--¿No hay por los pueblos gente de la nuestra?--preguntó Avi

Nota del Transcriptor:

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han sido sustituidas por letras mayúsculas de tamaño normal.

OBRAS PUBLICADAS

PÍO BAROJA

PARADOX, REY, 3,00 ptas. LA FERIA DE LOS DISCRETOS, 3,50. LA BUSCA,

3,50. NUEVO TABLADO DE ARLEQUÍN, 3,00. JUVENTUD, EGOLATRÍA, 3,50. EL

ÁRBOL DE LA CIENCIA, 3,50. LA VELETA DE GASTIZAR, 4,00. LOS CAUDILLOS

DE 1830, 4,00.

JULIO VALLÉS

EL NIÑO (vida de Jaime Vingtras), 4,00 ptas.

ENRIQUE BARBUSSE

EL FUEGO EN LAS TRINCHERAS, 4,00 ptas.

CARLOS RIVET

EL ÚLTIMO ROMANOF (historia del Tsar de Rusia y su corte), 3,50 ptas.

JUAN GUALBERTO NESSI

AVENTURAS DEL SUBMARINO ALEMÁN U..., 2,00 ptas.

JULIÁN SOREL

LOS HOMBRES DEL 98. UNAMUNO, 2,00 ptas.

LORENZO GALLEGO CARRANZA

LECCIONES DE TOPOGRAFÍA. Obra adaptada al nuevo programa de esta

asignatura en la Academia de Infantería y aprobada como texto

definitivo para la misma por R. O. de 25 de Junio de 1917, 9,00

pesetas. Contiene 32 láminas en colores.

OBRAS DE PÍO BAROJA

VIDAS SOMBRÍAS (agotada). IDILIOS VASCOS (agotada). EL TABLADO DE

ARLEQUÍN, 1,00 pta. NUEVO TABLADO DE ARLEQUÍN, 3,00. JUVENTUD,

EGOLATRÍA, 3,50.

LAS TRILOGÍAS

TIERRA VASCA

LA CASA DE AIZGORRI, 1,00 pta. EL MAYORAZGO DE LABRAZ, 3,00. ZALACAIN

EL AVENTURERO, 1,00.

LA VIDA FANTÁSTICA

CAMINO DE PERFECCIÓN, 1,00. INVENTOS, AVENTURAS Y MIXTIFICACIONES DE

SILVESTRE PARADOX, 1,00. PARADOX, REY, 3,00.

LA RAZA

LA DAMA ERRANTE, 3,00. LA CIUDAD DE LA NIEBLA, 3,00. EL ÁRBOL DE LA

CIENCIA, 3,50.

LA LUCHA POR LA VIDA

LA BUSCA, 3,50. MALA HIERBA, 3,50. AURORA ROJA, 3,50.

EL PASADO

LA FERIA DE LOS DISCRETOS, 3,50. LOS ÚLTIMOS ROMÁNTICOS, 3,00. LAS

TRAGEDIAS GROTESCAS, 3,00.

LAS CIUDADES

CÉSAR O NADA, 4,00. EL MUNDO ES ANSI, 3,50.

EL MAR

LAS INQUIETUDES DE SHANTI ANDÍA, 3,50.

MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIÓN

EL APRENDIZ DE CONSPIRADOR, 3,50. EL ESCUADRÓN DEL BRIGANTE, 3,50.

LOS CAMINOS DEL MUNDO, 3,50. CON LA PLUMA Y CON EL SABLE, 3,50. LOS

RECURSOS DE LA ASTUCIA, 3,50. LA RUTA DEL AVENTURERO, 3,50. LA VELETA

DE GASTIZAR, 4,00. LOS CAUDILLOS DE 1830, 4,00.

PÍO BAROJA

LOS CAUDILLOS DE 1830

_Copyright by Rafael Caro Raggio-1918.

Es propiedad.

Prohibida la reproducción._

Imp. de ALREDEDOR DEL MUNDO, Martín de los Heros, 65.

PÍO BAROJA

LOS

CAUDILLOS

DE 1830

NOVELA

[Ilustración]

RAFAEL CARO RAGGIO: EDITOR

Calle de Ventura Rodríguez, 18

1918

LIBRO PRIMERO

EL ETERNO CONSPIRADOR

I.

DON EUGENIO

UN día, al anochecer, apareció en la fonda de Iturri un hombre que

llamó la atención de Lacy y de Ochoa. Era un tipo seco, amojamado, con

la cara y las manos curtidas por el sol. Tenía el aire de cansancio de

los que vienen de países tropicales.

Vestía redingot negro, pantalón con trabillas, sombrero de copa de alas

grandes y corbata de varias vueltas.

--¿Quién es este hombre?--preguntaron Lacy y Ochoa a Iturri.

--Es un vascongado que viene de la Habana. Ahí está su nombre.

Los dos jóvenes leyeron el nombre: Eugenio de Aviraneta.

--¿Es de los nuestros?--preguntó Ochoa.

--Yo le he conocido aquí en 1824--dijo Iturri--creo que es liberal.

El recién llegado escribió unas cuantas cartas y se metió en la cama.

Al día siguiente preguntaron por él dos o tres personas, entre ellas el

auditor de guerra y amigo íntimo de Mina, don Canuto Aguado.

Por lo que dijo Iturri, Aviraneta traía pasaporte del capitán general

de la isla de Cuba, para Madrid, por la vía de Francia, pero como no se

había presentado al cónsul español de Burdeos, no podía pasar a España.

A la hora de almorzar Iturri sentó a la misma mesa donde comía su

sobrino y Lacy al recién llegado y éste al saber que Eusebio era hijo

del general Lacy estuvo muy amable con él y habló largamente con

los dos jóvenes. Aviraneta les hizo alguna impresión. Tenía marcada

tendencia por la frase amarga y el epigrama, lo que hacía creer que era

tipo desengañado y sarcástico.

--¿Ha tenido usted larga conferencia con Aguado?--le preguntó Ochoa.

--Sí.

--¿Qué dice?

--Poca cosa.

--¿No está contento de la marcha de los acontecimientos?

--Eso parece.

--¿Y el general Mina no tiene confianza?

--Muy poca. Por lo que he podido traslucir no está contento de la

organización de la empresa. Se me figura que va arrastrado por la

fogosidad y la imprudencia de todos.

--Es que el general está viejo, enfermo y naturalmente es desconfiado.

Ya verá usted como todo sale bien--dijo Ochoa.

--Mejor, mejor; ¡ojalá!

Aviraneta contó sus viajes, y estaba hablando de sobremesa cuando se

presentó Iturri con el italiano de la subprefectura que había dado los

informes de las dos damas del Chalet de las Hiedras.

El italiano era un hombrecito calvo, de unos cuarenta años, la nariz

arqueada y roja, el pelo rubio y la mirada viva a través de los lentes.

Vestía un traje raído y sin brillo y llevaba los pantalones con

rodilleras.

El señor Pagani, así se llamaba, era al parecer, insustituíble en su

oficina; sabía cuatro o cinco idiomas a la perfección, trabajaba

constantemente y ganaba poco.

--Me ha explicado mi amigo Iturri su situación--dijo hablando el

castellano perfectamente.--¿Qué documentos tiene usted?

--Tengo el pasaporte del capitán general de la Habana para dirigirme a

Madrid--dijo Aviraneta.

--¿Quiere usted enseñármelo?

--Ahora vengo con él.

Aviraneta entró en su cuarto y volvió poco después con unos papeles.

--He salido de la Habana con mi pasaporte pensando ir a Madrid, pero

como me he encontrado con esta agitación revolucionaria, inesperada, no

me he atrevido a entrar en mi país.

--¿Usted ha tenido que ver algo en política?--preguntó el italiano

mirándole por encima de sus lentes.

--Sí, en parte--murmuró Aviraneta--yo fuí miliciano como otros

muchos... obligado... y tuve que emigrar en 1823, pero no me he

mezclado nunca activamente en política.

El italiano contempló con desconfianza a su interlocutor, después

tomando el pasaporte comenzó a leerlo despacio.

--Está bien... en regla--fué diciendo mientras leía--visado por el

cónsul general francés del puerto de la Habana... falta la presentación

al consulado de España en Burdeos.

--Sí, ha sido un olvido--dijo Aviraneta.

--Esta falta--repuso el italiano--le imposibilita a usted para entrar

en España porque se le considerará a usted como sospechoso y en el acto

se le reducirá a prisión.

--Entonces no, no quiero entrar en España.

--Dígame usted. ¿Cuál es el plan de usted? ¿Qué es lo que usted desea?

--Yo, la verdad, soy un hombre pacífico--afirmó Aviraneta--si hay esos

peligros de que usted habla, prefiero quedarme aquí. En vez de visitar

a mis parientes de Irún y San Sebastián, a quienes no he visto hace

años, les pediré que vengan a verme. Mi plan se reduce a estar en

Bayona un par de meses.

--Lo bastante para hacer la expedición que proyectan los liberales

españoles--dijo el italiano con ironía.

Lacy y Ochoa sonrieron.

--No, no--exclamó Aviraneta--eso la gente moza, yo ya soy viejo para

esos trotes.

--¡Hum! Quizás yo me engañe, pero no me parece usted menos peligroso

que estos jóvenes; en tal caso más.

--Es usted muy amable, señor Pagani. No. Estoy cansado de verdad. ¿Y

cómo arreglaremos el asunto para que yo me pueda quedar en Bayona?

--Yo lo arreglaré, y si quiere usted que no le molesten no concurra

usted a los cafés, porque están muy vigilados por los agentes de los

dos gobiernos y por los espías que tiene el señor de Calomarde entre

los mismos liberales.

--No tenga usted cuidado. No iré a los cafés.

--Su pasaporte de usted con los de los demás españoles residentes aquí

los colocaré en la subprefectura en carpeta separada de los emigrados

políticos y mañana por la mañana traeré a usted la carta de seguridad

con cuyo salvoconducto no le molestará la policía.

El señor Pagani se despidió de todos y al día siguiente por la mañana

volvió trayendo la carta de seguridad. Aviraneta le dió un luis que al

italiano debió parecer por los aspavientos que hizo al recibirlo un

verdadero capital.

Recomendó de nuevo a Aviraneta que tuviese cuidado con quien hablaba y

añadió que si alguna dificultad se le ofrecía no tenía más que avisarle

a la subprefectura por mediación de Iturri.

II.

ENTREVISTA CON MINA

UNA de las condiciones características de Aviraneta era el enterarse

y darse cuenta rápidamente de una situación. Al tercer día de su

estancia en Bayona don Eugenio había hablado con los más conspicuos

constitucionales, sabía sus opiniones, lo que pensaban acerca de la

expedición que se estaba preparando, las simpatías y las antipatías que

tenían.

Con su prudencia habitual de zorro encanecido en la intriga, Aviraneta

no se presentó en ningún sitio bullanguero ni paseó por las calles en

grupo con otros españoles.

La tarde del tercer día de su estancia en Bayona, don Canuto Aguado

le avisó para que acudiese a las nueve de la noche a su casa. Aguado

vivía en un tercer piso de la calle de Santa Catalina en el barrio de

Saint Esprit, en un cuartucho barato, sórdido y sombrío.

Aviraneta al anochecer, cenó, se embozó en la capa y se marchó por el

puente de barcas a Saint Esprit.

Al llegar a la calle de Santa Catalina buscó el número hasta dar con

él. Aguado se encontraba esperándole en el portal.

--Aquí está Mina--le dijo.--Le he avisado para que hable con usted.

Aviraneta y Aguado subieron la estrecha escalera de la casa,

iluminándose con un cabo de vela, y entraron en un cuarto diminuto, con

un armario lleno de papeles. Sentado a la mesa, a la luz melancólica de

un pequeño quinqué de petróleo estaba el general don Francisco Espoz y

Mina.

El general se levantó con trabajo y estrechó la mano de Aviraneta.

Aguado cerró la puerta del cuarto y los tres hombres se sentaron.

Estaba el caudillo de la guerra de la Independencia avejentado y con

aspecto de enfermo; tenía el pelo y las patillas blancas y las mejillas

hundidas; llevaba una chaqueta de tela gruesa, un pañuelo de lana en el

cuello y un capote sobre los hombros.

--Yo recuerdo haberle visto a usted...--dijo Mina dirigiéndose a

Aviraneta con un hablar inseguro y algo vacilante--si... recuerdo, hará

ya quince años... cuando la conspiración de Renovales creo que era

¿no?... sí cuando la conspiración de Renovales. Entonces debía usted

ser muy joven.

--Tenía veintitrés años.

--¿Y qué ha hecho usted desde esa época?

--¡Oh, tantas cosas! que ya no me acuerdo.

Aviraneta contó rápidamente cómo había sido ayudante del Empecinado, su

viaje a Egipto y a Grecia, y después su estancia en Méjico.

--Ultimamente he hecho la expedición a Tampico con el brigadier

Barradas--terminó diciendo--y por la defensa de este pueblo el general

Vives ha pedido al Gobierno la confirmación del empleo de Comisario

ordenador de Guerra. En este momento, cuando iba a tomar posesión del

cargo, llegó a la Habana la noticia de la Revolución de Julio de París,

y a mí me avisaron por la Venta Carbonaria lo que se intentaba. Esto me

movió a presentarme al capitán general y a manifestarle francamente mis

deseos. Vives, que es amigo mío, intentó disuadirme, pero viendo que

era imposible me dió el pasaporte para España.

Aviraneta lo mostró a Mina, quien lo leyó despacio y después dijo:

--¿Y ahora qué piensa usted hacer?

--Me uniré a ustedes.

--El caso es--murmuró Mina--que yo no voy a poder darle a usted cargo

alguno en esta expedición... es tarde... cada cargo es una nueva fuente

de riñas y de rivalidades... sí; es verdad...; no hablo por hablar,

no... no sabe usted cómo están los míos, los que llaman _ministas_, con

los valdesistas y los gurreistas... yo quisiera... pero no puedo...

cada jefe quiere tener su partido y así no vamos a ninguna parte.

--Si no tengo cargo oficial trabajaré independientemente.

--¿Usted puede entrar en España, Aviraneta?

--Estoy pregonado por el corregidor de Roa en la causa del Empecinado,

pero supongo que ese proceso estará ya sobreseído.

--¿Tiene usted parientes en España?

--Sí.

--¿En dónde?

--Aquí en el Norte, en San Sebastián y en Irún.

--Pues entonces podrá usted pasar. Si usted quiere, yo haré que le

firmen el pasaporte.

--No; de ir, iré sin pasaporte. Conozco el país y tengo amistades en

la frontera. Diga usted, mi general, sus intenciones y sus planes; yo,

conociéndolos, veré qué es lo que puedo hacer.

--Está bien. Habla usted con franqueza..., y a pesar de que yo tengo

fama de zorro le hablaré a usted con la misma claridad. No tengo

interés en engañarle.

--Ni yo tampoco a usted, general.

--Lo comprendo. Bien, no le diga usted esto a nadie... esto que le voy

a decir... La gente lo sospecha... pero yo no quiero confesarlo...:

voy arrastrado a una expedición en la que no creo... que me parece

imposible pueda tener éxito...; usted me dirá ¿por qué he entrado en

ella?... Por los amigos...; me decían que yo, como más viejo..., con

más representación... quizás pudiera ordenar el movimiento... No se ha

podido hacer nada...; mis informes me hacen creer que hay traidores en

nuestro campo, que el Gobierno está advertido... y que vamos al fracaso.

--¿Y no se puede aplazar esto?--preguntó Aviraneta.

--No. Ya me echan la culpa a mí de las dilaciones...; el general Gerard

me recomendó que esperase...; creí que haría algo por nosotros, y

nada... ahora si no marcho todo el mundo dirá que yo he entorpecido

la expedición... que soy un traidor..., y voy a marchar... Si usted

hubiese venido... antes... cuando organizábamos nuestras tropas... le

hubiera nombrado jefe de una de ellas, pero esto está constituído...

mal constituído... pero ¿qué se va a hacer?

-Ah. Nada. De eso no hay que hablar.

--Si usted hubiese venido antes, Aviraneta, yo le hubiese encomendado

un trabajo comprometido... y peligroso.

--¿Cuál?

Mina se detuvo, palideció y murmuró llevándose la mano al costado.

--Estos días de otoño... las heridas... me duelen...; dígale usted,

Aguado, cuál era nuestro proyecto.

--La idea del general--dijo Aguado--era no emprender esta expedición

sin tener un apoyo en la península. Hubiésemos querido contar con San

Sebastián y con Santoña antes de comenzar el movimiento en la frontera.

Las dos plazas son fuertes e importantes. Con San Sebastián y Pasajes

tendríamos la defensa de la costa y el paso abierto a la frontera;

con Santoña podíamos defender la parte de Santander, tener abierto

el camino de Burgos hacia Madrid y marchando mal defendernos de las

tropas que vinieran de Vizcaya en el portillo de Gibaja y en la barca

de Treto, y de los que llegasen de Burgos o de Asturias en la línea de

Torrelavega.

--¿Y por qué no han intentado ustedes eso?

--Amigo Aviraneta--dijo Mina, ya un tanto aliviado del dolor,--nadie ha

estudiado con calma nuestros proyectos... Todo el mundo cree que basta

presentarse en la frontera... echar un discurso... para que el pueblo

venga con nosotros...

--¿Y no dieron ustedes, mi general, algunos pasos?--preguntó Aviraneta.

--Sí; yo había escrito a algunos amigos de San Sebastián... diciéndoles

que esperaran órdenes.

--¿Tiene usted allí amigos de confianza?

--Sí. Legarda, Amilibia, Baroja... y sobre todo Lorenzo Alzate.

--Alzate es primo mío. ¿Y cree usted, mi general, que ya no se puede

hacer tentativa alguna en ese sentido?

--Eso creo.

--Yo volveré de nuevo a estudiar la cuestión y hablaré con usted.

--¿Ah, bien... muy bien!... ¿Qué, nos vamos?

--Sí--dijo Aguado.--Encienda usted la vela, Aviraneta.

Den Eugenio encendió una pajuela y luego el cabo de vela, y Aguado

apagó el quinqué.

Aviraneta tomó el candelero, y Mina, apoyado del brazo de Aguado,

bajó las escaleras y montó en un cochecito que había en la calle

esperándole. Aguado y Aviraneta marcharon a Bayona por el puente.

III.

CONVERSACIÓN CON AGUADO

ESTABA lloviendo; ni Aguado ni Aviraneta tenían ganas de entrar en sus

casas, y se metieron en los soportales del Puente Nuevo.

--¿Qué le ha parecido a usted, Mina?--le preguntó Aguado.

--Sencillo, atento. Me lo figuraba así--dijo Aviraneta.--¿La opinión

íntima acerca de la expedición que se proyecta es la que ha expuesto?

--Sí.

--¿No hay alguna cosa que nos haya callado?

--No. Es decir, no ha insistido en las diferencias que hay entre

nosotros.

--¿Y cómo no se ha zafado de esta empresa, en la que tiene tan poca

confianza?

--Esta pregunta me demuestra que lleva usted lejos de nosotros mucho

tiempo--dijo Aguado.--Usted le ha conocido a Mina cuando era un general

liberal, uno de tantos; hoy es el mayor prestigio del liberalismo

activo y no se puede zafar de una empresa así como en tiempo de

Renovales. Mina viene arrastrado. A raíz de la Revolución de 1830,

Mina se encontraba en los baños de Bath. Se le escribió contándole

con detalles las jornadas de Julio. Los emigrados que habían acudido

a París creían que aquella era la ocasión propicia para emprender un

movimiento favorable, con la ayuda de los liberales franceses y del

Gobierno de Luis Felipe.

--Y lo era, sin duda.

--Mina--siguió diciendo Aguado--se trasladó a París, conferenció con

los emigrados españoles y quedó de acuerdo con ellos en hacer una

intentona en la frontera, con ciertas condiciones. Decidido esto, Mina

tuvo una conferencia secreta con el ministro de la Guerra, general

Gerard.

--Y Gerard ¿qué dijo?

--Gerard recibió muy bien al guerrillero español, y le dijo que

preparase su expedición a la chita callando. Mina fué también en

compañía de Toreno a visitar al general Lafayette, pero no le pudo

ver. Mina quería formar una falanje con los prestigios del liberalismo

internacional y lanzarla sobre la frontera española.

--Era una magnífica idea.

--Y era lo que habían prometido todos. Ya que los franceses habían

acabado con la libertad en España en 1823, justo era que intentaran

restablecerla cuando pudieran. Sin embargo, no han hecho nada.

--No me choca. El francés siempre ha sido egoísta y roñoso para los

demás.

--Mina quería el mando único, y tenía razón, porque lo que se intenta

no es una revolución, sino un movimiento militar. La revolución, en

tal caso vendrá después. Al mismo tiempo que Mina hacía sus trabajos,

un grupo de impacientes que querían obrar con independencia se puso

de acuerdo con Calvo y con Ardouin el banquero, que tenían hechos

empréstitos a España desde la primera época constitucional, y los

banqueros ofrecieron su concurso. Llamaron a Mendizábal y le dieron

fondos para los primeros trabajos, y decidieron entre todos nombrar la

Junta sin consultar con Mina.

--Siempre la divergencia y los celos--murmuró Aviraneta.

--El Directorio provisional del levantamiento de España contra la

tiranía se formó en París y se trasladó en seguida a Bayona. Desde aquí

escribió a Mina preguntándole si se podría contar con él. Era en el

fondo una impertinencia. Mina, un poco molesto, contestó que sí y en la

segunda semana del mes de Septiembre se presentó en Bayona. El 22 de

este mes se verificó la primera Junta del Directorio provisional, y al

día siguiente Mina, violentándose un poco, manifestó públicamente su

adhesión a ella. Desde el primer momento comenzaron las rencillas y las

diferencias.

--¿Por qué?

--Los partidarios de Torrijos y los militares independientes veían

que allí donde estuviera Mina naturalmente tenía que ser la figura

principal, cosa que no les agradaba.

--¿Pero hay algún motivo nuevo de odio?

--Ninguno. Las causas de esto son muchas y antiguas; pero la más

principal no es ideológica, sino de temperamento. Mina es un vasco como

usted, maquiavélico, de palabra confusa y enmarañada, pero por dentro,

claro, lucido y calculador. Sus enemigos Torrijos, Valdés, Alcalá

Galiano, San Miguel, López Baños y otros muchos son castellanos,

andaluces, asturianos, más fáciles de palabra, más conceptuosos, más

retóricos...

--Por una cosa o por otra, los españoles siempre estamos así--dijo

Aviraneta con amargura.--Empiezo a sentir el haber venido. Allí, al

menos, en Cuba tenía asegurada mi existencia.

--Sí, será verdad; pero no se puede vivir más que en el propio país; lo

demás es vegetar, llevar una vida mísera y disminuída.

--En eso tiene usted razón. Lo que yo no comprendo bien es por qué si

Mina no tiene defectos no se le unen los demás.

--Es que los tiene. Uno de los defectos del general, que a veces es un

medio de defensa, es la desconfianza excesiva; otro es su tendencia

burocrática y reglamentaria. Mina, que ha conspirado desde la primera

emigración, está siempre en guardia con cualquiera que se le acerque;

en cambio, Torrijos y Valdés son más efusivos y, al parecer, más

francos. Mina trata a sus enemigos por el silencio, no habla de ellos;

cosa que irrita; en cambio sus enemigos le intentan desacreditar. Se

ha llegado a decir que Mina tiene miedo. Los partidarios de Valdés y

de los otros echaron a volar esta especie, y un señor Chevallon, un

francés majadero que venía con unos miles de francos de la Junta de

París, ha llegado a decírselo cara a cara a Mina.

--¿Y Mina no le contestó con un puntapié?

--No, porque el general es hombre que se lo guarda todo. Los enemigos

han inventado otra porción de calumnias estúpidas.

--¿Y esto influye algo en la opinión?

--Nada. En España no se cree más que en el general.

--¿Y cómo no mandan ustedes agentes a España para saber qué hacen allí?

--Los mandamos. Ahora tenemos algunos italianos carbonarios esparcidos

aquí por el Norte, gente activa; tenemos a José Monti, napolitano,

comerciante que vive en Vitoria y va a veces a Pamplona; a Pedro

Galloti en San Sebastián, que se sirve para sus informes de los

quincalleros paisanos suyos; a un tal Arrigoni, que ha ido a Santander,

y a un D. Juan Rumi en Gibraltar. Estábamos comenzando la organización.

Este movimiento quizás eche a abajo lo que habíamos preparado y

tengamos que comenzar de nuevo.

--De todo esto se deduce que hay muy pocas probabilidades de

éxito--dijo Aviraneta.

--Sí; tal creo yo también.

--A pesar de esto--repuso Aviraneta--yo le voy a hablar a Campillo. Si

él quiere intentar algo en Santander, donde debe tener amigos, yo iré a

San Sebastián.

--Bueno--dijo Aguado;--ténganos usted al corriente de lo que haya.

--Descuide usted--contestó D. Eugenio.

Y los dos hombres, después de darse la mano, salieron de los arcos y se

separaron.

IV.

LA TINTA SIMPÁTICA

AL día siguiente por la mañana Aviraneta contó a Eusebio de Lacy y

a Ochoa lo que había hablado con Mina y con el intendente Aguado;

expuso a los dos jóvenes su plan, que lo aceptaron con entusiasmo, y

decidieron mandar un aviso a Campillo para hablar con él.

Le citaron para después de comer en el café del Comercio. Estuvieron

Lacy, Aviraneta, Campillo, en mesas separadas como si no se conocieran,

luego se levantaron uno tras otro, recorrieron el puente de Saint

Esprit, cruzaron el barrio de los judíos y fueron al campo por la

carretera de Burdeos.

Se sentaron en un ribazo al pie de un olmo, y Aviraneta contó su

conversación con Mina y explicó su idea de tantear San Sebastián y

Santoña, y las ventajas que tendría de poder realizarse su proyecto.

Campillo no era de los enemigos declarados de Mina, pero desconfiaba.

--¿Y cuál es el plan de usted?--preguntó Campillo.

--Mi plan sería contar con San Sebastián y con Santoña antes de

la expedición. Teniendo estas ciudades y asegurado el paso de San

Sebastián por la frontera, se podría hacer mucho.

--Ah, claro. ¿Y contaba usted conmigo para trabajar en Santoña?

--Sí.

--Pues, hombre, no puede ser. Yo soy demasiado conocido en mi tierra

y me prenderían inmediatamente al llegar. ¿Usted piensa entrar en San

Sebastián?

--Es posible; pero no diga usted a nadie nada.

--Descuide usted, nadie lo sabrá. ¿Usted cree que se podrá hacer algo?

--No sé; pero creo que vale la pena de verlo... hablar con los

oficiales y soldados, ver lo que piensan.

--¿Usted está convencido de que en esta ocasión Mina obra de buena fe?

--¡Qué duda cabe!

Campillo quedó visiblemente preocupado. Dijo que el espíritu público no

era del todo hostil a los liberales en Santander, donde la mayoría del

comercio era liberal y de mucha influencia sobre la masa del pueblo;

pero, según él, fuera de la ciudad, en la parte rural, el vecindario

estaba sobrecogido por los voluntarios realistas fanatizados por el

clero y dominados por los caciques.

--¿No hay por los pueblos gente de la nuestra?--preguntó Aviraneta.

--Cerca de Santander--contestó Campillo--vive un hermano mío, capitán

ilimitado, relacionado con otros oficiales que están en la misma

situación y cuentan con algunos soldados que sirvieron conmigo en la

guerra de la Independencia y en 1823; mas esto no basta. ¿Cómo quiere

Mina ganar la guarnición de Santoña?

--Si se llegara a este caso--contestó Aviraneta--se necesitaría dinero

para sobornar a los sargentos y a la tropa.

--No sé si con los jefes y oficiales que hay en Santoña se podrá

contar--dijo Campillo,--porque el batallón que ha reemplazado al que

había es nuevo en el país. Los jefes y oficiales de los Cuerpos

facultativos son también nuevos y no conozco a ninguno.

--Para sondear los ánimos de la guarnición de la plaza ¿no

encontraríamos algún agente sagaz que fuera de los nuestros?--preguntó

Aviraneta.

--Mejor que nadie, mi hermano. No está significado por

liberal--contestó Campillo.--¿Pero cómo entendernos con él, habiendo,

como hay, tan gran vigilancia en los correos?

Aviraneta dijo que había tintas simpáticas; pero era indispensable que

el corresponsal supiese emplearlas.

Después de hablar largo rato y de hacer cábalas acerca de lo que podía

pasar, volvieron al pueblo los tres separados. Aviraneta escribió a su

primo Lorenzo de Alzate diciéndole que estaba en Bayona, e hizo pasar

la carta con una cascarota de Ciburu. Citaba a su primo para la semana

próxima.

Los días siguientes Aviraneta fué con Lacy y Ochoa a casa de su

antiguo amigo Juan Olavarría, donde acudían de tertulia Mancha, Peman,

el coronel Núñez Arenas y algunos otros militares en su mayoría

partidarios de Valdés.

Uno de los contertulios amigo de Mina era Ramón Corres. Corres parecía

un hombre pacífico y grave aunque en realidad no lo fuese tanto.

Corres había tomado parte en la guerra de la Independencia y en las

luchas del 20 al 23 en las que se batió con denuedo a las órdenes de

Labisbal. Después emigró, fué a la isla de Jersey y allí se estableció

de chocolatero, oficio que tenía en Marañón antes de la guerra de la

Independencia. Corres estaba dispuesto a seguir a Mina. En la tertulia

de Olavarría se celebraba su candidez y su simplicidad.

Una de estas noches al salir de casa de Olavarría se encontraron

Aviraneta y Lacy con Campillo. Como llovía a chaparrón fueron a pasear

a los arcos de la Galuperie, que en aquel momento estaban desiertos.

Campillo dijo que acababa de entrar en el Adour un quechemarin de

Santoña; que el patrón, un convecino suyo, era un hombre honrado y de

toda su confianza, y que había pasado la tarde y parte de la noche en

su compañía.

--Le he esperado a usted para decirle que se presenta una buena ocasión

para escribir a mi hermano; y como yo no sé poner las cosas en claro,

quisiera que lo hiciera usted.

--Muy bien--dijo Aviraneta.--¿Cuánto tiempo va a estar aquí el

quechemarin?

--Estará un par de días.

--Entonces hay que escribir en seguida.

--Sí.

--Bueno; ahora me pondré yo a redactar las instrucciones, mañana las

consultaré con usted y con Mina, y si están ustedes conformes las

escribiré con tinta simpática y le enseñaré al patrón del barco la

manera de emplear el reactivo para que él, a su vez, se la enseñe a su

hermano de usted y aparezca lo escrito.

--Muy bien.

Salieron de los arcos de la Galuperie y fueron a casa. Aviraneta y

Lacy se encerraron en un cuarto de la fonda de Iturri y estuvieron

escribiendo disposiciones durante toda la noche, buscando el modo de

sintetizar y de poner las cosas claras.

Durmieron un poco por la madrugada, y a media mañana Aviraneta buscó a

Aguado y en su compañía fué a leer su plan a Mina. El general estaba en

la cama. Oyó atentamente lo escrito por Aviraneta, y dijo:

--Está bien, muy bien. Es usted un maestro.

Después le leyeron las clausulas a Campillo, que también dió su

aprobación.

Aviraneta escribió entonces con tinta simpática y con letra muy

apretada sus indicaciones. Encima redactó, de manera corriente, una

carta de comercio.

Llegó el patrón del quechemarin, se le enseñó la carta y se le dijo

la manera de descubrir lo escrito con tinta simpática empleando el

frasquito del reactivo.

Al anochecer, Lacy, Campillo y Aviraneta vieron cómo el quechemarin

salía hacia la boca del Adour remolcado por una lancha.

V.

PREPARATIVOS

SE aproximaba el momento de la acción, y por ninguna parte aparecía la

unidad del plan necesario para una empresa de aquella índole. A las

divergencias de los españoles iban añadiendo las suyas los franceses,

los italianos y los polacos que se mezclaban entre ellos.

Los entusiastas habían conseguido que el general Mina se reconciliase

oficialmente con sus enemigos Valdés y Chapalangarra. La reconciliación

era falsa, sobre todo por parte de Valdés.

Cada caudillo comenzó a ocupar su punto estratégico.

Don Gaspar de Jáuregui, que tenía su banderín de enganche en Bayona,

había formado una compañía de oficiales vascongados de la guerra de la

Independencia.

Chapalangarra reunía sus tropas en Cambó, Méndez Vigo en Mauleón.

En San Juan de Pie de Puerto se iban alistando algunos voluntarios bajo

la dirección del coronel de la antigua División de Navarra del tiempo

de la guerra de la Independencia, D. Pedro Antonio de Barrena y de D.

Félix Sarasa, que estaba con su hijo llamado Cholin.

Por la parte de Oloron había también sus voluntarios navarros y

aragoneses, que se iban reuniendo a las órdenes de D. Patricio

Domínguez, del jefe de batallón Moncasi y del canónigo don Lorenzo

Barber. Mina envió a Oloron al coronel D. Alejandro O'Donnell en

calidad de jefe de la plana mayor, para resolver las dificultades

técnicas.

Gurrea había recorrido el Alto Aragón con el nombre de Antonio Gabara,

y había hablado a sus amigos. Después se estableció en Bagneres de

Luchon, donde se le fueron reuniendo sus partidarios. Se decía que uno

de los que le seguirían sería el antiguo cabecilla absolutista Seperes,

alias Caragol.

A pesar de que los entusiastas e impacientes no hablaban más que

de éxitos y aseguraban que presentarse en la frontera y marchar

triunfantes y sin obstáculo a Madrid sería todo uno, no se advertían

más que dificultades y síntomas de discordia y de descomposición.

Cada grupo llevaba una política contraria.

La Junta masónica de Bayona hablaba en sus comunicaciones solapadamente

contra Mina; los carbonarios hacían la guerra a los masones y mandaban

proclamas confusas precedidas de estas iniciales:

U y L.

que quería decir Unión y Libertad, y terminaban con este grito:

¡Vivan los h. de S. T.!

lo que para los iniciados significaba: ¡Vivan los hijos de San Teobaldo!

Los partidarios de Valdés afirmaban en todas partes que Mina era un

traidor vendido a Calomarde; los de Méndez Vigo decían que Valdés era

tan reaccionario y tan pastelero como Mina.

La discusión iba en aumento; los ministas los valdesistas, los

gurreistas, los masones, los comuneros, los carbonarios, los franceses,

los italianos y los polacos no hacían más que intrigar y echarse en

cara unos a otros la culpa de lo que ocurría.

En primeros de Octubre, Valdés, Chapalangarra y Méndez Vigo volvieron a

reñir con Mina y dijeron que desconfiaban de sus dilaciones.

El Gobierno de Calomarde mientras tanto estaba sobre aviso. No se

permitía la entrada en España de ningún papel de carácter liberal. Se

había establecido en la frontera una policía militar y el espionaje

era perfecto. Se supo que entraron en España varios números del

_Representante del Pueblo_, que se publicaba en Londres en francés,

y del _Precursor_, que se imprimía en castellano en París, y se

llegaron a coger, número por número, todos. Cierto que se abría la

correspondencia con una perfecta impunidad.

Las precauciones del Gobierno eran tales y su presteza y actividad tan

extremadas, que hacían imposible que una acción tan desperdigada, tan

anárquica y tan mal dirigida como la de los emigrados pudiera tener

éxito.

VI.

LAS IDEAS DE TILLY

AL día siguiente de enviar la carta a Santoña con el patrón del

quechemarin se presentó Jorge Tilly en la fonda de Iturri.

Venía de San Sebastián, en compañía de un joven inglés alto, moreno, de

cabeza pequeña y enérgica. Habían estado los dos en Madrid, en Sevilla

y en Barcelona. Tilly traía mucho que contar; había tenido una serie de

aventuras y de amores muy extraños.

Lacy presentó su amigo Tilly a Aviraneta, quien le hizo una porción de

preguntas relativas a la situación política; todo parecía confirmar que

el Gobierno español estaba admirablemente preparado.

--¿Enseñaste mi carta?--dijo Tilly a Lacy.

--Sí.

--¿Y qué dijeron?

--Muchos creyeron que era una fantasía. Respecto del comandante Oro se

duda...

--¿Cómo que se duda? ¡Si ya está en España trabajando por Calomarde!

--¿De verdad?

--Sí, él, el francés Husson de Jour y un español, D. Manuel Ruiz,

estaban en Vitoria cuando yo he pasado por allí.

Tilly venía con un gran caudal de impresiones nuevas de la península;

su punto de vista general era creer que España era un país aparte de

los otros.

En los días siguientes se estableció entre Tilly y Aviraneta una

relación cortés y de suspicacia ambos se hablaban como para estudiarse;

parecía que se habían adivinado los dos como intrigantes, y estaban en

guardia.

--He conocido a un Tilly hace unos años--le dijo Aviraneta.--Venía de

Jersey.

--Sí, probablemente algún pariente mío.

--¿No lo sabe usted?

--No; somos tantos los Tillys, que no hay manera de saberlo. Los hay

franceses, los hay alemanes, los hay españoles...; unos son liberales,

otros reaccionarios.

--El que yo conocía creo que era conde.

--Quizás; había un conde, tío de mi padre. No sé más. Como le digo a

usted, no conozco la historia de estos Tillys. Respecto a mí, sólo sé

que mi padre desapareció de casa hace años y que probablemente murió;

mis hermanos están ahora con unos tíos, excepto una hermana que se

encuentra en San Sebastián.

--¿Y tú pensarás sacar adelante a tu familia?--dijo Lacy.

--Yo pienso ver cómo salgo adelante yo. Cada cual que se las arregle

como pueda.

Lacy no veía con agrado tan tranquilo egoísmo y afeó este sentimiento

de su camarada; pero Tilly se rió; él creía que el ser egoísta era una

condición necesaria para la vida.

--¿Y tu hermana?--le preguntó Lacy.

--Está en San Sebastián con unas señoras amigas, pero no quiere

quedarse con ellas; me ha dicho que el mejor día se escapará.

--¿Sigue tan voluntariosa como antes?

--Igual; no ha variado nada.

A Tilly no le gustaba mucho hablar de la familia, y siguió exponiendo

sus ideas. Era un producto de corrupción, de inmoralidad, y veía todo

lo que fuera intriga con gran simpatía.

Aviraneta, a quien chocaba las ideas del joven, le preguntó:

--¿Dónde ha estudiado usted?

--En un colegio de frailes, en Rennes, donde, la verdad, creo que no

aprendí nada de provecho. Lacy fué mi condiscípulo.

--Entonces era un tanto místico--dijo Lacy riendo.

--Luego he ido aprendiendo un poco--añadió Lacy--a fuerza de curiosidad

y de algún ingenio. He leído en historias y en memorias la vida de

Napoleón, de Fouché y de Talleyrand.

--¡Buena enseñanza!--exclamó Lacy.--Creo que hubiera sido mejor que

hubieses leído Las Vidas Paralelas de Plutarco.

--Yo no lo creo así. De conocer, conozcamos la vida actual. Aprendamos

un poco lo que es en una historia no falsificada y que puede

comprobarse.

--Creo que en esos libros que has leído no se aprende más que a mentir.

--El que lucha para elevarse tiene que mentir--replicó Tilly,--por

mucha suerte y por muy bien que le vayan las cosas tendrá que mentir.

Ahí está el caso de Napoleón.

--¡Tipo repugnante este Napoleón!--exclamó Lacy.--Yo antes tenía

entusiasmo por él. Ahora que conozco su historia, no. Es de una

falta de nobleza y de simpatía, de un egoísmo tan bajo que repugna.

Su epopeya es en gran parte una novela, una historia falsa amañada,

¡Avanza de una manera tan vil! Se casa con una vieja intrigante que es

la querida de su protector Barras y que ha sido una cortesana, y va

avanzando con ella hasta que le da un puntapié. Las alocuciones no las

escribe él, las batallas no las gana siempre él, pero él se aprovecha

siempre de todo.

--Esa es la política--dijo Tilly.

--Yo veo en Napoleón la falta absoluta de gracia y de humanidad--siguió

diciendo Lacy.--Carlos V, el gran Federico, Gustavo Adolfo, tienen

gracia, son a veces humanos; Napoleón es la quintaesencia de la

bestialidad y del egoísmo. Si yo hubiera nacido en su tiempo y hubiera

sido francés, hubiera sido partidario de Babeuf.

--Yo también--dijo Aviraneta;--pero eso no importa. Yo estoy conforme

con usted en que Napoleón no era simpático; pero aun así era una

fuerza, y ¡qué fuerza!

--Una fuerza de egoísmo.

--Todos obramos por egoísmo--afirmó Tilly--y todos empleamos la

mentira.

--Todos, no.

--Yo sí. Yo me siento el eje del universo. Respecto a la mentira,

muchas veces cuando necesito un dato para completar un plan lo invento.

--Eso es absurdo.

--El señor Tilly nos va a dejar muy atrás a los discípulos de

Maquiavelo--dijo Aviraneta con ironía;--le tendremos que decir como

Talleyrand a Fouché, cuando éste hizo una de sus hábiles maniobras ante

Luis XVIII: _Je vous salue mon mâitre_.

--Usted, señor Aviraneta, nunca será discípulo mío, sino mi

maestro--replicó Tilly con su impasibilidad habitual.--Si entre los

liberales españoles hubiera muchos hombres como usted, de otro modo

irían los asuntos.

--¿Así que para ti los liberales españoles lo hacen mal?--preguntó Lacy.

--Muy mal.

--¿Por qué?

--No obran con rapidez y con energía. Su historia es una historia de

vacilaciones. Cuando tuvieron al rey en sus manos, en 1823, debieron

haber acabado con él.

--Hubiera quedado el hermano.

--Matar a toda la familia.

--¿Tú lo hubieras hecho?

--Yo, sí.

--Obrando de una manera violenta se hubieran precipitado los

acontecimientos--dijo Aviraneta, que era de la misma manera de pensar.

Después de hablar de política, Lacy le preguntó a Tilly por su amiga

lady Russell.

--La voy a dejar--dijo Tilly.

--Pues ¿por qué?

--Me estorba.

--La vas a dar un disgusto.

--Bah. Ya se consolará. Esa clase de mujeres necesitan hombres jóvenes.

Cuando yo le deje le tomará otro.

--¡Esa clase de mujeres!--exclamó Lacy--ciertamente no demuestras con

esa frase ni ser muy agradecido ni muy amable.

--Hablo de ella por lo que es--contestó Tilly, sencillez;--no tomo en

cuenta sus beneficios como no tomaría sus perjuicios si me los hubiera

hecho.

Tilly pasó algún tiempo en Bayona, haciendo nuevas conquistas y dando

nuevos escándalos.

--El amigo de usted es un perdido--dijo Aviraneta a Lacy.

--Sí; es un muchacho que va alimentando la parte mala de su alma

con la sustancia de la buena; cada vez más cínico y más atrevido, va

asesinando al buen muchacho que había en él y va a terminar siendo un

canalla.

VII.

VIAJE A SAN SEBASTIÁN

UNOS días después de esta conversación apareció en Bayona el primo de

Aviraneta, don Lorenzo de Alzate, con el pretexto de encargar a un

grabador de metales unos sellos para el Ayuntamiento de San Sebastián y

comprar los útiles necesarios para hacer encuadernaciones, pues pensaba

dedicarse a este trabajo por gusto.

Alzate se hospedó en la fonda de Iturri, habló largamente con D.

Eugenio y visitó a Mina.

Era D. Lorenzo de Alzate hombre de mediana estatura, de ojos garzos y

vivos y de expresión amable.

Aviraneta le preguntó a su pariente si era muy difícil entrar en

España. Alzate dijo que sí, que la frontera estaba muy vigilada y que

la policía militar tenía orden de examinar detenidamente los pasaportes

de los que entraban en España y de prender a los sospechosos.

Aviraneta se enteró bien de otros extremos y acompañó a su primo hasta

el coche. Antes de salir preguntó al cochero:

--¿Tú conoces a Ganisch, a uno que tiene una taberna en Behobia?

--Sí.

--Dile al pasar que mañana su amigo Eugenio, que ha venido de Méjico,

le esperará a las doce del día en el puente, del lado de Francia.

--Bueno; ya se lo diré.

Se marchó D. Lorenzo de Alzate, y por la noche dijo D. Eugenio en la

fonda que iba a ir a San Sebastián.

Ochoa y Lacy pretendieron acompañarle.

--En tal caso prefiero que venga Ochoa.

--¿Por qué lo prefiere usted?--preguntó Lacy, picado.

--Porque usted no sabe vascuence y él sí.

--Ah, vamos.

Se decidió que fuera Ochoa. Este por la mañana pasó por casa de su

paisano Beunza, que tenía un pequeño establecimiento de coches en la

misma calle de los Vascos, y le mandó aparejar un tílburi.

Montaron Aviraneta y Ochoa y vieron antes de partir a Tilly.

--¿Quiere usted algo para su hermana?--le preguntó Ochoa.

--¿Va usted a verla?

--Sí, probablemente.

--Vive en la calle Mayor, número seis u ocho.

--La saludaré de su parte.

Aviraneta había torcido el gesto al oir la conversación.

--Amigo Ochoa--murmuró;--cuando se toma una misión difícil hay que

pensar solamente en ella y no ser imprudente.

--¿Por qué lo dice usted?

--Porque esta conversación, que probablemente no la habrá oído nadie,

ha podido ser oída por alguien y sernos fatal.

--Tiene usted razón--murmuró Ochoa, compungido;--tendré más precaución

otra vez.

Al medio día llegaron a Behobia y esperaron a Ganisch. Estaban comiendo

en una posada, cuando apareció el antiguo amigo de Aviraneta.

--_¡Arrayua!_--dijo Ganisch al ver a D. Eugenio. ¿De dónde vienes?

--De Méjico.

--¡De Méjico! ¡Qué! ¿Te has hecho rico?

--Poca cosa. ¿Y tú?

--¡Pse! Voy viviendo. ¿Qué queríais? ¿Entrar en España?

--Sí.

--¿Adónde vais a ir?

--A San Sebastián.

--Bueno. Tendréis que ir de boyerizos y llevar cada uno un carro de

carbón. Así no os preguntará nadie nada.

--Iremos con los carros de carbón. Tú nos dirás las instrucciones,

dónde hay que dejarlos y demás.

--Sí; todo se os dirá.

--¿Cuándo pasamos a la otra orilla?

--Por la noche. Yo saldré enfrente de Azquen Portu con una lancha y

silbaré como en nuestros tiempos.

--Muy bien.

Comieron Aviraneta y Ochoa, pasaron la tarde en una taberna de Behobia

de Francia, y al anochecer, después de cenar, fueron marchando por la

orilla del Bidasoa hasta llegar frente a las casas de Azquen Portu.

Apareció al poco rato Ganisch en su barca, silbó de la manara

convenida, saltaron los dos y pasaron a la otra orilla y desembarcaron

cerca de un caserío que se llamaba Chapartiena.

--Podéis dormir aquí hasta la una--dijo Ganisch.--A esa hora os

despertaré.

Durmieron en Chapartiena y a media noche les despertó Ganisch, le dió

a cada uno una ropa vieja y una elástica azul y les ayudó a uncir los

bueyes. Luego les dijo lo que tenían que contestar a los guardias y

centinelas del camino.

Uno delante de otro, Aviraneta y Ochoa comenzaron a marchar camino de

Irún y después de San Sebastián. Mientras fué de noche no hubo miedo; a

las preguntas de los guardias contestaban en vascuence, como les había

dicho Ganisch.

Al hacerse de día tuvieron que tomar ciertas precauciones.

--¿Qué tal estoy yo?--preguntó Aviraneta.

--Muy bien. Todavía creo que se puede usted ensuciar la cara un poco

más con carbón. ¿Y yo, estoy bien?

--Admirablemente. Parece que no ha hecho usted otra cosa en su vida.

Y los dos, dando de cuando en cuando con el aguijón en los cuernos de

los bueyes y diciendo: ¡Aidá! ¡Aidá!, avanzaron hacia San Sebastián.

No les ocurrió ningún percance en el camino. Entraron en la ciudad por

la puerta de Tierra y llevaron los carros, siguiendo las instrucciones

de Ganisch, a la parte de la muralla que llamaban la Brecha, cerca del

Cubo de Amezqueta, donde los descargaron. Comieron en una taberna, y al

anochecer Aviraneta se presentó en casa de Alzate, quien al verle en

aquellas trazas se quedó asombrado.

--¿Por qué no has venido conmigo?

--No quería comprometerte.

--¿Qué es lo que pretendes?

Aviraneta expuso su plan de trabajar la guarnición de San Sebastián

para que secundase el movimiento de los liberales.

--¿Por qué no me has dicho esto en Bayona?--preguntó Alzate.

--Porque me hubieras intentado disuadir del proyecto.

--Es verdad. Puesto que tú crees en la posibilidad de ese plan, haremos

juntos las gestiones, aunque de antemano te diré que la cosa me parece

imposible. Lávate, ponte una ropa limpia y vamos.

Alzate y Aviraneta salieron de casa y fueron a la platería de D.

Vicente Legarda.

--No está el principal--dijo el dependiente;--quizás esté en la

imprenta de Baroja.

Fueron a la Plaza de la Constitución y entraron en los arcos. Alzate

llamó con los nudillos en una puerta próxima al Ayuntamiento, y pasaron

adentro. El olor acre de la tinta de los rodillos y del papel mojado

denunciaba la imprenta. Pasaron la tienda y entraron en un taller bajo

de techo. A la luz de dos lámparas colgadas de un alambre, colocado

horizontalmente a cierta altura, se veían las cajas, las prensas, los

tinteros y las resmas de papel. En el techo había hileras de cuerdas de

las que colgaban papeles impresos.

Había varias personas en la imprenta. Al principio al entrar en ella

no se las veía. Uno estaba como en una hamaca sostenido en las cuerdas

del secadero de papeles, otro encaramado sobre las cajas y un tercero

encima de un montón de papel.

Alzate presentó a Aviraneta al impresor y a su hermano y el impresor

después presentó a don Eugenio a los que estaban allá que eran Legarda,

Zuaznavar, Orbegozo y Arrillaga. Todos ellos liberales se reunían a

comentar los sucesos del día en la imprenta de Baroja.

En esta imprenta se tiraba por entonces _La Estafeta_, periódico

realista de don Sebastián Miñano que había sucedido a la _Gaceta de

Bayona_ después de la Revolución de Julio.

La protección de Miñano hacía que aquella imprenta fuera un lugar

seguro para los liberales. Aviraneta después de ser presentado habló

de las entrevistas que había celebrado con Mina y de la necesidad que

tenían de contar con una base de operaciones en San Sebastián. Cuando

acabó de explicarse Aviraneta, tomó la palabra uno de aquellos señores,

el que estaba sentado en las cuerdas del secadero, don Vicente Legarda.

Dijo que estaba bien pensado lo dicho por Aviraneta lo cual no era

obstáculo para que la realización del proyecto fuera muy difícil o

imposible. Respecto al espíritu público de San Sebastián en la mayoría

del pueblo era liberal, pero no se podía contar ni con la guarnición

ni con el elemento civil. El paisanaje no tenía contacto alguno con

los soldados y a éstos les estaba prohibido expresamente hablar con la

gente de la ciudad.

--¿Y qué se podría hacer para ganar a los oficiales?--preguntó

Aviraneta.

--No sé--contestó Legarda.--Me parece una gran temeridad emprender la

seducción de los oficiales no contando con mucho dinero.

--¿No hay liberales en el ejército?

--Sí, pero estamos actualmente dominados por los realistas. El capitán

general D. Blas de Fournás es un francés realista, el segundo cabo

don Juan de la Porte-Despierres también; el jefe político Gironella

es indefinido, y el gobernador del Castillo de la Mota es como la

mayoría de los jefes acérrimo realista. Entre las autoridades de Marina

ocurre lo propio; D. Pedro Hurtado y D. Francisco Echezarreta son los

dos absolutistas. Como usted ve el momento no es muy propicio. Sin

embargo, si se cuenta con dinero intentaremos ganar a los cabos y a

los sargentos, principalmente a los del Castillo de la Mota que es

la llave de la ciudad. Ganados el castillo y la plaza se presentaría

una nueva dificultad de mucho bulto--añadió Legarda;--el proveer la

ciudad de víveres necesarios para sostener el sitio que nos pondrían

por mar y tierra. El resultado inevitable sería sucumbir a los pocos

días atrayendo un sin fin de desgracias a la población y a los que se

comprometieran en la defensa. Por estas razones que me parecen de peso,

creo que el plan limitado al alzamiento único de San Sebastián no es

práctico. Si los emigrados contaran, como ha dicho Aviraneta, con la

plaza de Santoña y con elementos en el interior de España entonces sí

se podría esperar el triunfo, y trabajaríamos con entusiasmo, pero

repito que aun así no se puede hacer nada más que a fuerza de mucho

dinero.

Las palabras de Legarda eran sensatas, lógicas y los que estaban en la

imprenta las suscribieron. Alzate y Aviraneta se despidieron de todos y

salieron a la plaza.

Alzate llevó a dormir a su primo a una casa de su confianza.

Los Caudillos de 1830 · 第 1 / 9 段