con tal pensión tu favor?
¿De qué sirve la privanza?
Mercedes y honras ¿de qué?
Todas te las trocaré
a esta perdida esperanza.
¡Cuál iba yo, viento en popa!
Fortuna, ya te entendí;
que con más ímpetu así
la nave en la peña topa.
El fin traidor has mostrado
con que en levantarme das;
que para que sienta más,
me has hecho más delicado.
Dándome honrosos despojos
llegas con rostro de paz,
por arrojarme el agraz
en las niñas de los ojos.
¿Qué es privanza, qué es honor,
qué es la vitoriosa palma,
si en lo más vivo del alma
ejecutas tu rigor?
Hoy la mayor alegría
y el mayor pesar me has dado;
de dichoso y desdichado
soy ejemplo en solo un día
Pero quizá Anarda bella
no tiene al Príncipe amor.
¿Qué importa? Él es mi señor,
y tiene su amor en ella.
No tocan a la lealtad
las ofensas de quien ama;
mas ya su amigo me llama,
y me obliga la amistad.
¿De qué sutiles razones,
deseo, os queréis valer?
¿Alarcón ha de poner
la lealtad en opiniones?
Deseo, o morid en mí,
o matad conmigo a vos,
porque o vos o ambos a dos
hemos de morir aquí.
Llegad, corazón fiel;
venza al amor la lealtad;
el paso al cielo allanad
a quien os derriba dél.
[ESCENA V]
Salen HERNANDO, huyendo con la espada en la mano y tras él
MAURICIO y LEONARDO.
[HERNANDO, EL CONDE, LEONARDO, GARCIA.]
HERNANDO. A no ser tantos, yo sé
si me causaran temor.
GARCIA. ¿Es Hernando?
HERNANDO. ¿Es mi señor?
GARCIA. ¿Qué ha sido?
HERNANDO. Desde que entré
en aquesta calle a hacer
lo que me has encomendado,
los de esa cuadrilla han dado
en que me han de conocer.
Porque no me descubrí,
dieron tras mí a cuchilladas,
y mil montantes y espadas
llovió el cielo sobre mí.
GARCIA. Dos solos diviso yo.
HERNANDO. ¿Dos?
GARCIA. No más.
HERNANDO. Pues no habrá más.
GARCIA. ¡Qué trocado, Hernando, estás!
¿Ya tu valor se acabó?
HERNANDO. Tanto son dos como mil
contra aquel que solo está.
GARCIA. ¿Y quién será?
HERNANDO. ¿Quién será
sino quien hecho alguacil
nos reconoció, señor?
GARCIA. ¿El conde Mauricio?
HERNANDO. El Conde.
GARCIA. Aquí, si mal me responde,
me conocerá mejor. (_Llégase a él_.)
Si acaso algunas mercedes
alcanza la cortesía,
por ella, hidalgos, querría
poder con vuesas mercedes
que den lugar por un rato
a cierto amante secreto,
que debe al alto sujeto
de su amor este recato;
que él les dejará después
toda la noche la calle.
CONDE. (_Ap. los dos_.)
Este, en la voz y en el talle,
es Garci-Ruiz.
LEONARDO. Él es.
CONDE. ¡Pues a buen puerto ha llegado!
Vos pedís bien justa cosa, [_A García_.]
pero muy dificultosa;
que soy ministro, y mandado
de un superior en mi oficio,
que de aquí no haga ausencia,
para cierta diligencia
que importa al real servicio.
A mí me pesa por cierto
de no poderos servir;
pero que no he de impedir
vuestros amores, advierto;
porque callar os prometo;
de más de que es caso llano
que de la justicia es vano
querer encubrir secreto,
que al sol nada se le esconde.
HERNANDO. (_Ap_.) [_con su amo_]
Él prosigue su artificio.
GARCIA. ¿Estás cierto en que es Mauricio?
HERNANDO. Digo, señor, que es el Conde.
GARCIA. Hidalgo, o seáis justicia
y aquí negocios tengáis,
o ser ministro finjáis
con cautelosa malicia,
lo que pido haced, que es justo.
CONDE. Que no puedo he dicho ya.
GARCIA. Ya en conseguillo me va
más reputación que gusto;
porque quien llega a pedir
lo que no es justo negar,
no deja elección al dar,
y se obliga a conseguir.
CONDE. ¿Qué queréis decir con eso?
GARCIA. ¿Aun no lo habéis entendido?
Que habéis de hacer lo que os pido,
o obligarme a algún exceso.
CONDE. No os arriesguéis a un gran daño,
por la que, según entiendo,
no os quiere.
GARCIA. Yo estoy pidiendo
lugar y no desengaño.
Esto haced, y no os metáis
en consejos, ni mostréis
que conocido me habéis,
porque a mucho me obligáis.
CONDE. Que os conozca o no, os prometo
que es imposible dejaros
la calle sola.
GARCIA. ¿En estaros
os resolvéis, en efeto?
CONDE. Aquí me ha de hallar el día.
GARCIA. Pues procedéis tan grosero,
podrá con vos el acero
lo que no la cortesía.
(_Sacan todos las espadas y riñen_.)
HERNANDO. ¡Pese a tal! Agora sí
me entenderé yo con vos,
que nos vemos dos a dos.
¿Broquelicos para mí?
CONDE. Herido estoy.
GARCIA. Yo me holgara,
sin heriros, de obligaros;
mas a vos podéis culparos.
CONDE. La fuerza me desampara;
sin duda es mortal la herida.
GARCIA. Que me pesa, sabe Dios.--
[_A Hernando, que riñe con Leonardo_.]
Tente.--Yo fuera con vos (_Al Conde_.)
cuidando de vuestra vida,
a poder faltar de aquí.
CONDE. Indicios de noble dáis.
GARCIA. Por mucho que lo seáis,
con igual pecho os herí.
LEONARDO. ¡Ah! ¡pese a quien me parió!
(_Vanse Leonardo y el Conde_.)
[ESCENA VI]
Salen EL PRINCIPE y DON JUAN, alborotados.
[EL PRINCIPE, DON JUAN, GARCIA, HERNANDO.]
PRINCIPE. En la vida de García
se arriesga, Don Juan, la mía.
JUAN. ¿No basta que vaya yo?
PRINCIPE. No basta; que no sabemos
cuántos los contrarios son.
JUAN. Yo soy Luna, él Alarcón,
que por un millón valemos.
Mas pienso que viene aquí.
PRINCIPE. ¡García!
GARCIA. Señor.
PRINCIPE. ¿Qué ha sido?
GARCIA. ¿Qué, señor?
PRINCIPE. ¿Ese ruido
de cuchilladas que oí?
GARCIA. Lo que fué, que no fué nada;
después, señor, lo diré.
Agora, pues que se ve
la calle desocupada,
logre el tiempo vuestra Alteza.
[_Hablando aparte con el criado_.]
En casa me espera Hernando.
HERNANDO.
¡Vive Dios que estoy temblando!
GARCIA. Nunca has mostrado flaqueza
sino en la corte.
HERNANDO. Señor,
tú dices que nada ha sido
haber a Mauricio herido,
y puedes; que en el amor
del Príncipe estás fiado;
mas a mí el pesar me ahoga;
que sé que siempre la soga
quiebra por lo más delgado.
GARCIA. De tu temor me averguenzo.
HERNANDO. Hay alcalde que de balde,
por sólo hacer del alcalde,
me pondrá de San Lorenzo.
GARCIA. Antes a mí me mataran;
que a los ingratos no imito,
que animan para el delito,
y en la pena desamparan.
Véte, y duerme descuidado.
(_Entre tanto hace la seña Don Juan_.)
HERNANDO. ¿A qué no obliga tu amor?
Bien dicen que el buen señor
es quien hace buen criado. (_Vase_.)
PRINCIPE. ¿Si habrán oído?
[ESCENA VII]
Sale INÉS, a la ventana.
[EL PRINCIPE, GARCIA, DON JUAN, INÉS.]
JUAN. Ya están
a la ventana.
INÉS. ¿Quién es?
PRINCIPE. Inés parece.
JUAN. ¿Es Inés?
INÉS. ¿Quién lo pregunta?
JUAN. Don Juan.
A Anarda le dí que está
su Alteza aguardando aquí.
PRINCIPE. Sin esperanza, le dí.
_Vase Inés [de la ventana_.]
¡Válgame Dios! ¿si saldrá?
Decidme que sí, y con eso
no me matará el temor.
JUAN. Yo tuviera por mejor
prometerte el mal suceso,
y así tendrás más colmado,
si Anarda sale, el contento;
y si no, será el tormento
mucho menor, esperado.
GARCIA. (_Ap_.) ¡Ah Dios!
¡qué dulce esperanza
gané y perdí en sólo un día!
¡qué propia ventura mía
en la ligera mudanza!
Pero quizá... ¡No hay quizá!
"Haced," el Príncipe dijo,
"la seña," de que colijo
que es dueño de Anarda ya;
que amistad hay asentada
donde hay seña conocida;
y pues tan presto fué oída,
bien se ve que fué esperada.
[ESCENA VIII]
Salen ANARDA y JULIA _a la ventana_.
[ANARDA, JULIA, EL PRINCIPE, GARCIA, DON JUAN.]
ANARDA. [_Ap. con Julia_.]
Yo salgo, esta es la verdad,
por el forastero, prima;
que su prisión me lastima,
si temo su libertad.
JULIA. ¡Qué perdida estás!
ANARDA. De amor
hasta agora no he sabido.
JULIA. Tarde, mas bien, te ha cogido.
(_Ap_. Sabe Dios que estoy peor.)
ANARDA. ¡Ah, caballero!
PRINCIPE. Señora,
¿sois Anarda?
ANARDA. Anarda soy.
PRINCIPE. Perdonad, mi bien, si os doy
aqueste disgusto ahora,
impidiendo el venturoso
sueño que ocupando estaba,
por el descanso que os daba
en cambio ese cuerpo hermoso;
que tanto el susto he sentido,
que hoy en el río tuvistes,
que hasta ver cómo volvistes,
volver en mí no he podido.
¿Cómo estáis? ¿Quitóse ya
aquel alboroto?
ANARDA. En mí
nunca, Príncipe, sentí
lo que de entonces acá;
que hizo en mí tal impresión
el forastero atrevido,
que presente lo he tenido
siempre en la imaginación.
GARCIA. (_Ap_.)
¡Ah Dios, si fuese de amor!
ANARDA. Mas lo que me ha sosegado
es pensar que aprisionado,
como os supliqué, señor,
lo tenéis, para que así
no se vaya sin pagarme.
GARCIA. (_Ap_.)
No es este efecto de amarme:
ya de mi engaño salí.
Cuanto de mí se informó,
fué por trazar su venganza,
y mi engañosa esperanza
a favor lo atribuyó.
PRINCIPE. De un yerro que cometí
contra vos, hermosa Anarda,
mi amor el perdón aguarda.
ANARDA. ¿Cómo?
PRINCIPE. No os obedecí.
ANARDA. ¿Luego sin pena quedó
el forastero atrevido?
PRINCIPE. Y aun con premio bien debido
a las nuevas que me dió.
ANARDA. (_Ap_.) ¡Ay de mí!
JULIA. (_Ap_.) Perdida soy.
ANARDA. ¿Esa es la fe y la fineza
que le debí a Vuestra Alteza?
Bien desengañada estoy.
¡La primer cosa que pido,
en que estribaba mi gusto,
y más cuando era tan justo
castigar a un atrevido,
no he podido merecer!
PRINCIPE. Vos lo causastes, por Dios,
porque a vos sólo por vos
dejara de obedecer;
que como ser, entendí
vos, causa de aquel exceso,
con que tan fuera de seso
de pena y celos me ví,
quedé de gusto tan loco
con saber que me engañé,
que para albricias juzgué
ser todo mi reino poco.
ANARDA. Obedecer es fineza.
(_Ap_. Muerta soy, si se ausentó.)
Señor, mi tío tosió:
perdóneme Vuestra Alteza;
que su recato y rigor
me prohibe este lugar.
PRINCIPE. Primero habéis de escuchar
el descargo de mi error;
que para que no culpéis
del todo mi inobediencia,
lo traigo a vuestra presencia
a que vos lo castiguéis.
ANARDA. ¿Qué decís?
PRINCIPE. Que traigo aquí
al forastero conmigo,
sujeto a vuestro castigo.
ANARDA. Aun podré pensar así
que habéis mi gusto estimado.
GARCIA. En fin ¡qué! ¿perdón no espero
de un error de forastero
y de un furor de agraviado?
PRINCIPE. Perdonad, por vida mía,
pues lo conoce, su error.
ANARDA. Cuando no al intercesor,
a su humildad se debía.
PRINCIPE. Pues con eso, dueño mío,
obedezco en dejaros.
ANARDA. Bien podéis, señor, estaros;
que ya no tose mi tío.
PRINCIPE. ¿Como es posible que tanto
favor haya yo alcanzado?
ANARDA. (_Ap_.)
La fiesta habéis celebrado;
mas habéis errado el santo.
GARCIA. (_Ap_.)
Que tiene al Príncipe amor,
bien claramente se ve.
Mas ¡necio yo! ¿qué esperé,
si es tal el competidor?
PRINCIPE. ¿Cómo, Julia, no me dais
el parabién del favor?
JULIA. Por no impediros, señor,
cuando de Anarda gozáis.
JUAN. A lo menos, por no dar
con su voz gloria a mi oído.
JULIA. Siempre, Don Juan, habéis sido
desconfiado en amar.
JUAN. Esto tengo de discreto:
y a Dios, ingrata, pluguiera
que otra causa no tuviera
un tan desdichado efeto.
GARCIA. (_Ap_.)
Los dos aman a las dos;
con tal liga y artificio
seguro va el edificio.
ANARDA. ¿Cómo trajistes con vos
al forastero, señor?
A quien mañana se irá,
¿tan fácilmente se da
noticia de nuestro amor?
(_Ap. las dos_. Así le pregunto, prima,
del forastero el estado.)
JULIA. ¡Qué bien tu intento has guiado!
PRINCIPE. No os tengo en tan poca estima,
que lo que os ama mi pecho
tan fácil le haya fiado.
En mi servicio ha quedado;
de mi cámara lo he hecho.
ANARDA. (_Ap. a ella_.) ¡Ah Julia! dichosa soy.
JULIA. Déjame, no me diviertas
de Don Juan. (_Ap_. Sin que me adviertas
atenta a mi dicha estoy.)
GARCIA. Gente viene.
PRINCIPE. Anarda, adiós;
que miro por vuestra fama.
ANARDA. Así obliga quien bien ama.
JUAN. Adiós.
JULIA. Él vaya con vos.
ANARDA. Caballero forastero,
de que os quedéis en palacio
con el Príncipe, de espacio
el parabién daros quiero.
GARCIA. Ya con eso lo recibo.
(_Vanse las damas_.)
[ESCENA IX]
[EL PRINCIPE, DON JUAN, GARCIA.]
PRINCIPE. Sin duda ha estado, García,
en vuestra dicha la mía;
que nunca en el pecho esquivo
de Anarda, señal de amor,
como aquesta noche, ví.
GARCIA. (_Ap_.)
¿Mas si fuese para mi,
sobre escrito a ti, el favor?
PRINCIPE. "Bien podéis, señor, estaros",
dijo, queriendo partirme.
JUAN. De que paga tu amor firme
ha dado indicios bien claros.
GARCIA. (_Ap._.)
Cuando el Príncipe le dijo
que estaba presente yo,
gusto de estarse mostró:
con justa razón colijo,
pues antes irse quería,
que yo su rémora he sido.
Nueva esperanza ha nacido
de la ya ceniza fría.
PRINCIPE. Agora podéis contar,
Garci-Ruiz, lo que fué
aquel ruido.
GARCIA. Llegué,
pedí que diesen lugar
a un amante; no quisieron,
por más que rogué importuno;
saqué la espada, herí al uno,
y con aquello se fueron.
PRINCIPE. Mal hicistes: cuando envío,
Alarcón, a despejar,
es por bien; no ha de costar
sangre de vasallo mío.
GARCIA. No quiso por bien.
PRINCIPE. Dejallo.
GARCIA. El gusto vuestro estorbaba.
PRINCIPE. Menos mi gusto importaba
que la salud de un vasallo.
GARCIA. Yo erré por ser obediente.
PRINCIPE. Cerca estaba yo; volver
y tomar mi parecer.
Quien sirve ha de ser prudente.
(_Vanse el Príncipe y Don Juan_.)
[ESCENA X]
[GARCIA.]
¿En servir hay esta vida?
¿Esta gloria en la privanza?
¿En tan ligera mudanza
hay tan pesada caída?
¡Que haya sido error en mí
lo que fineza juzgué!
¡Cuando la vida arriesgué
por agradar, ofendí!
¡Fuerte caso, dura ley,
que haya de ser el privado
un astrólogo, colgado
de los aspectos del rey!
Hoy benévolo le ví,
y hoy contrario vuelve a estar:
ganélo con no matar,
y con matar lo perdí.
¿Qué es esto? ¿Pruebas conmigo
tus variedades, fortuna?
Hoy era Don Juan de Luna
mi más odioso enemigo;
hoy es ya mi amigo, y hoy
yo mismo vida le di;
hoy al Conde conocí,
y ya su homicida soy.
Hoy ví a Anarda, y hoy la amé;
hoy creí que era querido,
hoy la esperanza he perdido,
y hoy a cobrarla torné.
Hoy me vió el Príncipe, y hoy
me ví al más sublime estado,
de su favor levantado,
y ya derribado estoy
en un infierno profundo
de temor y de ansia fiera.
Paciencia; desta manera
son _los favores del mundo_. (_Vase_.)
[_Sala en casa de Anarda_.]
[ESCENA XI]
Salen DON DIEGO, ANARDA y JULIA.
DIEGO. Enemigas: ¿es razón
que así la fama perdáis,
y la heredada opinión
de Pacheco y de Girón
en tan vil precio tengáis?
¿Es bien que el Conde, atrevido,
me diga en mis propias canas,
cuando voy a verle herido,
que mis sobrinas livianas
la causa del daño han sido?
ANARDA. ¿Nosotras?
DIEGO. Vosotras, pues.
ANARDA. De desangrado delira.
DIEGO. Pues si la causa es mentira,
por lo menos verdad es
el efeto de su ira.
Dice que él no conoció
ni ha dado ocasión a quien
en nuestra calle le hirió;
mas al menos sabe bien
que desta causa nació.
Y así sus deudas conjura,
y en nuestra sangre agraviado
vengar su herida procura,
si tu mano no le cura
la que en el alma le has dado.
Bien sabes tú que en nobleza
nadie le excede en España:
de su estado la riqueza
es notoria, que acompaña
con gala y con gentileza.
Ablanda, sobrina, el pecho,
sin razón duro y extraño;
busca el gusto en el provecho;
remedie la mano el daño
que el hermoso rostro ha hecho.
ANARDA. Ya no puedo, noble tío,
a un intento tan injusto
dejar de oponer el mío;
que es castigar en mi gusto
el ajeno desvarío.
Si él de mí se enamoró,
y yo lo he desengañado,
¿qué ley me obliga al pecado,
que no sólo no hice yo,
mas antes lo he repugnado?
DIEGO. Nunca, sobrina, he creído
que al daño diste ocasión;
mas tu hermosura lo ha sido,
y a mil sin culpa han traído
sus gracias su perdición.
Que no tienes culpa digo;
mas si casarte procuro,
no tu inocencia castigo;
a estorbar el mal futuro
es sólo a lo que te obligo.
ANARDA. Señor Don Diego, ¿mi tío
da tan cobarde consejo?
Bien se ve que el pecho frío
al brazo cansado y viejo
niega el heredado brío.
¿Morir no será mejor,
que no que Mauricio diga,
en mengua de vuestro honor,
que a sus gustos nos obliga
de sus armas el temor?
¿Somos Girones, o no?
¿Hanos el valor faltado?
¿Estoy sin parientes yo?
¿Quién en Castilla a un criado
de mi casa se atrevió?
Y si en tan justa ocasión
no quisieren defender
nuestros deudos su opinión,
yo basto; que aunque mujer,
soy, en efeto, Girón.
DIEGO. ¿Estás loca? ¿Qué es aquesto?
¿Piensas que es valor tener
ese brío descompuesto?
Sólo el proceder honesto
es valor en la mujer.
Deja ya vanos antojos,
y admite este pensamiento,
o para acabar enojos,
metiéndote en un convento,
te quitaré de los ojos.
ANARDA. Vos no sois más que mi tío,
y ni aun mi padre en razón
puede forzar mi albedrío:
casamiento y religión
han de ser a gusto mío. (_Vase_.)
[ESCENA XII]
[DON DIEGO, JULIA.]
JULIA. Lo que dice Anarda es justo;
que sólo en tomar estado
es tirano fuero injusto
dar a la razón de estado
jurisdicción sobre el gusto.
(_Aquí baja la voz y habla, como a excusas de Anarda,
a Don Diego_.)
No es sino mucha razón
remediar el mal que viene;
mas de la ciega afición
que Anarda al Príncipe tiene
nace su resolución.
Que como Mauricio ya
deste amor viene advertido,
temerosa Anarda está
de que, siendo su marido,
de Madrid la sacará;
y como liviana intenta,
del Príncipe enamorada,
hacer a su sangre afrenta,
procura verse casada
con quien lo ignore o consienta.--
Otros remedios habra; (_Alza la voz_.)
que casarse deste modo
deshonor nuestro será. (_Baja la voz_.)
--Dále cuenta al Rey de todo;
que él el casamiento hará.
Calla y remedia discreto,
pues yo con esta invención
te descubro su secreto,
sin ponella en ocasión
de que me pierda el respeto.
Y ella, imaginando así
que ayudo sus pensamientos,
no se guardará de mí,
y de todos sus intentos
seré espía para tí.
Agora riñe conmigo,
para ayudarme a engañalla.
DIEGO. (_Alza la voz_.)
Si no hiciere lo que digo
Anarda, será ausentalla
de Madrid, justo castigo.
JULIA. Si la razón excedieres,
justicia nos hará el Rey.
DIEGO. ¿Tú también mi afrenta quieres?
JULIA. Quiero lo que es justa ley.
DIEGO. ¡Ay de honor puesto en mujer!
Pues lo que quiero ha de ser
o morir quien lo estorbare. (_Vase_.)
JULIA. Un monte querrá mover
el que por fuerza intentare
reducir una mujer.
(_Ap_.) Con esto, Alarcón, procura
mi amor de Anarda apartarte;
que en alguna coyuntura
alcanza el ingenio y arte
lo que no amor y ventura.
Callando el dolor que siento,
disponer mi dicha quiero;
que es prudente pensamiento
quitar estorbos, primero
que descubrir el intento.
[ESCENA XIII]
Sale ANARDA.
[ANARDA y JULIA.]
ANARDA. ¿En qué paró, prima mía?
JULIA. ¡Pues qué! ¿no nos escuchabas?
Que bien a gritos reñía.
ANARDA. Tal vez la voz moderabas,
y entonces no te entendía.
JULIA. Entonces con falso pecho,
porque se fíe de mí,
de mi lealtad satisfecho
Don Diego Girón, de tí
murmuraba en tu provecho.
Mil defectos le decia
de tu extraña condición,
y modos, le proponía,
con que reducir podría
a la suya tu intención.
ANARDA. Un ejemplo de amistad
miro en ti.
JULIA. (_Ap_.) El mejor engaño
es con la misma verdad.
ANARDA. Ya el remedio deste daño
resuelve mi voluntad.
JULIA. ¿Cómo?
ANARDA. A llamar he enviado
el valiente forastero,
y de que a tomar estado
me resuelvo, dalle quiero
para el Príncipe un recado.
Que con aquesta ocasión
dalle mi amor solicita
a mi querido Alarcón
los indicios que permita
mi honesta reputación.
Y tú, quedándote aquí
sola con él, le dirás,
como que sale de tí
y que de su parte estás,
el amor que reina en mí.
Que pues la ocasión convida,
goce della, y a su Alteza
en casamiento me pida:
y díle tú la firmeza
con que tengo defendida
del Príncipe y de Mauricio
mi honestidad, pues lo sabes;
porque a un celoso juicio
le ha de obligar el indicio
de pretendientes tan graves.
JULIA. Yo del Príncipe imagino
que tu intento ha de estorbar.
ANARDA. Diréle que determino
casarme, por allanar
a sus gustos el camino;
porque de otra suerte intenta
los cielos atrás volver;
y así es fuerza que consienta
en mi intento, por tener
fin del mal que le atormenta.
Que aunque él es tan poderoso,
si a un hombre de tal valor
tengo, prima, por esposo,
no será dificultoso
el defendelle mi honor.
JULIA. Tu agudo ingenio bendigo.
ANARDA. Todo es cautelas amor.
JULIA. (_Ap_.) Y así las uso contigo.
No hay enemigo peor
que el que trae rostro de amigo.
[ESCENA XIV]
Sale INÉS.
[INÉS, ANARDA, JULIA.]
INÉS. El amo de Hernando quiere
licencia de verte.
ANARDA. Inés,
mientras conmigo estuviere,
es bien que al balcón estés,
por si mi tío viniere. (_Vase Inés_.)
JULIA. ¿Iréme?
ANARDA. Ponte en lugar
donde la plática entiendas;
que habiéndome de ayudar,
es bien que sepas las sendas
por donde has de caminar.
JULIA. (_Ap_.) A ejecutar mi intención.
ANARDA. Y advierte en el artificio
con que en aquesta ocasión,
sin ofender mi opinión,
le doy de mi amor indicio.
(_Vase Julia, y espía desde el dosel_.)
[ESCENA XV]
Salen GARCI-RUIZ y HERNANDO, de camino.
[JULIA, ANARDA, GARCIA, HERNANDO.]
GARCIA. Dadme, Anarda, los pies.
ANARDA. Poco es la mano
a tan valiente y noble caballero.
¿De camino venís?
GARCIA. Búscase en vano
firmeza en bien del mundo lisonjero,
y el que en la voluntad de un nombre humano
libra sus dichas, ha de estar primero
apercebido para la mudanza,
que del favor admita la esperanza.
Ayer, ya vos sabéis por qué camino,
hallé fácil al cielo la subida
¡Mentirosa amistad de mi destino!
¡Traidora prevención de la caída!
La humilde vara en levantado pino
fué con súbito aumento convertida,
porque del viento airado a la violencia
diese efeto mi propia resistencia.
Aquel alto lugar que ayer tenía,
perdí, señora, anoche; sabe el cielo
que por fineza más que culpa mía;
que tengo en mi conciencia mi consuelo.
Cuando pensé que al mismo sol subía,
con todo el edificio dí en el suelo.
Erré, mas no pequé; soy castigado;
que es con el Rey un yerro gran pecado.
Miróme disgustado, reprehendióme
severo, y las espaldas volvió esquivo,
y entrándose en su cámara, dejóme
fuera de ella y de mí, sin alma y vivo.
No sé cuál medio en tal extremo tome:
a entrar o a estarme en vano me apercibo,
como, al que sueña toros, hace el miedo
que ni pueda correr ni estarse quedo.
Al fin, sin velle a mi posada vuelvo;
que es, aunque sin razón, príncipe airado;
la noche toda en confusión me envuelvo,
sin atreverse el sueño al gran cuidado;
y al fin, en ausentarme me resuelvo,
y el cuerpo huyendo al peligroso estado
y a la inquietud de la ambición sedienta,
vivir con mis vasallos y mi renta.
Y hoy, cuando a visitaros ya partía,
por despedirme, Anarda, y disculparme,
llegó un recado vuestro que podría,
a ser sol fugitivo, repararme.
Viene obediente el que cortés venía:
mandadme liberal para obligarme;
que da, pidiendo, vuestra gran belleza,
y es dejaros servir vuestra largueza.
ANARDA. Señor Garci-Ruiz, desdicha grave
siempre tocó al mayor merecimiento.
Si rodó la fortuna, ¿quién no sabe
que sólo en ser mudable tiene asiento?
Lo que yo admiro, y en razón no cabe,
es sólo vuestro poco sufrimiento;
que ¿quién pensara que faltar podía
gran fortaleza a grande valentía?
A suerte desigual igual semblante
es propia acción de pechos valerosos.
Animoso emprender, sufrir constante
consigue los laureles vitoriosos.
No al primero desdén huya el amante;
grandes los bienes son dificultosos;
poco al Príncipe amáis, oso decillo,
pues pretendéis servirle sin sufrillo.
GARCIA. ¿Poco es perder la vida por su gusto?
ANARDA. Sufrirlo es menos, e impaciente os hallo.
GARCIA. Un injusto rigor sufrir no es justo.
ANARDA. A ser justo, ¿qué hiciérais en llevallo?
Y debéis advertir que si es injusto,
ausentaros será justificallo.
Ponerse del juez en la presencia
es el mejor testigo de inocencia.
No os vais, Garci-Ruiz, o por lo menos
pensaldo bien primero; que seguirse
prueban mil libros de sentencias llenos,
presto arrojarse y presto arrepentirse.
Ved a su Alteza; que los hombres buenos
no se ausentan del Rey sin despedirse.
GARCIA. A despedirme dél por vos venía.
ANARDA. Yo ¿qué poder del Príncipe tenía?
GARCIA. ¡Feliz quien tal ingenio y beldad ama!
ANARDA. No, no, lísonjas no, que no os las creo;
que yo supe que ayer a cierta dama
centellas envió vuestro deseo;
y hoy de la ardiente repentina llama,
pues queréis ausentaros, libre os veo.
¡Múdase tal varón en un instante,
y culpa a la fortuna de inconstante!
GARCIA. Al que muda con causa de consejo,
no puede darse nombre de liviano.
ANARDA. No me satisfagáis, que no me quejo.
GARCIA. ¿Tiráis la piedra y escondéis la mano?
Dios sabe, si tan alta empresa dejo,
que un poder me ha oprimido soberano.
ANARDA. Contra amor firme no hay poder bastante.
GARCIA. Precióme de leal, si de constante.
Si a quien debo lealtad, esa persona
quiere, ¿será razón que yo prosiga?
ANARDA. En el amor es yerro, y se perdona
lo que sin él, traición que se castiga,
y el diferente fin la acción abona
del vasallo a quien más la ley obliga;
que si casarse intenta, nada ofende
al señor que gozar sólo pretende.
No digo que lo hagáis, que es causa ajena;
allá con vos las haya, la ofendida;
sólo probaros quiero que la pena
tenéis, que os da fortuna, merecida.
Pecáis mudable, y por castigo ordena
otra mudanza, mal de vos sufrida.
O firmeza aprended en vuestro intento,
o en ajenas mudanzas sufrimiento.
GARCIA. Si como firme os amo...