, las tropas destacadas hacia la parte occidental de los

Pirineos por el Gobierno de Fernando tendrían que dividirse. Algunas

de ellas, comprometidas, se esperaba que hicieran causa común con los

liberales.

Mientras Sarasa y Barrena levantaban el Baztán, Espinosa, marchando

al Este, provocaría el alzamiento de los valles más liberales de las

Aezcoas y del Roncal, que se darían luego la mano con los valles del

Pirineo aragonés en donde operaría el general Plasencia.

Mina, dejando partidas que recorrieran los puntos desde Urdax hasta

Irún para conservar las comunicaciones con Francia, y obrando en

combinación con las fuerzas de la columna de Espinosa debía llamar

sobre sí la atención del grueso del ejército español.

El general Plasencia se correría por Oloron, llevando a sus órdenes al

coronel Domínguez, al canónigo Barber y algunos otros conocedores del

país.

Méndez Vigo, con sus doscientos hombres, la mayoría carbonarios

italianos y polacos, le secundaría avanzando hacia el Roncal. Se le

reuniría después Vázquez Roselló que se encontraba en Orthez.

Gurrea, que estaba en Bagneres de Bigorre, operaría en el Alto Aragón.

En Cataluña, la mayoría de los militares que pensaban tomar parte en

la empresa era poco adicta a Mina, pero casi todos ellos se habían

comprometido a cooperar en el movimiento.

Don Evaristo San Miguel, nada afecto al caudillo navarro, había

recibido un mando de la Junta de Bayona, que llamaban minista, y fué

a Perpiñán a reunirse con el ex diputado D. José Grases, amigo de

Torrijos, para preparar la entrada en Cataluña.

Una de las columnas la mandaría Milans del Bosch llevando a Baiges como

segundo; otra Miranda, y pasarían ambas por la Junquera. La tercera

columna, al mando de San Miguel, entraría por Andorra.

En combinación con los movimientos en la frontera francesa, se esperaba

la salida de Torrijos, Manzanares y Palarea, que partirían de Gibraltar

y marcharían por la carretera hacia Madrid. La tropa de Marina y la

guarnición de Cádiz estaba, según se decía, ganada por los liberales.

XI.

LOS REALISTAS

EL Gobierno de Calomarde no se dormía mientras tanto. Se dieron órdenes

rigurosísimas para vigilar la frontera, y se pusieron a precio las

cabezas de Mina, Jáuregui y otros jefes.

Calomarde excitó el celo y prometió recompensas a los militares. Toda

la plana mayor del realismo se preparó con entusiasmo para rechazar la

anunciada invasión de los constitucionales.

El general D. Manuel Llauder, virrey de Navarra, con el segundo cabo de

la plaza de Pamplona, D. Santos Ladrón, comenzó a pasar revista a sus

fuerzas; el capitán general de Guipúzcoa, don Blas de Fournás, preparó

las suyas.

Al mismo tiempo los tercios realistas, mandados por Verástegui, Eraso,

Juanito el de la Rochapea (Juan Villanueva), Uranga y Sáinz de Pedro,

se acercaron a la frontera.

El tercer batallón del regimiento del Príncipe se trasladó de Zaragoza

a Jaca y de aquí al valle del Baztán avanzando hacia el Bidasoa.

Se acercaron a Vera dos batallones de Cazadores y el regimiento de

Mallorca. El primer batallón de la Guardia de Honor de Bilbao se

estableció en Hernani.

Las instrucciones que había recibido Llauder eran terribles. Por los

decretos del 16 de Septiembre y de 1.º de Octubre, todos cuantos

cayeran en sus manos debían ser inmediatamente pasados por las armas.

El 11 de Octubre se le previno a Llauder para que no diera cuartel.

Llauder era un cuco, que no creía que el absolutismo fuera eterno, y

mandó a su ayudante a Madrid para que se presentara a Fernando VII y le

intentara convencer de que una severidad excesiva sería perjudicial.

En el momento de la lucha, Llauder dejó escapar algunos grupos de

liberales que hubiera apresado con facilidad de proponérselo.

Los tercios realistas, de los cuales tenían que salir cuatro años

después los partidarios de don Carlos, se movieron con entusiasmo

fanático. A ellos no había necesidad de recomendarles que no dieran

cuartel. Estaban dispuestos a matar con una fe digna de buenos

cristianos.

De estos tercios, Alava dió un gran contingente. De Vitoria salieron

cuarenta compañías formando tres columnas. Una la mandaba D. Valentín

de Verástegui; fué a Tolosa y de aquí se acercó a Oyarzun y a la peña

de Aya; otra salió a las órdenes del coronel D. José Uranga y se

dirigió por Salvatierra a Cegama y a Segura y de aquí a la frontera; la

tercera, mandada por D. Casimiro Sáinz de Pedro, avanzó por Santa Cruz

de Campezu a tomar el camino de Estella y después el de la alta Navarra.

Guipúzcoa tenía ya de antemano algunas compañías de voluntarios

realistas en Irún; más tarde, a instancias del general realista

Villalobos, la Diputación envió dos batallones completos de refuerzo,

quedando los seis restantes en San Sebastián dispuestos para acudir al

primer aviso al sitio indicado.

En Navarra, D. Juan Villanueva (Juanito) con el teniente D. Miguel

de Sagastibelza se acercó al valle del Baztán, y D. Francisco Benito

Eraso se presentó en la frontera por el lado de Burguete a vigilar sus

inmediaciones.

LIBRO SEGUNDO

EN USTARIZ

I.

AVIRANETA Y TILLY

AVIRANETA y Tilly se pusieron de acuerdo para ir a pasar unos días a

Ustariz, y alquilaron cuartos en la Veleta. A Tilly le acompañó su

hermana Margarita.

Aviraneta llevaba la idea de matar el tiempo leyendo. La primera semana

estuvo encerrado en su cuarto; salía únicamente los días buenos a tomar

el sol por las tardes.

Don Eugenio se había suscrito a un gabinete de lectura de Bayona,

y se llevó los quince volúmenes de la obra de Jomini, la Historia

crítica y militar de las campañas de la Revolución de 1792 a 1801, y

las Historias de la Revolución francesa, de Mignet y de Thiers, que

acababan de salir por entonces. Alternaba estas lecturas con novelas

de Paul de Kock y de Pigault-Lebrun.

Aviraneta no era un refinado en literatura. Leía a Jomini con gran

atención, siguiendo las operaciones en el mapa, queriendo explicarse

con claridad aquellas famosas batallas de tanta resonancia universal.

Después leyó los "Principios de la estrategia", del mismo Jomini.

Le hacía simpatizar con el autor la idea de que él también era un

rechazado.

Jomini, a pesar de su talento no pudo llegar a mandar fuerzas, a

dirigir batallas, lo que tanto imbécil pudo hacer.

Aviraneta sentía la tristeza del táctico, de verse desperdiciado, sin

empleo.

Se sentía él también una rueda de un reloj de otra clase o de otro

tamaño, rueda inútil y que, sin embargo, era perfecta en su género.

La rabia de pensar que sólo en una esfera alta de actividad hubiese

podido desarrollar sus condiciones, y que la suerte y el ambiente le

impedían escalar este puesto, empujándole automáticamente hacia abajo,

a un medio para el cual no tenía condición alguna, le irritaba y le

conducía a una profunda desesperación.

Mientras Aviraneta leía y se desesperaba, Tilly frecuentaba la

sociedad de Ustariz; visitaba a la familia de Aristy, a quien se había

presentado con una carta de Lacy; iba al Bazar de París a hablar con

las dos hermanas, Martina y Delfina; se había hecho amigo de Choribide

y de su sobrino Rontignon, y visitaba a las damas del Chalet de las

Hiedras.

Margarita los primeros días de Ustariz hizo algunas extravagancias y

tomó fama de loca en el pueblo. Alquiló un caballo y pasó varias veces

al galope por la carretera, vestida de amazona y con un látigo en la

mano y una boina roja en la cabeza; otro día anduvo en lancha e hizo

después varias inocentes travesuras.

Al tercer día de estancia en la aldea conoció a Dolores, la hija del

coronel Malpica, y se hizo amiga íntima de ella.

Al cabo de poco tiempo de conocerla, Dolores era para Margarita la

criatura más sabia y más perfecta de la tierra.

Aviraneta leyendo en su rincón, Tilly dedicado a la vida social y

Margarita en Chimista; así pasaron el tiempo en el pueblo mientras Lacy

y los suyos se batían en España.

II.

MALOS VIENTOS

CORRÍAN malos vientos, al decir de los inteligentes, por los

alrededores de Ustariz. La veleta de Gastizar parecía alarmada, y

andaba nerviosa de la derecha a la izquierda con marcada intranquilidad.

En Gastizar se sentía cierta desazón. Había tenido la familia varios

disgustos, y todos, excepto Miguel que conservaba su calma, estaban

alarmados. El primer acontecimiento desagradable de la serie había sido

la noticia de quiénes eran las dos damas del Chalet de las Hiedras.

Madama Aristy había recomendado a Miguel que no dijera nada ni hablara

a nadie de esta cuestión.

El segundo golpe había sido la llegada de León, el pintor, el marido de

Dolores Malpica.

León dijo a su madre que volvía dejando en París una deuda de quince

mil francos.

Madama de Aristy habló con Miguel y quedaron de acuerdo en que pagarían

la deuda. Como compensación exigieron a León que se quedara a vivir en

Ustariz constantemente.

Otro disgusto que vino después de este, fué que madama Luxe dejó de

aparecer por Gastizar sin dar ninguna explicación.

Por último, una mañana en que madama de Aristy pasaba por la galería

del piso principal sonó un tiro y cayeron los cristales rotos a sus

pies. Madama de Aristy dió un grito y acudieron las criadas. Miguel

y Darracq bajaron a ver lo que pasaba, y al enterarse de lo ocurrido

corrieron a la huerta, pero no encontraron a nadie.

Con todo esto, la familia estaba amedrentada.

Los Caudillos de 1830 · 第 2 / 9 段